Opinión

Los resultados de las elecciones del 11 de abril pasado van acorde con el halo de muerte, desesperanza, miseria y destrucción que ha traído consigo la peste que tanto ha golpeado a nuestro país. Pareciera que el elector peruano, en una vocación tanática -que algún psicoanalista tendrá que explicar-, ha decidido colocar al país al borde del abismo. Esto va más allá de la rápida explicación del olvido, la marginación, la incomprensión y hasta de la exclusión.

 

No es sólo el clamor de un pueblo olvidado sino que es el triunfo de la desesperanza. Se trata de la revancha de las fuerzas más atávicas de nuestra sociedad que han querido hacer sentir a todo el Perú formal, que va detrás de la tan ansiada y esquiva modernidad, lo mismo que ellos han sentido durante décadas e incluso siglos. Nos deja sin salida posible frente a dos alternativas igual de retrógradas y nocivas por todo aquello que representan.

 

Por un lado, se encuentra el anodino ganador de estas elecciones. Un maestro que con un discurso extremista ha sabido recoger la indignación y la cólera de un pueblo que siempre fue ignorado. Él representa la legítima rabia de un sector de la población que ya no confía en la democracia y sus instituciones, la gran pregunta es si sólo con la rabia como programa se puede gobernar un país tan complejo como el nuestro.

 

Si bien, Pedro Castillo,  apela constantemente a su extracción indígena y al simbolismo del mundo andino, debe quedar claro que él no representa al movimiento y la propuesta indígena. Su programa, su pensamiento y el partido que representa son herederos del marxismo, leninismo y maoísmo, lo que devela la profunda colonización en gran parte de sus propuestas. En su pensar y su programa es tan occidental y eurocéntrico como el de cualquier comunista o liberal europeo.

 

No tiene ninguna propuesta realmente indígena, nuestroamericana y liberadora. Es claro que a diferencia de Bolivia o Ecuador, en nuestro país el movimiento indígena no pudo instanciarse en propuesta política por el embate que significó para nosotros la demencia senderista. Las hordas lideradas por Abimael Guzmán siempre despreciaron al campesino y al indígena, ellos eran las “mesnadas” que sólo había que conducir. Al igual que el señor Castillo, Abimael Guzmán también sólo usó el simbolismo andino para aplicar a nuestra realidad las “verdades absolutas” que representaron para él el marxismo, leninismo y maoísmo. De ahí que nos estemos enfrentando a algo que ya conocemos y sabemos bien en qué puede terminar.

Hoy igual que ayer, la izquierda retrógrada de Castillo le hace el juego a la derecha más autoritaria. La consecuencia del senderismo fue la imposición por los tanques del modelo neoliberal. Nuevamente, un proyecto que se dice popular, andino y reivindicativo nos pone frente a un Fujimori, con todas las posibilidades de ganar las elecciones, y todo lo que esto representa. El profesor Castillo le cerró el camino a la izquierda progresista y democrática que sí podía hacerle frente al fujimorismo. Él debería recordar que hace casi 500 años Cajamarca también fue el escenario donde, gracias a una guerra fratricida, se facilitó la conquista de todo el mundo andino.

 

Por otro lado, tenemos a Keiko Fujimori. Ella representa todo lo que ya conocemos, corrupción, autoritarismo, mercantilismo y envilecimiento. Su partido más que una organización política es una organización criminal. El fujimorismo es la pandemia de la que hasta ahora no hemos podido salir. Su pase a la segunda vuelta, representa ese Perú que tampoco cree en la democracia, ese país que está dispuesto a dejar que roben pero que hagan obra, a esos compatriotas que han perdido todo sentido del honor para la vida en comunidad.

 

La vuelta del fujimorismo es la consecuencia de un proyecto muy bien pensado por su asesor estrella Vladimiro Montesinos. Esa dictadura dio inicio a largas décadas de precarización y mercantilización de la educación. El sabio emperador romano, Marco Aurelio, dijo que: “Los hombres han nacido los unos para los otros. Por tanto, edúcalos o padécelos.” Pues, hoy estamos padeciendo lo que no supimos defender. Una educación para la excelencia, con memoria y valores cívicos. Permitimos que un ingenioso y precoz funcionario del Ministerio de Educación, ya en plena democracia, eliminara los cursos de humanidades del currículo escolar. Por ello, hoy padecemos a varias generaciones sin memoria y sin alma.

 

Los dos extremos que hoy se dan la mano, se encargaron de que esto sea así cuando decidieron silenciar, distorsionar y luego dejar en el olvido el único instrumento que hoy podría haber contribuido a que las cosas fueran distintas: El Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. En ese documento entregado hace casi veinte años, se describió y diagnosticó las causas del horror que hoy nuevamente nos saltan a la cara. Pero, también se recomendó qué medidas podrían ayudarnos a salir del hoyo. Todo lo enterraron y hoy pagamos las consecuencias de ello.

 

Fujimori y Castillo son las dos caras de Jano. Los extremos que se tocan en su desprecio por el Estado de Derecho, la igualdad de género, los derechos civiles, etc. Esta no se trata de una lucha de ricos contra pobres como nos quieren hacer creer. Es pueblo contra pueblo, pues el fujimorismo también representa esa derecha popular con una clara vocación autoritaria. Ambos son la vuelta a nuestro pasado reciente que se niega a dejarnos. Los dos hacen parte de una memoria abisal que nos jala como un remolino hacia la profundidad de la nada.

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Elecciones 2021, Keiko Fujimori, Pedro Castillo

¿Puede tanto la piconería de haber sido derrotados, en la semifinal de la derecha que se jugó en la primera vuelta, por Keiko Fujimori, para que dos candidatos claramente derechistas y defensores del modelo se dediquen a contemporizar con el candidato de la extrema izquierda, Pedro Castillo?

Revela una tremenda irresponsabilidad y además ignorancia de sus propias limitaciones. Porque evidente ni el candidato de Renovación Popular ni el de Avanza País tienen capacidad de endose alguno respecto de sus votantes y ni siquiera capacidad de mando de sus respectivas bancadas congresales (como ya ha quedado demostrado con las aclaraciones de los vicealmirantes Montoya y Cueto, al desatino de López Aliaga).

El plan económico de Castillo, del que él mismo ha dicho no se va a retractar, ni va a firmar Hoja de Ruta alguna, ni se va a poner polo blanco, está en las antípodas de cualquiera que crea en una economía de mercado y que mal que bien entienda que ese modelo (remendado y todo), ha producido enormes beneficios al país y a los más pobres entre los pobres.

¿Qué cree López Aliaga, que puede ponerse de acuerdo en destruir el enfoque de género y a cambio de eso está dispuesto a desbaratar el modelo? ¿Qué cree Hernando de Soto, que se siente atraído por lo que para él debe ser un candidato exótico, que será contratado de asesor?

Lo que corresponde a la derecha y al centro que no ha votado por Keiko Fujimori es conminarla y presionarla, a cambio del voto futuro, a trazar compromisos claros en dos aspectos esenciales: corrupción y autoritarismo. Ya verá Keiko si lo hace firmando documentos públicos, comprometiendo y anunciando la presencia de personas libres de toda sospecha en su futuro gabinete ministerial, asegurando que respetará el equipo especial Lava Jato en todo lo que a ella la implica, etc. Hay muchas formas de hacerlo y corresponde exigirlo.

Pero lo que están haciendo López Aliaga y De Soto es punible, políticamente hablando. La propuesta económica de Castillo sería para el Perú peor que la pandemia, y su programa político contiene visos autoritarios que ya conocemos en la región. Por lo que se ve, uno se pregunta, con cierto fundamento, si no fue bueno que ninguno de los candidatos mencionados haya pasado a la segunda vuelta. Hubieran hecho un papelón monumental.

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Juan Carlos Tafur, Pedro Castillo

Mientras pasan las horas vamos conociendo las verdaderas posiciones de George Forsyth, Yonhy Lescano, Verónika Mendoza y Julio Guzmán. Los resultados de la primera vuelta los ponen en su sitio. Allí donde siempre estuvieron, pero las encuestadoras jamás nos lo dijeron.

 

El caso de Forsyth es para nunca olvidar. Era el puntero durante meses según Ipsos, Datum y según él mismo que hasta actuó como tal al punto de llegar a no querer debatir con nadie ni dar entrevistas. Recuerdo claramente febrero, como si fuera ayer, algunos colegas me decían que «el favorito está inubicable e insoportable». Hoy entendemos que favorito no era más que de la prensa. Me pregunto cómo estará en estos momentos George Forsyth, si seguirá con esos aires de divo ahora que el pueblo lo ha bajado a su realidad: sin banda presidencial ni curules, ya que falta poco para que se confirme que ni siquiera pasará la valla. En fin, así es la mismocracia. Solo él lo entiende.

 

Y sin curules también pueden quedarse los morados, los otros grandes perdedores. Y con sinceridad me alegraría que así fuera porque eso es lo que merecen: nada. Creyeron que capitalizarían las muertes de dos jovencitos desconocidos en noviembre del año pasado, creyeron que con inventarse desaparecidos se encumbrarían en estas elecciones, creyeron que cuidándole el puesto a su referente Martín Vizcarra podrían sacar mucho voto. Julio Guzmán es la anécdota graciosa de estas elecciones y su partido (si se le puede llamar así a eso) es pura ceniza.

 

De Verónika Mendoza qué se puede decir. La izquierda de Vero con las justas ha conseguido escaños en el Parlamento. Es que ella ha desvirtuado el concepto de la izquierda y Pedro Castillo se ha aprovechado de eso. Verónika Mendoza Frisch más se ha preocupado por llevar los reclamos caricaturizados del feminismo y de la agenda elegetebé a la política y se ha olvidado de las culturas de la serranía. No aprendió. Creo que debería fundar no un partido sino una ONG, para esto no necesita recolectar firmas ni alquilar vientres. Pienso que le iría bien porque como procuradora de fondos algo debió haber aprendido con Nadine. Además, haber tenido acceso a sus agendas —escribiendo en ellas— es haber tenido acceso a sus contactos.

Y como los últimos son los primeros, reservé este espacio para el que según las encuestas iba primero y pasaba a la segunda vuelta fijo. Ja, ja, ja… (es una risa macabra). Yonhy Lescano, ¡ay, Yonhy!, cuántos años en política y te dejaste engatusar por unos numeritos con grandes márgenes de error. Le hiciste la campaña a la derecha que siempre estuvo adelante. Nada más que decir sobre ti.

 

Ahora, en la segunda vuelta va a suceder algo ya sabemos. A estos cuatro, la prensa los va a buscar para que digan a quién dirigen sus votos, si a Keiko o a Pedro. Habrá que preguntarse, entonces, ¿cuáles votos?, ¿a quiénes representan Forsyth, Guzmán, Mendoza y Lescano?

 

14 DE ABRIL DEL 2021

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Candidatos, Elecciones 2021, Kevin Carbonell

Los resultados electorales del 11 de abril han definido una segunda vuelta inesperada pero que refleja la situación dramática que tiene el país. La pandemia está ahogando a las/los ciudadanos en la desesperación, la pobreza y el miedo. Las desigualdades se han profundizado y el Estado pierde legitimidad por su ineficiencia frente a un problema que evidentemente hace mucho que lo sobrepasó.

 

En este contexto propuestas autoritarias y de perfiles antidemocráticos han pasado a la segunda vuelta electoral, dejando a quienes creemos en la democracia y el estado de derecho en una cruel encrucijada, pues, aunque los resultados no nos gusten, estos deben respetarse.

 

Por un lado, Keiko Fujimori es la representante de la dictadura, cuyo perfil autoritario se expresa no sólo en la falta de reconocimiento de las graves violaciones a los derechos humanos que se cometieron en el gobierno de su padre Alberto Fujimori; sino además su afán por el poder la convirtió a ella y a su bancada en una barrera permanente para la gobernabilidad durante los últimos años, mostrando así su poco respeto por la democracia.

 

Si hay un partido que se opone de forma constante a los derechos humanos particularmente de las mujeres y de la población LGBTIQ+, es el partido Fujimorista. Su tradición autoritaria, prepotencia, clasismo, vínculos con la corrupción y con grupos antiderechos han hecho de este actor político uno de los principales operadores de la discriminación y la violencia de género.

 

Al otro lado tenemos a Pedro Castillo, quién logro la preferencia del electorado en 17 regiones del país, muchas de ellas con altos índices de pobreza y desigualdad como lo son Apurímac, Huancavelica, Cajamarca, Junín entre muchas otras. Es imprescindible reconocer que el triunfo de Perú Libre expresa el hartazgo frente a un Estado y sociedad excluyente, clasista y racista.

 

Aunque Pedro Castillo es expresión del descontento de un país golpeado por la desigualdad, no puede dejar de reconocerse que él y su partido representan un riesgo a la estabilidad democrática por sus posturas extremistas y autoritarias. El candidato ha planteado la eliminación del Tribunal Constitucional y el cierre del Congreso si este no sigue sus planes, con lo cual estaría adelantando una posible dictadura.

 

La situación es dramática, pues cualquiera de los dos opuestos son un riesgo real para la estabilidad de las instituciones democráticas; además ambos postulantes se oponen a una cultura de derechos y de forma especial a los derechos de las mujeres y de la población LGBTIQ+.  Lamentablemente, si tienen algo en común es su desprecio por la igualdad de género, lo que los lleva a promover discursos de odio muy peligrosos.

 

A puertas del bicentenario las mujeres y personas de la diversidad tendremos que enfrentar uno de los contextos más adversos de las últimas décadas: El avance de los fundamentalismos es una realidad, en pocos meses posturas autoritarias se instalarán en el poder y buscarán restringir derechos y libertades, lo cual implica un grave retroceso y la profundización de la discriminación.

 

Ante ello, en los próximos años el movimiento feminista, el movimiento de derechos humanos en su diversidad, las organizaciones de sociedad civil y la ciudadanía consciente serán indispensables para vigilar y resistir de forma pacífica al abuso y al autoritarismo. Para lograrlo, necesitamos mucha claridad en nuestra agenda:  los derechos humanos de las mujeres y de las personas LGBTIQ+ no se negocian con nadie.

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Democracia, Liz Meléndez, Resultados

No avizoro una campaña moderada, con candidatos buscando el centro para ganar y, por ende, comprometiéndose a morigerar sus posturas radicales. Por el contrario, anticipo una guerra ideológica frontal.

Ya Castillo prefiguró su estrategia: es pobres contra ricos, es la exacerbación de la diferencia de clases lo que va a movilizar el líder de Perú Libre para asegurar su crecimiento en las encuestas. Porque, claro, si uno suma su propia votación, con la de Verónika Mendoza (cuyos seguidores rápidamente se han sumado a la nave de Castillo), digamos que la mitad de la votación de Lescano, la de Humala eventualmente y las de Vega, de UPP, y Arana, del Frente Amplio, Castillo no pasa del 31% y pierde la elección. Necesita un mensaje más potente que la sola enunciación de postulados de izquierda y para ello funciona buen la ecuación pobres-ricos que ha planteado. Tonto No es y haría mal la derecha en subestimarlo.

Por su parte, a Keiko Fujimori no le queda otra que subrayar las filiaciones subversivas de su contendor y lo apocalíptico que sería para el país la aplicación de sus propuestas económicas. Y ese mensaje no cala en un discurso protocolar, acomedido y educadito. Se va a ver obligada a confrontar y a desplegar campaña dura.

“Pero pierden el centro, el gran elector del Perú”, dicen algunos. Se equivocan. Es verdad que el centro fue quien le dio el triunfo a Toledo sobre García el 2001, a García sobre Ollanta el 2006, a Humala sobre Keiko el 2011 y a PPK sobre Keiko el 2016. Pero ese centro, esa “coalición paniaguista”, caviarada, o como se le quiera llamar, ha quedado reducida a cenizas.

Si uno suma a un grupo de votantes de Forsyth (aunque éste era más bien un candidato de derecha), con Guzmán y algo de Humala, no llegan ni al 4%. No van a decidir la votación, y ambos candidatos corren el riesgo de que por querer ganarse esa porción minúscula de la torta electoral terminen perdiendo su núcleo duro de seguidores.

Felizmente tenemos dos meses por delante. Porque ni Castillo ni Keiko han sido debidamente confrontados por los líderes políticos ni por la red mediática. Ahora sí lo van a estar y eso es muy bueno, porque va a permitir elegir respecto de dos posturas diametralmente opuestas, en una batalla que anticipamos sangrienta y radical.

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Alberto Fujimori, Elecciones 2021, Fujomorismo, Pedro Castillo

Jamás tres siglos de genocidio, vasallaje y desprecio sistemático van a desaparecer fácilmente de nuestra memoria colectiva, y menos con 200 años posteriores de república colonialista. No se toma real conciencia de la tragedia colectiva que significó la invasión española, porque la mayoría de nosotros seguimos mentalmente colonizados, y miramos las cosas desde los valores y desprecios que nos inocularon. Fue más o menos así: llegaron otros más fuertes y letales – monstruosamente despiadados casi siempre – a quitarnos todo lo que consideraban valioso y a esclavizarnos para obtenerlo, a violar a nuestras mujeres e hijas, a humillarnos, y a obligarnos a admitir que su cultura es superior y la nuestra es vergonzosa. Esto ha implicado una frustración y una depresión social históricas, que se han ido heredando de padres a hijos, aún cuando muchas veces no se tenga conciencia de ello.

No pudieron desaparecer a una cultura milenaria que tiene como parte de sus valores cosmovisionarios la sabiduría de recogerse y dispersarse frente al peligro sistémico, y la genialidad humana de esperar con paciencia – y mucha valentía – el inevitable retorno de un orden más conveniente. Sin duda, muchos antiguos peruanos terminaron cediendo por falta de fuerzas o por sobrevivencia, pero hay cerca de un 30% (el Perú rural de hoy) que sigue siendo muy pachamámico y pre-hispanista en espíritu. Lo que sí lograron fue sacar de nuestras mentes – y no los colonos sino sus émulos republicanos – la idea clara del abuso esclavista y del saqueo, y de sus terribles consecuencias en nuestra historia. Para la mayoría de peruanos, la invasión española es un evento propio de su tiempo, y no guarda relación con nuestro fracaso republicano. 

En términos psicoanalíticos – que tanto entusiasman a las élites limeñas – se trata de un inmensurable trauma colectivo, que como todos los de su naturaleza, es permanente e ineludible. Puede manejarse y servir de impulso, pero sólo cuando se le enfrenta como corresponde. Si la injusticia sigue reiterándose – así sea grado – el trauma no se irá ni mucho menos, y se manifestará tarde o temprano . Desde la filosofía pre-hispánica, estamos en un largo pachakuti, que es la crisis terminal de un tiempo, que llevará a una nueva síntesis de todo lo recibido e interiorizado hasta entonces. Nada se crea ni se destruye, todo se transforma.

Y en medio de esta larga transición histórica, el Perú rural se está manifestando con una tesitura política nunca vista en 200 años de convalecencia emocional y subordinación republicana. Tienen cada vez más liderazgos propios con volumen nacional, entre ellos Pedro Castillo. Se han revalorizado geopolíticamente producto de la crisis ambiental y la creciente escasez de recursos naturales, y sus cabezas más prolijas lo tienen muy claro. También los ha ayudado mucho – así como a todas las culturas no occidentales – las redes digitales: son más visibles, reciben más información del mundo y la infamia extrema en su contra ya no procede tan fácilmente, pues hay demasiados ojos vigilantes. Desde luego, los liderazgos del pachakuti peruano no son filigranas estratégicas de un fino planeamiento, sino fuerzas resistentes que enfrentan asimetrías radicales, y que pelean en esos términos. Pedro Castillo es un radical porque lo que tiene al frente lo lleva y obliga a ello, pero se ha sometido a las formas electorales democráticas, y no tiene el poder necesario para dejar de hacerlo. Es una persona de valiosa experiencia, y no parece ser el irracional absurdo que algunos pretenden: es rondero, líder campesino, docente de escuela rural y reconocido sindicalista. Y fue dirigente regional de Perú Posible hasta su extinción.

Su éxito, efectivamente, representa a los olvidados históricos, que no son ignorantes por esta preferencia ni merecen comprensión indulgente (como creen algunos de peruanidad poco razonada), sino gente marginada que desde su experiencia y sus largos antepasados se da cuenta de que “esas formas democráticas” no le garantizan nada, y menos en el contexto de “eso que llaman liberalismo”, donde hay unos pocos privilegiados y muchos excluidos. Es decir, es un público con demandas de izquierda, conciente o no del rótulo. Frente a ello, Pedro Castillo ha sido largamente el mejor candidato, si de triunfar con ideas sencillas pero trascendentes, reaccionar con astucia y conectarse con públicos se trata. No estoy seguro, por ejemplo, de que Verónica Mendoza se haya mostrado superior a él en contenidos. Quizá en algunos puntos relevantes, pero no en el fundamento del izquierdismo – que es la explicación económica de nuestro rezago material como país y de la exclusión de la mayoría peruanos -, ni tampoco en su conocimiento operativo del Perú profundo, que es lo que podría diferenciarla. Es desde ese tipo de insumos estructurales que el presidenciable teje sus mejores golpes de campaña, a veces con sólo la suficiente capacidad comunicacional.

La candidatura de Verónica Mendoza mejoró mucho desde el debate final por grupos, incluso en algunos aspectos lógico-verbales y emotivos que determinan si un político tiene madera para las grandes presentaciones, pero se quedó corta al lado de un líder que no sólo ha nacido en el Perú profundo, sino que convive y dialoga con él, como es Pedro Castillo. No fueron sus propuestas económicas el mayor problema: morigerarlas y explicarlas mejor sólo conquistó nuevos votos entre los indecisos de la clase media y alta de Lima. Tampoco su postura sobre Venezuela, como lo demuestra el mismo Castillo. Es su mosaico cultural – que incluye su relación con el mundo occidental – lo que no terminó de penetrar en el Perú regional y rural. Es posible que su defensa de las libertades sexuales y de género también hayan pesado algo en esta desconexión.

Un tema muy polémico han sido las declaraciones conservadoras que sobre el enfoque de género y el matrimonio igualitario ha emitido el evangelista Pedro Castillo. Pero no me queda claro si éstas son parte de una estrategia para ganarse el duro y mayoritario voto conservador – muy afín a su actual oponente – o si realmente piensa tan así. Lo digo porque en su plan de gobierno se legaliza el aborto y se denuncia frontalmente el machismo. De cualquier forma, Castillo ha comentado que todos estos dilemas serán tratados en la asamblea constituyente que planea convocar, y es meridianamente claro que su rival de turno es más regresiva en estos temas. Lo que le puede costar mucho – en votos – es su decisión de amnistiar a Antauro Humala, y su cercanía “sindical” al Movadef. Sin duda, aquí hay un radicalismo que excede al necesario, y un autoritarismo violentista que merece ser vigilado seriamente. Pero, nuevamente, al otro lado hay cómplices de criminales y mafiosos mucho más nocivos, que han sido pillados y esperan librar su condena con la llegada de su lideresa a palacio.

En relación a las propuestas económicas del plan de gobierno de Perú Libre, éstas no son otras que las de una izquierda latinoamericana pan-andina, cuyas referencias son Bolivia y Ecuador. Y más allá de lo dicho en las elecciones, toda la verdadera izquierda peruana debe apoyar este camino de inmediato, si toda ella sabe que el rezago del sur se origina, agrava y reproduce por decisiones que favorecen a la riqueza del norte. No caben medias tintas conceptuales aquí, la historia demuestra con claridad esta realidad conflictiva y abusiva, como también está evidenciando que nada terrible pasó en el Ecuador de Correa, y que Bolivia ha dado grandes pasos hacia su verdadero desarrollo. Así, este proyecto político implica un Estado distributivo, igualitarista, ambientalista, industrializador y nacionalista en relación a los recursos naturales estratégicos (donde nos dejan migas, se llevan millones y destrozan nuestra naturaleza). Y dadas nuestras ventajas ecosistémicas frente al mundo, propone un Estado que apuesta por el desarrollo de la agricultura rural, y por la seguridad alimentaria como instrumento de soberanía decisoria frente al ánimo impositivo de los poderes globales. Ya se conoce la voluntad de elevar, superlativamente, los presupuestos de educación y salud. Y no sorprende la apuesta integracionista latinoamericana. Es claro que este esquema puede tener asegunes, pero es innegable que es el camino lógico a explorar, dado que el capitalismo aplicado a nuestras latitudes ha fracasado largamente, y no tiene ya nada para ofrecernos. Lo inventaron otros para beneficio propio, como se ha explicado en columnas previas de este mismo espacio.

Sumado a lo anterior, el plan de gobierno de Perú Libre plantea introducir políticas de gobierno muy vanguardistas y vigentes: descentralización tributaria con responsabilidad económica a nivel regional,  plurinacionalismo constitucional, consulta popular vinculante para explotación de recursos naturales, elección democrática de magistrados, jueces y tribunos constitucionales, medidas de desconcentración económica y pluralidad ideológica en la oferta mediática, abolición del concordato con el Vaticano, desaparición del secuestro inconstitucional de las AFP, y otros. Muchas son medidas de compleja implementación, pero todas tienen un indiscutible espíritu democrático y progresista. La aseveración de que el Tribunal Constitucional es una entidad técnica y no política, y que los peruanos no sabríamos a quién elegir, es ignorante y manipuladora. Nada más político que dicha institución, cuyos miembros los designa nada menos que el congreso.

Pienso que este programa de transformación deposita mucha confianza en la capacidad técnica y ejecutiva del Estado peruano, que jamás será capaz de hacer tanto y tan bien en plazos políticamente realistas, pues es creación del subdesarrollo. Esto debería llevar a tener claras las prioridades factibles y las energías administrativas a invertir: todo Latinoamérica se ha querido capitalizar e industrializar alguna vez en los últimos 100 años, para ir a la velocidad del mundo avanzado y merecer su tipo de bienestar social. Todos lo han hecho desde el Estado, pues es claro que el mercado nos aleja de ese destino. Y nadie ha tenido éxito: nuestro territorio, los destrozos coloniales heredados y buena parte nuestra matriz cultural son disfuncionales al gran capitalismo occidental, que tiene su particular contexto y tuvo que explotar a otros – por siglos – para consolidarse. Por eso me gustaría que las soluciones económicas de Perú Libre sean más pachamamistas que neo-marxistas. No creo que nuestro principal asunto revolucionario sea la lucha de clases como piensa Vladimir Cerrón, ni tampoco de desarrollo capitalista industrial pendiente, sino el dilema histórico de si nos reconocemos o no con nuestras fuentes milenarias, y de si nos reconectamos o no con la naturaleza.

También celebraría que el programa no tuviera el sinsentido conservador de creer que los médicos y docentes profesionales son los protagonistas del cambio, cuando deben muchas explicaciones y nadie los ha designado para ello. Otra cosa es que el profesor Castillo y el galeno Cerrón los necesiten como brazo político, para lo cual no deberían usar el presupuesto público y las oficinas del Estado aprovechando demandas sociales. Y, sin duda, me gustaría que promuevan la igualdad de género, y la sexualidad plena y responsable entre nuestros niños y adolescentes. Pero nada de esto me impide saber que Pedro Castillo empuja el norte que corresponde en este Pachakuti, y que Keiko Fujimori no lo supera en ningún punto, ni tiene nada que ofrecerle al país.

Creo que Pedro Castillo tiene muchas posibilidades de ganarle a Keiko Fujimori la segunda vuelta presidencial, por margen de movimientos, por contenidos esenciales y por superioridad moral. Obviamente, y él lo sabe, va a tener que hacer concesiones vinculadas a la sucesión democrática quinquenal y al control inflacionario, a su opinión sobre el Movadef y Sendero Luminoso, y al indulto en favor de Antauro Humala. Cuánto entregue de todo este paquete va a depender mucho de lo que haga su oponente. 

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Carlos Trelles, Elecciones 2021, Pedro Castillo, Segunda vuelta

La divergencia radical entre la propuesta económica de Castillo con la de Keiko va a ser la que va a definir el desenlace electoral de esta segunda vuelta.

No va a ser el eje corrupción-anticorrupción, porque a los recuerdos de los 90 del fujimorismo se le antepondrán los de Vladimir Cerrón, mentor ideológico de Castillo, sentenciado por corrupción.

No va a ser el eje democracia-autoritarismo, porque ambos adolecen exactamente de lo mismo: una propuesta basada en el ninguneo a las formas democráticas. Si a Keiko se le achacará el autogolpe, a Castillo se le va a enrostrar sus cercanías subversivas.

No va a ser el eje liberal-progresista, porque ambos son conservadores. Inclusive, me atrevería a pensar que la propuesta de Castillo es mucho más conservadora en materia de derechos civiles, y si es verdad que Keiko ha migrado hacia el albertismo podría recuperar algunas líneas progresistas de ese entonces (en esta campaña se ha desprendido de su entorno ultraconservador).

Va a ser el modelo económico y el consecuente debate sobre el cambio de Constitución el que inclinará la balanza. Y allí hay varias acotaciones que hacer. No será tan sencilla la colisión. A Keiko la favorece que, con los filtros descartados, disminuirá el antifujimorismo, pero no le será suficiente.

Indudablemente, el modelo económico estrenado con las reformas de los 90 ha sido inmensamente positivo para el país. Tanto que a pesar de que se paralizó al final de los propios 90, que fue desplegado luego por gobiernos cargados de corrupción y muy mediocres, logró hacer que la economía crezca, disminuya la pobreza y se reduzcan las desigualdades.

En beneficio de Castillo juega el hecho que de que justamente las incompletudes del modelo, producto de los gobernantes ineptos señalados, ha generado un bolsón marginado de ese boom económico. Y a ello se suma el enorme bolsón de la población cuya economía ha sido destruida por la pandemia y obviamente ha votado de mal humor e irritada con lo que puede considerar el modelo.

No va a ser una elección fácil. Va a ser muy ajustada. Va a depender de la fina estrategia electoral de ambos. Por lo pronto, cometerían un grave error en la derecha si hacen sumatorias simples de eventuales adherencias (ya hemos visto al fantoche celeste coqueteando con Castillo, demostrando así su falta de empaque moral; felizmente nos libramos de tenerlo en la segunda vuelta). Va a ser una final de fotografía. Quien logre convencer a la gente de persistir o de tirarse abajo el modelo económico ganará.

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Juan Carlos Tafur, Modelo económico, Pedro Castillo

A pesar de la pérdida de terreno mediático en los últimos años, la hípica tiene un lugar ganado y está plenamente inscrita en la tradición deportiva nacional. Los triunfos de Santorín y Flor de Loto, por ejemplo, en la década de los setenta del siglo pasado, han pasado al plano de la memoria nacional como acontecimientos que produjeron un júbilo colectivo y popular genuino. Mi abuelo, un “hípico de toda la vida”, aún me cuenta, con emoción, lo que significaron estas victorias, el ánimo con que iba a presenciar sus grandes carreras, así como la relación que se trazaba con respecto de los éxitos deportivos de la selección peruana, que practicaba un fútbol exquisito, creativo y clasificó a dos mundiales.

 

A pesar de ello, pocos son los libros que permiten adentrarse, con amenidad, documentación histórica y estilo, al mundo del turf. En ese sentido, el último libro publicado por el periodista Juan José Esquerre, titulado “De Don Jota sus anécdotas hípicas” y publicado el año pasado, constituye un aporte fundamental y sumamente necesario en la literatura no solo hípica, sino deportiva peruana.

 

De amplia trayectoria periodística, desarrollada especialmente en El Comercio, Esquerre, expone una presentación articulada de relatos tanto vividos en primera persona como investigados e incluidos por su relevancia, siempre bajo el hilo conductor de lo que podría considerarse una real pasión hípica. No de casualidad, en las primeras páginas, tras contar su acercamiento personal a este deporte, señala que “He tenido la suerte de ver correr a verdaderos campeones, especialmente a partir del año 1962 en el Hipódromo de Monterrico. Es maravilloso el espectáculo que brindan caballos y jinetes en las pistas. El colorido de las casaquillas de los studs es admirable, uno goza con los cracks o con un reñido final. Las carreras para el auténtico aficionado son un manjar”.

 

Entre las historias que provienen de su experiencia, la del Derby de 1972 fue una de las más interesantes. De hecho, para él, esta fue la edición de dicho clásico más emocionante que vivió, con la victoria de Rascal —montado por Arturo Morales—, caballo del cual fue copropietario junto a Federico Roggero, quien también fue periodista de El Comercio y su compañero de muchas jornadas hípicas. El grado de implicación y las sensaciones eran fortísimas.

 

Capturando el carácter emotivo de la carrera, se lee en el relato: “El final fue realmente no apto para cardíacos. Más de 500 metros ambos ejemplares —Rascal y Tenaz, que ya tenían una rivalidad previa— pelearon palmo a palmo el triunfo. Rascal se defendía por los palos. […] Rascal, Tenaz. Tenaz, Rascal, se escucha su voz clara —de Federico Roggero, que transmitía la carrera—, pero él casi ni miraba la carrera. Qué carrera, qué emoción. Una llegada escalofriante y la espera de la fotografía me pareció un siglo. Finalmente, el juez de llegada dio ganador a Rascal por mínima de mínima.”

 

Conocer, a su vez, el lado humano de personajes que aportaron decisivamente a la formación de la hípica nacional, como el preparador Ambrosio Malnatti, uno de los pocos que se desempeñó tanto en Santa Beatriz, San Felipe y Monterrico —los tres hipodrómos—, y que tuvo bajo su dirección a cracks como Altanero, Misterio, Perinox, Pertinaz, cada uno con sus historias particulares, también resulta valioso. En realidad, lo mismo podríamos decir de cada uno de los protagonistas que incluye en su libro el autor, como por ejemplo el divertido fotógrafo Miguel Nava, el jockey y luego preparador Arturo Morales; vale resaltar que esto, a su vez, no se restringe únicamente al ámbito nacional, sino también amplía su visión hacia lo global.

 

En ese sentido, también me pareció muy acertada la inclusión de historias como las del preparador estadounidense Allen Jerkens, el más joven en ser incluido en el Salón de la Fama de la Hípica Norteamericana. Con una capacidad singular, una comprensión especial hacia los caballos, este sacó el máximo rendimiento de muchos de ellos —considerados no como los más “tops”— y logró que compitiesen al más alto nivel y obtengan victorias impensadas, estableciendo uno de los récords más respetables en su campo.

 

De igual manera con la historia sobre Eddie Sweat, quien trabajó con el reconocido campeón Secretariat y está contada desde la perspectiva de un compañero suyo. En ella, justamente, encontramos esta indicación fundamental acerca del cuidado y sensibilidad que debería prevalecer en la cotidianidad del trabajo hípico: “La única forma en que un caballo gane es que pases tiempo con él. Que lo ames. Que le hables. Que le demuestres que estás tratando de ayudarlo. Que lo conozcas. Eso es lo que tienes que hacer. Ámalo y el caballo te amará. Eso era el catecismo de Eddie, y funcionaba, nunca les dijo caballos, ni matungos, como tantos otros, él le decía amigos. Les hablaba y parecía que lo entendían. Nunca un grito. Nunca un golpe.”

 

Curiosidades como la de Disney, el único caballo en el mundo que perdió una carrera corriendo sin contrincantes, las fascinantes trayectorias de caballos legendarios como el venezolano Cañonero, la de los estadounidenses Hyperion —con la particularidad de sobreponerse al mito de que un caballo de cuatro patas blancas no tiene futuro— y John Henry, entre una diversidad mayor de historias, nos permiten detenernos, conocer y ampliar la perspectiva sobre el singularmente tradicional y emocionante ámbito del turf. En definitiva, combinando el rigor documental con la mirada particular , expresando amplia experiencia en el campo y un conocimiento sólido de lo que representa y rodea a la hípica, la publicación de este libro es sumamente grata y positiva.

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Deporte, Hípica
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