Opinión

En los cuentos para niños cuando un gigante entra en estado de rabieta y golpea el piso con manos y pies éste retumba pudiendo causar muy graves daños a su alrededor. Se trata de un proceder irracional que no mide las consecuencias de que no se haga lo que su mera voluntad le mande. Hoy vemos que ese gigante que es la derecha bruta y achorada, al haber perdido las elecciones, ha entrado en un estado de pataleta que se está llevando consigo la poca institucionalidad que hemos podido construir en todos estos años de democracia.

Con una insensata y muy poca creíble campaña de fraude, el fujimorismo aupado en esa derecha obtusa, racista y corrupta, ha llegado al extremo de la sedición haciendo un llamado al golpe de estado con tal de no permitir que la voluntad de la mayoría se concrete y Pedro Castillo sea, por fin, proclamado como presidente la república.

Los mismos generales de ninguna batalla que sólo usaron su poder y su rango para ponerse de rodillas ante el criminal y traidor de Vladimiro Montesinos, hoy como ayer, vuelven a firmar un acta de sujeción al autoritarismo corrupto al que siempre sirvieron. No les interesa ni la democracia, ni protegerla, lo único de lo que son capaces es de seguir sirviendo de guachimanes con galones a los señores de siempre que se niegan a dejar el poder que durante doscientos años mantuvieron a sangre y bala.

Las cosas ahora han cambiado y no sólo tenemos instituciones sino una ciudadanía vigilante y poco dispuesta a dejar que el triunfo contra la corrupción le sea arrebatado. La pataleta de la señora Fujimori fue la principal causante de estos cinco años perdidos por la inestabilidad política a la que nos sometió, regresándonos al siglo XIX donde hemos contado cuatro presidentes en cinco años. Hoy amenaza con más de lo mismo. Saben bien ella y la derecha que representa que han sido legítimamente derrotadas en las urnas, pero seguirán haciendo lo que esté en sus manos para no aceptar los resultados.

La persona acusada de liderar una organización criminal no ha tenido escrúpulos en rodearse de sus co-investigados desobedeciendo las reglas de un tribunal timorato que ahora es incapaz de hacerlas cumplir. Lo cierto es que eso sólo muestra el desprecio atávico del fujimorismo por las instituciones, la ley y las buenas maneras. Han tenido que sacar de su sarcófago a personajes como Lourdes Flores para que haga lo que mejor sabe, defender lo indefendible, lo han hecho porque ningún jurista ni político que se respete se prestaría a un juego tan nefando como el propuesto por el fujimorismo de patear el tablero si no se hace lo que ellos quieren.

Lo cierto es que sólo cabe esperar que el Jurado Nacional de Elecciones sea capaz de hacer cumplir sus propias normas y resuelva de una manera justa y oportuna la maraña de leguleyadas planteadas para torcer la ley. Es su deber con la ciudadanía y la democracia no ceder al poder, el chantaje y hacer cumplir la voluntad de un pueblo que ya eligió su destino votando mayoritariamente por la opción popular que representa Pedro Castillo.

Ahora lo importante para el nuevo gobierno de Castillo es asegurar la estabilidad y gobernabilidad que necesitará para llevar a cabo las reformas que planteó en el Plan Bicentenario. Para ello, es necesario que se aleje de los enloquecidos furores de ese ideario, que es una loa a la desmesura hasta cierto punto entendible, de un pueblo históricamente excluido y empobrecido. Los votantes de Castillo en la segunda vuelta, aquellos que le dieron el triunfo, votaron por el Plan Bicentenario y para que la corrupción no se hiciera otra vez del poder. Para gobernar el Perú hace falta llegar a consensos mínimos que pasan por escuchar a todos. A partir del 28 de julio Castillo será el presidente de todos y tendrá que gobernar para todos, en especial para aquellos que no votaron por él y representan casi la mitad de los electores. No puede, por tanto, pretender gobernar de manera sectaria y de espaldas a la realidad.

En este contexto tan complejo le cabe un papel crucial y hasta histórico a Verónika Mendoza. Ella y el equipo de Nuevo Perú son los únicos que le pueden dar estabilidad al régimen que está por nacer. No se trata de copar ni de captar, se trata de tener sentido de la oportunidad y ser la garantía de un gobierno que de tranquilidad a tirios y troyanos. Este triunfo tiene un sentido histórico muy importante, significa la primera vez en nuestra historia republicana que la izquierda llega al poder por haber ganado unas elecciones. El principal objetivo de la derecha será el fracaso de este intento del pueblo por dirigir su propio destino. Es mucho lo que está en juego, por eso se necesita de la unión de todas las fuerzas progresistas. No es tiempo para cálculos personales y oportunistas. Por ello, desde las filas de Perú Libre deberían aceptar que para gobernar el Perú se necesita del concurso de sus aliados.

Por otro lado, Mendoza debe asumir el destino que la historia le ha deparado y ponerse al servicio de la patria. A los grandes políticos se los conoce no por los cargos que ocupan sino por aquellos a los que están dispuestos a renunciar cuando las circunstancias lo requieren. Lo hicieron Haya de la Torre y Barrantes en su momento.  Pedro Castillo tiene hoy la enorme responsabilidad de darle viabilidad a lo que será su gobierno, le toca ordenar la casa y definir claramente con quienes gobernará. El Perú no está para más esperas y titubeos cuando la muerte asecha nuestros hogares y cuando el fantasma del golpe de estado vuelve a rondarnos.

Que Castillo vaya organizando lo que será su gobierno mientras Fujimori siga con su pataleta. A él le toca conjurar a los fantasmas del golpe y del comunismo. Mientras los extremos se enfrentan a él le toca hacer lo que haría todo estadista, pensar y ver más allá de la coyuntura. En la gigantomaquia griega, los dioses necesitaron de un simple mortal para vencer a los gigantes. Hoy los peruanos necesitamos que el sencillo profesor rural empiece a trabajar para levantar juntos al país de los escombros en los que se encuentra.

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Fraude electoral, Keiko Fujimori, Verónika Mendoza

La resistencia fraudulenta del fujimorismo, frente a su derrota electoral y la muy probable prisión de su lideresa, evidencia algunas verdades históricas desconocidas u olvidadas  por nuestras élites informadas, pero muy tangibles en este contexto. Como Keiko Fujimori se defiende hoy con lo que tiene y puede, deja flancos que develan las mecánicas y formas políticas de su facción. Es así siempre: las redes de poder, las convicciones y los objetivos económicos se explicitan en la coyunturas políticas urgentes y polarizantes.

Ha quedado bastante claro, una vez más, que a los principales promotores del liberalismo en el Perú (y sobre todo a los inversionistas de nuestro oligopólico mercado) no les interesan las libertades políticas y la democracia que vitorean según conveniencia, siendo que sólo buscan asegurar un régimen económico que les permita seguir acumulando, así sea vía corrupción millonaria. No contentos con haber co-diseñado e implementado una campaña electoral llena de mentiras, prejuicios y racismo, a través de una aplanadora mediática corporativa (no periodística), han pasado luego, con intentos desesperados y totalmente infundados, a denunciar fraude electoral. Felizmente hay cada vez más voces autorizadas, nacionales e internacionales, que descartan esta grotesca falsedad.

Un temerario camino inicial que ensayaron, y que en las últimas horas ha perdido fuerza por ser claramente inconstitucional, fue sugerir nuevas elecciones a partir de presionar al Jurado Nacional de Elecciones con masivos e injustificados pedidos de nulidad de actas. Con la ONPE también quisieron hacer lo mismo. Hasta el momento han sido derrotados, más que nada por la opinión pública, en calles y redes. El otro frente de batalla que han elegido es el Tribunal Constitucional – a punto de ser renovado por un congreso conservador y muy poco confiable -, pues han presentado una acción de habeas data donde piden las listas de electores con firmas, de tal manera que se pueda demostrar lo que aseguran hubo: reemplazos de votantes y de presidentes de mesa. No lo dicen, pero buscan lograr que algunos electores accedan a decir que votaron de tal forma que el conteo de su mesa no cuadra. Desde luego, esto dinamita el sistema electoral de cualquier país, que se basa en la confianza hacia los ciudadanos voluntarios que administran las mesas de sufragio, y que protege, por obvias razones, la condición secreta del voto. La treta tiene para largo, y será la primera escaramuza que planteará la derecha para debilitar el ya inminente gobierno de Pedro Castillo. Menos mal que hoy los militares no tienen el poder de facto que antes tenían, y por eso no pasan de gestos bravucones por parte de su personal retirado.

Nada de esto es nuevo. Desde 1821, nuestro empresariado es pobre de espíritu, lo que lleva a la pequeñez política y la corrupción. Pese a su enorme tendencia a la concentración de riqueza, casi ninguno de sus hombres ha tenido la grandeza de querer empujar la transformación del país con inversión de valor agregado y creatividad tecnológica. Ninguno ha tenido la obsesión de conquistar el mundo a partir de una innovación productiva que incluya a las mayorías de su país y lo coloque en la historia de su tiempo. Heredaron un modelo primario-exportador de renta exorbitante para muy pocos mercantilistas, y con una mayoría explotada que lo sostiene además de unos cuantos clasemedieros, y lo defienden con uñas y dientes. Googleen el prólogo de Pablo Macera a la reedición de Ensayo sobre la industria algodonera en el Perú (1849), de Juan Casanova, y encontrarán interesantes detalles: el siglo XIX tuvo la permanente sombra de conspiraciones nacionales e internacionales para boicotear, y mejor aún impedir, cualquier esfuerzo destinado a conformar un mercado interno que asegure nuestro bienestar sin depender de los vaivenes del mundo desarrollado. No hace falta profundizar en el todavía nítido siglo XX, que ha estado lleno de regímenes militares dirigidos a bloquear este camino progresista, obviamente con apoyo internacional, estatal, y financiero. Odría, Morales Bermúdez (criminal condenado según la justicia italiana) y Fujimori – en fórmula contemporánea de dictablanda y con un escenario muy crítico que impidió ver la realidad – son los últimos, pero cualquiera que abra un libro de historia económica peruana podrá deducir, con facilidad, cuáles fueron los objetivos económicos de los diferentes gobiernos castrenses que hemos tenidos en los últimos 121 años, y sus conspiraciones para faltar a la voluntad popular expresada en las urnas. Desde luego, la derecha empresarial siempre ha tenido a los medios masivos de su parte – son sus dueños o socios – y los fortalecen haciendo de la vista gorda con una ley de medios que nos expropia un bien común (las ondas radioelectrónicas que permiten la señal de medios masivos) y se los entrega de por vida. 

Sin embargo, esta propensión histórica a desconocer las libertades y formas democráticas – cuando peligra el modelo económico – no sólo es natural a nuestra derecha política, sino también al liberalismo en sí mismo, siendo que se agudiza en el subdesarrollo, donde hay extrema desigualdad e instituciones políticas altamente frágiles. Es tiempo de desbaratar el repetido e desinformado lugar común de que el verdadero liberalismo es una narrativa en la que la libertad política y la económica van ineludiblemente juntas, porque esto fortalece a ambas partes. El liberalismo económico, desde Adam Smith hasta hoy, es una prédica y una prescripción al servicio del gran empresario capitalista, donde caben – sólo de modo complementario –  las libertades individuales o civiles (relativas a la opinión, la religión y la vida) pero nunca las libertades políticas que fundamentan la democracia, como son los derechos universales a elegir y ser elegidos. Esto no lo pudieron ofrecer tan fácilmente, porque ponía en riesgo el orden económico más propicio para sus negocios. Así que debió llegar por presión ciudadana, consolidándose recién a partir de mediados del siglo XX. La filosofía política de los clásicos del liberalismo, en realidad, es el utilitarismo decimonónico, cuyo gran principio analítico y prescriptivo plantea que todo individuo decide y actúa a partir de su vocación de acumular placer (beneficios) y evitar dolor (pérdida). Esta una premisa moral es muy funcional para el modelo de libre mercado, donde la concentración de capitales es natural, y necesaria para los volúmenes que algunos pretenden. Pero es muy nociva para la democracia, que es una igualdad política que implica participación general y compromiso solidario con lo común, lo que el utilitarismo petardea. La historia es elocuente: ninguna de las potencias capitalistas ha construido sus grandes ventajas materiales y competitivas con plenas libertades políticas (ni civiles, la verdad). Al interior de sus posesiones coloniales ni qué decir: esclavizaron y eliminaron. Hasta hoy los grandes poderes económicos, en alianza con gobiernos aliados, toman territorios estratégicos por la fuerza.

Así que los liberales y centristas peruanos de mayor registro cultural y bibliográfico (no son los empresarios, casualmente), que votaron por Keiko Fujimori o en blanco para evitar la presidencia de Pedro Castillo, tienen ahora bastante elemento para repensar la pregunta de si es posible una verdadera democracia en el capitalismo de libre mercado, sobre todo en sociedades tan rezagadas como la nuestra. También si una familia que convive con la muerte y la corrupción desde hace décadas, y que lidera una mafia política cuya voracidad destructiva no tiene límites, puede ser mejor opción que un docente rural honesto y comprometido, sea cual fuere la parada ideológica de éste. Está muy bien que ahora exijan respetar los resultados de las elecciones, pero eso no quita deban respuestas frente a la desubicación histórica y perniciosa de pretender un liberalismo democrático y honesto que no existe ni es posible en el Perú. No sorprende que Vargas Llosa opte por el fujimorismo en esta circunstancia: ¿cuándo un conservador colonial, atrevido en su ignorancia política y económica, ha celebrado a un presidente campesino? Pero sí es muy extraño que haya arriesgado tanto su prestigio cultural, apadrinando a la candidata fujimorista y promoviendo – a media voz para luego salvarse – la barbaridad ilegal de denunciar fraude. Nada es voluntario y casual entre los poderes del capitalismo occidental.

Ya se ha evidenciado en muchos auditorios que el capitalismo liberal se ha quedado sin respuestas frente a las crisis cada vez más duras que cíclicamente genera. También es indiscutible su fracaso en la era republicana del país y la región, así como su histórica violencia, que puede llegar a ser criminal cuando, en el horizonte político, aparece un cambio de régimen económico que hace peligrar sus millones venideros. Pero aun con ello, seguirán apelando al populismo y al miedo tribal como arma opositora, porque no tienen otras herramientas a la mano, y porque cerca de la mitad más conservadora del país (obviamente la más urbana) todavía es capaz de considerar mal menor a Keiko Fujimori. Tienen, sin duda, margen de acción para complotar ferozmente contra el gobierno entrante. Queda por verse si el activo de honestidad del profesor Castillo – no es chantajeable – y la creatividad progresista de los cuadros que hoy lo acompañan, logran resistir democráticamente los embates de la mafia, y aceleran los cambios estructurales que necesitamos desde hace dos siglos.

Según la última encuesta del IEP, un 66% de la población considera ganador de las elecciones del pasado 6 de junio a Pedro Castillo. Eso quiere decir que al menos un 16% de los votantes de Keiko Fujimori cree que el ganador fue su adversario.

A la vez, según la misma empresa encuestadora, un 69% desaprueba la actuación de la candidata de Fuerza Popular después del día de las elecciones. Eso quiere decir también que al menos casi un 20% de los votantes de Fuerza Popular no está de acuerdo con el modo en que su candidata se ha venido comportando, alegando fraude e impugnando el resultado de la ONPE.

No hay hasta el momento, reiteramos, prueba fehaciente o indicio poderoso e irrebatible de que la jornada electoral haya estado teñida de irregularidades en masa que hayan hecho que el conteo rápido de Ipsos o el oficial de la ONPE hayan sido tergiversados, otorgándole un triunfo ilegítimo al candidato de Perú Libre.

Por cierto, hacemos votos para que el JNE acepte revisar todos los recursos de impugnación, inclusive los presentados después de la hora, y hacemos lo propio para que el hábeas data presentado por abogados allegados a Keiko Fujimori prospere y hagan que la ONPE muestre los padrones electorales y así permitan a cualquier veedor ciudadano o político confirmar o desmentir la tesis del fraude.

En tanto eso no ocurra, sin embargo, la reacción política que disputa los resultados está siendo interpretada por la ciudadanía como una pataleta picona de la perdedora. Y eso le resta inmensa legitimidad opositora a la derecha aupada detrás de la excandidata de Fuerza Popular.

La derecha congresal tiene 44 votos en el Legislativo, los suficientes para bloquear cualquier reforma constitucional, la elección de magistrados del Tribunal Constitucional o de directores del Banco Central de Reserva. Tiene un poder inmenso que un sector de la ciudadanía espera que ejerzan con rigor y al mismo tiempo con inteligencia.

Si la derecha parte del no reconocimiento del triunfo de Castillo y lo considera ilegítimo, sin pruebas de su creencia, lo más probable es que los siguientes años (los que dure el nuevo Congreso), la labor de este segmento ideológico de la clase política peruana sea una dedicada al sabotaje antes que a una oposición recia y democrática.

En esa línea pueden terminar haciendo realidad su propia profecía: la radicalización reactiva de Castillo y su confrontación total con el Legislativo que probablemente lleve a su cierre para llevar adelante la tesis máxima de la Asamblea Constituyente.

Según la encuesta del IEP el 69% rechaza la conducta obstruccionista de Keiko Fujimori, que usando diversas estrategias busca apoderarse de la presidencia y rechazar cualquier resultado que no la favorezca. Es claro para muchos/as que la consigna de la ex candidata y el sector que la apoya es ganar, a la buena o a la mala.

Keiko Fujimori no aprendió de sus errores. Ha sido evidenciado, lo que muchos sabíamos, no solo heredó las prácticas autoritarias y delictivas de su padre, también ha desarrollado un profundo desprecio por el país que dice defender.

Sólo así se explica que, sin importarle la pandemia que ha dejado más de 187 mil defunciones, pobreza y exclusión, la hoy ex candidata se haya dedicado las últimas semanas a promover un escenario de mayor polarización y violencia mediante las acusaciones de fraude, debilitando así a las instituciones electorales, deslegitimando un proceso transparente y advirtiendo, una vez más, un clima de ingobernabilidad para los próximos años.

Keiko Fujimori, sus tradicionales y nuevos aliados, han dejado claro que su actitud y “principios” democráticos son relativos, se mantienen siempre y cuando no se afecte el modelo social y económico que ideológicamente protegen. Mientras el poder siga concentrado en la elite “blanca”, “bien hablada”, “ilustrada” todo estará “en calma”. Entonces, la “democracia” que defienden es aquella que les permita seguir concentrando – sin cuestionamientos-  el poder real y simbólico, lo contrario es visto como una amenaza y para combatir dicho riesgo se han desplegado estrategias bastante perversas.

Una de estas es la profundización de la violencia racial. Todo el proceso electoral y el contexto que vivimos actualmente se encuentra atravesado por el racismo y el colonialismo. Citando las palabras de Nelson Manrique, arrastramos una fractura colonial no resuelta, por lo que construir solidaridad social es una tarea difícil (2002: 60)

Aprovecharse de esta fractura, potenciarla y hacer un llamado a todos los sectores que se sienten amenazados por la posible llegada al poder de un representante de “los nadies”; no sólo es irresponsable sino además es un directo llamado al odio y la violencia en un país discriminador y violento.

Expresiones como el “better dead that red”, las claras amenazas de golpe de Estado, la insistencia en posicionar el discurso de fraude (negando la legitimidad del voto de zonas rurales y alejadas), el acoso a las autoridades del sistema electoral   y el nombrar como “comunista” a todo aquel que se les oponga; es parte de una estrategia de miedo, atravesada por la violencia racial, en la que, lamentablemente, buena parte de la población ha caído.

Keiko Fujimori, en mi opinión, guarda un profundo desprecio por el país y ello ha quedado al descubierto. No se defiende al país escindiéndolo más. No se construye democracia liderando una crisis social y política racializada, no se construye un país garante de derechos negando legitimidad a las demandas de la población; no se construye una república realmente libre, destruyendo los principios democráticos. Lamentablemente, el daño está hecho.

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Golpe de estado, Keiko Fujimori, violencia racial

La derecha radicalizada ha construido una narrativa irresponsable de fraude que lamentablemente ha calado en la opinión pública. Con fake news, dudosos especialistas, cobertura grandilocuente de los medios televisivos de señal abierta y complicidad de buena parte de la clase política, han asentado ese lugar común.

Y en ello también tiene responsabilidad la gente de Perú Libre. Según la última encuesta de Datum, un 65% del país considera que hay indicios de fraude; 85% de los que votaron por Keiko y 50% de los que votaron por Castillo lo piensan así. Un desastre político desde donde se le mire, que teñirá de ilegitimidad de base al inminente triunfo de Castillo en las urnas.

Mecha corta va a tener el candidato de Perú Libre para gobernar. No solo desplegará su gestión bajo las mencionadas sombras de la sospecha sino que pronto deberá lidiar con otra realidad incontrastable: el voto detrás suyo ha sido un voto anti establishment, no uno ideológico activista ni comprometido con su ideario radical de origen.

Según la propia Datum, un 69% está en desacuerdo con prohibir importaciones (entre ellos, nada menos que un 47% de los propios votantes de Castillo); 78% está de acuerdo con que se mantengan los tratados de libre comercio (73% de los que votaron por Perú Libre); 67% considera inadecuado el control de precios (65% entre los que votaron por el lápiz); solo 20% considera que se debe hacer un cambio total de la Constitución y un mayoritario 63% que solo algunos cambios (un similar 63% de los que votaron por Castillo considera que solo debe hacerse algunos cambios y apenas un 30% cambios totales). La mayoría contra el ideario de Cerrón.

Más razones para que Castillo entienda que su mandato está obligado a contemporizar si no quiere provocar un descalabro mayúsculo en el país y eventualmente poner en riesgo su propia estabilidad y permanencia en el cargo.

El país no quiere modelos estatistas, antimercado, ni radicalidades constitucionales. Ni siquiera los propios votantes de Castillo. Si éste soslaya esta realidad y se deja seducir o intimidar por el chantaje cerronista, cavará su propia tumba política, porque pronto caerá en niveles altos de desaprobación, las bancadas congresales le darán la espalda a un mandatario impopular y no logrará sostenerse con sus apenas 42 congresistas (sin considerar que los 12 incondicionales de Cerrón también podrían volteársele). En cambio, tiene el camino de la gobernabilidad a la vista. Es cuestión de que se guíe por la sensatez y el pragmatismo.

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Extrema derecha, Fraude electoral, Perú Libre

Muchos jóvenes nos sentimos identificados con las ideas liberales y de derecha. El crecimiento económico que logró sacar a millones de peruanos de la pobreza en los últimos quince años, así como la evidencia clara de que hoy los países más prósperos, menos desiguales y más democráticos son aquellos con mayor libertad económica (Suiza, Australia y Nueva Zelanda encabezan el ranking), nos hace pensar a muchos que el camino a seguir es mundialmente conocido y no es necesario reinventar la pólvora. 

La derecha que muchos quisiéramos ver liderar en nuestro país no es una derecha autoritaria, prepotente, discriminadora e incapaz de tender puentes, sino todo lo contrario. Lo que necesitamos es una “Derecha Inteligente y Democrática” (DID).

Inteligente en el sentido de que sea capaz de seguir uno de los principales pilares del liberalismo clásico: basar sus opiniones y decisiones en datos, y no en relatos. Las redes sociales han abierto la puerta para una lluvia de información falsa que muchos comparten sin verificar. Necesitamos, entonces, esfuerzos inteligentes como los de Ale Costa, Pablo Lavado e Ipsos Perú (pueden encontrar todos estos en Twitter), que han publicado diversos análisis sobre el presunto intento de fraude electoral basados en evidencia o estadística (todos concluyendo que no existen indicios de uno). 

Democrática porque, para un liberal, antes de cualquier ideología está el compromiso con la democracia. El liberalismo y el totalitarismo son simplemente polos opuestos: no existe un concepto tal como “hacer un golpe de estado para salvar la democracia”. Tampoco existe plena libertad económica en un sistema totalitario. La democracia implica aceptar los resultados de una elección, aun cuando estos no nos gusten, aun cuando sepamos que el camino hacia la izquierda probablemente nos traiga muchos problemas. Existen vías democráticas para controlar el poder de un presidente, así como la necesaria posibilidad de tenderle puentes a quien salga elegido para exigir consensos y alejar al país de propuestas radicales. 

Existen voces representantes de una DID en varios partidos políticos, medios de comunicación y sociedad civil. ¿Qué esperamos entonces?

*Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden no coincidir con las de las organizaciones a las cuales pertenece. 

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Extrema derecha, liberalismo clásico

“Postergando la proclamación de Pedro Castillo piensan deslegitimarlo políticamente, sin embargo, debo recordar que la única deslegitimación posible podría darse si se crea una hoja de ruta y no se aplicara el programa de gobierno por el que el pueblo votó en mayoría”.

Este tuit de ayer 20 de junio de Vladimir Cerrón, presidente de Perú Libre, pone en clara evidencia que los términos internos del partido que es casi un hecho nos gobernará cinco años no son tan pacíficos como algunos voceros pretenden mostrar.

Evidentemente, el sector cerronista no ve con buenos ojos la presencia creciente de técnicos y economistas de Juntos por el Perú (Pedro Francke, Oscar Dancourt, etc.) que ya han morigerado los términos radicales de la proclama vigente en el ideario de Perú Libre presentado en primera vuelta e, inclusive, de los contenidos en el Plan Bicentenario de la segunda vuelta.

Castillo no ha desmentido en ningún momento las declaraciones oficiosas de Francke y éste se ha despachado en eventos privados y medios, dando por sentado que representa la voz official del probable gobierno entrante. Hay una intento de Castillo por moderar sus posturas iniciales y Cerrón no lo quiere.

¿Qué consecuencias puede traer ello para la gobernabilidad del país? De hecho, hay que partir de la constatación de que Cerrón controla absolutamente al menos 12 congresistas de Perú Libre. Si rompen con Castillo por su moderación, dejarían a la bancada oficialista solo con 25 congresistas propios más los cinco de Juntos por el Perú, apenas 30.

Necesitaría con urgencia llegar a un acuerdo con las bancadas de centro, que suman 44 parlamentarios (17 de Acción Popular, 15 de APP, 5 de Podemos, 4 de Somos Perú y 3 Morados) y así llegar a 74 votos, que le permitan gobernar sin sobresaltos y además que se apruebe la reforma tributaria que plantea aplicar al sector minero y que según los cálculos de Francke, deberían permitirle (junto con el combate a la elusión y evasión), aumentar la presión tributaria de 14 a 22% del PBI (promedio de la región).

Ese acuerdo debe suponer, sin embargo, algunas concesiones, que pasan desde la conformación de un gabinete multipartidario hasta la renuncia explícita a forzar la disolución del Congreso o la convocatoria a un referéndum para imponer a como dé lugar una Asamblea Constituyente, lo que solo generaría caos e incertidumbre (según la última encuesta de Datum apenas el 20% del país está de acuerdo con un cambio total de la Constitución).

Una mirada rápida de los programas, noticieros, periódicos y medios tienen un común denominador: los mismos invitados, el mismo discurso, la misma orientación. Este artículo busca analizar el peligro de una mirada hegemónica desde los medios y qué generan.

Dos semanas después de la elección estamos aún sin un presidente formalmente proclamado por el JNE. Sin embargo, es casi ya un problema anecdótico. De no mediar algún suceso extraño Pedro Castillo es el nuevo presidente del Perú y hay que aceptarlo y entendernos a partir de ello.

Sin embargo, estos días hemos apreciado una especie de “guerra argumental” que desde los cuarteles de la candidata Fujimori se ha desatado y que, objetivamente, ha tenido poco éxito desde los fundamentos de base, pero muy efectistas desde la comunicación a la opinión pública. Cada una de las ideas que Fujimori o sus allegados han expresado esta semana, han caído desbaratadas. Pero se siguen levantando, como si al frente nadie les hubiera comentado nada. Como si nadie contrastara sus afirmaciones. Bueno, es que nadie en medios masivos lo ha hecho. Se deja hablar extendidamente y no hay un contrapeso eficiente desde los medios de comunicación.

¿Qué buscan entonces repitiendo argumentos falaces y agregando nuevos cada dos días, cada vez que se anulan desde lo fáctico y desde lo legal los anteriores? Pues generar corrientes de opinión que se instalen en la opinión pública y que hagan aceptables argumentos de duda sobre el proceso. Como Neumann teorizó en La Espiral del Silencio, la opinión hegemónica genera un tejido de aceptación en la que la disidencia genera aislamiento. Ergo, se busca conseguir un discurso único que haga que se quiera invalidar el proceso.

Un ejemplo claro de ello es la participación en estos días de la excandidata Lourdes Flores que ahora se pasea como experta estadística sin que nadie dentro del establishment mediático le haga el contrapeso. No entraré en el fondo de argumentos pero existen una decena de estudios serios que han demostrado lo débil de sus afirmaciones. Pero aparece en todos los canales, dudando de todo, frente a periodistas a los que les falta solamente aplaudir cada sentencia que da. Pensamiento hegemónico que compele y anula las ideas contrarias.

Lo que busca y genera finalmente es categorizar y generalizar. Lograr trascender la discusión y asentar un pensamiento. Cuando en términos cognitivos generalizamos, estructuramos nuestra manera de pensar dirigiendo afirmaciones y conclusiones con lo que hace empate con esa hegemonía de posición.

Pero además, no solo es una lógica cognitiva sino también conativa. Como Jackson señala: “Estas influencias agregan otra capa a la forma en que los humanos se comportan más allá del simple contagio y la formación de opiniones: las personas se preocupan deliberadamente por igualar las acciones de los demás” (Jackson, Matthew, 2019. The Human Network). Otra vez, la hegemonía que nos lleva a una única forma de entender las cosas, pero que también nos lleva a una acción que se justifica por ello.

Lo que se genera entonces es un intento por generar una “verdad inobjetable” desde una sola mirada, que tiene el apoyo masivo de los medios de comunicación y que puede generar incluso comportamientos que se basen en esa verdad instalada. El componente perfecto para el cóctel de inestabilidad que el Perú no necesita. Todo el tiempo, como Jackson señala, nos portamos como los demás y si eso está basado en lo que consideramos “verdad” seguimos adelante con mayor convicción.

Jonathan Haidt en La Mente de los Justos (2012) justamente considera estos temas a través de la psicología moral y señala que una condición que nos caracteriza es la “defensa de los nuestros”, la capacidad que tenemos para optar por posiciones cohesionadas. Específicamente la política y la religión han sido elementos de cohesión y poseen un valor adaptativo. Si contamos con información unidireccional, nos llevamos por la intuición y adaptamos el razonamiento luego. Desde otra perspectiva Damasio (El error de Descartes) también lo señala al considerar que primero sentimos y luego pensamos para actuar. El sentimiento no aparece de la nada, es resultado de los marcos de referencia en el que nos ubicamos.

El problema con ello es que no hay información con contrapeso, lo que hace que en el fondo las decisiones que podemos tomar orientadas a mejorar una situación problemática que percibimos, no terminan siendo productivas porque esa información no contenía elementos razonables que motivaban positivamente dichas decisiones. Sunstein lo dice claramente: “Desafortunadamente, cierta información no mejora la vida de las personas de ninguna manera. No mejora sus decisiones y no los hace más felices. A veces es inútil. A veces les hace sentir miserables. A veces empeora sus decisiones.” (Sunstein, Cass R. (2020) Too Much Information)

El mismo autor trata de esbozar la respuesta a este panorama: debemos lograr como sociedad un compromiso con la divulgación. Existe el derecho a saber pero ese derecho es amplio, no restringido a una sola parte del espectro. Si restringimos parte de las posiciones, las trivializamos y no las incorporamos al debate público, la posibilidad de tomar decisiones se restringe y -en el fondo- tendremos un discurso único.

Hemos pasado por un manejo de la pandemia que ha ido en ese sentido: el gobierno anterior manejó información sesgada, confusa y orientada a la manipulación. Una de las consecuencias de ello fue tener el peor efecto a nivel mundial de las cifras, una vez que se sinceraron. La información es clave, pero tiene que dejar de manipularse.

Las últimas elecciones son una muestra de ello también. En espacios sin mediación y con medios claramente jugados a una sola posición, el efecto se sintió. La lógica del miedo se asentó y se recuperó porciones importantes de votantes. En espacios donde la mediación a través de estructuras comunales es más habitual, ese discurso de miedo no entró y se fue mas capaz de una decisión mejor motivada. Es una hipótesis que puede ser interesante de probar cuando ya contemos con data cerrada.

La discusión sobre el papel que la hegemonía y la distribución de información tiene sobre el sentido que toma la opinión pública, recién empieza. Lo que es evidente es que no puede subestimarse y que se debe ser muy crítico y abierto para poderse estudiar. Una sociedad más libre también implica una información menos maniatada.

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Lourdes Flores, Pedro Castillo, psicología moral

El genial político y periodista Enrique Chirinos Soto siempre señalaba que la vitamina más poderosa, la que movilizaba más las potencialidades y capacidades del ser humano, la que elevaba sus defensas en grado extremo, la que no tenía competencia respecto de cualquier otra sustancia, era la “vitamina P”, la vitamina del poder.

Hay cientos de estudios psicológicos que demuestran, en efecto, el grado sumo de influencia que tiene en cualquier persona el ejercicio de algún tipo de poder, así sea mínimo. Lo que deberíamos saber, sin embargo, es que su impacto tiene doble valencia: potencia tanto lo bueno como lo malo: la hiperactividad productiva como la psicopatía destructiva.

Hasta que Pedro Castillo no asuma cabalmente las riendas del poder no vamos a saber qué aspecto de su personalidad incrementará y cuál no. De ello dependerá, en gran medida, que prime un Castillo que sepa leer la adversidad que le muestra casi la mitad del país, y que concilie para tratar de ponerlo de su lado. O más bien que aflore un Castillo narcisista, creyente en su poder omnímodo y que busque así la confrontación patológica con el adversario para buscar su aniquilación.

A Toledo el poder se le subió a la cabeza muy pronto y convirtió a un líder contra la corrupción en un tremendo sinvergüenza que ya a los pocos meses de estar en Palacio recibía coimas de Odebrecht. A García le elevó a la máxima potencia un ego ya colosal de antemano, pero al menos en su segundo gobierno eso lo convirtió en hiperactividad proempresarial (lastimosamente nunca supo entender qué era una postura promercado antes que proempresa, pero ese juicio quedará ya para la historia); en su caso, ya había maltratado los influjos malignos del poder en su primera gestión, así que no le impactó mucho en su segunda.

A Ollanta Humala es al presidente que menos cambió el poder. Quizás acostumbrado ya al mando y a manejar situaciones complejas en su carrera militar, el ejercicio del poder no lo envaneció ni lo mareó. A Kuczynski lo transformó en un tipo soberbio, frívolo en extremo, indolente, incapaz de entender la inmensa tarea política que tenía al frente (en gran medida, que hoy estemos a punto de tener a un radical en el gobierno es también responsabilidad de su pésima administración).

Cuando Castillo asuma el poder a plenitud recién sabremos el camino político que seguirá, porque será su talante personal el que lo guiará sobremanera y no sólo las ideas o razones que lo puedan acompañar o le puedan mostrar.

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