Opinión

Aparece una legítima denuncia periodística en la que se informa que la excanciller Elizabeth Astete señaló ante el Congreso haber informado de su inclusión en la lista del vacunagate al propio presidente Sagasti y que éste no dijo nada y que inclusive le habría dado su autorización, habiendo solo reaccionado cuando se desató el escándalo.

Palacio ha emitido un pronunciamiento en el que niega los hechos y arguye que el día en el que supuestamente se produjo el intercambio de información entre Sagasti y Astete, no hubo sesión del Consejo de Ministros. Acto fallido, porque luego se ha conocido que el día señalado sí hubo una reunión entre el Presidente, la excanciller y la exministra de Salud, Pilar Mazzetti.

Si se certifica el hecho -lo tendría que aseverar Mazzetti, presente en la susodicha reunión-, el Presidente habría incurrido en una falta, sin duda. No tenemos la capacidad de asegurar o desmentir el hecho, pero la torpeza comunicacional del gobierno ya es legendaria y solo abona en favor de la hipótesis denunciada, lo que en el peor de los casos, lleva a Sagasti al borde del delito o de una falta administrativa y en el mejor lo deja como un mentiroso.

No obstante ello, es necesario advertir una vez más, la torva intención de muchos políticos de aprovechar la circunstancia para tratar de sacar a Sagasti del poder. Como buitres al acecho de carroña, estos políticos (congresistas y candidatos) solo tienen en mente desestabilizar el país más de lo que ya lo está.

Se conjugan dos intereses: la mafia de las universidades truchas que a toda costa quiere hacerse del poder para tumbarse a la Sunedu, la reforma universitaria y recuperar la licencia perdida de sus universidades (mafia que cuenta con enorme representación congresal), y algunos candidatos que saben que a mayor zozobra mayor impacto de su aparente radicalidad y actitud confrontacional.

Impresiona que a estas alturas de la crisis, a sabiendas del retraso administrativo y político que podría generar un nuevo cambio de gobierno, haya quienes antepongan sus intereses particulares al bienestar del país. A nadie en su sano juicio le debería parecer conveniente interrumpir el mandato de Sagasti, quien, a pesar de la aparente inconducta imputada, no calificaría para merecer el castigo de la vacancia por incapacidad moral que pueda llevar al Congreso a censurarlo. Solo un incendiario antipatriota podría pretenderlo.

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Elizabeth Astete, Francisco Sagasti, Pilar Mazzetti

Si nos atenemos a la última medición de Datum, al menos habrá nueve bancadas congresales, y ninguna, como es previsible, con mayoría suficiente. El candidato que gane la elección presidencial no va a tener dominio legislativo. La probabilidad de que se repita los siguientes cinco años el escenario de ingobernabilidad y de enfrentamientos y crisis entre Ejecutivo y Legislativo es muy amplia.

Tendría que firmarse un pacto de gobierno multipartidario, que incluya presencia en el Ejecutivo y a cambio de eso respaldo congresal. ¿Será posible con tantas bancadas y tan disímiles intereses? Por lo pronto, olvidémonos de reformas estructurales controversiales: la necesidad de consensos hará que estás sean mediatizadas. Tendremos cinco años de más de los mismo, sin cambios importantes en sectores álgidos de la vida pública del país.

Lo que es peor, según ha recordado recientemente Fernando Tuesta, en base a información propalada en la unidad de datos de El Comercio, un 43% de los candidatos al Congreso recién se inscribió en su partido un mes antes de que venciese el plazo. Y si a ello sumamos los invitados, comprenderemos que las propias bancadas no serán disciplinadas ni cohesionadas, poniendo en riesgo cualquier pacto formal que se pueda establecer.

Todo hace suponer que veremos repetirse el escenario vigente donde los extremos de la disolución del Congreso o la vacancia presidencial volverán a estar en juego permanente. Zozobra política, sin reformas urgentes será, al parecer, la moneda distintiva de los siguientes cinco años.

Es muy improbable que de acá la primera vuelta, un candidato crezca lo suficiente como para lograr una bancada mayoritaria o lo suficientemente grande como para que un solo pacto le alcance para asegurarse la mayoría que le permita gobernabilidad (al estilo Perú Posible-FIM en el 2001 o Partido Nacionalista-Perú Posible en el 2011).

Más allá de la elección presidencial, la congresal es aún más crucial. Y al respecto no hay buenos augurios. Tendrían que alinearse los astros de una manera tal que de la noche pasemos a la luz. Va a depender de la capacidad política de quien resulte elegido Presidente. Lo cierto es que el país ya no aguanta cinco años más de crisis política permanente.

Desde Aristóteles sabemos que la política es el campo donde el hombre alcanza su plena humanidad, pues su finalidad es el “vivir bien”, el bien común. Las maneras de alcanzar ese bien común es lo que caracteriza a la lucha por el poder. De este modo, el poder, bien entendido, no es el uso de privilegios particulares, sino el medio para conseguir una adecuada vida en comunidad. La degradación de la política se da precisamente cuando se pierde de vista su propia finalidad y se cambia el fin por el medio. La política se banaliza cuando el medio o el instrumento se coloca en lugar del fin.

 

Esto lo vemos hoy en el país y en el mundo. Carecemos de visones globales que nos presenten una propuesta de sociedad o comunidad. Asistimos al agotamiento de las ideas y los programas, hemos cambiado el fondo por la forma vacía y hueca. Si volvemos la mirada a los candidatos que aspiran gobernarnos nos percatamos rápidamente que se quedan en la propuesta y carecen del programa. Han perdido la capacidad de ofrecer una visión global del bien común que necesitamos como comunidad.

 

Basta escucharlos en los debates o por separado para darse cuenta que  parecen estar encerrados en un mismo discurso con uno que otro retoque. Tal vez su enanismo en las encuestas sea el reflejo de su poca capacidad para ofrecer una visión política. Hacer política no es un trabajo técnico ni improvisado, tampoco es el mero deseo de alcanzar el poder. La política tiene que ver con lo que queremos ser como sociedad y como comunidad. Ninguno de ellos, nos ha podido responder aún esa pregunta y han optado por la mera tecnificación de la política que es también su degradación. Tenemos candidatos de una gran medianía y con un discurso que más bien parece un recetario. Todos parecen tener la solución a los problemas inmediatos, pero ninguno ofrece una visión de país.

 

En la variopinta fauna de candidatos tenemos para todos los gustos de lo grotesco y la chabacanería. El populista con el que ya no se reconoce nada del antiguo partido de derecha que sumió al país en la peor época de violación de los derechos humanos, los procesados por corrupción al recibir maletines del dinero sucio de Odebrecht y traicionar la gran transformación, el capitán acusado de asesinar y violar a inocentes, los ignorantes que creen que su dinero o su cara los harán presidentes, la izquierda que piensa que con su corrección y discurso suave logrará la aprobación de los que no votarán por ella. Todos ellos, sin ideas ni programas encarnan la degradación de la política.

 

Pero, el más peligroso de todos es sin duda Julio Guzmán. Una suerte de malagua política sin un punto de vista definido. Un ser acomodaticio que va por donde el viento o sus propios cálculos lo llevan. Capaz de decir una cosa y al minuto siguiente decir todo lo contrario. Lo único constante en él es la cobardía de salir corriendo ante las dificultades sin ser capaz de enfrentarlas. Un sujeto sin honor en lo personal y en lo político. A él le caería perfecto el título de la gran novela de Robert Musil, “El hombre sin atributos”.

 

Digo que es el más peligroso porque encarna la antipolítica. La falta de coherencia y valor para enfrentar los problemas. No se sabe en qué cree y qué defiende. Sin embargo, y pese a su casi inexistencia en las encuestas, goza del apoyo del gobierno (es el candidato oficialista), de los medios y de un sector de opinólogos que lo quieren vender como el mal menor. Lo quieren de presidente porque ven amenazados sus intereses. Yo diría que es el mal mayor. Un Felipillo de la derecha que promoverá el que todo cambie para que nada cambie. Ese es su principal credo. Ya hemos tenido una muestra de ello en el actual gobierno de su partido plagado de un exceso de narcisismo inversamente proporcional a su eficiencia.

 

Frente a este panorama sombrío nos toca realizar el esfuerzo por imaginarnos como sociedad más allá de la mera coyuntura. Eso implica volver la mirada a nuestro rico pasado, al de la enorme civilización que fuimos capaces de construir, dejarnos afectar por las diversas formas de organización política que se han ensayado en nuestra larga historia y sacar de ahí algunas lecciones para el futuro que nos espera. Sólo podremos consolidarnos como comunidad en la medida en que podamos oír todas las voces que conforman el Perú diverso y milenario y lleguemos a un acuerdo sobre el bien común para todos nosotros. Debemos recuperar la política y hacerla importante para la vida de los ciudadanos, encarnarla en cada una de nuestras acciones con miras al bienestar comunitario. No dejemos que nos arrebaten la esperanza del cambio.

 

No sé si con el deterioro político, la retórica y recursos electoreros de nuestros candidatos y candidatas se han ido simplificando y empobreciendo con los años, pero el debate presidencial organizado por El Comercio e IDEA Internacional el martes 9 de marzo, develó casi como una caricatura los estereotipos a los que estaban apelando. Para ganar la simpatía, acrecentar su popularidad y competir por la Presidencia del Perú a pesar de las investigaciones judiciales bajo las que estuvieron y de una prisión preventiva de la que ahora se saca provecho, casi todos concentraron sus discursos en vender una imagen literalmente ganadora.

 

Sin duda George Forsyth es un deportista en competencia permanente. Y por eso agota seguirle un discurso reiterativo hasta lo inimaginable. Su recurso retórico consiste en apelar al comenzar cada frase, que él pertenece a una nueva generación que “sacará a patadas” a los políticos de siempre. Porque todo lo que no supieron hacer (tan obvio) él lo hará como a nadie se le ocurrió. Él es, sin duda, el campeón que arreglará las cosas para enrostrarles a los políticos de siempre lo fácil que era si lo hacían a su estilo victoriano. Ah, y claro, por favor, que entonces el público lo vitoree.

 

Daniel Urresti, “parado y sin polo” como se describió enfrentando los retos de gobierno, había llegado cual gladiador a la arena. Se burlaba de los demás candidatos y luego los acusaba, con más lugares comunes, de ser unos improvisados (cuando en realidad todos presentaban propuestas un poco más complejas o ambiciosas que las suyas). Nunca dejó de decir lo bien que sabía pelear, que sacaría el pecho por quien lo necesitara y que metería a la cárcel a todos. “Palabra de Urresti”, por mi madrecita.

 

Frente al pecho henchido de ambos contrincantes, Yonhy Lescano no se pudo contener. Dedicó el espacio para alabarse como el buen congresista que aportó leyes a favor de la economía, de la seguridad y contra la corrupción. Así que todos eran inferiores a este sabio patriarca, ninguno sabría ningún tema del que estuviesen hablando tal como él gracias a sus principios de Ama Sua, Ama Llulla y Ama Quella. Como Urresti no se rendía bajo su sapiencia, lo acusó públicamente de haber provocado que lo denunciaran falsamente. Lescano el probo, por favor, es invencible.

 

Keiko Fujimori también había llegado con un estereotipo novedoso para su edad bajo la manga. Con la intención de ubicarse por encima de los demás, se presentó como la gran madre con “mano dura” que necesita el país. Gracias a la injusticia del poder judicial, la nueva Fujimori ha forjado durante su prisión el carácter de una gran y comprensiva mujer junto con los más sufridos del Perú. Su propuesta sin embargo es blanda, porque es a favor de la informalidad empezando por la agricultura, tal cual su padre en 1990. Pero eso qué importa. Déjenme ser la primera mujer presidenta del Perú, pide por lógica simple la gran madre.

 

Los cuatro montaron una transparente puesta en escena de guerreros peleando por el poder: el deportista, el guardia, el patriarca y la gran madre desautorizándose los unos a los otros para poder demostrar que se es mejor que el resto. ¿Y qué estereotipo performaba Verónica Mendoza mientras tanto? Pues no jugó ninguno. De manera un poco desentonante, no calzaba en la pelea de titanes electorales a la peruana. Simplemente exponía sus ideas y propuestas. En ningún momento nos dijo que ella era la persona indicada, si no, por el contrario, constantemente aludía a que ni siquiera tomaría las grandes decisiones que los demás candidatos sí se adjudicaban a sí mismos, sino que mediante votaciones y consultas populares se acordaría si se requiere una nueva Constitución (por dar un ejemplo). Mostró una clara propuesta de cómo debía funcionar el aparato estatal, qué impuestos cobrar y qué hacer con la Policía Nacional. No prometió nada para ganar popularidad. Ni siquiera respondió el manido reclamo por Venezuela. Sólo ofreció proteger nuestras vidas y nuestros derechos.

 

El voto en el Perú no es un voto racional. La primera vuelta prioriza a los candidatos más populares y la segunda vuelta nos protege del peor de los que quedaron primeros. ¿Se puede ser popular en el Perú con estereotipos de mujer de izquierda? Nuestra historia reciente aún nos indica que ese no puede ser el camino y menos aún en el contexto de competencia en el que nos encontramos. Quedando tan pocos días, ¿Sabrá Mendoza qué mujer le gustaría tener al Perú para que venza a los demás y los guíe?  En una vuelta electoral tan llena de emociones y desconfianza, a los estereotipos no se les puede dar la espalda.

 

9 de marzo de 2021

 

Es evidente el cambio de estrategia de Hernando de Soto. Ha iniciado una maratón de apariciones mediáticas combinadas con visitas a diversas zonas del país y eso parece estarlo sacando de la modorra en la que se encontraba.

Según la última encuesta de Datum viene creciendo sostenidamente desde hace tres meses. Tuvo 3% en enero, 4% en febrero y ahora 5% en marzo. Si sigue en ese ritmo, en la próxima encuesta puede meterse en eL pelotón de los que disputan el segundo lugar.

Su principal desafío es convencer a los sectores populares. Tiene 16% de intención de voto en el AB, pero tiene apenas 2% en el E. Con igual disfuncionalidad, en términos regionales o de ámbito geográfico tiene 9% en Lima, pero apenas 1% en el oriente.

Esas disparidades son resultado de una mala campaña, de falta de estrategia electoral, de objetivos mal planteados, de equipos de trabajo demasiado complacientes con un candidato evidentemente narcisista a quien debe ser muy difícil convencerlo de sus errores. De seguir en ese plan, el autor de El misterio del capital va a terminar cometiendo los mismos errores de su odiado Mario Vargas Llosa (cuando se le preguntó a uno de los asesores externos de la campaña del Fredemo, Marc Mallow Brown, cuál era el principal problema de la misma, con flema británica dijo que era el propio autor de Conversación en la Catedral).

De Soto ha realizado una jugada audaz y arriesgada al ir a expresarle su respaldo a Rafael López Aliaga cuando éste se hallaba en el trance de ser sancionado por el Jurado Nacional de Elecciones. Quizás pudo haber pensado que si al candidato de Renovación Popular lo sacaban de la contienda se quedaba con todos sus votos, o calculó que igual el gesto le iba a suponer un trasvase electoral, pero lo cierto es que un candidato que venía en las ligas menores, casi desahuciado, apareció de pronto en todas las primeras planas, en las redes sociales y en las abridoras de los programas estelares de televisión. En ese sentido, una buena jugada.

De seguir la tendencia creciente (la siguiente encuesta va a medir recién su gesto), puede terciar en la disputa por la derecha que vienen librando Keiko Fujimori con Rafael López Aliaga. De Soto, con inteligencia, ha decidido golpear al candidato de Renovación Popular. Sabe que su respaldo es más efímero que el sólido bolsón fujimorista, refractario a cualquier tentación ajena.

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Hernando De Soto, Keiko Fujimori, Rafael Lopez Aliaga

Rafael López Aliaga, él lo ha dicho, no es político sino empresario de probado éxito, y de eso se jacta. Ha sostenido e impulsado su campaña a base de ese discurso y le ha dado resultados. Hoy, a un mes de las elecciones, es el candidato presidencial con claras posibilidades de llegar a la meta este once de abril. Sin embargo, en la recta final de la campaña, conducir su candidatura sin destreza política puede ser el error más grande que pueda cometer.

 

El domingo 7 de marzo, en un programa periodístico, se le consultó sobre su eventual gabinete ministerial. López Aliaga —como no es político— no amagó la pregunta y se lanzó con nombres, e incluso —como no es político— invitó a la prensa a conocerlos en una presentación que él hará de ellos. Craso error. El candidato López Aliaga está en las preferencias, pero adelantar los nombres de las personas que integrarían su eventual Consejo de Ministros en el estreno de su posible gobierno puede traerle problemas, como el que voy a contar más adelante.

 

Al menos en esta primera vuelta, presentar «ministros» es como cantar victoria antes de tiempo, ¿no es cierto? Otra cosa es presentar al equipo de plan de gobierno, que no es lo mismo que al gabinete de ministros. Keiko Fujimori, por ejemplo, en las redes sociales ha venido presentando a su equipo de asesores encargados de elaborar las estrategias de cada eje del plan de gobierno de Fuerza Popular: a Ernesto Bustamante como encargado del eje Salud y a Fernando Rospigliosi como responsable del eje Seguridad. Ambos preparados en esos asuntos. ¿Ambos tienen perfiles de ministros?, por supuesto que sí, pero no se les presenta como eso, aún. Falta todavía un larguísimo mes para las elecciones, y el arsenal de ministros se debe dejar para la segunda vuelta.

 

«No soy  parte de su equipo»

 

Este es el problema del que les hablé: «Nuevamente el candidato Lopez Aliaga usó mi nombre para su campaña. No soy parte de su equipo, no trabajo con él», escribió Luis Solari, un día después de aquel domingo 7 en que López Aliaga lo mencionara como su eventual ministro de Salud. ¿En qué pensó el candidato Rafael López Aliaga cuando deslizó el nombre de Solari, tal parece sin tener relación de campaña con él? Claro, el doctor Solari ha marcado posición en contra de las vacunas chinas de poca eficacia que ha comprado el gobierno morado, pero eso no lo convierte en adepto de Renovación Popular, ni siquiera por haber sido hace pocos nomás, en el 2020, candidato al Congreso por Solidaridad Nacional, partido al que también perteneció en el pasado el hoy candidato presidencial Rafael López Aliaga. ¿Se emocionó RLA? Pienso que se confió de un tuit de Solari escrito varios días atrás, el 17 de febrero, cerca del Día de la Amistad: «Gracias a Rafael López Aliaga por mencionarme como su eventual ministro de Salud, aunque no integro su equipo de plan de gobierno», aquí Solari agradece que lo mencionen, se emociona porque lo tienen en cuenta, se sentía halagado, pero sorpresivamente ahora se muestra arisco. ¿Qué le hizo cambiar de ánimo al doctor Solari? Tal vez que en febrero no tenía invitación de nadie para formar gobierno como sí en marzo: «Luis Solari se une al equipo de Hernando de Soto», titulan los periódicos el 9 de marzo, un día después de su tuit arisco con López Aliaga.

 

En política suceden estas cosas. Y como en la recta final los errores del que está adelante son aprovechados por otros que pelean su lugar, aparece el astuto, el hábil competidor, el que hace leña del árbol caído sin remordimiento, el que lee la coyuntura de inmediato. Sin duda una reacción política oportuna la del equipo de campaña de Hernando de Soto. Y una lección para el equipo de Rafael López Aliaga, como para que haga despertar la astucia del político que se necesita en la recta final de una campaña electoral.

 

10 DE MARZO DEL 2021

 

Cuando escucho a alguien decir cosas como ‘Verónika Mendoza es terruca’, mi reacción depende del respeto que le tenga a esa persona. Y no me refiero al respeto por su capacidad moral, sino a qué tanto creo que esa persona se guíe por la búsqueda de la verdad.

 

Si es una persona a la que considero inteligente, suelo pensar que es imposible que crea algo tan absurdo. Seguramente tiene muy claro que Mendoza no es terrorista, pero por alguna razón le conviene difundir que sí lo es. Ahora bien, la mentira no necesariamente implica afirmar una falsedad, sino que se trata más bien de decir algo contrario a lo que uno cree que es verdadero. Debido a ello, el mentiroso tiene que tener claro qué es lo que realmente cree, para luego poder ocultarlo. En ese sentido, el mentiroso muestra un cierto respeto por la verdad.

 

Por otro lado, si el terruqueador es una persona no muy brillante, sí suelo pensar que realmente cree que Mendoza es terrorista. A diferencia del mentiroso, esta persona no es capaz de darse cuenta de la obvia falsedad de dicha afirmación, ni del daño a la reputación que genera. Y, sin embargo, en cierto sentido el bobo también tiene respeto por la verdad. Él, responsablemente, busca informarse con fuentes confiables, y cree que efectivamente las ha conseguido. Y si sus fuentes le dicen que Mendoza es terrorista, bueno pues, ya está. No hay nada más que indagar. El problema es, evidentemente, que no sabe que ha depositado su confianza en las personas equivocadas. Y lo que es peor, cuando ocasionalmente se da cuenta de que ha sido manipulado, se sorprende y decepciona, pero luego vuelve a poner el mismo canal y a alimentarse de las mismas mentiras con las mismas fuentes. El bobo está genuinamente convencido, y por eso se activa, sufre, se indigna, y discute vehementemente. El daño que causa puede ser terrible, pero en cierto sentido inspira ternura. Se dice que el teólogo medieval Jan Hus exclamó ¡Oh santa simplicidad! al ver a una anciana que devotamente se acercaba a añadir un pequeño trozo de leña a la hoguera donde él estaba siendo quemado.

 

Existe también un tercer grupo, que se distingue de los dos primeros por su total desdén por la verdad. No sé qué palabra usar para describirlos. La banda británica Pink Floyd, en toda su genialidad, llama a los mentirosos sin escrúpulos perros, y a los bobos que los siguen ovejas. A los terceros los llama cerdos. A falta de un término mejor, los voy a llamar así. En el caso que nos ocupa, el cerdo cree que no cree que Mendoza es terrorista. Pero cuando se le confronta con preguntas y hechos, termina concediendo que en realidad no lo tiene muy claro. Aún así, y esto es lo crucial, no se ocupa en buscar claridad, sino que deliberadamente sigue difundiendo la afirmación de la que duda, pues esto le conviene para algún otro propósito. El cerdo se siente a gusto en el lodo de la confusión.

 

Roger Waters, autor de las letras de las canciones en las que se desarrolla esta tipología, señala que lo triste del cerdo es que se desenvuelve con la autoridad de un perro, y cree que estos realmente lo han aceptado como miembro de su grupo. Pero no sabe que en verdad está siendo tan manipulado como las ovejas: Your’re nearly a laugh/You’re nearly a laugh/ But you’re really a cry.

 

Mi primera idea para esta columna no era centrarme solo en el terruqueo, sino aplicar estos conceptos a otras ideas absurdas tales como ‘la privatización de las vacunas’, ‘Sagasti genocida’, o ‘la vacuna de Sinopharm no sirve’. Por falta de espacio, tendré que dejar estas aplicaciones prácticas como ejercicios para el lector.

 

[Nota. El álbum de Pink Floyd con estas canciones es el Animals. Harry Frankfurt, en su libro On Bullshit discute esta contraposición entre mentira y desdén por la verdad]

 

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas. Obtuvo su doctorado y maestría en filosofía en la Universidad de Virginia, y su bachillerato y licenciatura en la PUCP.

Para utilizar una metáfora deportiva, podríamos decir que las elecciones ya van definiendo dos semifinales: una en la izquierda entre Yonhy Lescano y Verónika Mendoza, y otra en la derecha entre Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga.

La semifinal de la izquierda la viene ganando Lescano con amplia ventaja. Según la última encuesta de Datum, publicada hoy, el candidato de Acción Popular (13%) duplica la intención de voto de la lideresa de Juntos por el Perú ((6%). Lescano tiene más experiencia política, es curtido en el juego de los mensajes efectistas y populistas, es muy conocido y además su camiseta pesa (la marca Acción Popular es fuerte); en cambio, Mendoza se ha dedicado a hacer una campaña ideologizada, que no cala, y además su camiseta es poco conocida (hay gente que la sigue asociando al Frente Amplio).

En la semifinal de la derecha la cosa está más peleada. Datum muestra a ambos (Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga) empatados en 7%. Es de difícil pronóstico. Es probable que el candidato de Renovación Popular esté llegando a su techo, sobre todo si sigue creyendo que aquello de estridencia que le sirvió para crecer (estaba en 3% en la encuesta anterior), le va a servir para mantenerse, que es más difícil. En cambio, Keiko juega a la segura. Viene creciendo lenta, pero sostenidamente. No puede mostrarse disruptiva porque afecta el mensaje esencial de su campaña que es que ella ha cambiado y no es la Keiko desaforada que se tumbó a PPK. Ella, además, tiene voto escondido. Si mañana fuesen las elecciones, creo que la lideresa de Fuerza Popular pasaría a la segunda vuelta con un gol con el tiempo cumplido.

El centro no juega. Forsyth y Guzmán siguen cayendo. La polarización social que vive el país diluye el centro. La simultaneidad de crisis (sanitaria, económica, política y social), radicaliza al electorado. Recién en la segunda vuelta, el centro volverá a jugar su propio partido. Hoy sale sobrando.

¿Ya está todo dicho? No, Cuatro semanas es una barbaridad de tiempo. Recién estamos en los iniciales veinte minutos del primer tiempo. Un error, un traspiés, un chicharrón, un escándalo, una denuncia fuerte, etc., pueden tumbarse a un candidato. Y hay todavía margen de crecimiento de algunos. César Acuña y el propio Hernando de Soto han mejorado su performance mediática y política en los últimos días y no está descartado que empiecen a subir. Falta mucho.

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Candidatos presidenciables, Elecciones 2021, Encuestas

La historia de la música popular está repleta de personajes femeninos notables, en cualquier época o género. Desde las más amables y convencionales hasta las más revulsivas y extremas, las mujeres han ganado, a pulso, el respeto e importancia que merecen en el music business.

 

A veces con mucho talento y creatividad y otras, imponiéndose a través de la cosificación voluntaria y la comercialización de su imagen, conscientes de que “el mundo de los hombres” recompensará con admiración masiva (likes) y dinero (ventas), esa vocación por el exhibicionismo que va en desmedro de décadas de luchas feministas en búsqueda de reconocimiento como seres humanos, para que sean vistas como ciudadanas y no meros objetos de reproducción o placer masculino pero que, a un tiempo y de manera paradójicamente retorcida, les da la confianza e independencia económica que reclamaban sus predecesoras.

 

Antes de que Cyndi Lauper, colorida y arrebatada, le gritara a la generación MTV que las chicas solo querían divertirse (Girls just wanna have fun) o Pat Benatar, comandando una coreografía de aguerridas muchachas, declarara al amor como un campo de batalla (Love is a battlefield), el mundo ya había escuchado suficientes voces femeninas como para creer que esos manifiestos libertarios eran una novedad. Sin embargo, su impacto fue definitivo para configurar el nuevo perfil de la mujer dentro de los parámetros del pop-rock ochentero. Lauper y Benatar, ambas de 30 años en aquel lejanísimo 1983, condensaron el sentir de un sector de mujeres que no entendían muy bien la postura ambigua de Madonna, agresiva en su rol de mujer libre pero a la vez jugando con clichés clásicos del mundo machista (la novia virgen, la femme fatale, Marilyn Monroe). Paralelamente, músicas como Tracey Chapman, Annie Lennox o Kate Bush daban muestras de una sensibilidad artística más profunda y diferente.

 

Pero el protagonismo femenino en la música popular contemporánea es mucho más antiguo y está marcado por el dolor, la enfermedad, la adicción y el activismo. Pensar en las historias de extraordinarias cantantes de jazz como Ella Fitzgerald, Billie Holiday, Nina Simone o Dinah Washington quienes, a pesar del éxito que tuvieron en su momento, lidiaron todo el tiempo con una doble discriminación –eran mujeres y eran negras- y desarrollaron sus luminosos talentos en lúgubres nightclubs, expuestas a toda clase de riesgos, nos da una leve idea de esta situación. Nadie podía negar su gran calidad artística pero, al mismo tiempo, nunca gozaron de la popularidad de hombres blancos como Frank Sinatra, Dean Martin o Tony Bennett. Aretha Franklin, otra gran mujer afroamericana, dio un paso más allá y acercó las exigencias de respeto a públicos masivos través del gospel y del soul, géneros en los que reinó con absoluta maestría.

 

En la década de los años treinta, una cantante francesa de corta estatura y poderosa capacidad vocal personificó el dolor femenino musicalizado. Nos referimos, por supuesto, a Édith Piaf, “la pequeña gorrión”, redescubierta hace algunos años en una excelente biopic protagonizada por Marion Cotillard y que lleva por título el nombre de su canción-emblema La vie en rose (1947). Junto a Marlene Dietrich (Alemania) y Josephine Baker (EE.UU.), Piaf representa ese estilo que va de lo sofisticado y elegante a lo sufrido y profundo, desde sus respectivas idiosincrasias e historias personales. Lo cierto es que, aun en épocas en que la mujer batallaba por convencer al mundo masculino de que también tenía derechos, muchas de ellas encontraron en la música –más que en la literatura o en la actuación- el mejor vehículo para soltar todo lo que llevaban dentro.

 

Nuestra música también ha sido bastión de muchas talentosas mujeres, y no es cosa reciente. Pensemos, por ejemplo, en intérpretes como Jesús Vásquez, las hermanas Graciela y Noemí Polo (Las Limeñitas), Esther Granados y compositoras como Chabuca Granda o Alicia Maguiña. Una segunda generación de criollas incluye a Lucha Reyes, Edith Barr, Lucila Campos, Tania Libertad, Cecilia Barraza, Cecilia Bracamonte, Lucía de la Cruz. O las exitosísimas Eva Ayllón y Susana Baca, surgidas hace más de treinta años y aun vigentes y activas. En el terreno del folklore también tenemos influyentes voces femeninas: Yma Súmac, Pastorita Huaracina, Princesita de Yungay, todas portadoras, de manera directa o indirecta, de un potente mensaje de empoderamiento femenino, tanto desde las que hacían catarsis por problemas y desamores, cuando no maltratos, hasta las que cantaban sobre cualquier otra cosa. El solo hecho de saltar a la palestra en una escena dominada por hombres era ya bastante significativo. Y lo sigue siendo.

 

Astrud Gilberto, Elis Regina, Gal Costa y María Bethania fueron, en Brasil, las madres fundadoras de un canto orgánico, entre lo tribal y lo romántico, que tuvo repercusión en décadas siguientes con artistas como María Rita, Bebel Gilberto, Ivete Sangalo y Marisa Monte. Las boleristas Toña La Negra, La Lupe y Olga Guillot pusieron en su sitio a más de un abusivo. En Argentina, Leda Valladares y María Elena Walsh acunaron a Mercedes Sosa. En Chile, Violeta Parra impuso su sencilla y a la vez profunda poesía y canto social. En España y el resto de Latinoamérica, baladistas de todo calibre hicieron sentir sus voces en un género que parecía exclusivo de hombres: Valeria Lynch, Ángela Carrasco, Massiel, Rocío Jurado, Amanda Miguel. Y desde Italia, Rafaella Carrá combinó música y vedettismo con inusitada desfachatez, a finales de los setenta.

 

En esa misma época, las divas del disco, capitaneadas por Donna Summer, abrieron el camino con una equilibrada combinación de talento, sensualidad y sofisticación. A diferencia del grotesco exhibicionismo de hoy -representado por Shakira, Jennifer López, Beyoncé, las hijas y alumnas de Britney Spears y todas las reggaetoneras- estas intérpretes conectaron la larga tradición del gospel y el soul con el funk e incluso los musicales, con Barbra Streisand a la cabeza. Whitney Houston, Mariah Carey (en su primera época) y Celine Dion continuaron con esa tradición de mujeres de inagotables recursos vocales.

 

En el mundo de la música  clásica también abundan las mujeres notables: la pianista argentina Martha Argerich, las sopranos Montserrat Caballe (España), Maria Callas (Grecia), o la cellista británica Jacqueline du Pre, cuya conmovedora  historia, marcada por la enfermedad de Gehrig, que le arrebató la vida prematuramente, a los 42 años, acaba de ser llevada exitosamente al ballet por la compañía del Royal Opera House de Londres; son solo algunos nombres que vienen a mi memoria. Hay más, por supuesto.

 

Volviendo al universo del pop-rock y sus diversas vertientes, como género de alcances e influencias globales, la lista de mujeres destacadas es extremadamente larga y diversa. Desde las pioneras Bessie Smith, Wanda Jackson o Sister Rosetta Tharpe hasta Beth Hart, Susan Tedeschi o Amy Winehouse, la presencia de la mujer ha sido siempre vital y arrolladora.

 

Pensar, por ejemplo, en personalidades tan fuertes y talentos tan fascinantes como Janis Joplin, Grace Slick, Joan Baez, Tina Turner, Joni Mitchell o Diana Ross es remitirse a las épocas del flower-power y las luchas sociales. En los setenta surgieron Karen Carpenter, Olivia Newton-John, las hermanas Ann y Nancy Wilson, Heart, cuyo influjo llegó hasta la década siguiente; como también ocurrió con el tándem Stevie Nicks/Christine McVie, compositoras y cantantes de alto vuelo en Fleetwood Mac.

 

De Inglaterra surgieron algunas de las figuras femeninas más bizarras de todos los tiempos: Desde Genesis P-Orridge, del colectivo electro-industrial Throbbing Gristle; Siouxsie Sioux, la madre de la onda gótica, líder de The Banshees; hasta el reggae punkie de The Slits o el desgarro rockero de PJ Harvey. En Norteamérica no todo es Demi Lovato y Lady Gaga, por cierto. Si no escuchemos a Patti Smith, Debbie Harry o The Runaways, una aplanadora de hard-rock de la cual salieron dos megaestrellas del rock femenino: Joan Jett y Lita Ford. O las Bangles, cuya bajista Michael Steele fue una Runaway también, que cosechó éxito en los ochenta con su sonido influenciado por The Byrds. Y si de posturas más extremas se trata, busquen en YouTube Crypta, un cuarteto de thrash femenino liderado por la bajista y gritante Fernanda Lira (ex integrante de Nervosa) quien, en sus ratos libres, canta temas de Astrud Gilberto e Etta James.

 

En cuanto a las instrumentistas, desde Carol Kaye, legendaria bajista de sesiones que ha trabajado con los Beach Boys, Nancy Sinatra, Frank Zappa, entre otros; hasta las australianas Orianthi Panagaris, Tal Wilkenfeld, virtuosas de la guitarra y el bajo, respectivamente –la primera conocida por su trabajo con Michael Jackson y la segunda, con Jeff Beck-, la lista también es interminable. Puede ser el soul de Alicia Keys, la nueva era de Loreena McKennitt o el jazz de Diana Krall, el poder femenino en la música es innegable y de gran riqueza y variedad.

 

No podemos cerrar este homenaje a la mujer música sin mencionar a Björk, la innovadora alienígena que llegó desde Islandia, a mediados de los noventa, pletórica de creatividad, actitud irreverente e ilimitada capacidad expresiva para construir un universo paralelo cuya femineidad no admite discusión y se opone diametralmente al barato exhibicionismo de Katy Perry, Cardi B y afines.

POST-DATA: La organización internacional CARE, que desde 1945 trabaja realizando campañas para aliviar la pobreza y combatir toda clase de abuso y discriminación, ha unido a dos extraordinarias cantantes de generaciones diferentes, Chaka Khan -una de las artistas más destacadas de soul, R&B y jazz, activa desde los años setenta- e Idina Menzel -estrella de los musicales de Broadway, protagonista de la laureada Wicked y voz de Frozen- para grabar el clásico I’m every woman, que Khan convirtiera en éxito mundial en 1978. El video muestra a mujeres de todo el mundo celebrando el Día Internacional de la Mujer. La campaña, bajo el hashtag #ImEveryWoman, enfatiza la importancia de proteger a aquellas mujeres, niñas y adultas, que sufren, con una canción que celebra su valor y resalta la autoestima femenina. Pueden ver el video aquí:

 

 

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