Opinión

Las expectativas que la mayoría excluida del país ha depositado en un gobierno progresista y popular como el liderado por el presidente Pedro Castillo podrían verse traicionadas no tanto porque cambie de programa o de consejo de ministros, sino por no poder salir de la trampa que significa la burocracia. Cualquier gobierno con reales expectativas de cambio corre siempre el riesgo de terminar atrapado y preso de las barreras que el propio Estado ha colocado para evitar ese tipo de cambios que constituyen la solución real y efectiva de los problemas de los más necesitados.

Encaramados en las políticas, las directivas, los planes, las matrices, los flujos, las directivas, las cajas de herramientas y cuanta invención exista, los burócratas se las arreglan para crear el artificio de un Estado ideal donde todo funciona bien cuando visto está que todo anda mal. Como diría Basadre, cambiaron las leyes y la nación siguió igual pues hay una fijación por el Perú formal en detrimento de ese Perú real al que este gobierno representa y al que se debe.

En los últimos treinta años, con el discurso de la eficiencia, la eficacia, la gestión pública, etc., el neoliberalismo ha construido un Estado que desde los ministerios y las instituciones públicas hace imposible hacer política y mucho menos aún resolver los problemas reales de las personas. Han creado un corsé en los que los tecnócratas se han encargado, ellos o los costosos consultores, de construir todo tipo de documentos, informes, evaluaciones, diagnósticos, monitoreos, etc., que cada vez alejan más al Estado de las personas.

Se ha creado un mundo paralelo que tiene como consecuencia que a más tecnocracia mayores desigualdades, brechas y exclusión. La esquizofrenia en la que vive el Estado peruano lo hace andar de tumbo en tumbo cuando quiere implementar alguna transformación seria y se estrella con una realidad que no se lo permite por alguna barrera burocrática.

Desde hace mucho la derecha tecnócrata, aquella que puede servir a cualquier gobierno porque vive en las nubes de las formas, es la que controla realmente el funcionamiento del Estado haciéndolo lento, indolente e ineficiente. Es el poder fáctico que ha logrado la más plena aceptación pues se encubre en la eficiencia de papel, los “méritos” que les otorgan sus privilegios y el control del poder real en el funcionamiento estatal.

Esta es la gran barrera a la que se enfrenta todo programa de cambio y en especial uno como el que propone legítimamente un gobierno de izquierda. Esto no significa que la tecnocracia deba ser borrada sino que se la debe dimensionar en su justa medida. Todos los instrumentos que ha desarrollado la gestión pública son un instrumento al servicio de las decisiones políticas que dicte el gobierno. No es el fin sino el medio para servir a las personas. Pero, si tras tantos años de tecnocracia las cosas continúan igual o peor que antes para una gran mayoría de pobres y excluidos que ven a los burócratas llenarse los bolsillos con los impuestos que ellos pagan, entonces quiere decir que algo no está funcionando bien.

La tecnocracia, sus perfiles y sus méritos obtenidos por sus privilegios no deben sacralizarse. Al Estado y al gobierno le corresponde hacer política. No sólo dictar las famosas políticas públicas sino hacer política para poder dar solución efectiva a los problemas de las personas. De lo contrario, el gobierno corre el riesgo de alejarse de aquellos a quienes representa y de quienes confiaron en que un cambio era posible.

El gran dilema que se vive hoy es la dicotomía entre la eficiencia burocrática y la eficacia de las decisiones políticas. Es evidente que al presidente Castillo el pueblo lo eligió no por sus dotes de gestor público, sino por los de un político comprometido con las causas populares y capaz de llevar adelante los cambios que ofreció y en los que los ciudadanos creyeron.

Esa es la gran responsabilidad que tiene ahora. Colocar las cosas en su lugar y darle prioridad a la política por sobre la burocracia obsesionada con la OCDE –que si hubiera sido tan eficiente no tendríamos los enormes problemas que arrastramos-. Un gobierno de izquierda es el llamado a colocar las necesidades de los ciudadanos por encima de los intereses de la derecha tecnócrata, esa que se oculta para conservar sus puestos, pero que también opera para que un gobierno popular fracase.

Es deber de este gobierno recuperar el sentido y la misión para la que fue elegido y no perder de vista las amargas palabras con las que Alberto Flores Galindo se despedía de sus camaradas y compañeros de lucha: «Ahora, muchos han separado política de ética. La eficacia ha pasado al centro. La necesidad de críticas al socialismo ha postergado el combate a la clase dominante. No sólo estamos ante un problema ideológico. Está de por medio también la incorporación de todos nosotros al orden establecido. Mientras el país se empobrecía de manera dramática, en la izquierda mejorábamos nuestras condiciones de vida. Durante los años de crisis, debo admitirlo, gracias a los centros y las fundaciones, nos fue muy bien y terminamos absorbidos por el más vulgar determinismo económico. Pero en el otro extremo quedaron los intelectuales empobrecidos, muchos de ellos provincianos, a veces cargados de resentimientos y odios.»

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Gobierno, Mirtha Vasquez, Perdo Castillo

UNO

A mí nunca me llamaron la atención los gatos. Este fue el primer gato que tuvimos. A diferencia de los perros, creía que no eran muy cariñosos (me equivoqué). A Kichy (blanco con rayas grises) mi esposa la recogió de la basura. Sí, hay inhumanos que tiran a los gatitos o perritos recién nacidos.

Cuando nos mudamos le llevé primerito en el auto, a la nueva casa. El entró y se escondió en uno de los roperos. Allí estuvo asustado, hasta que completamos la mudanza. Días después, recuperó la confianza y comenzó a hurgar en las cosas y a pasear por el patio. Luego sucedió algo insólito, al menos para mí. Arribó una vecina nueva, que tenía 2 gatas. El Kichy, feliz de la vida, se fue a ver a las gatas en cuestión. Y si bien, tratábamos que no saliera tanto, el gato aullaba para salir a ver a sus vecinitas. Estaba a full. Luego de unos días, la gata venía a buscarlo, maullaba y el salía como una bala. En una ocasión, mientras la puerta de la sala estaba abierta, el Kichy salió al dintel de la puerta y comenzó a maullar suavecito. La Chela y yo fuimos testigos mudos de la situación:

La gata apareció y nuestro micho entró al living; volteó y mirando a la gata maulló 3 veces más.

La gata respondió con otro maullido suave. Así estuvieron durante unos minutos. Mientras nosotros, cojudos y con la boca abierta, asistíamos al envite de nuestro gato a su novia. La minina accedió a pasar y fueron por la cocina, de allí subieron por las escaleras; por último, a los cuartos. Luego bajaron, y subieron nuevamente. Re felices. Así estuvieron durante una buena temporada. Sin embargo, el día menos pensado, la vecina se mudó y Kichy se quedó solo. Iba y maullaba tristemente en la casa, ahora abandonada, de su antigua novia.

También tenía un enemigo mortal, un enorme gato negro callejero. En verano, las ventanas las dejábamos abiertas para que el gato salga cuando quisiera. Nuestros cuartos estaban en el segundo piso. Una madrugada sentí ruidos en la sala y bajé. El gato negro había entrada y venía a buscarle pelea al dueño de casa. Que conchudo. Lo saque volando. Mi micifuz aprendió a mecharse y cada vez que se encontraban, había bronca. Si bien salía un poco magullado, el negro también recibía arañazos y mordidas. Cuando lo veía por la calle, al buscapleitos negruzco, lo correteaba. Tal era el encono entre ambos, que cuando mi gato lo veía se erizaba todos sus pelos y aullaba fuertemente. Tenía que pasar, largo rato, antes de que se calmase.

Cuando David demoraba, en venir de la Universidad, en las noches, mi esposa salía al portón a esperarlo y el Kichy la acompañaba. Le maullaba varias veces, como quien diciendo “¿No viene aun?”.

Al llegar mi hijo, el gato lo seguía a su cuarto y se frotaba entre sus piernas.

Otros días, al irme a laburar, el minino estaba bien echado en mi cama, con el aire acondicionado prendido, como quien diciendo: “anda nomas a laburar que yo acá descanso en el aire”, mi esposa y David se cagaban de risa.

Al tiempo, tuvimos otra mudanza, y ahí se perdió nuestro Kichy. Le buscamos, incesantemente, sin éxito.

DOS

Nina fue otra gata, atigrada. que tuvimos. MI hijo la recogió, de la calle, donde yacía desamparada. La Chela la alimento con purina y como olía mal, la bañó. Lo que nunca me había pasado con ninguna gata, me sucedió con ella. Se subía a mi regazo para que le acariciase, mientras ronroneaba. O iba al cuarto de David para su sagrada siesta. Infinitas veces, nos sorprendimos al verla dormir, en las mañanas, entre mi esposa y el que suscribe, en nuestra cama. Yo me iba a trabajar temprano y a veces los dejaba en la cama: a la Chela y a Nina. También tenía la costumbre de levantarse temprano, y le ponía la pata en la cara –incluso en los ojos – a mi esposa para que se despertase, mientras maullaba. Ella se incorporaba y le ponía su comida en su platito. Era letradita. Lamentablemente un día, salió a vagar, como siempre, y alguien la envenenó. Al poco rato, en la mañana de un sábado, falleció. Nos dolió, en el alma, porque nos habíamos encariñado.

 

TRES

Lolo, era el hermano de Nina, que aparecía, de cuando en cuando. Y que luego, de su muerte, apareció para quedarse. Se monta en el regazo de mi esposa para recibir cariño y ella, que extraña a horrores a Nina, la abraza y le prodiga mimos. A veces desaparece, pero siempre vuelve. Tiene un amigo, con quien discute a veces, y es mucho más joven. Se llama Morfi (Blanco con rayas negras). Juguetón y loco. Le jode a Lolo siempre que puede. A ambos les encanta la salsa (sabor carne) encima de su purina. Ahora son parte de la familia. Mientras escribo la crónica, ambos están retozando en el living, que mande retapizar, y que ahora les pertenece.

Es increíble como las mascotas llegan a ser tan importantes en nuestras vidas, la terminan enriqueciendo dándonos solaz. Dicen que nosotros representamos todo para ellas, de ahí el gran cariño que nos demuestran. Sé que también, algún día nos reencontraremos con nuestras mascotas que dejaron este mundo.

Va a ser un lindo reencuentro, ¿no lo creen?

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Animales

Dentro de pocos días, Pedro Castillo cumplirá cien días en el poder como presidente de la República. Durante todo este proceso de desarrollo de las bases de su gobierno hemos visto al político sindicalista, al profesor de las marchas y reclamos, al candidato en campaña, dispuesto a enfrentarse a todo y a todos; pero no hemos visto al político y presidente de un país.

El gobierno de Castillo nació desorganizado, sin cuadros, sin rumbo, sin metas claras sobre cómo enfrentar la realidad adversa en la que vivimos y cómo ha demostrado total incompetencia para retos gigantes como el conducir un país. Primero delegó la responsabilidad y el poder que le dimos con nuestro voto a los fanáticos del partido que lo llevó al poder. Y como esto no funcionó ni funcionará jamás, decidió traicionarlos para, en está segunda oportunidad, ceder el poder a la izquierda «posera» de este país.

Esta izquierda, con lo mejor que tiene en la caja de personajes y políticos, se ha sometido al Congreso de la República para solicitar- seamos claros en esto-, y no exigir, el voto de confianza. Es decir, presentar la política general del gobierno y lograr convencer a los congresistas de las distintas bancadas y con distintos valores políticos, que el gobierno del profesor Pedro Castillo tiene «claro el horizonte» y que la confrontación no es una opción.

La primera ministra Mirtha Vasquez lo hizo bien, con un discurso centrado en dar soluciones, propuestas realistas; y con un discurso con cero confrontación. Sin embargo, soslayamos un importante y determinante aspecto que afecta directamente la decisión del Congreso: el presidente es impertinente cuando habla, dice lo primero que tiene en la cabeza y lo dice mal. No ayuda a la ministra, no ayuda a su gobierno, no se ayuda a él mismo, y lo que hace no suma al país. Ahora entendemos el por qué en tres meses no ha dado una entrevista a profundidad sobre las políticas de su gobierno. Con el pobre nivel de argumentación que tiene, haría que una gran parte del país considere que una vacancia es una posibilidad.

El presidente Pedro Castillo no entiende que el camino para el voto de confianza no se inicia con la presentación de la ministra en el Congreso. El camino se inició desde que la ministra fue nombrada en el cargo. Cada acción, declaración, gesto o presentación influye en la decisión de las bancadas, y la política sindical no sirve para manejar un país. La confrontación innecesaria, las declaraciones populistas cargadas de ataques sólo para mantener a tu público saltando y arengando no sirven para manejar un país. ¿Podrían los asesores presidenciales decirle eso a Pedro Castillo?

En pocos días, el presidente Castillo cumplirá cien días en el poder, y hasta el momento ha permanecido escondido en palacio, sin decirle a los peruanos qué es lo que está haciendo por el país. Esa responsabilidad se la ha delegado a la izquierda «posera» con la que se ha aliado. Deje de boicotear a sus nuevos aliados, presidente. Recuerde la famosa frase de René Descartes: «pienso, luego existo». Piense antes de hablar, presidente.

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BCR, Dólar, Pedro Castillo

La izquierda moderna y progresista, eventualmente hasta liberal, tenía una oportunidad de oro con el triunfo de Castillo para asentar sus posturas, marcar su cancha, y establecer una buena plataforma de acción para las elecciones futuras.

Pero el affaire Bellido-Cerrón terminó por desbaratar cualquier posibilidad en ese sentido. Porque una cosa es respaldar al gabinete que preside Mirtha Vásquez, con quien claramente comulga, y otra hacerlo con el anterior, cuando se tragó piedras de molino, sin rubor ni remilgo.

Por eso, los ataques que recibe provienen de ambas orillas del espectro ideológico, tildándola de acomedida y acomodada, que por una cuota de poder es capaz de digerir el peor de los sapos.

En particular, resalta el caso de Verónika Mendoza, que no solo concilió con  las posturas extremistas infantiles del cerronismo sino que las alentó y apoyó en medio de la primera crisis del régimen (en la famosa reunión en la calle Roma, la residencia del ministro de Justicia, Aníbal Torres, cuando se le pidió a Cerrón su alejamiento y la salida de Bellido: Mendoza respaldó, increíblemente, al exgobernador de Junín).

Se cargan mucho las tintas respecto de la urgencia y necesidad imperativa de que cuaje una derecha liberal, distinta a la versión mercantilista, conservadora y autoritaria que lamentablemente crece y medra a su alrededor, pero poco se dice respecto de la misma necesidad y urgencia de que en la izquierda florezca una opción semejante, no sólo democrática sino respetuosa de la economía de mercado (se puede ser de izquierda y respetarla).

Hasta el momento, su presencia en el gobierno constituye islotes que no se la juegan en defensa de sus postulados. No está en el poder, por lo que se ve, para plasmar una opción ideológica, sino simplemente, al parecer, para aprovechar todos los resquicios que Castillo y su cúpula le permiten por defección del ala radical cerronista.

Así, grita el silencio de esa izquierda cuando el Presidente lanza un disparate catedralicio, como el de la estatización de Camisea, que tanto daño produce en la comunidad inversora del país. El mutis es absoluto. Ni una sola manifestación divergente ni un pedido interno de rectificación. La izquierda light se está achicharrando en este gobierno por su docilidad política, sus afanes de poder por el poder, y su sometimiento a cualquier despropósito que desde Palacio se anuncie o se perpetre.

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Camisea, izquierda moderna, Presidente Castillo, Vladimir Cerrón

Perú es una selección menor. Del mundo y de Sudamerica. Tiene un universo de máximo treinta jugadores seleccionables. A penas cinco de ellos, una mano, pertenecen al primer nivel futbolístico. Solo Bolivia y Venezuela, los próximos rivales de la selección, se asemejan a esa realidad. Perú tiene una cultura futbolística de grandes riquezas, pero un nivel de fútbol subdesarrollado.

Y para esa selección, llegar al Mundial no es una obligación, es un milagro. Perspectiva. La única vez que la blanquirroja estuvo en zona de clasificación para ir a Rusia 2018 fue en las tres últimas fechas, tras una racha de tres partidos seguidos ganando. Fue la primera vez que Perú ganaba tres partidos seguidos en Eliminatoria, un lugo exclusivo de equipos como Argentina y Brasil. 

Otros resultados jugaron en favor de Perú. Se obtuvieron tres puntos sobre la mesa. Ocurrieron tapadas inmortales, goles anulados y efectividades extrañas. Y aún así se clasificó por dos goles de diferencia. Nada más. ¿Qué se esperaba para Qatar 2022? ¿Cuatro triunfos seguidos? ¿Paolo Guerrero goleador de las Eliminatorias? Un equipo invencible, que no falle nada, con alta precisión. 

Es imposible. Para un equipo como el Perú, es imposible. Por el fútbol local y la falta de desarrollo de menores. Por la actualidad de sus figuras. Por la falta de alternativas de jerarquía en la mayoría de posiciones. Por los estadios sin público, la fechas triples, la falta de entrenamientos. Por el ritmo físico. Por la jerarquía de los rivales directos. Y por la mentalidad, que hoy ya no es tan sólida.

Perú sufre del síndrome del equipo chico. A falta de un término más preciso en español, es un underdog. Sorprende al ganar. Si gana, es a último minuto. No puede encarar los partidos desde la superioridad, porque los pierde. Y desde la inferioridad, tiene más ventaja al cerrarse atrás y buscar la sorpresa. Tiene pocas para definir, y debe aprovecharlas. Es el sacrificio y el coraje. La garra. 

En ese esquema y realidad, hay un concepto vital para el éxito de un equipo chico. Una cura para el síndrome. La solidaridad defensiva, que es, por ejemplo, lo que mantiene a Edison Flores como una opción en el once titular. La vocación de tener volantes ofensivos con el físico, la configuración mental y las ganas de regresar para cerrar espacios. Porque los lateral de hoy suben en ataque, siempre.

Por ese detalle, o pretexto, botaron a Messi y a Suárez del Barcelona. No volvían a marcar. Y hoy en el PSG, si le hacen goles, es porque Messi, Neymar y Mbappé no contribuyen en cerrar espacios, sobre todo a la contra. Son espectadores de lujo de jugadas donde no irán a por la solidaridad. No son para eso sus piernas. Porque no sufren del síndrome de equipo chico, al contrario.

Pero para un once pitufo, enano, que está propenso a romper la línea defensiva o que puede ser superado por velocidad y técnica, el retroceso es aún más importante. Sobre todo contra rivales directos por el cupo al mundial como Colombia, Uruguay y Ecuador, que tienen los laterales veloces que se suman al ataque con facilidad, para hacer diagonal, relevos o centros. Incluso, para definir.

El fútbol moderno obliga a tener volantes ofensivos que regresen a marcar. Atentos a la vuelta. El destino de equipo chico es tener las piernas para aguantar. Perú no se va a volver un equipo con jerarquía para determinar partidos e imponerse contra sus rivales. No. Perú va a sufrir cada punto y lo va a ganar ajustando el resultado siempre. 

El síndrome del equipo chico se combate con solidaridad y responsabilidad defensiva. Esa selección mundialista Rusia defendía con nueve jugadores, y era muy dificil hacerle gol. Esta de hoy, con los mismos jugadores, ¿podrá recuperar el antídoto?

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Qatar2022, Ricardo Gareca, Selección peruana de fútbol

Mientras la Premier, Mirtha Vásquez, se presentaba ante el Congreso para pedir el voto de confianza, y hacía esfuerzos para desplegar un programa de gobierno, si bien de izquierda (como legítimamente le corresponde), respetuoso del Estado de Derecho y de la Constitución, el presidente Castillo no tuvo mejor idea que atizar el fuego de la confrontación, reclamándole al Legislativo que sacara una ley para estatizar Camisea e insistiendo en el caprichoso tema de la Asamblea Constituyente.

El Presidente no parece ser consciente del inmenso daño que producen sus palabras en el mundo del inversor privado, que teme que en algún momento su gobierno vaya a seguir una senda radical de estatizaciones y afectaciones a la propiedad privada, en medio de una batahola política que busque tirarse abajo la Carta Magna del 93, cuya mayor virtud es que es, precisamente, un baluarte jurídico en contra de populismos o estatismos económicos.

Por supuesto, ese camino está prácticamente vedado, dada la conformación pro establishment mayoritaria en el Congreso. Castillo solo tiene 52 votos en el Parlamento y claramente no le alcanzan para sus eventuales propósitos radicales. Y el camino del referéndum directo convocado en base a la recolección de firmas es claramente inconstitucional y el Tribunal Constitucional se bajaría en una, cualquier intento de ir por esa senda.

Castillo está, pues, felizmente atado de manos y en esa medida, la senda de la mediocre moderación que hoy exhibe, probablemente será la moneda común establecida a lo largo de todo su periodo, pero la sensibilidad inversora es alta y cualquier atisbo de saber que habita las esferas del poder un enemigo, afecta sobremanera el flujo de inversiones que, a la vez, el Perú y este gobierno necesitan que se despierte.

No merece Mirtha Vásquez que el lenguaraz Presidente le complique la vida, de modo de generar, eventualmente, que el Congreso le niegue la confianza, se lleve de encuentro todo el gabinete y se genere una nueva crisis política en poco más de cien días de gobierno. Ojalá prime la sensatez en el centro parlamentario.

Castillo es políticamente inimputable. Es muy básico y de alcances medianos. En esa medida, desde la oposición y desde el país habrá que acostumbrarse o resignarse a que irrumpa cada cierto tiempo con algún exceso o disparate, con algún nombramiento extraño que se deberá tratar de corregir, o con alguna declaración altisonante, que traerá más ruido que nueces. Así será el gobierno de izquierdas que tenemos en mala suerte.

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Asamblea Constituyente, Castillo, Mirtha Vasquez

Las medidas implementadas por el Estado como el confinamiento, el distanciamiento social, las restricciones a la movilidad, las limitaciones para reuniones, la paralización de actividades y el cierre instituciones educativas para contrarrestar la pandemia provocaron cambios radicales en la rutina de millones de personas. El impacto en su salud mental aún no se conoce con exactitud. Menos en la de niñas, niños y adolescentes. 

El cierre de las instituciones educativas primarias y secundarias implicó que ellos no tuvieron acceso a educación, no interactuaron con sus pares y sus docentes, no jugaran, ni practicaran algún deporte, entre otras actividades. ¿Cómo los afecta? ¿se adaptan mejor que los adultos? ¿cómo lo enfrentan hoy en día? ¿cuán resilientes son? 

En ese sentido, es de crucial importancia investigar el impacto emocional de la pandemia en las niñas, niños y adolescentes. Hasta el momento, se han realizado pocas investigaciones desde la academia. Por eso mismo, es loable el esfuerzo llevado a cabo por el Ministerio de Salud y Unicef por conocer la situación de aquellos en el país. Sus hallazgos son muy preocupantes. “Los resultados del estudio visibilizan la afectación de la salud mental en el contexto de la pandemia por la COVID-19 en las niñas, niños y adolescentes, así como de sus cuidadores. Otros estudios refieren que la pandemia es un factor de riesgo para el incremento de la incidencia de problemas de salud mental y exacerbación de quienes tenían dificultades pre existentes”. 

Hace pocos días, Unicef presentó su Estado Mundial de la Infancia, “En mi mente, promover, proteger y cuidar la salud mental de la infancia”. Según el documento, 5 de cada 10 adolescentes de 10 a 19 años padecen ansiedad y depresión en América Latina. Asimismo, 16 de cada 100 jóvenes entre 15 y 24 años “se sienten deprimidos o tienen poco interés en realizar alguna actividad” en el Perú. Niñas, niños y adolescentes que demandan atención del Estado mediante una política pública ad hoc que mitigue la situación descrita. En su formulación el uso de evidencia es imprescindible. Como se conoce, en no pocos casos, el diseño de alguna política pública no toma en cuenta la evidencia producida. Razón por la cual, la generación y el empleo de la misma sigue siendo un desafío en la gestión pública. 

Desafío que puede ser compartido con las universidades públicas y privadas. Se entiende que, luego de su licenciamiento, están en condiciones de realizar investigaciones sistemáticas y  rigurosas. Ellas cuentan con investigadores, recursos y experiencia. Por eso mismo, no les sería difícil investigar el impacto de la pandemia en la salud mental de las niñas, niños y adolescentes. O documentar las buenas prácticas de los 203 centros de salud mental comunitaria ubicados en el territorio nacional.  Modelo de atención comunitaria a la salud mental destacado en el Estado Mundial de la Infancia. Quizás por ello la primera ministra Mirtha Vásquez, durante su presentación del Congreso, afirmó lo siguiente: “implementaremos 300 nuevos centros de salud mental comunitaria y el fortalecimiento de los 203 ya existentes con profesionales para el cuidado prioritario de la salud mental de niñas, niños y adolescentes y de mujeres sobrevivientes de violencia”.

El Estado debe convocar a las universidades para desarrollar una agenda de investigación en salud mental. Es de esperar que de tal encuentro el diseño e implementación de una política pública que mitigue el impacto de la pandemia en la salud mental de los niños, niñas y adolescentes gane en efectividad y eficacia. Los tiempos apremian y la mejora de su salud mental es una condición imprescindible para su bienestar y desarrollo integral.  

 

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adolescentes, Covid-19, niñas y niños, Pandemia, Salud Mental

Hace 7 años, fui a ver una obra de teatro, escrita por Mariana Silva Yrigoyen, llamada “Sobre Lobos”. La obra, ganadora del concurso de dramaturgia “Sala de Parto”, relataba la historia de una joven de 24 años que, un día cualquiera, regresando a su casa de la bodega, fue seguida por un carro con dos hombres adentro que la secuestraron y violaron por varios días de manera violenta, hasta que finalmente la protagonista logró escapar. 

En el monólogo final de la obra, interpretado de manera impresionante por Gisela Ponce de León, se relataba una escena de violación sexual masoquista, que terminó por darme un ataque de pánico. La crudeza con la que se relataba la violación fue tal, que sentí que me quedaba sin aire y me desmayaba. Tuve que taparme los oídos para dejar de escuchar, y salir de la sala.

Por mucho tiempo me pregunté por qué me había impactado tanto una escena de aparente ficción, considerando que yo, una joven limeña bastante privilegiada, no había vivido nunca una experiencia de este tipo. Con el tiempo llegué a la conclusión de que cualquier mujer que vive en Lima sabe que la posibilidad de ser víctima de violencia no es ficción, sino un riesgo que puede volverse realidad en cualquier día de mala suerte y “poco cuidado”.

7 años después de ver “Sobre Lobos”, leí ayer en Twitter un testimonio compartido por la excandidata al Congreso Narezcka Culqui, que relataba: “Una de mis mejores amigas fue secuestrada y abusada sexualmente en grupo casi 12 horas, el hecho ocurrió en la Av. Habich y el hotel donde la llevaron quedaba en Pista Nueva, el carro que se la llevó era una camioneta negra”. 

Culqui, conmovida por la noticia, relata en un hilo como ella, en por lo menos dos oportunidades, fue también seguida por un carro cerca de la misma avenida cuando sacaba a pasear a su perro en las mañanas. En ambas ocasiones, felizmente, la excandidata al Congreso logró escapar, auxiliada por otras personas. En respuesta a este testimonio, muchas mujeres comenzaron a compartir los suyos: más de una había sido seguida y perseguida por un carro con hombres dentro, en distintos distritos de Lima. La mayoría había logrado escapar a tiempo, a diferencia de la víctima cuyo caso se compartió en Twitter, y la protagonista de la obra “Sobre Lobos”. Mi mente regresó al ataque de pánico que tuve en el 2014: no es ficción. Nunca fue ficción. Es la amenaza de ser mujer joven en Lima en su más brutal expresión.

12 horas de violación. Pasó, pasa y seguirá pasando. ¿Qué tenemos que hacer para que esto deje de ocurrir? ¿Qué tiene que pasar para que este caso nos indigne hasta las lágrimas, o hasta quitarnos el aire? Hace unos años, miles de mujeres salimos a las calles a gritar “Ni una menos”, conmovidas por dos casos de violencia de género también brutales. Me parece que este caso amerita una movilización similar, con exigencias claras y concretas, como justicia para la víctima, especial resguardo policial en las zonas donde esta modalidad se ha vuelto recurrente, capacitación en las comisarías para casos de violencia de género, entre otras.

Una ciudad donde una mujer no puede salir a pasear a su perro sin terminar secuestrada y violada es una ciudad en la cual simplemente no podemos vivir ni un día más. Basta.

*Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden no coincidir con las de las organizaciones a las cuales pertenece.

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mujeres y niñas, Ni una menos, violencia a la mujer, violencia sexual

La centroderecha debe olvidarse de la ilusión de un recorte del mandato del presidente Pedro Castillo y trazar una estrategia social y política que contemple el 2026 como horizonte de recambio.

Debe, por supuesto, mantenerse alerta. No es improbable que la volatilidad ideológica de Castillo lo lleve nuevamente a reconducirse a un escenario radical, con una estrategia de confrontación, con la vuelta de Cerrón y allegados, y nuevamente el énfasis inmediato en una Asamblea Constituyente. En ese escenario, la centroderecha debe volver a considerar la vacancia como herramienta defensiva, y solo en ese caso. La reciedumbre opositora dependerá de la sensatez gubernativa.

Pero si se consolida el nuevo escenario en el que estamos y del que probablemente no nos movamos por un buen tiempo, y quizás todo el lustro, lo que veremos será un gobierno de izquierda tratando de reconstituir algunos términos del modelo económico y poniendo el énfasis -en el mejor de los casos- en sectores como salud y educación.

Vista así la perspectiva, lo que corresponde es asumir democráticamente la legitimidad del régimen, asegurarse de una fiscalización constante y, sobre todo, de diseñar una estrategia conducente a que el 2026 no vuelva a ocurrir que un disruptivo de izquierda se alce con el triunfo.

Eso pasa por un trabajo ideológico insistente y pertinaz, pasa por la reconquista del mundo andino para la centroderecha (Puno y Junín son regiones estratégicas), pasa por la renovación de cuadros políticos, pasa por tener presencia importante en las elecciones regionales y municipales del próximo año, etc.

Fuera del hito pandémico, que trastocó todo el tablero político e ideológico del país, las encuestas siguen revelando que el país está inclinado -sigue estándolo- hacia el centro y la derecha, muy por encima de las opciones de izquierda. Resulta casi imposible que se repita la tormenta perfecta de crisis de este año (sanitaria, económica y política) que permitió que alguien como Castillo ganase la elección, y si a ello le sumamos el natural desgaste que va a tener la izquierda luego de un gobierno tan mediocre como el que padecemos, lo más probable es que el 2026 la centroderecha recupere sus fueros.

Pero hay que trabajar en ello. No dilapidar energías en intentos cuasi golpistas de vacancias irracionales y dedicarlas, más bien, a construir plataformas sociales y políticas que le permitan llegar, a futuro, a ese crucial proceso electoral, en mejor pie que con el que llegaron este año aciago para sus propósitos.

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2026, Cerrón y allegados, Pedro Castillo, Vladimir Cerrón
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