Opinión

Hace algunas décadas, un niño de 10 años filmaba sus cortometrajes con la cámara que le regalaron sus padres. En su barrio de Los Ángeles, uno de sus vecinos realizaba su segundo largometraje. Cuando salía rumbo a la escuela, habitualmente observaba al director de cine en las mañanas recoger su periódico. Ese niño era David Fincher, director de Seven y Fight Club y su vecino George Lucas. 

Lucas marcó a toda una generación con la saga de Star Wars y se convirtió en el fundador de una compañía líder en efectos especiales. Aquel niño que llevaba en sus manos una cámara 8mm, hoy ya cumplió 59 años, lleva 29 de ellos dirigiendo films sin que alguno siquiera haya pasado desapercibido y es, además, uno de los grandes referentes del cine mundial. 

David Fincher dejó su pequeña cámara para iniciar una carrera con la animación y publicidad, aunque todos lo conozcan por las películas que vinieron después como Seven, The Game, Fight Club, La habitación del pánico, Zodiac, El curioso caso de Benjamin Button, Facebook, La chica con el dragón tatuado, Pérdida y Mank. Films, que en su mayoría han sido reconocidos por la crítica internacional. 

“Mucha gente odia Alien 3, pero nadie más que yo”. El cineasta juró nunca más dirigir una película después de esta experiencia. La intervención de los productores hollywoodenses la convirtió en una pesadilla. Si hubiera cumplido su palabra, su ópera prima se hubiera convertido en la última y nos hubiéramos quedado sin ver Seven. En 1995, Fincher se hizo de un nombre por llevar a la pantalla la historia de dos detectives tras los pasos de un asesino en serie guiado por los 7 pecados capitales. Brad Pitt y Morgan Freeman fueron los protagonistas del primer film de culto del director. 

Seven se convirtió en un enorme éxito de taquilla y recaudó 327,3 millones de dólares. Los siete pecados capitales fue filmado cuando Fincher tenía la edad de Cristo. Dos años después presentó The Game con Michael Douglas y Sean Penn, que también logró un éxito considerable en taquilla y que quizás es de las películas que menos se menciona del director, pero no por alguna deficiencia en su calidad. Sin embargo, la obra que vino después ha marcado un antes y después no solo en la vida del cineasta, sino en la de toda una generación: Fight Club.  

La adaptación cinematográfica del libro de Chuck Palahniuk convocó nuevamente a Brad Pitt, esta vez acompañado de Helena Bonham Carter y Edward Norton, quien venía de mover mucho polvo con el film American History X. Hace 22 años se estrenó Fight Club. Nunca tuvo en su momento el éxito de taquilla que obtuvieron Seven y The Game, pero las reproducciones que vinieron en los siguientes años lo convirtieron en el símbolo de toda una generación relacionada con la cultura grunge y el desencanto que un sistema social consumista, había empezado a despertar. 

Fincher ha logrado que en la memoria colectiva prevalezcan frases como: 

“La primera regla del club de la pelea es: nadie habla sobre el club de la pelea. 

La segunda regla del club de la pelea es: ningún miembro habla sobre el club de la pelea”.

Como también: 

«Me conociste en un momento muy extraño de mi vida».

El inicio del siglo XXI vino de la mano de un referente cinematográfico de la cultura pop como lo es Fight Club. Mucho se ha hablado si es una apología a la violencia o no, el director ha declarado que mientras más se detalle el dolor, más horrible debe parecer al espectador, aunque, “nunca se sabe lo que la gente hará con los personajes”.

Una pequeña Kristen Stewart de la mano de Jodie Foster personifican el único film en donde las mujeres adquieren un real protagonismo fuera de los estereotipos femeninos: La habitación del pánico. Para el año 2002 ya todos querían grabar con el cineasta. De aquí en adelante todas las cintas de Fincher han sido nominadas, aplaudidas por la crítica y reconocidas en el mundo. 

A pesar de todo, La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas no concede hasta la fecha ningún Oscar al director americano dentro de las principales categorías. Esta conflictiva relación se traduce en nominaciones, tras nominaciones. Facebook y El curioso caso de Benjamin Button en cambio con tres estatuillas cada una, son a las que mejor les ha ido con la Academia. 

El último 28 de agosto Fincher celebró un año más de vida. Este año además, estrenó por primera vez en Netflix y logró 10 nominaciones a los premios Oscar con su última película: Mank. Historia del guionista del film Ciudadano Kane de Orson Welles, realizado en blanco y negro, con las actuaciones de Gary OIdman y Amanda Seyfried. Se llevó dos estatuillas  a casa, más de lo que consiguió El Ciudadano Kane en su momento. Pero el Oscar a mejor director sigue siendo aún esquivo. 

Lucas no solo fue una inspiración, también intervino directamente en su carrera al colocarlo como asistente de cámara en El Retorno del Jedi en 1983. Pero la ciencia ficción nunca lo cautivó, ya que años después rechazó la propuesta para continuar con la saga de Star Wars como director. 

Aquel pequeño que soñaba estrenar una película como lo hacía su vecino George Lucas en Hollywood, se dispuso a trabajar en todas las áreas que comprenden la realización cinematográfica. Dirigió videoclips para figuras como Madonna y Michael Jackson. Fue capaz de realizar 17 repeticiones por toma y 200 horas de grabación por hora editada. Su cine caracterizado por sombras, contrastes de colores y personajes desquiciados se complementa con una obsesión por el detalle y su deseo por capturar la atención del espectador. 

Hoy, David Fincher prepara su próximo film The Killer que llegará por la plataforma de Netflix y también contará la historia de un asesino. Seguirá buscando impactar a su audiencia como a él lo impactó Tiburón cuando decidió no volver a entrar al mar. Buscará contar historias como las que escuchó de pequeño a su madre, que era enfermera en un hospital psiquiátrico.

 

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El aprovechamiento político de un caso de acoso, violencia o discriminación hacia la mujer o cualquier ser humano es siempre deleznable. Un drama humano como ese no puede ser utilizado como arma política para ataques subalternos. Si existe alguna responsabilidad pues lo que debe exigirse es el castigo, ejemplar si se trata de un funcionario público, y la resarción del daño causado.

En el caso suscitado por las declaraciones de la congresista Chirinos sobre un repulsivo comentario de parte del Premier Guido Bellido hemos visto nuevamente aflorar la ya tradicional hipocresía limeña. Por el lado de la derecha más conservadora hemos escuchado destemplados gritos exigiendo pronunciamientos y condenas por el estropeo a unos derechos en los que nunca han creído. Por el lado de la izquierda, los silencios, tibiezas y demoras han sido también muy elocuentes como si los derechos y su defensa dependieran de quien perpetra el abuso y quien es la víctima. Entre todas las expresiones las peores han sido las que han tratado de denigrar aún más a la víctima ya sea por sus afiliaciones políticas o incluso por su proveniencia familiar.

Lo cierto es que, una vez más, este caso puede ayudaros para desentrañar problemas estructurales de la sociedad patriarcal en la que vivimos en la que las mujeres llevan la peor parte. Una sociedad en la que ser mujer implica vivir en la mayor desprotección y permanente amenaza. No se trata sólo de u problema de desigualdad jurídica ni es un tema que se pueda solucionar sólo con más leyes y sanciones. Implica un problema estructural que parte de una profunda reflexión sobre el tipo de sociedad en la que vivimos, sus contradicciones y falencias así como de la necesidad de emprender un trabajo de muy largo aliento que inicie por la educación y el reacomodo de nuestras relaciones personales y sociales.

Pero, lo más importante es la profunda brecha material que existe entre varones y mujeres. Este es el aspecto central en el que cualquier intento de construir una sociedad igualitaria. En la medida en que las mujeres puedan adquirir mayor autonomía financiera no sólo estarán menos dispuestas a soportar situaciones de violencia o discriminación sino que además estarán en mejores condiciones de luchar y defender sus derechos. Esta es la ruta que ningún gobierno ha querido tomar en su miopía de no querer entender que la apuesta por la autonomía económica de la mujer es también no es una gasto sino un tema de derechos.

Otro tema importante es el referido a la normalización de la violencia y la discriminación contra las mujeres. Esto tiene su base en las relaciones sociales que hemos establecido históricamente. Si bien, gracias especialmente a la lucha de las mismas mujeres, esto ha cambiado estamos aún muy lejos de lograr hacer de sentido común que ningún acto de violencia o discriminación puede ser tolerado ni es “normal” llevarlo a cabo. Es tarea del Estado hacer todos los esfuerzos posibles para revertir esta situación.

En medio de estos varios problemas de fondo, situaciones como las relatadas por Chirinos denotan lo mucho que falta por trabajar en este tema. La igualdad, desde esta perspectiva, no aparece como un ideal vacío sino como una necesidad hacia la que todos debemos apuntar.

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Mañana sábado 3 y el domingo 4 de setiembre se realiza la Segunda Feria del Libro Virtual de Cajamarca, un evento que en solo dos años ha adquirido un perfil muy interesante. Una feria del libro, sea virtual o física, es siempre una buena noticia: un espacio de diálogo y encuentro, una nueva oportunidad para rendirle culto a ese objeto maravillosamente placentero que es el libro y a su materialización, la lectura, solitaria en apariencia, pero a la vez una indudable forma de comunión. 

La feria ha adoptado el lema “Perú, contigo leo” y la parte central de su programa estará dedicada a abordar diversos aspectos de la obra de escritores peruanos clásicos: José María Eguren, Blanca Varela, Julio Ramón Ribeyro o Sebastián Salazar Bondy, por citar algunos casos, serán materia de charlas a cargo de destacados académicos y creadores peruanos como Alejando Susti, Christian Zegarra Vivian Lofiego, Marco Martos, José Antonio Mazzotti o Sara Beatriz Guardia, por mencionar algunos nombres.

Igualmente, el nutrido programa de actividades incluye a Mario Vargas Llosa como invitado de honor. Por otro lado, esta segunda feria tiene más sorpresas, como encuentros con Jorge Díaz Herrera, un destacado narrador y un autor ya canónico de nuestra literatura infantil y también con Rafael Dumett, autor de El espía del inca, una novela cuya importancia va encontrando asiento cada vez más sólido entre lectores y críticos de nuestro país. Estará también Miguel Pachas Almeyda, acucioso biógrafo de César Vallejo.

El programa completo, ambicioso y diverso, incluye también sesiones de crítica y la siempre refrescante presencia de muchos escritores peruanos de reconocida trayectoria. Se suman el historietista Juan Acevedo y el caricaturista Carlos Tovar “Carlín”. Sin humor no se puede vivir. 

Una oportunidad para escuchar la voz de José Luis Ayala, Gloria Mendoza Borda, Julio Carmona, Jorge Cuba Luque, Feliciano Padilla, Marita Troiano, Carmen María Pinilla, Juan Manuel Chávez, José Vadillo, Elton Honores, entre muchos más. 

Nota aparte para un hecho que realza el esfuerzo de los organizadores: esta feria carece de todo apoyo empresarial; tampoco recibe ningún dinero del Estado. Esta feria es posible gracias al tesón de un grupo de personas y dos editoriales independientes cajamarquinas que han tomado el toro por las astas. Muy meritorio y digno de aplauso.

El programa de más treinta páginas, así como las rutas de acceso a las charlas, presentaciones y lecturas, están disponibles en la página de Facebook del evento, donde puede acudir sin demora y de manera absolutamente libre: https://www.facebook.com/FeriaVirtualLibroCajamarca.

Todas las actividades, naturalmente, se transmitirán desde esa misma página. Me parece necesario saludar la realización de esta segunda feria. Lo que toca ahora es disfrutarla y difundirla. Viva la lectura, viva Cajamarca.

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Cajamarca, Feria de libro, Lectura, Perú

Desde el 28 de julio hemos presenciado un linchamiento mediático esencialmente racista y clasista contra un partido político que emerge de las regiones y llega al gobierno con Castillo y Bellido a la cabeza del gabinete. Se les ha terruqueado, llamado “incapaces” e “inmorales” porque en la cultura dominante no cuadra que un premier no sea un hombre blanco, limeño, «educado» y anti-comunista.

En este contexto, una congresista de la oposición golpista acusa de acoso verbal al premier Bellido exacerbando el rechazo legítimo de mujeres contra esa violencia machista. La violencia contra la mujer en Perú es alarmante y eliminar el feminicidio, con alrededor de 150 mujeres asesinadas al año, debe ser una prioridad para el gobierno. A la vez, las feministas no debemos extraer este incidente y sacarlo del actual contexto golpista. No sería la primera vez que el uso del poder femenino de clase o racial ha servido para activar o profundizar el sistema opresor. En su caso Chirinos consigue la inmediata solidaridad feminista para justificar la salida del premier. El objetivo es convertir a Bellido en el dolor de cabeza de Castillo como lo fue antes el ex-canciller. Recordemos que fue otra mujer, familiar de gamonales, quien empezó con las injurias en su caso. Existe pues un poder ejercido específicamente por mujeres blancas o privilegiadas victimizándose con fines políticos.

El Perú es un país racista y clasista con una clase blanca dominante similar a EEUU. En el 2020 en plena pandemia, una mujer blanca en el Central Park llamó a la policia diciendo que un hombre negro la estaba amenazando. Ella sabía lo que hacía y las consecuencias que podría conllevar, como la muerte de ese hombre por la policía racista de NY. Era mentira y el hombre pudo grabarla con su celular para defenderse. Felizmente esa historia tuvo un buen final.

Veamos como se ha instrumentalizado el poder de mujeres blancas para ejercer violencia contra hombres negros en los ultimos 100 años en EEUU. Miles de hombres negros han sido linchados, ejecutados, asesinados, etc. porque mujeres blancas dijeron que fueron violadas o acosadas. Estos son algunos casos más emblemáticos y terriblemente injustos:
La masacre de Tulsa en Oklahoma en 1921 un barrio de clase media negro fue atacado y bombardeado por blancos porque una mujer blanca operadora de un elevador dijo que un hombre negro le pisó el dedo. Como consecuencia cerca de 300 personas fueron asesinadas, 70% de ellas de la comunidad negra y más de 1,200 viviendas y negocios destruidos.

En 1944 George Stinney Jr. de 14 años fue acusado de asesinar a dos niñas blancas y electrocutado en la silla eléctrica en Carolina del Sur. Su juicio duró solo dos horas. No se llamó a ningún testigo del acusado, y al jurado de hombres blancos le tomó sólo 10 minutos sentenciarlo a muerte. Debido a que George era muy bajito, 1.50m, tuvo que sentarse en una biblia en la silla eléctrica. No se encontraron pruebas de su culpabilidad.

En 1949 en Florida una adolescente blanca acusó a 4 jovenes negros Walter Irvin, Samuel Shepherd, Charles Greenleede y Ernest Thomas de haberla violado. Este último escapó y fue asesinado por una turba de blancos con más de 400 balazos. Dos fueron condenados a cadena perpetua y otro sentenciado a muerte, sin embargo la policía blanca disparó a dos de ellos, matando a uno. Después de casi 60 años se confirma que la adolescente nunca fue violada.

La tortura y linchamiento de Emmet Till de 14 años en 1955 en Mississipi ocurrió porque una mujer blanca dijo que Emmet la agarró amenazante y fue “sexualmente crudo”. Sus torturadores le pegaron, le dispararon en el rostro y tiraron su cuerpo en el río. Años después la mujer admitió que había mentido.

Mientras no sabemos si Chirinos dice la verdad, Bellido ya fue “sentenciado” por la narrativa feminista dominante. Bellido como la gran parte de hombres peruanos son sexistas, pero no debemos creer inmediatamente en alguien sin comprender el contexto y el peligro que las consecuencias que conlleva. Chirinos estaría usando su victimización como un instrumento de poder con un fin político e incluso profundiza prejuicios racistas sobre el “serrano machista y violador”. El tema es bastante complejo y las reacciones sin cuestionar a la acusadora no ayudan a construir un feminismo de clase y anti-racista. Si el feminismo no es interseccional y decolonial no es feminismo.

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Patricia Chirinos

La decisión política que va a tener que tomar el presidente Castillo no es poca cosa. Es dramática. Se va tener que desarraigar de las dos fuentes matrices que lo llevaron al poder y reiniciar su gobierno bajo parámetros distintos. Porque el problema no es solo Vladimir Cerrón y sus pretensiones de que sea el partido Perú Libre el que gobierne -vieja reminiscencia leninista- y de que el régimen, con él como titiritero, se conduzca al proceso de refundar constitucionalmente la República a través de una Asamblea Constituyente, para lo cual ya junta firmas (esfuerzo, dicho sea de paso, inútil, ya que solo es el Congreso el único con potestad de reformar la Carta Magna, así se junten diez millones de firmas).

El otro grave problema fundacional del régimen, y que es el que está generando serísimos problemas de gobernabilidad, tantos como los ocasionados por el cerronismo, es la predominancia excesiva del ala magisterial radical vinculada al Movadef (de la cual es miembro, por ejemplo, el cuestionado ministro de Trabajo, Iber Maraví, sobre quien pesan serias acusaciones que lo vinculan a Sendero Luminoso), que también tiene entre sus propósitos el tema de la Asamblea Constituyente, pero, sobre todo, diseñar un plan de conquista sindical del magisterio, aplastando al Sutep, y luego la puesta en marcha de un plan político para construir desde el poder una patria socialista.

Si Castillo no rompe con ambos frentes, los cuales explican la ingobernabilidad que se aprecia en este primer mes y pico de gobierno, no va a poder desplegar ni siquiera una agenda de izquierda moderada. Se va a quedar atrapado en el conflicto político (porque, además, ambas alas se aborrecen y se sabotean mutuamente) y sumido en la parálisis y el desgobierno.

Entre el maoísmo del Movadef y el leninismo de Cerrón, Castillo no va a llegar a buen puerto. Y necesita actuar rápido. Ya, como se ha visto, nos han bajado la calificación crediticia y de persistir el despelote, las consecuencias económicas pronto se sentirán en los bolsillos, más allá del proceso devaluatorio e inflacionario, que en parte se explica por razones globales.

Castillo tiene que aprender a zanjar, a crear resentimientos, a postergar filiaciones, a desairar expectativas, a frustrar aspiraciones. De eso se trata, en alguna medida, gobernar, en tomar decisiones que alegran a algunos y afectan a otros. No se puede contentar a todos. Si lo que el Primer Mandatario busca es no herir susceptibilidades de nadie, vamos rumbo al despeñadero, a una situación de precariedad gubernativa de tal envergadura que amenaza la propia continuidad del régimen y conducirá, de paso (imaginamos que lo sabrá) al descrédito histórico de una opción de cambio.

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Movadef, Pedro Castillo, Vladimir Cerrón

UNO

Fue a mediados de los setenta que viajamos, la familia completa, de vacaciones a Tingo María. Teníamos que cruzar Ticlio (a 120 km de Lima) para llegar a destino. Nunca olvidé esa experiencia. Fue pesadillesca para los 3 hermanos. Sufrimos mareos, vómitos, el famoso mal de altura, que me aturdió hasta llegar. Nos recibió mi tío Lucio, hermano de mi mama, quien nos llevó raudamente a su casa, ubicada a 40 minutos de la discreta ciudad selvática.

Ese año, ellos vivían en un pueblito llamado La Roca, a orillas del rio Huallaga, y era el típico pueblo salido de una novela costumbrista: 2 hileras de casuchas sin asfalto, ni vereda y al fondo, el imponente Rio Huagalla.  Había una ausencia total de luz eléctrica, por ende, no teníamos tv (una huevada). Empezábamos mal las vacaciones, nos dijimos entre los hermanos; y si bien mi tío tenía 4 hijos, ellos eran más pequeños, y no les dábamos bolilla. 

Pasamos cerca de 2 meses allí. La primera noche, pregunté dónde estaba el baño me señalaron la agreste vegetación detrás de la casa y me dieron un rollo de papel higiénico: me quedé de una pieza. 

La casa era, típica de la selva, de madera, con techo a dos aguas. Cuando llovía podía durar todo el día. En las noches, con el calor, emergían toda clase de bichos y arácnidos. Dormíamos con mosquitero sino era imposible dormir. Ahora debo ser justo, las calideces de mis tíos aplacaban los inconvenientes. Los almuerzos eran pantagruélicos. 

DOS

La Roca era un pueblito que estaba en la línea invisible de lo pintoresco y patético. Uno de aquellos personajes inolvidables era el Tío Lino. Era un personaje canoso, petiso y gordito, de edad indescifrable (podía tener entre 50 y 60 años) y siempre son una gorrita de color níveo que ocultaba su calvicie. Poseía un colectivo de los años cuarenta, creo, con carrocería de madera y bancas dispuestos en forma horizontal. Hacia viajes a Tingo María los cuales duraban cerca de una hora y media. Avanzaba siempre por la ruta, con o sin asfalto, a 20 km por hora. Bamboleante llevaba en su interior, aparte de pasajeros, mercaderías, maletas e incluso animales. En pocas palabras, el Tío Lino manejaba la carcocha del pueblo. 

En cierta ocasión, subí a su carricoche. Al lado mío, iba una señora que llevaba unos polluelos, en una caja de cartón, la cual tenía unos huequitos laterales para que el animal no se asfixie. Todo iba bien, hasta que el pollito saca su cola y deja caer su mierda en mi pantalón nuevecito. Ante mi estupor, la selvática mira lo que hizo su animalejo y se rio a carcajadas. Lógicamente monté en cólera, pero cuando tienes 10 años, generalmente, la gente no te hace caso y menos a tus cóleras.

TRES

Las veces que las pasamos mejor fue cuando coincidíamos con mi tía Marionila y sus hijos. Eso sí era un despelote. Jugábamos sin descanso y jodíamos a todo el mundo. Ahí degustamos el popular Juanes, del cual me convertí en fanático. 

El rey de ese lugar era mi primo Grimaldo, tenía 25 años. Mis hermanos, primos y el que suscribe, lo reverenciábamos: Poseía auto y era de contextura mediana, morocho y con barba tupida. Su ropa era bacán, pero lo más importante: tenía éxito con las mujeres. Estar al lado de él, era un cague de risa, y nunca nos ninguneaba, sabia tratar a sus primos menores.

Ese verano descubrí la música de Juaneco y su Combo. Sin mentir, deben haber tocado más de una veintena de veces, en la radio. En cualquier parte, donde íbamos, en el ambiente sonaba la canción “Mujer Hilandera”. Hace unos años atrás, les conté a los alumnos, de Informática aquella anécdota, y se cagaron de risa. Incluso varios buscaron en Youtube la canción y me mostraban las versiones de la susodicha canción.

CUATRO

En 1980 fue el último año que fuimos toda la familia a Tingo. Contaba con 14 años y le pedí a mi tío para trabajar con él ese verano. Había comprado un camión nuevo y transportaba gente con sus mercaderías a la ciudad. Me despertaba tempranito y lo acompañaba a laburar. Al llegar, a Tingo María, el tío Lucio me llevaba a un restaurante para desayunar opíparamente. Era un hombre callado, pero con una gran calidez. Era fachero y poseía unos bigotes que lo hacían parecer actor de cine mexicano. 

Luego al año siguiente mis hermanos y yo nos negamos rotundamente a viajar. Vivíamos en nuestro microcosmos adolescente y no permitíamos que el recuerdo de la Selva lo invadiera. Nunca más volvimos. En los noventa volví a ver al hermano de mi mama, en Lima, más viejo, pero siempre con la misma calidez con que me trataba de chico. Nos saludamos efusivamente. 

Ahora con más de cincuenta años, el tiempo ha suavizado las incomodidades que pase. El conocer una cultura distinta enriquece y es cierto cuando dicen que en el Perú subsisten varias realidades. Pero más que nada fue conocer a gente siempre dispuesta a recibirte con los brazos abiertos, y sin prejuicios. Tal como son descriptos la gente del interior. Esas personas no se olvidarán jamás, siempre estarán en el recuerdo.

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La mediocridad decisoria del presidente Castillo es de antología. Ni Toledo, quien también brillaba por sus indecisiones y carácter dubitativo, ha llegado a los niveles de desconcierto en los que parece atrapado el actual mandatario.

Castillo tiene que romper el nudo gordiano que lo atrapa. No puede gobernar haciendo convivir, izquierdistas moderados, como Francke o Torres, con filosenderistas, como muchos de los que él mismo ha convocado provenientes del Movadef, y radicales cerronistas que buscan petardear el orden democrático.

Ese menjunje es indigerible para la gobernabilidad del país. Con ese modus vivendi el país va al desastre asegurado. Ya las encuestas muestran un desplome en los niveles de aprobación del Presidente, del gabinete y del titular en la sombra, Vladimir Cerrón.

Y esa situación de incertidumbre política ya le está pasando factura a nivel económico, lo que a su vez retroalimenta la creciente insatisfacción ciudadana, la misma que no se va a recuperar ni a punta de bonos, ni de confrontaciones con el Congreso, medios de comunicación o grupos empresariales, como ya insinúan algunos voceros del régimen.

En la encuesta que realiza mensualmente el SAE de Apoyo, los índices de confianza para invertir, por parte de los empresarios, se han desplomado extraordinariamente, llegando solo a niveles como los que se vieron en los peores momentos de la crisis política de Vizcarra, sumados a los efectos letales de la pandemia en el tiempo prevacunas.

Y si este gobierno no recupera la confianza del sector privado, por más que esté Francke en el MEF -economista serio y responsable- o se quede Julio Velarde en el BCR -garantía de probidad-, no se reactivará el círculo virtuoso de las inversiones, que no solo generan empleo, sino que, sobre todo, por efecto cascada, disminuyen los niveles de pobreza.

La salida es clara: sacar a Bellido, recomponer el gabinete con profesionales competentes, sin cuotas partidarias o ideológicas, apartar a Cerrón del entorno palaciego y descartar la peregrina y desestabilizadora propuesta de la Asamblea Constituyente.

Mientras eso no ocurra, persistirá el desmadre en el que nos encontramos. Peor que un mal gobierno es el desgobierno, y esa es la situación por la que estamos pasando en estos momentos. Horas sombrías se avecinan para el Perú si el Presidente no toma las decisiones correctas prontamente.

SUMILLA

“Horas sombrías se avecinan para el Perú si el Presidente no toma las decisiones correctas prontamente”

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Pedro Castillo

Ver provocación o rompimiento de protocolo en la histórica chacchada de coca que el premier Bellido practicó en el congreso hace una semana es no conocer o desconsiderar la parte infame de la historia del país. Qué ejercicio de libertad no es rebelde en el ninguneo, qué manifestación cultural alterna no rompe protocolos en la homogeneidad provinciana del occidente más conservador. Ciertamente aquí hay un gesto político, que responde a un contenido que no estuvo en el discurso de pedido de confianza – por razones obvias -, pero que ha sido varias veces manifestado como voluntad de la bancada oficialista: eliminar la erradicación de la hoja de coca como eje central de la política antidrogas.

La criminalización de la hoja de coca, y el compromiso de erradicación que el Estado peruano tiene desde la década de 1960, es otro de los asesinatos culturales que occidente le ha infligido al mundo andino-amazónico, un etnocidio a todas luces. La hoja de coca no es droga y no tendría que estar en la lista de estupefacientes ilegales de la ONU, tampoco lo es la cocaína (uno de sus muchos componentes). Sí lo es el clorohidrato de cocaína, porque es psicoactivo, produce adicción y es nocivo, lo que en ningún escenario puede decirse de la hoja de coca. Pero, además, la cocaína es sólo un insumo en medio de muchos productos químicos que conforman la droga. Para producir un gramo de la droga en polvo se necesita extraer cocaína de 100 kg de hoja de coca. Es decir, en un gramo de clorohidrato de cocaína, menos de una centésima parte es cocaína que proviene de hojas de coca. Sin embargo, a éstas se les persigue, no a los otros insumos. Es algo así como prohibir la uvas para evitar la alcoholización con vino. O proscribir el tabaco – planta maestra también – por la alta letalidad de los cigarros. Y pasa todo lo contrario: se venden con publicidad que advierte el crimen. Obviamente, los campesinos de la selva latinoamericana son un perseguido geopolítico mucho más débil y silenciable que los poderosos empresarios cigarreros del mundo.

La gran desgracia de la hoja de coca, en realidad, fue encontrarse con el desarrollo de la ciencia química en la segunda mitad del siglo XIX. Esta estudió el producto, ubicó a la cocaína y la aíslo, para así poder mezclar el activo natural con elementos sintéticos y vender masivamente sus beneficios. Hubo toda una industria de medicamentos, anestésicos locales, golosinas, licores y afines que aprovecharon las virtudes de la hoja de coca, desde el último cuarto del siglo XIX. El hallazgo clorohidrato de cocaína es hijo disfuncional y destructivo de este momento histórica, que es urbano y propia de la segunda revolución industrial, y ajeno al escenario agrícola donde se cultiva y consume la hoja de coca desde miles de años atrás. Así, en el primer cuarto del siglo XX, cuando ya han confirmado el potencial adictivo y destructivo que podía tener la cocaína con ciertas mezclas, empiezan a prohibirla. Y luego terminan obligándonos al suicidio cultural de la erradicación. No reprimen ni desconocen derechos en su territorio, donde está la gran y mayor demanda, sino aquí, en regiones en las que no se tiene responsabilidad frente a su problema social con las adicciones graves.

Y cuando arriba digo que se comete etnocidio con la erradicación, no soy otra cosa que descriptivo . La hoja de coca es central en nuestro mundo andino desde hace más de 4 mil años, y sigue viva en por lo menos la mitad del territorio peruano y entre 6 millones de sus habitantes. Es parte nuclear de rituales y ceremonias – muchas propias del quehacer agrícola cotidiano – pues abre los sentidos, incentiva la meditación y conecta con la naturaleza, a la que se quiere transmitir mensajes y atender, para reforzar su fertilidad. La hoja de coda también es caja chica y moneda de cambio. Y no sólo es el más grande energético natural y sin contraindicaciones que ha descubierto el mundo, sino que es un gran cohesivo social, y un símbolo de apertura y confianza entre quienes la chacchan juntos. Fumigarla indiscriminadamente no es más que otra mecánica aniquilamiento cultural en su contra, aunque esta vez con un pretexto de seguridad. No es la primera vez que la hoja de coca es perseguida, ya sucedió durante la colonia, cuando el mal salvaje que nos subordinó la vinculó con sus propios miedos y culpas, o lo que llamó demonio. Al final terminó consumiéndola y registrándola como especie botánica, pues la cantidad de beneficios que posee es innegable.

Prácticamente todo el siglo XX ha sido testigo de un silenciamiento de las muchas virtudes que posee la hoja de coca, lo que hace muy favorable su eventual masificación. La planta tiene una enorme variedad de cualidades medicinales, inabarcables en este espacio. Es tranquilizante y ligeramente antidepresiva, es desinflamante y cicratizante, es digestiva, es oxigenante para el cerebro (se piensa más y mejor), es regenerativa para la descalcificación ósea, está vinculada a la longevidad saludable, y la lista es larga. Todo esto sin causar ningún efecto negativo: se puede chacchar toda la cantidad de hoja de coca que se desee, no es una adictiva ni hace daño. Al contrario: el país podría dar un importante salto productivo si se hiciera cotidiano el consumo de hoja de coca, porque cada uno de nosotros mejoraría en todo sentido, y tendría más energía e inteligencia para crear soluciones.

El hecho de que todos estos efectos favorables en términos de salud y calidad de vida no tengan consecuencias adversas, hace que la hoja de coca tenga un enorme potencial industrial, que el Estado debería aprovechar muchos más. En este momento, a través de la empresa pública ENACO (que en teoría es el monopolio estatal para la producción y distribución de la hoja de coca), y de un número recudido de micro y medianas empresas, se industrializan decenas de productos cocaleros en territorio peruano (alimentos, bebidas, dulces, otros), pero estamos muy lejos de optimizar todo el potencial a la mano. Bien promovida, podría conformarse una enorme industria peruana – e incluso pan-andina – de la hoja de coca, la que podría conquistar el mundo y conformar un gran mercado interno. Quién no querría comprar productos que mejoren el bienestar biológico y emotivo. ENACO debería ser empoderada para empadronar a los agricultores y evidenciar donde está la siembra ilícita. Y promover patrones de mercado como empresa pública con posición de dominio, por lo menos hasta que la industria florezca plenamente. No se necesita un monopolio estatal en la producción y la distribución de hoja de coca. Este no sólo es permanentemente burlado por los traficantes de estupefacientes (hay mucho mejores estrategias), sino que impide la libre competencia necesaria para conformar una industria a gran escala.

Industrializar la hoja de coca en el Perú también podría ser una oportunidad para empezar a promover un nuevo patrón de industrialización alimentaria, de fuente pre-hispánica, que necesitará el mundo muy pronto: se produce a escala para masificar la calidad de vida, no para reproducir las enfermedades degenerativas. El negocio procede cuando mejora la condición humana y el hábitat comunitario, no cuando los deteriora. Obviamente los imperios del mundo piensan a la inversa: no quieren que tengamos ventajas comparativas y ni que exportemos valor agregado, no quieren que a los consumidores peruanos lleguen valores vinculados a la alimentación inteligente y sostenible. Ya se ha dicho en este espacio que acumulan a partir de nuestro rezago creciente.

Finalmente, es bastante obvio que la política basada en la erradicación de la hoja de coca no es solución para el narcotráfico. El Estado no tiene capacidad para controlar tan complicadas y hasta inaccesibles zonas de la selva donde se cultiva la hoja de coca. Y ésta – siempre generosa – no es exigente en cuanto a la calidad de tierra donde la hacen brotar, además de no tener plagas destructivas y ofrecer varias cosechas al año a partir de una sola siembra. De ahí que hasta hoy la política de erradicación tenga resultados tan pobres frente al tráfico de drogas ilegales. El Perú lleva seis décadas en este camino, y el narcotráfico ha demostrado muchas veces que está en lo más alto del poder político, en operatividad siamesa con la corrupción. De más está decir que el tráfico de estupefacientes agudiza nuestro subdesarrollo y reduce nuestras muy escasas posibilidades de superarlo. En realidad lo necesita, pues el atraso económico es sinónimo de Estado débil y capturable, que es lo que buscan la mafia y el sicariato para apoderarse de regiones enteras por medio de la violencia y el terror.

No creo que la persecución policial y la represión sean un camino viable para solucionar el problema del narcotráfico, que es el de las adicciones graves si lo miramos desde la demanda. La realidad nos dicen que hay cada vez más cultivos ilegales y que el precio del clorohidrato de cocaína para consumo sigue bajando. Creo que hoy sería mucho más potente una permanente campaña informativa mundial, que transparente todo el conocimiento existente sobre esta droga ilegal (y otras), que solucione miedos innecesarios y estigmatizadores, y que advierta con seriedad académica sobre los peligros. Y si esto es así, el problema del narcotráfico tendría como única y más eficiente salida legalizar la producción y el consumo del estupefaciente. Pero ése es un dilema que deben enfrentar los países más poderosos del mundo, porque sólo ellos están en capacidad de generar el consenso internacional necesario que requieren las políticas antidrogas, y porque son los principales afectados por los problemas de adicción. En cuanto al combate al narcotráfico en nuestro país, al que no tenemos por qué dejar de apoyar, se le debe atacar persiguiendo al resto de los insumos de la cadena productiva del clorohidrato de cocaína y la pasta básica (kerosene, trata de personas, armas, sintéticos intermedios, autoridades políticas, servidores públicos, militares), no a la hoja de coca, que es una planta maestra de grandes capacidades energéticas, y que es central en la cosmovisión y el orden social de la cultura andina.

Como siempre, las causas que explican el abuso histórico se mezclan y confunden. Hay mucho de desconocimiento y eurocentrismo aquí, sobre todo entre las autoridades y las élites, pero sin duda gran parte del asunto tiene que ver con las bases militares que el Estado norteamericano posee en las zonas cocaleras peruanas, donde accede a los recursos mundialmente estratégicos que están en nuestra Amazonía (agua, maderas, diversidad e inmensidad genética, conocimientos ancestrales), lo que le da capacidad para construir control geopolítico sobre ellos, a futuro. Todo bajo el pretexto de la ineficiente, y culturalmente criminal, política de erradicación de la hoja de coca. No es excesivo sospechar que el interés yanqui está en dejar que las cosas sigan como hasta hoy en todos sus extremos, se sabe que el Estado norteamericano está penetrado por el narcotráfico. Y tampoco es desproporcionado decir que la chacchada de Guido Bellido en el congreso no fue beligerante, sino justiciera, desarrollista y nacionalista.

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Muchas expresiones de la violencia de género contra las mujeres se encuentran naturalizadas, una de ellas es la violencia verbal, la violencia sexual y sobre todo el acoso. Tras años de luchas intensas de las feministas y de las defensoras de derechos, no se ha logrado subvertir esta situación; sin embargo, si se ha logrado colocar la preocupación en la agenda pública y política.

Ante diferentes episodios de violencia, las feministas y defensoras de derechos siempre hemos expresado nuestro rechazo e indignación, independientemente del matiz político de quiénes fueron agredidas y de los agresores. La violencia de género se ha rechazado de forma permanente, por principio y no dudo que este es el camino correcto y coherente.

Diversas feministas e instituciones se han pronunciado rechazando los hechos de violencia sexista y acoso denunciados en un medio de comunicación por la congresista Patricia Chirinos; se ha exigido investigación y sanción al premier como corresponde, empezando por separarlo inmediatamente del gabinete.

Desde mucho antes se sabe y se ha denunciado la actitud misógina y homofóbica del primer ministro, siendo los hechos narrados por la congresista un suceso inaceptable y que confirma su perfil contrario a los derechos de las mujeres y la igualdad.

De otro lado, no podemos negar el contexto de polarización política que se vive, la oposición al gobierno ha sido permanente, filtrándose discursos autoritarios y manifestaciones racistas cotidianamente. En este contexto, los hechos serán – evidentemente aprovechados por la oposición- pero además por sectores que poco o nada les importa la violencia contra las mujeres, pero que hoy se indignan no porque se han vuelto sensibles a la problemática sino por intereses políticos que van más allá del hecho concreto y del premier.

Creo es importante tener claridad, la conducta, perfil y antecedentes de Guido Bellido lo hacen una persona nefasta para el gabinete, su renuncia debió darse hace mucho. Su actitud misógina, homofóbica, así como su falta de garantías democráticas han sido evidenciadas desde muchas defensoras y – no hay duda- que la actual agresión contra la congresista es repudiable. No obstante, utilizar este contexto en contra del gobierno y de otros ministros/as como la actual Ministra de la Mujer, evidencia que las intenciones son otras y ello desdibuja la lucha contra la violencia hacia las mujeres.

La violencia machista se rechaza, debe ser sancionada venga de donde venga, en cualquier contexto político, sin importar quién fue la agredida y quién fue el agresor; pues no estamos hablando de un problema individual sino colectivo y estructural. Rechacemos la violencia, si, absolutamente, así también rechacemos la utilización de la misma con fines políticos. Aquellos sectores que hoy se indignan con los hechos, si bien tienen mucha razón, deberán ser coherentes y ojalá defiendan el derecho de las mujeres a no sufrir violencia desde la propuesta y aprobación de normas para la igualdad de género. Finalmente, la coherencia es importante.

 

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