Opinión

En un solo día, el fujimorismo ha sido capaz de mostrarnos que su rostro político es el mismo que el de hace décadas. Primero aparece una publicación del Fondo Editorial del Congreso -a cargo de Fuerza Popular- en el que se publica un mamotreto casi justificando el golpe de  Estado del 5 de abril del 92. Segundo, aparece el primer vicepresidente del Congreso respaldando al impresentable titular del Legislativo, quien ya hace días debería haber renunciado al cargo o ser censurado por la propia mayoría que lo colocó allí, por un asomo de dignidad política.

El fujimorismo debe ser uno de los pocos movimientos políticos que, lejos de evolucionar, camina al revés, va en retroceso. Similares ejemplos al suyo han sido el franquismo y el pinochetismo. Y en ambos casos, la derecha española y chilena supieron hacer del pasado un pasivo crítico sobre el cual poder empinarse y construir opciones democráticas modernas y tolerantes.

El fujimorismo pudo haber hecho propósito de enmienda, más aún estando ausente su padre fundador, y construir una opción basada en la perspectiva vital de la heredera, Keiko Fujimori. En las tres campañas que ha participado, y ha perdido, dio aparentes muestras de ello, pero luego, su conducta política, sobre todo la congresal, ha terminado por generar la impresión de que sus discursos electorales han sido un sainete y poco o nada ha cambiado del fujimorismo auroral.

Es una lástima, porque tiene arraigo transversal en la sociedad peruana -cosa que ningún partido de derecha alcanza-, pero su ideología conservadora y autoritaria socava sus enormes potencialidades.

Va camino a protagonizar, si Keiko insiste, como parece ser el caso, en postular el 2026, una nueva derrota, que ya para entonces ojalá la convenza de que lo suyo no es la definición electoral y que debe abocarse a otros menesteres profesionales distintos a la política.

Y así, de paso, lo positivo es que le abriría terreno a la posibilidad de que surjan otras derechas populares, que sean capaces de competir con la cada vez más predominante narrativa izquierdista.

El fujimorismo es refractario al cambio y nos pone en entredicho, inclusive, a quienes vimos en Keiko al mal menor de las últimas elecciones. Qué difícil es seguir sosteniendo que a pesar de todo, ella era mejor opción que el nefasto Pedro Castillo. No se pudo dar el caso para demostrarlo, pero en las últimas horas, quien más ha hecho por socavar esa idea, es el propio fujimorismo, con sus destemplanzas y falta de la menor sindéresis política.

 

 

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[BATALLAS PERDIDAS] Hace un tiempo, un exalumno me preguntó si prefería que un estudiante no lea o que solo lea libros de autoayuda. El buen Gabriel, ahora ya un consolidado periodista y un buen amigo, sabía de mi aversión hacia  la cultura positiva de la autoayuda, pero también de mi obsesión de incentivar, de todas las formas posibles, la lectura entre mis estudiantes. Yo, que, generalmente, dudo y le doy (varias) vueltas a temas a veces bastante sencillos, no dudé en responderle: prefiero que un estudiante que no lea absolutamente nada, a que ya esté metido en ese universo perverso.

Los libros de autoayuda tienden a presentar una serie de principios, estrategias o pasos que supuestamente mejoran algún aspecto de la vida personal, profesional o social. Estos consejos suelen basarse en la experiencia, la intuición o las creencias del autor, careciendo de respaldo en evidencias empíricas o teóricas. Su tono motivador y simplista ignora la complejidad y diversidad de las situaciones humanas.

Este tipo de textos busca brindar soluciones sencillas a problemas complejos, pero no son más que una estafa: los lectores pagan por  consejos vacíos que no les servirán para resolver aquello que buscaban. Al sumergirse en recomendaciones superficiales, los lectores evitan enfrentar desafíos reales y terminan dependiendo de afirmaciones confortantes que limitan su crecimiento.

La autoayuda propicia la formación de personas acríticas, incapaces de cuestionar el sistema en el que viven, alimentando la idea de que todo depende únicamente de la voluntad y el esfuerzo. No abordan las causas sociales y estructurales que influyen en la experiencia humana. En lugar de buscar respuestas genuinas, se sumergen en un universo de fantasía donde todo es posible con solo desearlo intensamente, lo que suele resultar en frustración y desilusión cuando las cosas, obviamente, no salen como se habían prometido.

De igual manera, fomentan el individualismo y la alienación, alimentando un ciclo de consumo sin sentido. Centrados en el presente y en uno mismo, promueven una perspectiva egocéntrica y hedonista de la vida, despreciando el pasado, el futuro y el contexto social.

Los peores de esta especie son, sin duda, aquellos que simulan ser obras de literatura. Recuerdo que en mis clases, al hablar con los estudiantes sobre sus aficiones, escuchaba con entusiasmo cuando decían que les gustaba la lectura. El gusto no tardaba en transformarse en perplejidad al mencionarme como sus libros de cabecera “El alquimista”, “Verónica decide morir” o “Sangre de campeón”. Cuando estos mismos estudiantes debían leer libros de autores clásicos o contemporáneos, no les encontraban sentido, pues siempre les buscaban la moraleja. Pero no es culpa de los jóvenes. El problema es más complejo porque la cultura de la autoayuda es una industria que mueve millones y que busca meterse por cualquier lugar donde pueda hacerse espacio. Si hasta los mismos profesores la incentivan. En el Perú existen colegios en los que libros como “El secreto de las siete semillas” forman parte del plan lector.

En cambio, cuando una chica o un chico no ha tenido ninguna experiencia con la lectura, lo que podría ser un problema se convierte en una oportunidad para ofrecerle libros que puedan abrir sus horizontes y despertar su interés por la verdadera riqueza literaria. Sin la influencia previa de tramas simplones y moralejas obvias, los lectores principiantes pueden explorar obras que los transporten a mundos insólitos, donde la complejidad de los personajes y la sutileza de los temas enriquezcan su vida.

El contacto con autores que se retan a sí mismos y a sus lectores, permite explorar distintas visiones y emociones. La familiarización con géneros literarios como la ciencia ficción, el realismo mágico, la novela histórica o la poesía despierta su curiosidad y les  revela las enormes posibilidades de la literatura. Al no estar condicionados por la búsqueda constante de lecciones moralizadoras, podrán apreciar la ambigüedad, belleza y ambivalencia inherentes a la vida.

Al margen de si Verónica decidió morir o no o de cuál  es el secreto de las siete semillas, te recomiendo que, si deseas encontrarle un verdadero sentido a la literatura, huyas de los libros de autoayuda como alma que lleva el diablo.

 

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[EN LA ARENA] La fama del presidente de El Salvador, Nayib Bukele, se asemeja a la ganada por Fujimori a mediados de los años 90, cuando vendió la imagen de haber derrocado tanto a Sendero Luminoso como a la crisis económica. Hoy sabemos que fue un equipo de policía del gobierno anterior el que atrapó a Abimael Guzmán y que fueron las poblaciones locales víctimas del terrorismo las que se organizaron para vencerlo. Sabemos que las medidas para salir de la crisis económica, recetadas por el Concilio de Washington, provocaron un reacomodo en los grupos de poder económico del que surgió el actual sistema de corrupción que sufrimos. Entonces, las peruanas, los peruanos, sí sabemos que el populismo es una fachada que encubre decisiones irresponsables con terribles consecuencias para un país. Y a pesar de ello, con entusiasmo, algunos dejan de lado ese saber y piden que se apliquen las veloces y efectivas medidas de Bukele en el Perú.

Antes de la pandemia, la violencia de El Salvador y de Perú era muy distinta, basta ver que las tasas de homicidios eran enormemente distantes (36 y 8,5 respectivamente). Actualmente,  Bukele ha conseguido reducir su tasa a 7,8 y Perú ha retornado a la tasa del 2019, manteniéndose aún en el rango de países de América del Sur con menos homicidios. Para ese cambio extremo, Bukele decretó régimen de excepción y reformó el Código Penal limitando los derechos de defensa y de presunción de inocencia que según las bases del derecho ni siquiera se puede hacer en estado de excepción. De las más de 66 mil personas juzgadas, más de la mitad han sido detenidas sin orden de detención o por encontrarse en flagrancia. Como lo señala el informe de Amnistía Internacional (2022), para juzgarlos bastó que fueran percibidos como criminales de acuerdo con los discursos de estigmatización del gobierno: tatuajes, parentesco con un pandillero o vivir en una zona controlada por una pandilla. En los juicios sumarios, que han llegado a ser de hasta 500 acusados a la vez, se les ha dado de 20 a 30 años de prisión. Cuando los jueces se han opuesto ante la falta de evidencia, han recibido reprimendas de funcionarios judiciales de alto nivel, exigiendo dictar detención provisional como regla general. Por supuesto, los periodistas que han informado sobre el fenómeno de las pandillas y la existencia de negociaciones secretas con el gobierno han tenido que cambiar de domicilio o salir del país. Algunas investigaciones sostienen que ya son más de doscientas personas las que han muerto en las cárceles.

Con estas medidas, Bukele está fortaleciendo que las pandillas tengan el control de las prisiones. El Tren de Aragua, la pandilla venezolana de mayor impacto en América del Sur, creció cuando su líder, el sindicalista extorsionador Héctor Guerrero entra a la prisión de Tocorón. Una vez que alcanza el liderazgo dentro de la cárcel, establece alianzas con las cabezas de los grupos criminales más importantes de las regiones aledañas, luego construye una fundación con fines sociales para negociar con el gobierno y toma el control de una zona de Aragua. Esa forma de controlar la organización criminal también tiene tradición en el Perú. Hay estudios y reportajes sobre el poder de las pandillas en cárceles como Lurigancho o el penal de Barbadillo. La Policía Nacional estima que unas 40 mil personas entre los 13 y 23 años forman parte de una pandilla (en Lima y Callao hay más de 400). Y una vez detenidos, las extorciones, secuestros y otras actividades ilícitas las organizan desde la prisión. Su poder como autoridad no se reduce, sino que se profesionaliza.

Si ya superamos el 200% de hacinamiento en nuestras prisiones, ¿por qué deseamos un régimen de excepción y una modificación del código penal? ¿Para poder detener sin pruebas? ¿Para facilitar los vínculos entre pandilleros y con autoridades corruptas del Estado? Es probable que la ansiedad peruana ante la violencia en ascenso nos gane pidiendo soluciones rápidas y radicales, pero tengamos cuidado con los engaños. Que valga la enseñanza que nos dejó Fujimori: el populismo barato, sale caro y doloroso también.

 

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Tiene que ver, sin duda, la caída de la inversión privada con la pérdida de confianza en el porvenir político del país, producto de un Ejecutivo incompetente y de un Congreso deleznable.

Ello, a su vez, es lo que está generando la caída del crecimiento económico y el aumento de la pobreza que se aprecia en todas las regiones del país, especialmente en aquellas que más zozobra causaron con los desmanes de diciembre y enero. Miguel Palomino, economista y presidente del IPE, señala, para el caso: “Veamos las cifras de Puno, por ejemplo. Entre enero y marzo se registró una caída anual de 16% en el empleo, explicada en buena parte por un retroceso de 28% en el empleo juvenil. Uno de cuatro jóvenes puneños perdió su empleo en el primer trimestre”.

Pero no es solo la incertidumbre política lo que está generando el estancamiento señalado. Ya se venía advirtiendo desde hace años en la urgencia de emprender las reformas de segunda generación en favor de la inversión privada en varios sectores productivos del país (agro, pesquería, minería), y eso, lejos de haber sucedido, se ha ido revirtiendo con los años (por ejemplo, con la derogatoria de la ley de promoción agraria, que debería no solo retomarse sino ampliarse a otras regiones, como la andina).

No es suficiente recuperar el statu quo precedente a la pandemia. Ya es hora de que algún gobierno (lamentablemente, éste no tiene el empaque de hacerlas) retome las banderas reformistas, promercado y proinversión privada. Sin ello, no será posible reencaminar al país por la senda del desarrollo que permitió en los últimos tiempos crecer como lo hicimos y reducir la pobreza, en solo 20 años, de 59% de la población a 20%.

Una nueva ola de reformas productivas e institucionales se requiere para volver a atraer inversión. Ya no basta con que haya un gobierno que no ataque a la inversión privada o no ponga en riesgo los capitales activos. Se necesita un impulso que, infelizmente, ningún candidato de la centroderecha propone con el énfasis pertinente.

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[TIEMPO DE MILLENIALS] El 15 de agosto fue el Aniversario de Arequipa. La ciudad blanca lo celebró a lo grande, dejando atrás las restricciones de años pasados dada la pandemia. Fuera de las celebraciones, aprovecho esta fecha para soñar con lo que Arequipa podría llegar a ser.

Según el Instituto Peruano de Economía, Arequipa ocupa el cuarto lugar en el ranking de competitividad entre las regiones del Perú. Ocupa el tercer puesto en las categorías «entorno económico», «infraestructura», y «mercado laboral». La informalidad laboral se encuentra por debajo del promedio nacional, con 63%.

Hasta antes de COVID, la pobreza en la región de Arequipa era menor al 10%, muy por debajo del promedio nacional, y hoy, post pandemia, llega al 18.6%, mientras en Lima bordea el 28%. En términos educativos, Arequipa ocupa el tercer puesto a nivel nacional en el ranking de competitividad educativa elaborado por el IPE, solo por detrás de Tacna y Lima.

Es decir, Arequipa es una región con menos pobreza, altos niveles de inversión privada y canon minero, y con una población mejor educada que el promedio nacional. ¿Podríamos soñar con que Arequipa se convierta también en la ciudad con la mejor calidad de vida del Perú? ¿Una ciudad a la cual los limeños, o peruanos de distintas partes del Perú quisiéramos emigrar?

Arequipa tiene el potencial de ser una ciudad con mejor calidad de vida de la que ofrece hoy. Una de las prioridades debería ser la de implementar un transporte público formal y de calidad, a través de un metro, o un metropolitano, que enfrente el problema del tráfico y el transporte inseguro e informal antes que se vuelva inmanejable- como en Lima.

Hubo proyectos locales para implementar un tranvía hace más de 7 años, pero este resultó no ser viable. De haber voluntad política, Arequipa podría ganarle la carrera a Lima en implementar un moderno sistema integrado de transporte. Ya hay ejemplos en otros países, como Colombia, donde Medellín tiene Metro, mientras que Bogotá no, aprovechando su menor tamaño, pero abundantes recursos.

Otro gran potencial que la ciudad blanca podría aprovechar es el de su gente. ¿Por qué no impulsar que Arequipa se convierta en un HUB para los emprendedores? Con un poco de creatividad y voluntad política, podría implementarse concursos para los mejores emprendimientos, apoyo económico, acompañamiento, beneficios tributarios, entre otros incentivos, para impulsar que los jóvenes formados en Arequipa no tengan que ir a buscar oportunidades laborales a Lima, e incluso atraer a talentos de todo el Perú.

Arequipa ya tiene ventajas versus Lima. Es una ciudad más chica, con distancias más cortas, más segura y con mucho que ofrecer en términos gastronómicos, culturales, y entre otros. Además- a diferencia de Lima- suele ofrecer cielos azules y no grises, y claro, la fuerza de un volcán.

Podríamos soñar con que aproveche sus recursos y la riqueza de su gente para volverse una ciudad más desarrollada, con mejor calidad de vida para sus habitantes, con un transporte seguro y ordenado, más y mejores espacios públicos, y oportunidades laborales para su juventud.

Vale la pena soñar. Feliz aniversario querida ciudad blanca.

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Detrás de la inmensa multa municipal a la empresa Granja Azul, hay cutra de todas maneras. Como la hay cuando se clausura un centro comercial como Larcomar, por “gravísimas irregularidades” y luego se le otorga la reapertura a las pocas horas.

Se ha vuelto un negocio mafioso de muchos municipios clausurar y luego extorsionar con coimas a los establecimientos formales que deben soportar onerosos cierres de operaciones, muchas veces por detalles nimios fácilmente resolubles en cuestión de horas.

Los municipios distritales compiten con las mafias extorsivas en ver quién sangra más a los empresarios formales. Llegan las clausuras ostentosas, con letreros llamativos pegados en las puertas de los locales, a la par aparecen los sobres intimidatorios o las llamadas amenazantes de los mafiosos delictivos que piden cupos para dejar funcionar al negocio en “paz”.

Y ni hablar del aún más lucrativo negocio de las licencias de construcción, donde, en complicidad con la alcaldía provincial, se permiten alturas de edificios cuya propia normativa prohíbe, pero que el cabo del tiempo, o del ingreso de un nuevo alcalde, terminan siempre regularizadas. Entre tanto, los alcaldes capitalizan y se enriquecen (no conozco casi exalcalde distrital que no haya terminado siendo millonario luego de su gestión y después se les ve años sin trabajar, y sin oficio conocido, dándose la gran vida; les bastó un periodo edil para lograrlo).

En mi distrito, Barranco, he tenido suerte con la anterior administración y con la actual, pero otros distritos sufren y son víctimas de alcaldes corruptos que llenan sus arcas en paraísos fiscales a costa del bienestar de sus contribuyentes.

Y la Contraloría bien gracias. Si ni siquiera es capaz de revisar el irregular contrato de limpieza pública que tiene el Municipio de Lima con Innova Ambiental (ex Relima, la de Comunicore), sobre el cual hemos decidido hacer campaña sostenida en Sudaca hasta que el señor López Aliaga cumpla su promesa de campaña y convoque a una licitación pública internacional para el recojo y procesamiento de los residuos sólidos de la circunscripción metropolitana. Huele feo este tema.

La corrupción se ha enseñoreado en toda la administración pública, pero ha agarrado especial carne en los municipios, que merecen por ello la mayor fiscalización de los organismos competentes y de la opinión pública, que debe mostrar sana suspicacia sobre todos los actos ediles aparentemente administrativos que se toman.

 

 

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[EN EL PUNTO DE MIRA] Lo acusan de populista de derechas, de extremista, de querer disolver cualquier resquicio estatal, de conservador, pero quien ha investigado sobre Javier Milei, se dará cuenta que el pregona y hace política en función a lo que hicieron anteriores liberales a través de la historia, con el agregado de que ha dividido la arena política argentina entre la casta peronista que se ha enriquecido con el Estado y el trabajador argentino que se ha empobrecido a causa de las malas de decisiones de los primeros.

Dicho esto, ¿es factible que un liberal use esas divisiones populistas? Para la real politik es importante usar las armas que te permita la contienda política. En ese sentido, es importante el uso que hace Milei de la división entre buenos (argentino trabajador) y malos (la casta peronista) para posicionar una agenda liberal en un país tradicionalmente hacia la izquierda.

Ahora bien, a medida que vaya pasando el tiempo político, tendrá que negociar algunas propuestas de campaña dado que, en sociedades complejas como la Argentina, es necesario llegar a acuerdos para poder tener gobernabilidad y poder tener así cierta posibilidad de gobernar. Recordemos que una elección no es la toma del poder; es solo ganar una posición en la Casa Rosada y recordemos también que el peronismo tiene mucha experiencia en movilizar gente. En ese sentido, es válido que modere su postura política, como en su momento lo hizo el radical español Pablo Iglesias al pactar con el Partido Socialista Obrero Español de Pedro Sánchez para ser coalición de gobierno. Solo de esa manera podrá desmovilizar a los argentinos y generar sentidos comunes en la batalla cultural que se ha propuesto Javier Milei contra el avance que ha tenido el peronismo en torno al Estado.

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Acción Popular es un partido que merece desaparecer. Los dos gobiernos de Belaunde fueron un desastre y el segundo, a la par de incompetente, corrupto. No tiene la solera democrática que se le atribuye, conspiró en el golpe militar del 62 para evitar el triunfo de Haya de la Torre, saboteó la Constituyente del 79 solo por afanes electorales de Belaunde, y una gestión eficaz y pulcra como la de Valentín Paniagua, en la transición post Fujimori, no salva la heredad nefasta de ese partido.

Últimamente, sus parlamentarios se han visto envueltos en deleznables actos de corrupción al haberse vendido al gobierno de Pedro Castillo a cambio de puestos a familiares y allegados, obras públicas o dinero contante y sonante. El partido los acaba de sancionar y ha pedido a los renunciantes a la bancada que regresen a la misma para no desaparecer, pero el problema, en su caso, es de fondo y no de formas.

Ya no debería haber cabida en el Perú para partidos tan amorfos como Acción Popular, sin una ideología definida, sin ubicación topográfica en el espectro ideológico nacional, con aventureros recolectados a última hora para tratar de llegar al poder (Jorge Muñóz, Alfredo Barnechea, que al poco tiempo renuncian al partido).

Se necesitan partidos sólidos, con cuadros tecnocráticos (¿quién es el economista principal de Acción Popular?, ¿quién su experto en seguridad?, ¿quién su gestor de reformas políticas?) y con doctrina algo menos gaseosa que la fórmula ya risible de “El Perú como doctrina”, como si la nación exudará una fórmula ideológica intrínseca, natural e insoslayable.

“Los Niños” son solo un síntoma del proceso de degradación política de un partido que otrora fuera importante y que últimamente pareció reverdecer. No merece otra oportunidad. Ya tiene, además, reemplazo. Hoy Alianza para el Progreso, con su estructura disforme, es el Acción Popular del presente, sin banderías ni principios.

Líderes con solera democrática y gran capacidad política como Víctor Andrés García Belaunde, Mesías Guevara, o predicamento como Jonhy Lescano, deberían buscar otra nave en la cual navegar en las agitadas aguas de la actividad política nacional. El barco acciopopulista se ha infestado de piratas a los cuales es imposible sacar.

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[EL CANCERBERO] Recientemente se publicó un artículo llamado “¿De Guatemala a GuatePerú?” (https://revistafal.com/descarga/22049/) en la revista “Foreign Affairs Latinoamérica”. Este hace un paralelo entre el proceso político guatemalteco y el peruano.

Este fue escrito por Alberto Vergara, doctor en ciencias políticas de la Universidad de Montreal y profesor de la Universidad del Pacífico y Aarón Quiñón, licenciado en ciencias políticas de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Si bien coincido con gran parte de lo planteado en el artículo, considero que este resalta episodios de la política peruana que validan una narrativa y silencia otros que la contradicen, critica ácidamente procesos que no han sido favorables a una posición política pero no hace lo mismo con otros igualmente criticables.

El artículo describe la situación política actual en el Perú como una de “vaciamiento democrático” en la cual, a diferencia del pasado, ya no existen partidos con programa y los políticos no tienen ni experiencia ni capacidad. En este punto coincidimos plenamente.

Menciona la importancia del proceso de lucha contra la corrupción que se inició a partir del escándalo Lava Jato y el efecto que este tuvo sobre los principales políticos del país. Se resalta dos hechos que se entiende fueron la reacción de las fuerzas políticas afectadas por la lucha contra la corrupción:

1) El intento del ex Fiscal de la Nación Pedro Chavarry de destituir arbitrariamente a los fiscales del caso Lava Jato y 2) La vacancia del expresidente Martin Vizcarra y la toma de mando de la presidencia por parte de Manuel Merino (expresidente del Congreso).

Sin embargo, no se mencionan otros hechos que son igualmente relevantes para entender la reacción de otros actores también relacionados con casos de corrupción:

1) La disolución del Congreso por parte del gobierno de Vizcarra utilizando el precario argumento de la “denegación fáctica” y 2) Que el Congreso que se eligió posterior a esa disolución decidió vacar a Vizcarra basado en indicios de corrupción.

El artículo es especialmente descriptivo cuando se refiere al proceso de vacancia de Vizcarra: “asaltaron el ejecutivo”, “clara voluntad restauradora y reaccionaria”, “coalición de ultraconservadores y ultra interesados”, “actores adversos a la democratización” entre otras frases.

Pero respecto de la disolución del Congreso por parte de Vizcarra no se observa crítica alguna.

El artículo critica a la derecha peruana por su comportamiento antidemocrático y tramposo al utilizar el falso argumento del fraude para descalificar la elección de Pedro Castillo. En este punto estamos de acuerdo.

Posteriormente explica que Castillo es vacado como fruto del golpe de estado que trato de cometer, asumiendo la presidencia Dina Boluarte, su vicepresidenta. Pero, a este proceso constitucionalmente correcto lo califica de “lotería presidencial”. ¿Corresponde esa calificación?

El articulo prosigue: “Mas del 70% de peruanos demandaban elecciones anticipadas, pero ni a ella ni al Congreso les importó”, “En la democracia peruana ya no quedan políticos ni demócratas con interés en rendir cuentas a la ciudadanía”, “Boluarte es la versión exitosa del fallido experimento de Merino, logra mantenerse en el poder a sangre y fuego”.

¿Sugiere el artículo que Boluarte no debía haber defendido la constitucionalidad de su mandato? ¿Boluarte necesariamente debía ceder a las protestas que intentaban forzar su renuncia?

¿Sugiere el artículo que el proceso democrático peruano debería ir por la ruta de la democracia directa? ¿Se debe hacer lo que la población demanda más allá de lo que la Constitución determina?

¿Qué tipo de precedente nos dejaría un adelanto de elecciones? ¿Cuándo, en el futuro, un candidato gane una elección presidencial, bastaría que la población demande su salida para que corresponda un adelanto de elecciones?

¿El Republicanismo que propone Vergara, es respetuoso de la Constitución?

El artículo continua: “Boluarte ha llevado la degradación peruana a nuevos sótanos”. Si se refiere a los más de sesenta fallecidos durante las protestas post golpe de Castillo, estamos de acuerdo en que estas muertes son inaceptables, un atentado contra los derechos humanos y que requieren ser investigadas y sancionadas de acuerdo a ley.

También es cierto que Boluarte ha sido tibia en su crítica y sanción a los actores del Estado que han sido responsables tanto directos como políticos.

Lo que no hace el artículo, que creo es indispensable para ser balanceado, es describir el contexto en el que se dieron las protestas y la represión. No solo había un Estado Peruano reprimiendo, también había un multitudinario movimiento de protesta que incluía grupos violentos y que tenía como objetivo restituir a Castillo en el poder y cerrar el Congreso.

El artículo se pregunta por qué, a pesar de compartir niveles de rechazo similares, cayo Merino, pero Boluarte no.

Explica que: 1) La represión a desanimado a muchos, 2) El gobierno de Castillo destruyo la representación de muchos sectores democráticos y 3) El bloque antifujimorista perdió legitimidad al no denunciar la corrupción de Castillo y su entorno durante su gobierno. Coincido en estos puntos.

Sin embargo, le falto añadir dos razones importantes: 1) La mayoría de peruanos no desea restituir a Castillo como proponen los líderes de las protestas y 2) La población intuye que una nueva elección no asegura ni un Congreso ni una Presidencia mejor a la actual, solo implica tirar los dados una vez más.

El articulo concluye que es necesario formar una plataforma de defensa del Estado de derecho, algo en lo cual coincido. Sin embargo, considero que ser laxo en el respeto de las reglas constitucionales es contradictorio con el objetivo de defender la democracia.

¿Qué sucede cuando el politólogo se convierte en político? Es probable que la falta de lideres políticos en el Perú deje un vacío que los politólogos estén tentados de llenar, pero eso no implica que deje de ser necesario diferenciar entre un análisis político objetivo e imparcial y otro que tenga como prioridad favorecer a una posición política particular. Y esto aplica, aunque se tenga la mejor de las intenciones.

Si bien la tesis que plantea el artículo es correcta, el diagnóstico es parcial. Estamos en un proceso de descomposición política y social, que en la posición actual del péndulo se inclina hacia la derecha, pero no es solo corrupción de un sector: afecta a la izquierda (Castillo, Villarán, Humala), al centro (PPK, Vizcarra, Toledo) y sin duda alguna, a la derecha (Fujimori, García). Todos deben ser criticados por igual.

¿Qué queda? La sociedad civil. Construir de nuevo.

@rafaelletts

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Aarón Quiñón, Alberto Vergara, política peruana, situación política
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