Opinión

En las últimas semanas se ha removido el cotarro literario por la aparición de algunos documentos y comentarios sobre el ya legendario grupo Kloaka, que agitó el ambiente cultural en la Lima de los años 80 y es hoy ya parte indiscutible del canon literario peruano.

Este grupo, que asumió el nombre oficial de “Movimiento Kloaka”, realizó recitales, performances, exposiciones y conciertos (y a veces todo junto). Se fundó en 1982 y duró hasta mediados de 1984. Causó adhesiones y rechazos. Hirió con lanza punzante y fue también repelido por el “establishment”, sobre todo el periodístico. Sus consignas eran, entre otras, “hay que romper con todo”, “abajo los imbéciles de la poesía peruana”, “todos dan, todos reciben”, “de Kloaka sólo se sale muerto o expulsado” y otras ricuras. En suma, hicieron chongo y fueron muy polémicos, pero lo importante es que produjeron poemarios importantes y ayudaron a renovar el lenguaje de nuestro parnaso, estancado en ese entonces en la retórica del conversacionalismo. Y lo hicieron con un claro e indomable espíritu anarquista, arriesgando sus vidas en momentos en que el Perú estaba “hasta su caigua” y en que levantar la voz y repudiar el sistema era suficiente para ser invitado a la Avenida España y sufrir las “caricias” de nuestras fuerzas del orden.

La polémica reciente se debe a que hay dos versiones sobre la fundación del grupo que compiten por prevalecer. Es como si la fama adquirida hubiera llevado a un revisionismo que reclama más atención de unos miembros por encima de otros. Yo tengo –claro– mi versión, pero no me interesa entrar en debate. Lo que sí veo es que, a pesar de que Kloaka se disolvió hace casi cuarenta años –meses después de una purga o “expulsión” en enero del 84–, sigue presente en el imaginario de los poetas de entonces y los más nuevos. 

Yo por afinidades y amicales me identifico con la generación del 80, a la que Kloaka pertenece. Conocí a los Kloaka ya en los 90, cuando no eran un grupo, pero igual se reunían y hacían recitales a título personal, como lo siguen haciendo ahora. De ellos, como decía, han quedado poetas imprescindibles como Domingo de Ramos, Róger Santiváñez, José Antonio Mazzotti, Dalmacia Ruiz Rosas, Mary Soto, José Alberto Velarde, Mariela Dreyfus, Guillermo Gutiérrez y Edián Novoa. De sus “boutades” queda la nostalgia. Ahora ya son todos sexagenarios y, como a cualquiera a esa edad, no les quedaría bien desgañitarse en el coliseo.

Pero la llama de la anarquía y la crítica a nuestra injusta sociedad no debe nunca apagarse. Esa es la lección de Kloaka que todos extrañamos. Y un poco de su humor corrosivo, por supuesto, porque sus manifiestos eran una parodia abierta de la solemnidad de manifiestos anteriores como los de Hora Zero.

Ahora que tras cuarenta años el Perú sigue viviendo bajo una dictadura financiera y expoliadora de nuestra naturaleza y nuestros pueblos originarios, con el sobrenombre de democracia neoliberal, la poesía merece encenderse de nuevo y entregar su lección de valentía y creatividad, que tanta falta nos hace. 

Nuestros poetas deben seguir dando el ejemplo.

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23 de abril de 1851. Annie Darwin, la niña de los ojos de su famoso padre, el señor en el título de esta nota, muere en sus brazos. Con el cuerpo de su hija aún caliente, Charles hace una anotación: ¡”estoy tan agradecido al daguerrotipo!”

En efecto, uno de los usos más importantes de las fotografías primitivas fue dejar constancia de que alguien había vivido. Sobre todo esas criaturas que tenían existencias efímeras, pasmadas muchas veces ni bien habían comenzado: los niños.

Pocas personas no han escuchado hablar de Darwin. No se necesita haber pasado por un sistema educativo de primer nivel para saber que asestó un golpe mortal a nuestra autoestima, al afirmar que descendemos de los monos. Aunque el asunto es más complicado que eso, todos tenemos claro que su mente produjo una revolución conceptual decisiva para nuestra cabal comprensión de la naturaleza y nuestro lugar en ella.

Una mente formidable, cuyas observaciones y las reflexiones derivadas de ellas —no hubo experimentación de por medio— a lo largo de más de 5 años de una travesía fabulosa, cambiaron la historia intelectual de la humanidad.

Desde que regresó de su trascendente periplo, a los 27 años, su cuerpo no dejó de protestar: cefaleas, palpitaciones, temblores, catarros, artritis, forúnculos, puntos negros en la visión, mareos, dolores abdominales, náuseas, vómitos, flatulencias, insomnio, accesos de furia, depresión y períodos de extremo agotamiento. Hasta su muerte, 45 años más tarde.

¿Trastorno bipolar, enfermedad de Chagas, desorden de ansiedad generalizada? Cualquiera fuere el diagnóstico, sus dolencias no le impidieron escribir 14 libros. Ni ser padre de 10, entre los cuales, Annie, la segunda, era su preferida.

Su frágil salud y la enfermedad de su hija hacen ingresar en escena al doctor que da nombre a esta columna, Gully. Era un médico que alcanzó notoriedad gracias a la cura de agua —hidroterapia— que promovió con mucho éxito.

En el lucrativo retiro situado en el pueblo de Malvern, los pacientes —entre los que se contaron William Wordsworth, Thomas Carlyle, Alfred Tennyson, Charles Dickens, William Gladstone y Florence Nightingale— se sometían a todo tipo de inmersiones a lo largo de las jornadas de internamiento. Además de a amortajamientos con sábanas empapadas de agua fría o caliente. Todo lo anterior era complementado por caminatas y una dieta más bien austera.

Darwin era un usuario fiel de esas técnicas que ahora nos hacen sonreír, aunque es cierto que, no por las razones que planteaba su creador, tenían un efecto general positivo en organismos llenos de grasa, poco activos físicamente y algo reacios, por decir lo menos, al contacto con el líquido elemento.

Y, claro, frente a una medicina convencional que no ofrecía nada a su hija —buena parte de las dolencias infantiles eran atribuidas a… la dentición, y eran enfrentadas con sangrías y el empleo de medicamentos que contenían… mercurio—, al igual que no aliviaba sus propios males, el notable interprete de la naturaleza, se entregó completamente —en realidad de tanto en tanto expresaba su escepticismo— a quienes no tenían la menor idea de como funciona.

Es que cuando enfrentamos agresiones que pueden venir de cualquier lado, en cualquier momento y no las entendemos, ni nuestra sabiduría convencional tiene las armas para prevenirlas, neutralizarlas o eliminarlas y nos matan —peor aun, destruyen a quienes más queremos—, las mentes más lúcidas, incluyendo a quienes cuyo oficio es encontrar la verdad y analizar opciones de manera objetiva, se van por el folclore, la anécdota basada en el ensayo y error, y la lógica de la superstición.

El sometimiento del señor Darwin al doctor Gully es algo muy humano y que viene a pelo cuando todavía estamos sufriendo los embates de la pandemia. Vitaminas, remedios caseros y medicamentos que han servido para otros fines, han sido utilizados y recomendados por aquellos cuya misión es salvar vidas y que llevaron a cabo una labor heroica, así como por líderes de opinión. No ha habido —salvo excepciones, claro, siempre hay pescadores que se deleitan en ríos revueltos—mala fe.

Hasta en las mentes más darwinianas se esconde un doctor Gully.

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Cuando se preveía que la iniciativa de Patricia Chirinos iba a morir por inanición, Fuerza Popular y Keiko Fujimori deciden darle nueva vida apoyando tan descabellada causa.

La lideresa de Fuerza Popular no parece entender que su mayor error de perspectiva histórica ocurrió cuando el último lustro derechizó en extremo a su partido, alejándolo de las posturas de centroderecha que el fujimorismo siempre desplegó (desde los tiempos aurorales de los 90).

Por eso llevó a finales del quinquenio anterior al keikismo al peor de sus momentos políticos, con un desprestigio gigantesco y una tendencia decreciente que invitaba a pensar en su muerte natural.

En lugar de establecer un pacto político histórico con PPK, conformando una gran alianza de derecha que hiciera las reformas liberales que el país espera desde finales de los 90, se dedicó a sabotear al régimen buscando el propósito, al final alcanzado, de interrumpir su mandato.

Luego, quiso hacer lo propio con Martín Vizcarra y nunca supuso que éste se rebelase y le propinara un puntapié al Congreso donde el keikismo tenía abrumadora mayoría y terminó así la historia, que el país debe recordar siempre, del mayor desperdicio de poder político que se recuerde.

Una feliz campaña electoral en primera vuelta de este año, y una inédita fragmentación partidaria, la hizo disputar la segunda vuelta contra Pedro Castillo y la colocó nuevamente en las ligas mayores, como si los errores del pasado no le hubiesen pasado factura (¡cuando por ellos fue que, al final, perdió frente a un rival al que cualquier otro candidato quizás le hubiera ganado!).

Hoy, a pesar de ello, insiste en plegarse a posturas de la derecha extrema, en lugar de tratar de reubicarse en el espacio de centroderecha que le corresponde, y que la debería llevar a ejercer una oposición recia y firme frente a un régimen que hace agua por todos lados, pero sin infantilismos radicales y veleidosos como los que están detrás del proyecto de la congresista Chirinos, al cual Keiko se presta como furgón de cola.

El keikismo, que hace pocos días brindó su apoyo al inefable ministro de Transportes -seguramente por estar hipotecado al financiamiento de los transportistas informales-, parece creer que sumándose a una torpe iniciativa de vacancia, hará que la ciudadanía lo caracterice como protagonista del liderazgo de la oposición. Lo único que está logrando es alejarse cada vez más del sentido común.

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Keiko Fujimori, política peruana, PPK, vacancia presidencial

La moral sexual de la Iglesia católica, caduca en muchos de sus aspectos, no parece haber tenido nunca la finalidad de contribuir al sano desarrollo de las personas a través de una sexualidad vivida placenteramente y con dignidad. Más bien, se convirtió a lo largo de los siglos en un instrumento de manipulación y dominación de los fieles. Pues, tal como está, resulta casi imposible de cumplir, y sólo puede generar sentimientos de culpa, angustia, miedo y discriminación de personas por sus prácticas sexuales, por su orientación sexual, por su modo de vida.

Curiosamente, en las enseñanzas de Jesús consignadas en los Evangelios casi no se toca el tema de la moral sexual, ni tampoco sabemos cómo experimento Jesús su propia sexualidad. Es un tema que, aparentemente, debería quedar protegido dentro de la intimidad de las personas involucradas. Jesús mismo se negó a condenar a una mujer que le presentaron como adúltera y que, según la Ley de Moisés, debía ser apedreada. «Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra” (Juan 8,7). Hemos de suponer que eran pecados en la misma línea que la de la adúltera, es decir, referentes a lo sexual. Todos los presentes se retiraron, comenzando por los más viejos, pues todos parecen haber tenido alguna experiencia de la cual se avergonzaban. Y así como Jesús no condenó a la adúltera, no habría condenado a nadie por acciones que deben quedar resguardadas en la intimidad personal.

En consonancia con esto, a lo largo de la historia del cristianismo el sexo ha sido un tema del que, por lo general,  no se ha hablado en público. Ni siquiera el Magisterio de la Iglesia —la máxima instancia doctrinal de la Iglesia católica conformada por las enseñanzas oficiales de los Papas, los Concilios y los obispos leales al Sumo Pontífice— se atrevió a emitir alguna enseñanza vinculante al respecto hasta el año 1931, cuando el Papa Pío XI publicó su encíclica Casti connubii sobre el matrimonio cristiano, donde enseñaba que el acto sexual sólo era moralmente legítimo cuando se efectuaba dentro del matrimonio y estaba orientado a la procreación, prohibiendo cualquier método anticonceptivo. La Iglesia oficial se metía por fin en las alcobas, prescribiendo lo que estaba permitido y lo que estaba prohibido.

Anteriormente esta intromisión se dio a través de teólogos —generalmente clérigos célibes— que  sistematizaron las normas morales sobre el sexo en escritos destinados a a seminaristas y clérigos que, al igual que ellos, debían renunciar en teoría a la práctica activa de la sexualidad. Ninguna de estas enseñanzas se transmitía en público a los fieles cristianos, sólo en privado si éstos accedían a tener una conversación sobre estas cosas, generalmente en el confesionario. Algunas frases memorables de estos escritos, donde se tiende a encasillar la sexualidad dentro del concepto de “actos impuros” y se la justifica sólo como algo necesario e inevitable para la procreación de la raza humana, merecen ser citadas por su absurdo surrealismo:

«No se comete pecado si los esposos realizan el acto sexual sin tener placer».

«Si durante el coito uno de los dos esposos desea ardientemente al otro, éste comete un pecado mortal».

«No es lícita la petición del débito conyugal en los días festivos, en domingo y en día que se ha de comulgar».

«Puesto que el hombre se debilita antes, la mujer comete pecado si pretende dos prestaciones consecutivas».

«Dado que el dormir sobre la espalda es contra naturaleza, con el fin de no cometer pecado, la mujer debe efectuar el coito mostrando al hombre su parte posterior».

«Pecado mortal introducir la lengua en la boca del otro o besar partes distintas a las tenidas por honestas».

«Pecado mortal retirarse a destiempo sin inseminar el “vaso” (eufemismo por vagina)».

«En general las mujeres más ardientes y lascivas son menos fecundas que las que tienen repugnancia al coito».

«Es necesario considerar pecado muy grave la masturbación, ya que ésta, según a quien va dirigido el pensamiento, corresponde al adulterio, al incesto y a la violación».

«La masturbación se convierte en un horrible sacrilegio si el objeto del deseo es la virgen María» (téngase en cuenta que en siglos pasados los pintores usaban como modelos para sus cuadros a jóvenes doncellas bien dotadas físicamente).

«La masturbación femenina, considerada venial si es efectuada sobre la parte externa de la vagina, se vuelve pecado mortal si es practicada con introducción de los dedos o de cualquier otro instrumento» (dado que un pecado venial no requiere ser mencionado en el confesionario, estamos ante una velada invitación al autoerotismo femenino).

Las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia a partir del siglo XX —sobre todo las del Papa Juan Pablo II—, si bien no tan gráficas como las de los moralistas de épocas pretéritas, pusieron cada vez más el énfasis sobre temas de sexualidad, dándoles una relevancia como nunca habían tenido en siglos pasados, hasta el punto de configurar el perfil por el cual se definen muchos católicos hoy en día: rechazo de toda forma de sexualidad fuera del matrimonio, de los métodos anticonceptivos, del aborto en cualquier circunstancia, de la homosexualidad, y defensa a rajatabla del celibato obligatorio para los clérigos, de la castidad como supremo estilo de vida y de la discriminación de las mujeres en la vida eclesiástica, negándoles poder de decisión y acceso a las órdenes sacerdotales.

Pero precisamente esta moral sexual —ajena a cómo viven la mayoría de las personas su sexualidad en la vida cotidiana, incluso los católicos— se ha convertido en un sistema que facilita los abusos en la Iglesia católica. Es un secreto a voces que la soltería, el estar casado o ser clérigo o religioso no impiden que se practique la sexualidad fuera de contextos matrimoniales. La mayoría de las parejas matrimoniales ignoran sistemáticamente la prohibición de anticonceptivos. Hay casos de clérigos o religiosos que han organizado abortos para sus amantes que quedaron embarazadas. Y los homosexuales están sobrerrepresentados entre sacerdotes y obispos, según algunos cálculos siendo gays el 30% o más del clero, y no precisamente de manera angelical. La castidad es, para la mayoría, un ideal irrealizable. Y no hablemos de la explotación de las mujeres que hay en la Iglesia, sobre todo en órdenes religiosas,  manifestándose en abusos laborales, psicológicos y sexuales. Pero la Iglesia sigue manteniendo este sistema que le permite ejercer un poder profundo sobre sus fieles, fomentando sentimientos de culpa y permitiéndole mantener sometidas las conciencias. No hay sanciones para las infracciones contra la moral sexual, pues todo se perdona, mientras se mantenga en secreto. Sólo quienes rompen este código de silencio son sujetos de sanciones, según la máxima de que «Dios perdona el pecado, pero no el escándalo».

La Iglesia siempre se ha presentado a sí misma como institución santa, con argumentos que no resisten un análisis serio. Esta imagen de santidad, que en realidad es sólo una estrategia para mantener el poder, se ha resquebrajado hace tiempo. Yo, como católico, ya no creo en ella. La Iglesia pretende así blindarse, defendiéndose de cualquier crítica legítima con el argumento de que se trata de ataques a una institución que sólo quiere el bien espiritual de los hombres mediante una moral que lleva a la pureza y la perfección. Pero precisamente esta pretensión es la que crea un ámbito propicio para los abusos, y para la consiguiente impunidad.

No es signo de santidad darle la espalda a un mundo al que se considera malo por definición y aislarse de él en una burbuja de fantasía. No es signo de santidad recluirse en mundos paralelos de santa apariencia y ajenos a todas las cosas mundanas. No es signo de santidad someterse acrítica y sumisamente a la jerarquía eclesiástica y al Magisterio de la Iglesia. No es signo de santidad dejar que guías espirituales determinen la propia vida, prestándoles obediencia incondicional. No es  signo de santidad celebrar misas y liturgias larguísimas y aburridas, plagadas de ritos solemnes y pomposos, como tampoco es signo de santidad llenar el tiempo con abundantes prácticas devocionales y piadosas. No es signo de santidad llevar una vida de extremo ascetismo para reprimir las naturales y legítimas tendencias humanas.

Y no es signo de santidad condenar la sexualidad, para nosotros creyentes creada buena por Dios y dada el ser humano como un regalo, y reprimirla, propagando una moral sexual rigurosa y mediante ella manipular, someter y controlar a las personas, tratar a las mujeres peor que a los hombres, ponerles la etiqueta de “asesinas” sin excepción a las mujeres que han abortado, generarles a las personas una mala conciencia sólo porque se han masturbado, aplican métodos anticonceptivos o han tenido sexo sin estar casados, discriminar a parejas de hecho no unidas en matrimonio, a divorciados vueltos a casar, a gays, lesbianas, bisexuales, transexuales o a cualquier persona con una identidad sexual distinta a la heterosexual.

Una moral tan obsesionada con el sexo y a la vez enemiga de la sexualidad humana en toda su diversidad no puede sino ser inmoral, funesta y alejada de la santidad que predicó Jesús. Una cosa ha quedado clara con el escándalo de los abusos sexuales que ha estallado en la Iglesia católica: su moral sexual no es la solución, sino una parte esencial del problema. No son pocas las voces que piden un replanteamiento de la moral sexual de la Iglesia, en gran parte formada históricamente gracias a influencias filosóficas ajenas al cristianismo de los orígenes. Ello no significa que todo vaya a estar permitido, pero la moral sexual no puede basarse en una reprobación masiva de la sexualidad humana, sino en una vivencia positiva de ella según los principios de respeto, autodeterminación y mutuo consentimiento. En otras palabras, según los principios del verdadero amor.

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Iglesia católica, sexo, sexualidad

Si observan la foto con la que se presenta esta columna, tengo el pelo muy corto, lentes y un polo plomo claro, bastante ordenado y formal. Y, aunque el metal (por favor, leer con acento en la é) es probablemente uno de mis tres estilos musicales favoritos, nadie podría adivinarlo así, a la primera. Desde el día que iniciamos estas entregas melómanas no me he concentrado en un solo género, sino que trato de dejar en claro que mis horizontes son mucho más amplios. Sin embargo, algunas personas que me conocen de cerca suelen referirse a mí como un «metalero viejo», por lo que de repente me asaltó la pregunta. ¿Lo soy? ¿Qué es ser un «metalero viejo»?

No es común disfrutar, con los mismos niveles de emoción y adrenalina, un musical de Broadway, una selección de La Sonora Matancera, un álbum de Genesis, un ejercicio de Satie, una salsa de Rubén Blades, un vals de Fiesta Criolla y un concierto de Iron Maiden. Todas esas opciones -y muchísimas otras- poseen la capacidad de activar ciertos mecanismos neuronales que traen a la mente estados de ánimo, recuerdos, emociones y, sin intenciones de caer en esnobismos baratos, cada sonido tiene su espacio-tiempo en el enredado laberinto de mis gustos musicales. Salvo dos o tres excepciones muy puntuales, siempre me defino como una persona que «escucha de todo». Y como recientemente le confesé a una persona muy querida, quizás eso -y esto de escribir cada semana sobre música- sea mi forma de compensar la frustración de no haberme convertido, yo mismo, en un músico.

Pero volviendo al tema y despegándonos de este inusual y enojoso enfoque autobiográfico. ¿Qué es ser un metalero? ¿Y qué es ser, además, un metalero viejo? Para los entendidos, el heavy metal comenzó con Helter skelter, aquella horrísona canción compuesta por Paul McCartney para el “álbum blanco” de los Beatles, en 1968, que inspiró los sangrientos asesinatos de Charles Manson y su portátil de enajenados en vuelo de LSD. Para otros, aún más exquisitos, en las oscuras canciones de una banda psicodélica de Illinois llamada Coven, con sus historias sobre misas negras, ritos satánicos y demás (malas) hierbas, allá por 1969. En cuanto al término, se suele mencionar al himno carretero de Steppenwolf, Born to be wild, de 1968, como la primera canción en que estos dos vocablos son colocados juntos para describir algo (una moto, en este caso).

Aunque el heavy metal es un subproducto del rock que nació para vestir musicalmente actitudes y temas relacionados al oscurantismo y la agresividad como elementos que configuran la maldad humana (apologías y descripciones de lo fantasmagórico, lo satánico, diversas clases de trastornos mentales, vicios y comportamientos antisociales) para luego bifurcarse hacia temas anexos (velocidad, desenfreno, protesta visual contra los convencionalismos, las apariencias, la corrupción, etc.), lo cierto es que esta música discordante tiene fuertes lazos con la literatura y la cinematografía de terror.

Por ejemplo, es muy conocida aquella anécdota sobre la formación de Black Sabbath en la que Tony Iommi, guitarrista, les comenta a sus compañeros, tras ver las inmensas colas que se formaban cada vez que Boris Karloff estrenaba una película: «Si la gente paga tanto para asustarse en el cine ¿por qué no componemos música para asustar a la gente?» Y, con eso en mente, dejaron de tocar blues y cambiaron su nombre, de Earth a Black Sabbath -que, además, era nombre de una película italiana de 1963 que tenía a Karloff como presentador de historias terroríficas. Todo aquel que haya escuchado el álbum debut de esta banda de Birmingham, sabe que el verdadero origen del metal está allí, en aquel LP de 1970.

Una de las principales formas de identificar a un metalero viejo podría ser, por supuesto, la edad. Sin embargo, eso no es tan obvio como parece. Los fans más antiguos de Black Sabbath pueden tener actualmente entre 70 y 75 años -como los miembros del grupo- pero eso no asegura que escuchen, por ejemplo, a bandas más modernas como Opeth, Meshuggah o Ghost que no son, ni por asomo, nuevos en el panorama metálico. Los gustos de este sector etario probablemente estén más orientados al rock clásico y al hard-rock tradicional -Led Zeppelin, Deep Purple, Thin Lizzy- e incluso a las bandas de la llamada New Wave Of British Heavy Metal, cuyas puntas de lanza fueron Iron Maiden, Saxon, Judas Priest, y, en menor medida, Def Leppard. Motörhead y Venom, también de esa generación, forman la base sobre la cual aparecieron, a inicios de los ochenta, estilos más extremos como thrash (no “trash” como mal escriben en algunos medios locales), death y black metal.

A la inversa sí es posible este rango de múltiples preferencias. Por ejemplo, un joven de 20 años que escuche a combos surgidos entre finales del siglo 20 e inicios del 21 como Slipknot, Machine Head o Animals As Leaders puede, fácilmente, hacerse seguidor de Metallica, Anthrax, Slayer, Megadeth e incluso de grupos más antiguos como los mencionados u otros como Rainbow, Whitesnake o Rising Force (influenciados por la música clásica y barroca). Lo contrario ocurre en las orillas del metal extremo. Bandas de death o black metal como Mayhem, Death, Celtic Frost o Entombed, poseen legiones de seguidores a nivel mundial y no necesariamente se integran con opciones menos disonantes.

Otra forma de reconocer a un metalero viejo podría ser su «look». Personas que pasan los cincuenta, pero que, los fines de semana, usan polos estampados de sus artistas favoritos. Aunque tampoco es garantía de infalibilidad al 100%, es casi seguro que, si te cruzas por la calle con un sesentón (o sesentona) usando una camiseta con diseños de Van Halen, Aerosmith o Twisted Sister, sea uno de esos melómanos que, aunque el sistema los haya absorbido, tengan trabajos formales e hijos, sigan escuchando rock pesado/fuerte a espaldas de sus amigos y parientes. Nótese que he mencionado bandas entre lo accesible y lo extremo, que comenzaron a fines de los setenta y crecieron las dos décadas siguientes hasta convertirse en clásicos, incorporándose a gustos más convencionales. No ocurre lo mismo con alternativas más recalcitrantes. Puedes usar una polera de Ac/Dc en reuniones familiares. No pasará lo mismo si te sientas a la mesa con alguna carátula de Cannibal Corpse, Carcass o Napalm Death.

Lo que prima en el hard-rock/heavy metal es la diversidad. Y con más de cinco décadas de desarrollo, se hace difícil establecer límites o definiciones. La escena del glam o hair metal (1981-1991) fue, probablemente, la que más controversia desató. Si te acercas a los cincuenta y escuchas a Mötley Crüe, Warrant, Poison, Guns ‘N Roses, Ratt o Quiet Riot, ¿eres un metalero viejo? Quizás puede ser discutible. Pero si escuchas a Kreator, Voivod, Death o Sepultura y estás por subir al quinto piso, pues no habrá ninguna duda. Nunca faltarán los distraídos que, sin saber qué es, se compren un T-Shirt de Pantera, Manowar o Alice Cooper solo porque el diseño le pareció muy bueno. Pero, en líneas generales, el metalero de corazón se reconoce a leguas con solo verlo.

En mi caso -otra vez el tufillo personal- la cosa es al revés. La procesión va por dentro, como dicen. Como mencionaba, no parezco metalero ni de lejos ni de cerca. Y, a diferencia de lo que suele pensarse, no asocio, necesariamente, la intensa descarga emocional del metal con mis problemas cotidianos (familiares, laborales, existenciales) sino con el orgullo de entender este tipo de manifestación artística. Esa es otra de las formas de reconocer al metalero viejo: su capacidad para darse cuenta de que, además de catarsis, velocidad, escapismo y altos volúmenes, en esas bandas -no en todas, desde luego- hay mucha destreza, talento, creatividad y disciplina.

Los ejes temáticos de las bandas metaleras, en cualquier país del mundo, son siempre los mismos. Y existe tal cantidad de opciones que es imposible abarcar a todas en un solo artículo. Pienso, por ejemplo, en los argentinos V8, pioneros del metal en español. O en los americanos Anthrax, retratando a la sociedad, sus vicios y apariencias en Among the living (1986). O en la onda oscurantista de los países nórdicos, tan activa desde hace más de 30 años. Los cruces, por ejemplo, con otros estilos como jazz, funk, punk, rock alternativo o prog-rock (que tiene su propio universo de instrumentistas virtuosos y suites interminables), han producido listados incontables de artistas. Lo cierto es que, aunque no han dejado de aparecer grupos de hard-rock y heavy metal, en todas sus variaciones, los años dorados del género ya pasaron. Pero, anacrónicos o no, todos estos guerreros del metal continúan emocionando a una gruesa cantidad de hombres y mujeres, tanto los nombres consagrados como las nacientes figuras que, con gran esfuerzo, buscan abrirse paso en una industria que tiene estándares y valores absolutamente opuesto a sus propuestas.

Flea, bajista de los Red Hot Chili Peppers, hizo este comentario durante un discurso para presentar el ingreso de Metallica al Salón de la Fama del Rock and Roll, el año 2009: «Siempre me ha parecido absurda la forma en que las personas hablan de la música pesada, como si fuera negativa, dañina para los niños y qué sé yo. En primer lugar, tocar música ferozmente es la forma más saludable de liberar angustia para quien lo hace. Es alquimia y metamorfosis. Es convertir algo potencialmente destructivo, una fuente de miseria, en algo hermoso, intenso, motivador para la banda y para el público».

Me temo que sí soy un metalero viejo. Porque pienso exactamente lo mismo.

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heavy metal, metalero

El filósofo australiano Neil Levy publicó en el 2005 un artículo llamado “Downshifting and Meaning in Life” en el que analiza una tendencia social conocida como “Downshifting” o “Desaceleración” como una forma de búsqueda de sentido en la vida y la compara con su propia propuesta al respecto.

Es un artículo que permite seguir profundizando y comprendiendo aspectos de la búsqueda de sentido en la vida, por lo cual quiero compartir con ustedes el resumen en español que he producido.

Muchas personas están reorientando sus vidas, lejos de la búsqueda de la riqueza y hacia la búsqueda de significado. Están reduciendo el número de horas que trabajan, cambiando de trabajo, trabajando desde casa o renunciando al trabajo por completo. En cada caso, están intercambiando ingresos por tiempo para buscar bienes que consideran valiosos. Este movimiento, de desaceleración, está ganando fuerza día a día.

En este documento, intentaré comenzar a abordar la cuestión del significado de la vida, en lo que respecta a las preocupaciones prácticas de los seguidores de la desaceleración. Argumentaré a favor de una propuesta de la estructura que deben tener las actividades centrales en nuestras vidas, si quieren ser idealmente significativas. 

Considero que los desaceleradores tienen la razón a medias. Están buscando más significado en sus vidas y con frecuencia lo encuentran. Pero en la medida de que busquen un significado superlativo, el tipo de significado más elevado al que podemos tener acceso, están buscando en el lugar equivocado. 

El significado superlativo no se puede comprar, y por lo tanto no se alcanza a través de la búsqueda de la riqueza, se logra paradigmáticamente a través del trabajo: no cualquier tipo de trabajo, sino trabajo con la estructura requerida.

Richard Taylor sugiere que Sísifo, condenado por los dioses a una eternidad de trabajo, representa la vida arquetípicamente sin sentido. La tarea de Sísifo es cargar una enorme roca hasta la cima de una colina, para que después esta ruede hacia abajo y tenga que repetir la tarea una y otra vez indefinidamente. Su vida es el epítome del sinsentido porque es inútil; Sísifo no logra nada, no cambia nada, no tiene nada que mostrar por sus interminables labores. Debido a que su vida carece de objetivo, no tiene sentido.

Es muy plausible pensar que este es el núcleo de la cuestión del significado de la vida: cuando las personas se preguntan por el significado de la vida, preguntan por su objetivo. 

Pero la vida no adquiere sentido en el caso de que se logren metas. Permitamos que Sísifo logre su objetivo y deposite la roca en la cima de la colina: su vida no adquiere así sentido. Un Sísifo condenado a apilar roca tras roca, en la cima de una montaña de rocas en constante crecimiento, difícilmente sería menos lamentable.

Como sugiere David Wiggins, la vida del agricultor que cultiva más maíz para alimentar a más cerdos para comprar más tierra para cultivar más maíz para alimentar a más cerdos no es menos inútil por haber logrado resultados concretos. 

De hecho, este parece ser precisamente el tipo de intuición que motiva a muchos de los desaceleradores. Pueden ser personas con grandes logros, trabajos prestigiosos y riqueza, sin embargo, sienten que sus vidas carecen de sentido, del tipo requerido. ¿Qué tipo de sentido deben tener las vidas para calificar como significativas?

Una vida tiene sentido cuando se orienta hacia metas que trascienden los límites del individuo, metas que son más valiosas que las preocupaciones subjetivas de cualquier persona. Es un sentido, de este tipo, que falta en la vida de Sísifo, el granjero de Wiggins, y en la vida del rico ejecutivo cuya vida parece vacía de importancia.

Por lo tanto, podríamos sugerir que una vida es significativa en caso de que se dedique a (o esté unificada por) la búsqueda de bienes que trasciendan las limitaciones de los individuos. 

Para John Kekes, por ejemplo, una vida significativa es una vida dedicada a la búsqueda de proyectos con los que el agente se identifica y que no son inútiles o triviales. 

Para Robert Nozick, el significado de la vida radica en trascender los límites del yo: una vida significativa se conecta con valores más allá del yo. 

Susan Wolf lo resume sucintamente: «las vidas significativas son vidas de participación activa en proyectos de valor».

De hecho, parece ser esta definición de significado la que explica mejor las quejas de los desaceleradores respecto a que sus vidas no tenían sentido. Se dedicaban a actividades que tenían un sentido – acumulaban bienes y hacían una diferencia en el mundo – pero este sentido no era suficiente para conferir significado. Sus actividades eran esencialmente, como diría Wiggins, «regresivas y circulares»: no tenían un punto más allá de sí mismas. Los desaceleradores cambian sus vidas para obtener significado: lo hacen precisamente comprometiéndose con bienes más allá de ellos mismos.

Una vida significativa es, por lo tanto, aquella dedicada a (la promoción de) bienes más allá de uno mismo. Esta definición está respaldada por el hecho de que ofrece una explicación convincente de por qué es que las personas a menudo afirman encontrar significado dentro de ciertas actividades, y no en otras.

El significado se encuentra en la actividad científica y en el arte, en la familia y la comunidad, en el activismo político y la filosofía, el deporte y la religión. En cada caso, nos comprometemos con algo que nos trasciende a nosotros mismos, con bienes que no son meramente subjetivos, sino (al menos) intersubjetivos.

Sin embargo, muchas personas no encuentran esta propuesta del significado de la vida plenamente satisfactoria. Anhelan algo más.

¿Por qué? Creo que hay dos razones. La primera es que la solución se puede ver, desde una cierta perspectiva, como una reproducción del problema inicial. Como vimos, una forma en que las vidas pueden dejar de ser significativas es si se centran en actividades que son, en la frase de Wiggins, «regresivas y circulares». 

Se suponía que conectarse con bienes más allá del yo nos proporcionan una forma de romper el círculo. Pero esta propuesta de significado parece simplemente sustituir un círculo más grande por uno más pequeño. Por un lado, está el agricultor, que cultiva más maíz para alimentar a más cerdos para cultivar más maíz, y por otro el padre que adquiere significado en la crianza de los hijos que adquirirán significado al convertirse en padres a su vez. ¿Por qué este tipo de círculo debería ser más significativo que el primero?

Para Taylor la única diferencia entre nosotros y Sísifo es que mientras él mismo vuelve a bajar la colina para poner su hombro en la roca una vez más, nosotros dejamos esta tarea a nuestros hijos. Una vida circular, una vida que no tiene sentido más allá de la vida misma, es una vida sin sentido, no importa cuán grande sea el círculo de esta vida.

Los comentarios de Taylor sobre Sísifo sugieren una segunda razón para la insatisfacción con la propuesta. Imagínate que a Sísifo se le permitiera comprometerse con bienes más allá de sí mismo. Como vimos, el simple hecho de permitirle apilar roca sobre roca no es suficiente para darle sentido a su vida, ya que no le permitiría comprometerse con un bien real. Pero si se permite que Sísifo use las rocas que reúne para construir “un templo hermoso y duradero» su vida adquiere significado. 

La construcción de templos es plausible pensar, es una actividad valiosa, una con un valor que trasciende nuestras vidas individuales. Ya sea que lo valoremos por su significado religioso, o por su afirmación simbólica del esfuerzo humano en un universo impío, o por su belleza arquitectónica, está claro que participar en esta actividad es paradigmáticamente significativo. Sísifo, el constructor de templos, persigue un proyecto valioso y, por lo tanto, se trasciende a sí mismo.

Sin embargo, hay un serio problema con esta solución. Tal vez, mientras Sísifo se dedique a la construcción de su templo, su vida parece significativa. Pero ahora imaginemos el templo terminado. ¿Ahora que, se pregunta Taylor? ¿Qué imagen se presenta ahora en nuestras mentes? ¡Es precisamente la imagen del aburrimiento infinito! Por lo tanto, lograr nuestros objetivos no puede, de hecho, conferir significado a nuestras vidas. Pero ¿de qué sirve la búsqueda de una meta, con la esperanza de alcanzar así un significado, si reconocemos que su logro no tiene significado?

Algunas personas podrían verse tentadas a argumentar que este es precisamente el caso; que el significado de la vida se encuentra en la actividad, y no en el logro. Por un lado, como varios filósofos han señalado, el significado está relacionado con los resultados. Si no avanzamos o no podemos avanzar en la consecución de nuestros proyectos, estos no darán sentido a nuestras vidas. Por lo tanto, si el logro de nuestros objetivos amenazaría el significado de nuestros proyectos, entonces estamos atrapados en una posición curiosa: al mismo tiempo necesitamos avanzar y sin embargo estamos conscientes de que nada fallará tanto como lograr el éxito.

La conciencia de que necesitamos fracasar en nuestros proyectos más significativos amenaza su valor. Piense en los objetivos más nobles y significativos que podemos perseguir, como la lucha contra la pobreza y la opresión. ¿Debemos decir que somos afortunados porque no lograremos estos objetivos? La reflexión sobre la idea de que nuestras vidas son significativas sólo porque, y mientras que, nuestros objetivos más importantes estén fuera de alcance parece despojarlos de significado.

Consideremos, en este contexto, una famosa crisis de significado: la experimentada por John Stuart Mill. Mill había dedicado su vida, como nos dice, a la búsqueda de buenas obras, y durante un tiempo recibió suficiente satisfacción de estas actividades. Sin embargo, en un estado de depresión, se hizo la fatídica pregunta con la que hemos estado lidiando:

Se me ocurrió hacerme la pregunta directamente a mí mismo: «Supongamos que todos tus objetivos en la vida se realizaron; que todos los cambios en instituciones y opiniones que estabas buscando podrían llevarse a cabo por completo en este mismo instante: ¿sería esto una gran alegría y felicidad para ti?» Mi autoconciencia incontenible respondió claramente: ‘¡No!’ Mi corazón se hundió dentro de mí: toda la fundación sobre la cual estaba construida mi vida se derrumbó. Toda mi felicidad se encontraba en la búsqueda continua de este fin. El fin había dejado de atraerme, y ¿cómo podría volver a haber algún interés en los medios para lograrlo? Parecía que no me quedaba nada por que vivir.

Mill observo que su crisis personal tenía un significado más allá de el mismo. Era, pensaba, un «defecto en la vida misma»: si el significado de la vida requiere privación, entonces los pesimistas sobre el significado de la vida tienen razón. La vida tiene una estructura trágica, en la que la infelicidad de muchos es requerida para la felicidad completa de algunos. 

Llamemos a esto la prueba de Mill. Una actividad no pasa la prueba de Mill si podemos (a) imaginar completarla, y (b) completarla despojaría de significado a una vida dedicada a ella.

Por lo tanto, la propuesta de significado que hemos esbozado es vulnerable en dos aspectos. 

En primer lugar, muchas de las actividades a través de las cuales se afirma (correctamente) que permiten obtener significado son apenas menos circulares que actividades paradigmáticamente insignificantes. 

En segundo lugar, ubica el significado en la búsqueda de fines que, si se alcanzan, dejan de proporcionar significado a nuestras vidas. 

Estas dos fallas amenazan con ser suficientes para viciar todos nuestros proyectos: si un proyecto no va a fracasar debido a la circularidad, debe tener un fin fuera de sí mismo. Pero si tiene un fin fuera de sí mismo, y ese fin es alcanzable (en sí mismo una condición para que pueda conferir significado), entonces corremos el riesgo de caer en el segundo dilema.

¿Podemos hacerlo mejor? ¿Estamos condenados a encontrar sentido sólo a expensas de inhabilitar nuestras facultades críticas? 

Si queremos localizar una fuente de significado que satisfaga a Taylor, y poner fin a las dudas de Mill, deberá tener las siguientes características: (1) no debe ser circular, en el sentido de que debe tener un punto más allá de sí misma. Pero (2), aunque debemos ser capaces de lograr un progreso significativo en el logro de su fin, debe ser tal que (a) lograrla no la despoje de significado, o (b) si bien es concebible un progreso constante en su búsqueda, no lo es su cumplimiento total.

Hay, sugeriré, actividades valiosas que son intrínsecamente ilimitadas, no porque apunten a un objetivo que no se puede lograr, sino porque el objetivo que persiguen no se fija antes de la actividad en sí. En lugar de eso, el objetivo se define gradualmente y se especifica con mayor precisión en el curso de su búsqueda. 

El tipo de actividad que tengo en mente, a la cual llamaré un proyecto – es análoga a lo que Alasdair MacIntyre llama una práctica. 

Las prácticas no son proyectos, en parte porque los bienes perseguidos a través de muchas de las prácticas de MacIntyre no son lo suficientemente importantes. La agricultura y los deportes son prácticas para MacIntyre, pero, aunque estas son (al menos discutiblemente) actividades plenas, no son actividades superlativamente significativas. 

Sin embargo, algunas actividades significativas con la estructura de una práctica califican como proyectos: los proyectos son prácticas en las que están en juego bienes sumamente valiosos.

Consideremos, por ejemplo, la actividad filosófica o, más ampliamente, la búsqueda de la verdad en cualquier área de investigación. Esta es, huelga decirlo, una actividad paradigmáticamente valiosa, en la medida en que la verdad es, como la justicia y el bien, uno de los valores más elevados que podemos concebir. Ni siquiera es concebible que pueda fallar la prueba de Mill. La idea de un sistema de conocimiento finalizado y completamente verdadero es literalmente inconcebible de antemano, de una manera en la que un templo no lo es. 

Podemos tener una idea clara de cómo sería un templo terminado, pero no podemos imaginar lo que podría ser un sistema completo de conocimiento. Ciertamente, podemos imaginar una gran enciclopedia, pero su contenido sigue siendo oscuro. 

Desarrollamos las herramientas para comprender el conocimiento que podríamos alcanzar, a medida que perseguimos ese conocimiento, de tal manera que las direcciones futuras que nuestra comprensión podría tomar son, en principio, incomprensibles por nosotros y en el mejor de los casos solo un esquema borroso.  

Dado que no podemos saber cómo podría ser el objetivo final, no podemos imaginar completar nuestro proyecto y, por lo tanto, no podemos ser afectados por la imagen de su finalización.

Sin embargo, podría objetarse que el conocimiento sea un caso especial. Muchos otros bienes sumamente valiosos, como la justicia y el bien, son concebibles antes de tiempo. Sabemos (aproximadamente, al menos) cómo sería una sociedad perfectamente justa y, por lo tanto, el proyecto de buscar justicia no pasaría la prueba de Mill. 

Mi respuesta es simplemente negar que tengamos una idea clara de cómo sería una sociedad idealmente justa. Aunque ciertamente podemos ver que grandes injusticias de nuestro mundo podrían ser eliminadas, no podemos ver cómo tendríamos que proceder a partir de ahí. Por ejemplo, no podemos ver, de antemano, cómo deben conciliarse las diferencias culturales y la igualdad: no en detalle, en cualquier caso. 

Una vez más, la dificultad es una cuestión de principios: tendremos que forjar las herramientas que nos permitan comprender la noción de justicia en sus detalles y como se aplicarían a estas cuestiones, sólo cuando realmente las enfrentemos.  La búsqueda de la justicia es una práctica, en el sentido de MacIntyre:  a medida que vayamos avanzando se hará más claro a que le estamos apuntando.

Del mismo modo, muchos otros bienes supremamente valiosos son inherentemente ilimitados. La práctica de la creatividad artística, cuando se lleva a cabo al más alto nivel, es paradigmáticamente ilimitada.  Basta pensar en cómo los movimientos de vanguardia del siglo XX habrían sido percibidos por generaciones anteriores de artistas para ver cómo evolucionan los objetivos del arte junto con las actividades que pretenden alcanzarlos. Al igual que la búsqueda del bien y lo correcto, y la búsqueda de la verdad, la actividad artística es inherentemente ilimitada en la medida en que sus fines están en juego dentro de la actividad misma. 

Los fines de las actividades superlativamente significativas no se pueden lograr, porque a medida que las actividades evolucionan, los fines a los que apuntan se alteran y se refinan. 

El conocimiento no es un caso especial, perseguir cualquiera de nuestros objetivos más significativos es, entre otras cosas, una actividad cognitiva: una que requiere el descubrimiento o la invención de nuevas herramientas conceptuales y nuevas y mejores teorías. Debido a que las actividades de significado superlativo son ilimitadas de esta manera, no pueden fallar la prueba de Mill. Podemos avanzar hacia estos fines, seguros de que este progreso no amenaza el significado de nuestros proyectos.

Por otro lado, es característico de los proyectos que estos sean difíciles: requieren de un esfuerzo concertado, intelectual y físico. A menudo también requieren de gran coraje. Participar en un proyecto es trabajo, en un sentido claro de la palabra. 

Por eso los desaceleradores tienen solo la razón a medias. El significado en la vida se puede perseguir de la manera que han sugerido. Al reducir las horas de trabajo y, por lo tanto, dejar más tiempo para la familia, para los amigos, para las alegrías simples de una vida que sea menos estresante y más en contacto con la belleza y la naturaleza, realmente podemos hacer que nuestras vidas sean más satisfactorias. 

Pero no podremos lograr un significado superlativo de esta manera. Este significado, el significado que puede ser visto directamente a la cara, sin miedo, ni inmutarse, solo se encuentra en el trabajo. El cual podría no ser trabajo remunerado.   

Podría objetarse, que el hecho mismo de que las actividades que tienen significado superlativo sean tan difíciles las descalifica como significativas. Personalmente, tomo el hecho de que las actividades que confieren significado son difíciles y arriesgadas como un argumento a favor de mi propuesta. 

Es un lugar común, pero no menos cierto por eso, que las tareas valiosas suelen ser, tal vez siempre son, difíciles de llevar a cabo. 

Una vida significativa es una vida de esfuerzo y dedicación, dirigida hacia fines sólo parcialmente bajo nuestro control. La realización que podemos alcanzar a través de nuestros éxitos parciales en estas tareas es mucho mayor porque somos muy conscientes de que podríamos haber fracasado absolutamente.

Preocupa que la propuesta que he presentado sea poco igualitaria. He afirmado que, aunque el sentido ordinario está disponible para casi todos, a través de la participación en los temas familiares y la apreciación del arte, a través de la amistad y la interacción con la naturaleza, el significado superlativo requiere mucho más: el compromiso activo con proyectos. 

Pero la participación en un proyecto, a un nivel que pueda asegurar logros suficientes como para conferir un significado superlativo, está disponible solo para unos pocos. 

Solo pocos podemos participar (en lugar de ser espectadores interesados) en el proyecto de búsqueda de conocimiento (que, huelga decirlo, debe ser mucho más que la acumulación aleatoria de hechos si se quiere constituir en proyecto). 

Sin embargo, si bien parece ser cierto que la proporción de cualquier población que puede participar en este proyecto es necesariamente restringida, porque la participación requiere (entre otras cosas) habilidades cognitivas sofisticadas, no parece haber tal límite, en principio, a la participación en otro tipo de proyectos. 

En particular, casi todos podrían participar activamente en el proyecto de búsqueda de la justicia, al menos si la sociedad estuviera organizada de manera que se tuviera el tiempo, la educación y los demás requisitos necesarios para poder participar. 

Aunque parece ser el caso que una enorme proporción de la población mundial está aislada de los proyectos que podrían asegurar un significado superlativo, esto no parece ser una limitación incorporada en la naturaleza de las cosas. 

En un mundo más justo, en el que los recursos, materiales e intelectuales, estén distribuidos de manera más equitativa, muchas más personas podrían participar en proyectos que les permitan asegurar un significado superlativo.

El significado, como reconocen los desaceleradores, se encuentra en muchos aspectos de la vida humana. La estrategia de desaceleración, dejando trabajos estresantes y sin significado en busca de mayor tiempo para dedicar a la familia, los amigos y el desarrollo personal, a menudo tendrá éxito en asegurar lo que podríamos llamar significado ordinario. 

Pero el significado superlativo no se encuentra alejándose del mundo del trabajo, aquí concebido como un compromiso esforzado en prácticas difíciles. 

Por el contrario, sólo en el trabajo, del tipo correcto y con la estructura correcta, se encuentra el significado superlativo. 

En nuestro mundo, uno de los proyectos más significativos en los que podemos participar es la búsqueda de la justicia, que es también la búsqueda de las condiciones bajo las cuales el significado superlativo puede ponerse a disposición de todos.

Centro para Filosofía Aplicada y Ética Pública – Universidad de Melbourne

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sentido de la vida

Absolutamente fuera de lugar la solicitud de la congresista Patricia Chirinos para declarar la vacancia por incapacidad moral del presidente Castillo. No hay argumentos válidos ni razonables. Es un dislate por donde se le mire.

Por supuesto, no va a prosperar. Ya las bancadas de Acción Popular y de Alianza para el Progreso han anunciado que no votarán a favor, bajándole la llanta al espectáculo diseñado, porque debe quedar claro que la propia congresista Chirinos sabía de antemano que el destino de su iniciativa iba a ser de corto alcance y que lo suyo era, más bien, un montaje psicosocial para, simplemente, llamar la atención o sentar la “primera piedra” de un propósito que se aspira a que madure en el futuro.

De hecho, hay dos premisas en las que cierto sector de la derecha se basa para tratar de sacar a Castillo del poder. Primero, que ganó con fraude, que el gobierno de Sagasti perpetró para impedir el triunfo de la derecha representada por Keiko Fujimori. La segunda, que estamos caminando rumbo a un modelo chavista radical que destruirá el modelo económico y las formas democráticas.

Las dos premisas son falsas. Está probado que las elecciones fueron limpias y legítimas. No hay una sola prueba de fraude sistémico y hasta los propios denunciantes iniciales han reculado en su demencial hipótesis. Segundo, luego de la ruptura con Cerrón y la salida del gabinete Bellido, resulta meridiano que estamos ante un gobierno izquierdista mediocre y lamentable, pero no comunista ni nada que se le acerque.

¿La vacancia es un arma permitida en nuestra Constitución? Sí, se usó con Fujimori, con Vizcarra, y estaba a punto de emplearse con Kuczynski. ¿Si el gobierno patease el tablero constitucional para llevarnos a deriva bolivariana cabe colocarla en ristre? Sí, somos partidarios de que la vacancia es la mejor arma defensiva si el régimen trata de forzar, por ejemplo, una Asamblea Constituyente a través de la disolución del Legislativo.

Pero políticamente no es pertinente en estos momentos. Es un despropósito que, inclusive, solo empodera al gobierno y lo fortalece en lugar de desgastarlo. Lo llega a victimizar y distrae a la opinión pública del rosario de desaguisados que se vienen cometiendo.

Poner sobre el tapete el tema de la vacancia cuando la realidad no la manda, es un grosero error político que solo corrobora cuán descaminada anda la derecha criolla para enfrentarse al adversario gubernativo. No puede ni censurar a un ministro y ya quiere vacar a un Presidente.

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Presidente de la República, vacancia presidencial

Siempre considera al Universo como a un ser viviente, con una sustancia y un alma. Observa cómo todas las cosas tienen referencia a una percepción, la percepción de este ser viviente; y cómo todas las cosas actúan en un solo movimiento; y cómo todas las cosas son las causas que cooperan para que todo exista. Observa el movimiento continuo del hilo y la contextura del tejidoMarco Aurelio (121-180 d.C.)

El encuentro de jefes de Estado sobre cambio climático, en Glasgow, llegó a acuerdos limitados, y sin garantías. Se logró un acuerdo entre 130 países para la reducción en 30% del gas metano hacia 2030, acuerdo del que participan Estados Unidos, la Unión Europea, y también Brasil, Indonesia, Canadá, Arabia Saudí, el Reino Unido. Aunque, al no incluir a países altamente contaminadores como China – sobre todo – y otros como Rusia, India, Australia, y no ser acuerdo vinculante, nos deja aún en vilo (sabiendo, además, de los antecedentes de varios de esos países, como Brasil, por hablar de un vecino, es fácil imaginar la fiabilidad de esas palabras empeñadas: nula). Algo sobre detener la deforestación, mínimos fondos para mitigación en países no contaminantes y con menos recursos monetarios, algo para pueblos originarios…No gran cosa. Como resumió la activista Greta Thunberg: “bla, bla, bla”. 

El problema es que lo relativo a cambio climático sigue siendo tratado, y de manera interesada, como un problema puramente técnico, atmosférico si se quiere decir así, que tiene, por lo tanto, soluciones tecnológicas a la mano. Y que es asunto de ponerse de acuerdo, aguzar la imaginación, buscar la voluntad, encontrar esas soluciones. 

Nada más lejos de la verdad. Obviamente que hay a la base un tema de buenas y malas tecnologías, de invenciones mal implementadas, de respuestas que se dan por ese lado, pero se olvida que el uso de la tecnología depende de criterios que van desde políticos hasta éticos, pasando por los de interés económico, y también de adecuación o inadecuación de su uso. Es decir que hay un diseño de vida, de sociedad, vigente, al que tanto el cambio climático como las pandemias (las que hubo, la que vivimos, las que vendrán indefectiblemente) cuestionan a fondo. Fenómenos todos que se originan en el maltrato a la tierra que nos nutre, para lucrar, para persistir en modos de vida a los que no se quiere renunciar. Y eso es el origen de todos los problemas, y la valla insalvable de todos los encuentros de las élites políticas y económicas, que acuden obligadas por la presión de la gente.  

Eso: replantear modo de vida, me temo, es el debate de fondo que no se quiere dar, que se impide dar. Sobre la intención de impedir ese debate no queda duda alguna, tras la intromisión de varios países y grandes empresas ante el Panel Intergubernamental Sobre Cambio Climático (IPCC). Los grandes poderes políticos y económicos buscaron modificar las conclusiones de los Informes para Políticos, luego que se filtraran los borradores, y que se podrían resumir aquí en una frase de esos mismos informes, que dio la vuelta al mundo:  «La vida en la Tierra puede recuperarse de un cambio climático drástico evolucionando hacia nuevas especies y creando nuevos ecosistemas. La humanidad, no.» 

La desaparición de especies, tema también central en esta situación grave, y sobre lo cual miramos distraídos alguna noticia que informa de la nueva extinción de otra especie, nos tiene a los humanos en lista de espera. Somos una especie en peligro de extinción. Mejor tenerlo claro. 

¿Libertad o igualdad?

El debate entre igualdad y libertad que suele darse entre izquierdas y derechas aparece de pronto obsoleto. Y ambos bandos discutiendo y tomando decisiones, en conjunto, que descuidan lo esencial. 

Dice el Papa Francisco en la encíclica Laudato Si que “…el ser humano y las cosas han dejado de tenderse amigablemente la mano para pasar a estar enfrentados. De aquí se pasa fácilmente a la idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos. Supone la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a ‘estrujarlo’ hasta el límite y más allá del límite.” Con ello subraya, desde la idea religiosa creacionista, y por lo tanto antropocéntrica, lo que la ciencia más biocéntrica, ecocéntrica, ha constatado hace tiempo: que el planeta es limitado, que debemos ser austeros, que no es posible hacer lo que nos viene en gana. Y que no hay razón que justifique ningún tipo de libertades que afecten al colectivo. 

La búsqueda de lucro no nos da derecho a depredar, y la pobreza tampoco. “Nuestra supervivencia supone un buen funcionamiento de nuestras organizaciones sociales en armonía con el ambiente, o, dicho de otra manera, supone el sometimiento a normas que nos protejan de la desmesura y de la ilimitación”, por ponerlo en palabras de Serge Latouche, teórico del decrecimiento. El cambio climático, las pandemias por patógenos, la extinción de especies, son todos problemas que se originan en ya centenarios diseños políticos globales, y que, por lo mismo, requieren de decisiones sobre nuevos diseños políticos para enfrentarlos. 

No hay intención de cambiar nada

El climatólogo Michael E. Mann, uno de los pioneros en difundir advertencias sobre lo que se viene, también nos advierte sobre otro mito difundido, en reciente entrevista en The Guardian: “Por supuesto, los cambios de estilo de vida son necesarios, pero por sí solos no nos llevarán a donde debemos estar. Nos hacen más saludables, ahorran dinero y dan un buen ejemplo a los demás. Pero no podemos permitir que las fuerzas de la inacción nos convenzan de que estas acciones por sí solas son la solución y que no necesitamos cambios sistémicos.” Obviamente, cada uno debe practicar lo que sea posible para ahorrar energía, agua, no contaminar, pero eso por sí solo tampoco nos sacará del hoyo. 

Se trata de que se convierta en política general la vida adaptada a un entorno que ya superó su capacidad de abastecernos y que, hagamos lo que hagamos, es imposible de reemplazar por ningún artificio. 

El sueño de los dirigentes mundiales que arrastran los pies para tomar medidas decisivas, radica en la fe ciega – como toda fe – en las virtudes de la inventiva humana para encontrar salidas artificiales, a la amenaza que se cierne sobre nosotros. Y así, dejan para la generación siguiente la solución del asunto, mientras se lavan las manos para proseguir con un modo de vida basado en el altísimo consumo en sociedades habituadas a ello, la prosecución en el uso de energía fósil, la producción de bienes con obsolescencia programada, todo lo que beneficia también a ciertas élites minoritarias de los lugares en los que se practica el despojo insensato de los recursos de la Tierra. 

Los países europeos occidentales se enriquecieron a costa de acumular mediante la trata de esclavos, el rapto de tecnología ajena, el saqueo de bienes del territorio de otros, idea que germinó en los Estados Unidos que siguió esa ruta, y luego la China más recientemente. Hubiera sido imposible que estos países llegaran a esos niveles de consumo con tan solo sus propios recursos. 

Entonces, negarse a ceder en temas tan cruciales como el consumo de carbón, no ceder en el tema del combustible fósil, ni siquiera asumir plenamente el apoyo solidario a los países afectados por el cambio climático y que no tienen responsabilidad alguna en ese fenómeno, es la decisión egoísta de quienes saben que, además, las afectaciones por cambio climático serán menores en el hemisferio norte que en el sur. Y qué importa que se esté ahogando, desapareciendo, ahora mismo el Estado isla de Vanuatu, si pueden seguir comiendo salchichas asadas con madera tropical africana de selvas devastadas, y arrojar al basurero toneladas de alimentos, o construir edificios lujosos que nadie habita en China, porque ese es su modo de vida, y para ese modo de vida es que se ha diseñado el soñado desarrollo. 

El indicador digital

Otra de las fábulas modernas sobre la modernidad salvadora, se refiere a las posibilidades de la digitalización del mundo. Es etéreo, se supone. El periodista de investigación Guillaume Pitron, resume así lo que es, en realidad, una amenaza: “El daño al medio ambiente proviene primero de los miles de millones de interfaces (tabletas, computadoras, teléfonos inteligentes) que abren la puerta a Internet. También proviene de los datos que producimos en cada momento: transportados, almacenados, procesados ​​en vastas infraestructuras que consumen recursos y energía. Esta información permitirá, a su vez, crear nuevos contenidos digitales para los que necesitaremos … ¡siempre más interfaces! Para realizar acciones tan intangibles como enviar un correo electrónico a Gmail, un mensaje a WhatsApp, un emoticón en Facebook, un video en TikTok o fotos de gatitos en Snapchat, hemos construido, según Greenpeace, una infraestructura que, próximamente, probablemente será la cosa más grande construida por la especie humana «.

Es decir que la famosa “nube” a la que enviamos nuestra información, como todo en la vida, es perfectamente tangible y se almacena en enormes infraestructuras que cada vez requieren de más espacio y que, además, se construyen por triplicado para evitar que cualquier incidente – un terremoto, no vaya a ser – interrumpa el proceso. 

Según Pitron “Los números son reveladores: la industria digital global consume tanta agua, materiales y energía, que su huella ecológica es tres veces mayor que la de un país como Francia o el Reino Unido. Las tecnologías digitales ahora movilizan el 10% de la electricidad producida en el mundo y emitirían casi el 4% de las emisiones globales de dióxido de carbono (CO2), un poco menos del doble que el sector de la aviación civil mundial.”¹

Esta certidumbre, que ya genera preocupaciones, nos confirma en los límites, incluso de aquello que dábamos por gratuito.  Y señala que la interconexión del mundo que comenzó, hace unas centurias, con unas cuantas carabelas y otros botes más o menos grandes o pequeños que, desde la pequeña Europa, salieron a conquistar el mundo y a plantear un solo modo de vida como ideal, una sola estética, unos valores únicos como deseables, un mundo de proveedores pobres y adquisidores cada vez más sofisticadamente ricos, ha llegado a su fin.  

Lo que se viene

Según el activista y pensador ecologista Eduardo Gudynas, tomando con realismo los compromisos asumidos por los países, los antecedentes en el cumplimiento de sus compromisos, y lo que efectivamente hacen – como los subsidios a los combustibles fósiles que se mantienen a un ritmo de cientos de miles de millones de dólares (11 millones de dólares por minuto, dice Gudynas) y sin perspectivas de remisión – lo más probable es que nos estemos acercando a los 2.7° Celsius de incremento de temperatura global para fines de siglo, bastante más de los 2° C que se afirman aún como objetivo máximo, y lejísimos de los 1.5° C que se esperaba como tope al inicio de los encuentros COP. 

Todo ello significa, casi con seguridad, miles de millones de personas víctimas de sequías, con hambrunas extendidas, y conflictos por recursos como el agua para beber, alimentos, además de catástrofes como la inundación de ciudades costeras, la desaparición de islas y quizá de archipiélagos enteros, y en general un mundo de migraciones constantes de millones de personas en busca de lugares donde sobrevivir. Sin dudas, también guerras de todo tipo, convencionales, de guerrilla, terroristas, lo que valga para prevalecer. 

Dice también Gudynas, ante ello, que “Hemos llegada a la situación donde el propósito de sobrevivir a la modernidad exige abandonarla. Ante esa misión, tal vez Nietzsche tuviese razón al decir que aquellos que desearan volverse sabios, en primer lugar, deberían escuchar a los perros salvajes que ladran en sus sótanos.”  Volver a los inicios, es decir, donde el contacto directo con toda la naturaleza, entendida como esa totalidad de la que somos parte y no un espacio ajeno, se convierte en el norte de nuestras decisiones y objetivos. 

Rediseñar la vida

Un contraste dentro de la literatura, creo que ayuda a entender lo que hay que pensar con la vida por delante. Frente al Robinsón Crusoe de Daniel Defoe, que llega a una isla y la domina, la controla, la hace suya, establece el imperio de su saber occidental con criado sumiso al que educa y saca de un salvajismo al que desprecia, el novelista francés Michel Tournier recreó la misma historia en una novela recomendable que se llama “Viernes o los limbos del Pacífico”, donde Robinson primero se deja acoger como feto en una hendidura profunda de la isla a la que llama Speranza, y luego de renacer de la Tierra, la desposa: “Su rostro cerrado escarbaba en la hierba hasta las raíces y con la boca sopló un aliento cálido en pleno humus. Y la tierra respondió: le envió al rostro una bocanada sobrecargada de olor que enlazaba con el alma de las plantas fenecidas y el olor a cerrado, pegajoso de las simientes de los brotes en gestación. (…) Su sexo agujereó el suelo como si fuera la reja de un arado y se vertió allí en una inmensa piedad por todas las cosas creadas.

Sin temor acepta que Viernes haya hecho explotar, jugando, con pólvora toda la civilización que había creado en la isla, en un afán dominador similar al del personaje original de Defoe, y se somete al aprendizaje al que lo lleva Viernes quedescubre de pronto a Robinson la realidad que lo rodea y que este no había podido percibir. Desde la relación con los vientos, la cocina simple pero creativa, el juego como poderoso medio de estar, el ocio necesario, la relación horizontal donde ya Viernes no es criado ni esclavo sino amigo, camarada, un igual. Las formas de aprovechar mejor de lo que se dispone, el uso y el no uso de las cosas para preservar el equilibrio, la pérdida de la noción del tiempo: el limbo. Y así, la compenetración con todo se vuelve total.”²

Los Viernes no literarios, más tangibles, son los protagonistas de los procesos a los que el ilustre economista catalán Joan Martínez Alier llama ecologistas populares, que son los que se movilizan con todas aquellas miles de organizaciones sociales, entre poblaciones en todo el mundo no rico, que reaccionan ante la invasión de sus tierras, la amenaza de sus fuentes de agua, de sus territorios, por actividades extractivas invasivas y descontroladas. Es indiferente si esas actividades provienen de iniciativas privadas o estatales, ese no es el debate, si acaso importa de dónde provenga cualquier invasión. Lo primero es proteger las fuentes de vida. 

Si hasta hoy son vistos como un estorbo para grandes inversiones dinerarias, quizá haya que tomarlos ahora como adelantados de un mundo al que hay que ir antes que se nos imponga por la fuerza. La recuperación del territorio, y la contención del desarrollismo desenfrenado al que nos llevan las grandes potencias, quizá pueda paralizarse cuando se les deje de aprovisionar de materias primas para sus excesos, al tiempo que ponemos en orden y cuidamos nuestro territorio. 

Emilio Romero, sabio peruano que estuvo entre los fundadores del legendario Partido Descentralista, a inicios del siglo XX, junto con Jorge Basadre, Hildebrando Castro-Pozo, y otros, y fue su representante ante el congreso como diputado, testimonia de sus discusiones con sus “amigos de la izquierda” sobre la necesidad de descentralizar y organizar la vida en el territorio peruano, precisamente para garantizar la justicia social. Eso va antes que lo otro. 

Esa descentralización, que supone mucho más que distribución de funciones y recursos, implica sobre todo la ocupación armoniosa del territorio. La monstruosidad de ciudades como Lima, donde 9 millones de personas viven apiñadas en 2500 kilómetros cuadrados, explica desempleo, delincuencia, pobreza, mucho más que cualquier evaluación micro o macroeconómica. Y garantiza desgracias venideras. 

Ahora sí, una re-evolución

No hay fantasma que recorre el mundo, no hay necesidad de comunismos, y tampoco de capitalismos. La revolución, entendida como un cambio radical en nuestras vidas, ya se está dando, la estamos viviendo, y es una re-evolución. O nos adaptamos a esos cambios, y mitigamos sus efectos, o rediseñamos la vida y obligamos a los grandes contaminadores a dejar de contaminar, o no habrá salida posible. 

La evolución implica aceptar, dice el sociobiólogo Edward O. Wilson, que “en la evolución social genética existe una regla de hierro, según la cual los individuos egoístas vencen a los individuos altruistas, mientras que los grupos de altruistas ganan a los grupos de individuos egoístas. La victoria nunca será completa; el equilibrio de las presiones de selección no puede desplazarse hacia ninguno de los dos extremos. Si tuviera que dominar la selección individual, las sociedades se disolverían. Si acabara dominando la selección de grupo, los grupos humanos acabarían pareciendo colonias de hormigas.” 

En tiempos de cambio climático, tras un proceso de primacía de los grupos egoístas, toca el equilibrio que ha de salvar la vida en el planeta, y no solo de los humanos, mediante la primacía de valores de los grupos altruistas.  O comenzamos otra vida juntos, solidarios, o no habrá vida.


  1. Artículo publicado en el mensuario “Le Monde diplomatique” – agosto 2021
  2. https://www.academia.edu/31075909/DE_ROBINSONADAS_Y_REALIDADES (texto de David Roca Basadre)

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