Opinión

El centro político es un concepto inventado para justificar el oportunismo de quienes lo pregonan. Con su origen en la geometría, donde se entiende al centro como el punto equidistante de cualquier extremo, por lo tanto siempre relativo, cambiante, el llamado centro político también tiene esta pretensión. Sin embargo, no llega a ser siquiera eclético, sino que se mantiene siempre dubitativo. En ese sentido, se trata de un ente ideal que no se encuentra en la realidad, pues en ella todo es el centro, lo que equivale a decir, que nada lo es.

 

Tenemos entonces que tanto el centro geométrico como su sucedáneo, el centro político, tienen como una característica lógica fundamental el ser una pura abstracción. Esto indica que se trata de una postura política vacía de contenido. Sin ninguna afirmación sustantiva en sí, enarbola las banderas del escepticismo relativista frente a los programas de posturas políticas comprometidas. En suma, es un espacio carente de ideas propias, pues, a diferencia del liberalismo, el socialismo, la democracia cristiana o la socialdemocracia, que presentan ideas y programas en evolución y hasta de intercambio recíproco, el centro depende siempre de concepciones ajenas del mundo. Es un parásito ideológico y político que vive a razón de lo que otros han pensado, propuesto y realizado.

 

Esto viene a colación porque en los últimos días hay quienes han afirmado, de manera equívoca, que la mayoría de los peruanos vemos con buenos ojos el centro político. Tal vez, en circunstancias normales esta sea una afirmación cierta. Sin embargo, en una situación límite, con la muerte –ya sea por asfixia o hambre- tocando nuestras puertas, el centro no parece ser una opción viable. Eso no sólo lo dicen las últimas encuestas que marcan una tendencia, sino también el sentido común.

 

Los peruanos parecen percibir que el centro es ese espacio indefinido, acomodaticio, cual cajón de sastre, que siempre ha sido capturado por la derecha. Lo que las tendencias electorales parecen indicar es que no es momento ni para la moderación, ni para la corrección. Un sinónimo de moderación es mitigación y eso es lo que busca el centro político, mitigar las justas demandas reivindicativas de un pueblo que ha visto a la muerte a los ojos. Los peruanos están exigiendo un cambio profundo, pues intuyen que el modelo actual defendido por un centro inefable ha llegado a su límite. Es clara la exigencia por parte de la población de un nuevo pacto social que replanteé el modo como nos hemos estado vinculando entre nosotros y con nuestros gobernantes.

 

Desde la caída de la cleptómana dictadura fujimorista hemos tenido veinte años de gobiernos de centro, incluyendo la farsa que resulto ser la gran transformación humalista, finalmente capturada por la Confiep y Odebrecht. Cabe preguntarse, ¿Qué han hecho estos gobiernos de centro?,  pues vendernos una prosperidad falaz a base de un modelo económico que sin las reformas institucionales y económicas, resultó ser profundamente excluyente. En estos años emergió la figura del emprendedor que sumió a más del 70% de la población en la más absoluta precariedad laboral y económica. Millones de peruanos dejaron de ser ciudadanos con derechos para tornarse emprendedores abandonados a su suerte por parte del Estado. Ayer como hoy se instituyó desde el Estado un sálvese quien pueda y como pueda.

 

Todos los gobiernos de centro cayeron presas de la corrupción y fueron incapaces de llevar adelante siquiera una mínima reforma en educación, salud, seguridad o justicia. Hijos del centro son el Lava Jato peruano y los «hermanitos» de los cuellos blancos. Por esa corrupción, ahora los peruanos mueren asfixiados o de hambre, sin oxígeno, sin camas UCI y sin vacunas. Incluso el gobierno morado de transición –cuyo programa ideológico dice ser de centro- no sabe qué hacer con la situación y sucumbe víctima de su terrible ineficiencia y absoluta carencia de ideas.

 

El país necesita un gobierno que empate con las necesidades populares y se comprometa a un cambio profundo. Con esta pandemia, la mayoría de los peruanos ya lo han perdido todo (sólo el grupo de los señores de siempre, ya vacunados o enriquecidos con la desgracia, pugnan por preservar sus privilegios) es momento de ser audaces y apostar por un verdadero cambio de rumbo.

 

Los que ahora defienden ese centro inexistente llamando de manera solapada al voto por el candidato oficialista, Julio Guzmán, como una alternativa viable, sólo quieren defender sus privilegios e intereses personales. Quieren seguir apostando por el gatopardismo de cambiarlo todo para que nada cambie. Tan vacío de ideas y de honor como el centro que representa, el Felipillo de esos intereses, no es capaz de salir del lugar común que su medianía le permite. Hoy que la religión se vuelto a poner de moda, podríamos decirle a estos disque católicos que ayer fueron fujimoristas y hoy son espontáneos defensores del centro, que: «Conozco tus obras: no eres frio ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio te vomitare de mi boca” (Apocalipsis 3:15-17).

 

La historia se abre paso en la crisis y en los dolores. Por eso, esta es la oportunidad para que la izquierda progresista empate con esas necesidades populares y proponga de manera clara y sencilla, pero con todo rigor, cómo hará el cambio que el Perú necesita. El discurso de la izquierda no puede seguir escudándose únicamente en el Estado que todos sabemos ineficiente, burocrático y corrupto. Precisamente, lo que hay que cambiar es ese Estado y ponerlo al servicio de la ciudadanía. Espantar el san Benito del chavismo es perentorio ante una población que no está para la repetición de experimentos fallidos. La propuesta de la izquierda debe ser fresca, novedosa, diferente a lo hasta ahora ensayado, tienen la capacidad para hacerlo. El contexto es complicado, porque de no tener una estrategia clara su propuesta puede quedar perdida y ser cosechada por el populismo (Lescano, Urresti) o peor aún virar hacia extremos fascistas (RLA) o imputados de terribles crímenes (Keiko Fujimori). Un tercio de la población espera este cambio profundo y está a la espera de ser aún convencida, todo dependerá de la fuerza y eficacia del mensaje que se presente. La situación es aciaga, pero el reto es grande y hermoso.

No conozco hombre más necio que Francisco Sagasti. Pero el problema no es que lo sea. El problema es que, siéndolo, ejerce la Presidencia de la República. Su necedad está costando vidas a montones día a día. Que el presidente insista en el error y que se aferre a él es peligroso, y sospechoso.

 

Cuando destituyó —yendo en contra de la ley— a 18 generales de la Policía para abrirle camino a su amigo y ponerlo en el puesto de comandante general, demostró su rostro necio. Muchos constitucionalistas advirtieron la ilegalidad, pero el hombre necio se tapó los oídos, cerró los ojos e insistió en su falta. Su amigo sí o sí tenía que ser el jefe de la Policía. Comenzó, entonces, una etapa oscura en la Policía que hasta hoy no ha terminado. Tuvimos tres ministros del Interior en menos de una semana por esa necedad, agentes agraviados con insultos en redes sociales por artistas que hoy son premiados con 20 millones de soles como «bono de rescate y urgencia» y con piedras lanzadas por turbas violentas en las carreteras sin que el gobierno defienda. Por esa necedad, a la Policía se le arranchó la autoridad que la ley le reconoce. Hoy tenemos agentes desmoralizados.

 

Cuando conservó en el puesto de ministra de Salud a Pilar Mazzetti, pese a que su desempeño era cada vez más incompetente, también se reveló el rostro del hombre necio que solo piensa en dar la contra a los consejos de los que saben. Y es que es así; lo que no soporta un necio es que otro le haga ver la realidad o que existan hombres más preparados que él. Y como este necio alcanzó ser presidente, pues lo que él diga se hace o se deja de hacer y punto.

 

Así conservó el poder de Mazzetti, a punte de necedades, pero con un trasfondo que hoy estamos descubriendo: no solo vacunaciones a escondidas; sino un contrato turbio con la china Sinopharm. ¿Será, acaso, esto último, la razón por la que le horroriza tanto al presidente Sagasti que las empresas privadas puedan comprar vacunas?, ¿qué tiene de malo que el sector privado contribuya en la inmunización anhelada? Ojo, que las empresas privadas accedan a la vacuna, no de China; sino de otros países, puede desnudar completamente los contratos secretos que se firman con las farmacéuticas.

 

¿Qué se oculta realmente detrás de la frase sagastiana «Lo que no queremos es que el que tiene plata se vacune y el que no la tiene no se vacune»? ¿Equidad? No lo creo. No convence el discurso de equidad. Ya le han recordado al presidente su papel durante el secuestro de la casa del embajador del Japón en los años 90. Fue uno de los rehenes favorecidos del MRTA. Quedó en libertad primero que todos, así como cuando se vacunó primero que todos, algo así. ¿Ya vemos que la equidad no es una práctica del congresista Sagasti?

 

Probablemente esa necedad, entonces, se traduzca en intereses ocultos que poco a poco van a ser revelados, no durante este gobierno morado, por supuesto, sino durante el siguiente —si no se consuma un fraude— por supuesto.

 

Uno puede morir en su ley, como se dice criollamente, ser necio, incluso hasta la muerte si quiere. Pero lo que no se puede permitir es que esa necedad sea hasta la muerte del otro.

 

El crecimiento en las encuestas de Rafael López Aliaga, el candidato perfecto de la derecha bruta y achorada, ha surtido el efecto virtuoso de que muchos se quiten la careta de liberales y empiecen a mostrar su verdadero rostro. Enhorabuena.

Grupos empresariales ultraconservadores (¿será que la pobreza espiritual de una vida dedicada tan solo a ganar dinero, luego, en la senectud, los vuelve presas fáciles de cualquiera que les hable de espiritualidad conservadora, y les asegure -eso sí, con privilegios por siempre- un pasaje directo al paraíso más allá de la vida?), un canal de televisión como Willax (con honrosas excepciones), y hordas de troles abonan en esa línea de pensamiento.

La DBA es un peligro para el país. Mercantilista en lo económico, busca asentar privilegios administrativos para ciertos grupos de poder, a costa del Estado de Derecho, generando rentas artificiales y aparente crecimiento de la economía, pero a costa de la justicia intrínseca, más bien, a una economía de libre mercado competitiva.

Autoritaria en lo político, pondrá a la democracia a prueba. Mal que bien la democracia peruana ha salido indemne de una terrible crisis política y constitucional como la vivida en este quinquenio, pero ha demostrado a la vez su precariedad. Un gobernante dispuesto a saltarse a la garrocha la separación de poderes y el respeto a las normas es capaz de convertir una democracia incipiente como la peruana nuevamente en un régimen autoritario al borde de ser dictatorial.

Conservadora en términos de derechos civiles y morales, hará que el Perú retroceda en todo lo avanzado en materia de lucha por la equidad de género (en la vida privada como en la escuela), derecho a la no discriminación (por ejemplo, la comunidad LGTBIQ) y respeto en general a las minorías diversas. Ya hemos escuchado con asco, las expresiones miserables de Rafael López Aliaga sobre los casos de embarazos por violación a niñas o respecto del caso Ana Estrada.

Veo difícil que siga creciendo a la misma velocidad. La mayor parte de votantes aún indecisos pertenece a los sectores juveniles y rurales que difícilmente se inclinarán por una opción de ese perfil. Ha aparecido con fuerza, además, demasiado precozmente, dando tiempo a que la opinión pública se forme un mejor parecer de su pasado y no se deje llevar por una moda pasajera. Pero igual es una señal de alerta para el país que una opción retrógrada y antidemocrática pueda crecer en su predicamento. Podrá no encender las alarmas para esta contienda, pero sí para las venideras.

Tan pernicioso para el país es una izquierda socialista estatista como una derecha ultrarreaccionaria. Merecemos salir del statu quo, con una opción liberal, moderna e inclusiva.

La discriminación y violencia que afecta a las mujeres y también a la población LGBTIQ+ es uno de los principales problemas que tiene el país.  Es la otra pandemia que no hemos logrado superar y que se constituye en un gran desafío para el Estado, en la medida que la prevalencia de esta forma de exclusión atenta contra la salud y vida de millones de personas, generando a la vez pobreza y precariedad.

 

Siendo un problema tan álgido es obligación de los partidos políticos y sus representantes, presentar propuestas claras y no obviar esta dimensión. Es tiempo que la clase política entienda que sin igualdad no hay democracia, desarrollo social ni crecimiento económico que valga.

 

Desde la Campaña “Somos la Mitad, queremos paridad sin acoso”,  impulsada por el CMP Flora Tristán y el Movimiento Manuela Ramos,  se ha realizado un análisis detallado de las propuestas de los diferentes partidos en varios ámbitos como: participación política, violencia de género, salud sexual y reproductiva, trabajo, educación, justicia y políticas de igualdad.

 

En este análisis se encontró que la gran mayoría de partidos tiene – al menos – una propuesta; pero si vamos al detalle de estas nos daremos cuenta que muchas no solo carecen de los enfoques adecuados, sino que además pueden plantear peligrosos retrocesos.

 

Entre estos se encuentra por ejemplo Acción Popular (AP), cuyo candidato es Jonhy Lescano, quién en materia de violencia contra las mujeres, lo único que plantea es la castración química para casos de violación; medida que si bien puede conectar con la indignación ciudadana no enfrenta el problema estructural, por lo que termina siendo un planteamiento populista que no ayuda en nada. No tiene otra propuesta en ninguna de las áreas mencionadas.

 

Los partidos Alianza para el Progreso, Podemos Perú, Renovación Popular, Unión por el Perú cuyos candidatos son Cesar Acuña, Daniel Urresti, Rafael Lopez Aliaga y José Vega, respectivamente; plantean una peligrosa reducción, fusión y hasta eliminación del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, en un claro intento por restar importancia a la institucionalidad de los derechos de las mujeres que tanto ha costado alcanzar. Esta propuesta atenta contra los compromisos del Estado Peruano a nivel internacional, pero además generaría un gran retroceso en materia de igualdad.

 

En estos partidos se detecta la falta – y en algunos casos hasta oposición- al enfoque de género, lo que se evidencia en las serias dificultades y resistencias para abordar problemáticas vinculadas a la discriminación. Por ejemplo, en el caso de Lopez Aliaga sus únicas propuestas se centran en la reducción de Ministerios y en el establecimiento de la meritocracia entre mujeres y hombres, desconociendo con ello las desigualdades que existen.

 

La resistencia para abordar la discriminación de forma estructural también se evidencia en la ausencia de propuestas en materia de salud sexual y salud reproductiva. Situación que se observa, tanto en los partidos mencionados como en Fuerza Popular, cuya candidata es Keiko Fujimori. Notar esto es relevante, en la medida que cada vez es más claro que no se hará frente a la discriminación sino se vinculan las políticas para garantizar el derecho a una vida sin violencia con políticas para promover y garantizar la autonomía sexual y reproductiva. Se tiene que atacar el centro del problema, el control de los cuerpos.

 

Sin embargo, no todo es negativo, existen partidos que no invisibilizan dimensiones claves de los derechos de las mujeres y de la población LGBTIQ+ y que no centran sus propuestas en retrocesos. Entre estos se encuentran el Partido Morado, Juntos por el Perú, Frente Amplio por la Justicia Vida y Libertad, Somos Perú, Partido Popular Cristiano y Victoria Nacional. Aquí el link para conocer esta información: https://bit.ly/3dlrRIq

 

La democracia que queremos es con igualdad de género, dar nuestro voto a quiénes se preocupen por esta dimensión clave para el ejercicio de la ciudadana es un paso para contribuir al cambio. Este 11 de abril votemos pensando en la igualdad.

Oficialmente comenzó el baile. ¿Quiénes serán los reyes o las reinas, quienes lleguen al baile final? Está difícil de saber hoy. Pero la encuesta de IEP hoy nos permite conocer mejor un panorama que sentimos trae más luces que sombras. Aquí algunas ideas para descifrar

Con un escenario político que todas las semanas nos regala escándalos, es poco probable que la nube de indecisos se aclare pronto. La tercera parte de la población o no votará por nadie o está manifiestamente indeciso (no sabe aún). No es una población homogénea. Son los NSE más bajos, el sector rural y las mujeres los que en notoria mayor proporción hoy no eligen alguna alternativa. Su convencimiento -o parte de este- puede ser determinante para esta elección. En el siguiente cuadro se ve esta diferencia:

 

¿AP realmente crece? ¿En qué segmentos?

 

Lescano es la sorpresa. El hit del verano. Cómo ha podido aglutinar. ¿Pero es Lescano o Acción Popular (AP)? ¿Qué tan lejos está de otros momentos? Pues nos dimos una sorpresa bien grande. Fuimos a ver cómo andaba AP, el mismo partido y símbolo por el que Lescano postula, en la elección pasada. En marzo, ya con los candidatos definidos, Ipsos colocó a Barnechea con 12% de intención de voto. Claro, estaba Keiko disparada y PPK empezaba a destacar como segundo. Pero allí estaba, tercero con 12%. Hicimos un comparativo de sus bolsones:

Ergo, en el 2016 el 12% te ponía tercero. Hoy, en el 2021, te podría poner muy cerca de Palacio. Salvo lo que significó Barnechea en el AB y el arrastre de Lescano en el sur hoy, grandes diferencias no hay tampoco.

 

Antiguas rivales

Hay segmentos que son compartidos por Mendoza y Fujimori que hacen que cada vez más esas candidaturas se peleen por el mismo espectro. Sus perfiles hablan de lo coincidentes en algunos aspectos. Salvo en algunas geografías, las distancias son mínimas:

El voto cruzado

¿Te horroriza el Congreso actual? ¿El anterior? Tendremos uno similar si las cosas no cambian. Una presidencia sin mayoría en el Congreso y un Parlamento fragmentado es lo que nos espera: 62% de voto cruzado. Salvo AP, ninguno de los partidos del pelotón de avanzada es significante en votación al Congreso. El Frepap tiene 8% de intención de voto. Valen las marchas y las protestas. Pero hay una responsabilidad más grande, la del voto coherente.

 

Vizcarra sigue siendo Midas para Somos Perú y lo mete en el Congreso. Ni Mendoza, ni Lopez Aliaga ni Forsyth hoy son candidatos que arrastren votos parlamentarios. Por el contrario, el voto morado es claramente un voto parlamentario antes que uno presidencialista. Empecemos a prestar atención a esto:

 

Entonces, poco aún definitivo, pero ya hay cosas que se hacen evidentes:

 

  • 1. Lescano y Acción Popular conviven en un espacio casi natural para la agrupación que representa. Hace 5 años estaban igual, pero no primeros. He ahí la diferencia.
  • 2. Los indecisos, en particular las mujeres, de zonas rurales y de NSE bajos, pueden ser factores de definición. Mirando esos segmentos, sí es posible que Lescano ya asome a su techo, igual que López Aliaga. Para crecer, Mendoza y Fujimori.
  • 3. El Partido Morado peleará la más alta representación en el Congreso, pero su candidato no prende. Interesante metáfora. Aún es tarde. Contrario a lo que se cree pensamos que no. Esa diferencia de votación puede esconder un voto oculto pro Guzmán y además, ha iniciado tarde su campaña por el COVID. Veremos como sigue.

Una de las inquietudes que más acompañan a los observadores de la política peruana es nuestro déficit de gobernabilidad. Por qué nunca hemos sido capaces de tomar grandes acuerdos e implementarlos en el mediano y largo plazo, se preguntan públicamente. Por qué seguimos fragmentados, polarizados y, en consecuencia, persistentes en el rezago mundial y el subdesarrollo. Por qué, nuevamente, una crisis de origen natural nos muestra incapaces de respuesta.

 

Hacer gobierno democrático no es otra cosa que buscar equilibrios estables en el tiempo. La  gobernabilidad suficiente es una oferta político-estatal que satisface a la gran mayoría de una demanda ciudadana, siendo que al interior de ambas fuerzas hay conflictos y alianzas. A esto se suma la preminencia legal de la autoridad pública, para fines de impedir el incumplimiento de las reglas acordadas y de dirimir conflictos. Los demandantes más poderosos influyen formal o informalmente sobre el gobierno, que también es capaz de realizar actos ilegales o inmorales.

 

Si esto es así, nuestros pendientes para alcanzar equilibrios políticos estables saltan a la vista: débil oferta estatal (institucionalidad política y aparato público muy disfuncionales), y orden económico sólo satisfactorio para una minoría privilegiada de la demanda ciudadana, que corrompe al Estado para sus fines y abusa de una mayoría depredada. Como es de esperarse, oferta y demanda están muy alejados de las valoraciones y formas democráticas, y de los equilibrios estables.

 

Se ha venido sugiriendo, desde hace algunas décadas, que gran parte de la solución a este déficit de gobierno es un paquete reformista exitoso, que abarque institucionalidad política y administración pública. En cuanto a lo primero, además de calidad de representación y participación, se plantean candados anti-golpistas en las relaciones ejecutivo-legislativo de nuestro sistema político. Y la verdad es que resulta hasta ingenuo esperar que una mayoría de congresistas y sus partidos quieran sacrificar poder político en nombre del país, y que sus financistas quieran exponer la legislación del modelo a una ciudadanía empoderada frente a sus representantes. Lo del aparato público eficiente también es quimera: de dónde van salir masas de buenos profesionales en una economía rezagada como la nuestra, donde hay una insignificante oferta educativa de calidad. El problema de fondo es económico: no hay equilibrio gobernante duradero – ni cerrojo que lo asegure – en la asimetría extrema favorable a unos pocos.

 

La historia de los países más gobernables manifiesta un orden opuesto al reformismo descrito, donde lo económico abre trocha a lo político. Se trata de sociedades que han ingresado a la lenta construcción de una democracia gobernante por medio de procesos que igualan clases sociales,  incluyendo en los beneficios del progreso a grandes grupos humanos. Ese fue el papel de las llamadas revoluciones burguesas, como la inglesa, la francesa, la norteamericana u otras europeas: igualaron a buena parte de sus grandes mayorías, que eran sus burguesías emergentes. Y a partir de ese equilibrio estable en el largo plazo, fueron perfeccionando sus instituciones políticas y estatales, y universalizando derechos sociales hasta consolidar estabilidades democráticas, en la segunda mitad del siglo XX. Desde luego, nada de esto fue barato: lo hicieron con las ventajas comparativas que produce colonizar por siglos, lo que les permitió industrializarse y, finalmente, costearse un Estado de bienestar.

 

El punto, harto conocido, es que nosotros tuvimos un destino radicalmente opuesto. Mientras ellos se empezaban a igualar para unirse y tomar históricos acuerdos fundacionales, nosotros heredábamos – de una España todavía muy medieval – un modelo económico primario-exportador inestable por naturaleza, y sin ninguna posibilidad de industrializarse para dar empleo masivo de mínima calidad. Eso nos catapulta como una sociedad profundamente asimétrica, conformada por una pequeña minoría hispanista privilegiada – coludida con políticos mafiosos – y una gran mayoría sin educación y depredada en diverso grado. El paquete incluye la voluntad de continuar subordinando política, económica y culturalmente al hombre del Ande, de explotarlo e incluso asesinarlo, si pretende oponerse a las inversiones del Perú oficial. Por último, el virreinato dejó un Estado corrupto, centralista y sin capacidad de penetración – represiva y simbólica – en extensos territorios del país.

 

Ese fue nuestro proyecto de nación en la práctica. Lo que para otros significó revoluciones igualitarias que posibilitaron democracias gobernantes, para nosotros implicó sólo un cambio de colonos y de ciertas apariencias formales, bajo la explícita intención de no modificar el orden económico precedente. En términos de gobernabilidad, la herencia inmediata es una sociedad política convulsiva y militarista, muy ajena a la estabilidad política y al afán de construir una democracia.

 

Cuánto ha cambiado de aquello en 200 años. Claramente no lo suficiente como para pretender equilibrios de gobierno duraderos. El modelo primario-exportador y su orden social resultante siguen vigentes: se calcula que el 85% de peruanos ganan del sueldo mínimo hacia abajo y que el 50% tiene salarios menores a 500 soles. El modelo sólo asegura calidad de vida a menos de un 15%, y hace millonarios a unos cuantos cacos de traje. La administración pública sigue siendo operativamente insuficiente, centralista y corrupta, aun cuando últimamente ha tenido cierta modernización inercial, básicamente tecnológica. Nuestra institucionalidad política es severamente deficitaria en cuanto a cantidad y calidad de representación, y desincentiva la aparición de nuevos partidos y liderazgos.

 

Lo que sí ha mutado es nuestra relación con el campesino indígena, aunque la agricultura familiar sigue olvidada, y por ello nuestros mayores bolsones de pobreza son rurales. Muy lentamente, recién a partir de finales del siglo XIX, empieza a haber mínimos cambios en el orden de explotación legal que seguía sometiendo a nuestra población andina: el gran golpe final a lo que parecía no ceder, lo asesta Juan Velasco Alvarado. Y la violencia terrorista, cuya principal víctima es el campesino de la sierra, completa la dramática lección histórica. Hoy el racismo es condenado públicamente y desde todo sentido común. Sigue habiendo desprecio y olvido estatal hacia nuestros andes, pero cada vez menos. Y de a pocos, comienzan a ser respetadas nuestras culturas ancestrales, salvo que sus peruanos no tienen existencia política en el congreso.

 

Desde la independencia a la fecha, hemos tenido 68 gobiernos (1 cada 2 años y medio), de los cuales sólo 21 obtuvieron el mando por elecciones, muy excluyentes hasta antes de 1980. Hemos estado sujetos a 12 constituciones (1 cada 15 años). Claramente ha habido un alto grado desgobierno; es decir, equilibrios inestables entre oferta y demanda políticas, y muy breves para lo que requiere un país que inicia su construcción republicana con las finanzas públicas en quiebra, y tras 300 años de servidumbre, explotación y asesinato, tanto humano como moral y cultural.

 

El bicentenario nos encuentra en nuestro tiempo más deficitario en términos de gobernabilidad, lo que se expresa en el rechazo general a la clase política y los partidos, en las dos renuncias presidenciales de los últimos cinco años, en la baja popularidad de nuestros candidatos a palacio, en el rápido declive de popularidad de nuestras gestiones de gobierno, y en varios otros. Nuestra demanda ciudadana está al límite de la insatisfacción, debido a que la oferta político-estatal fomenta, facilita y refuerza – mega corrupción incluida – el modelo primario-exportador en su versión más global y predatoria. Este se inició en 1990, y tras dos bonanzas pasajeras, está desbordado por la pandemia, y sin respuestas a sus naturalezas precarizantes luego del último ciclo exportador.

 

A esta inestabilidad crónica se suma otra de las caras de la globalización: las nuevas tecnologías de la información. Como se sabe, debido a su bajo costo y a su infinita capacidad divulgativa en tiempo real, han generado ciudadanías más reactivas, notorias e influyentes, y han transparentado la acción pública, lo que ha erosionado la legitimidad política a nivel mundial. Así, tenemos una demanda política mayoritariamente depredada pero mucho más conciente y poderosa, y una oferta político-estatal conservadora, hoy en pública alianza con el gran empresariado. De dónde podría haber gobernabilidad democrática.

 

La única solución realista para esta imposibilidad gobernante es ponernos al día con la historia, igualar de verdad. Sólo eso podrá consolidar un estado-nación legítimo, y nos dará gobierno en el largo plazo. Es claro que decirlo es muchísimo más fácil que hacerlo: no está al alcance de nuestra economía crecer lo suficiente como para repartir riqueza e igualarnos en calidad de vida: somos un país irremediablemente rezagado bajo el orden mundial vigente, donde el desarrollo es privilegio de países que colonizaron, se industrializaron y se democratizaron en siglos. El liberalismo económico no está hecho para llevar a países pobres hacia el bienestar, y el desarrollismo industrializador requiere de insumos y plazos con los que no contamos. De ello, no queda otro camino inicial de cambio que el de la austeridad compartida en democracia, con derechos sociales lo más extendidos posible.

 

Este modelo de desarrollo, pendientes de detallar en próximas columnas, implica sacrificios y tiene segura resistencia en los tiempos que corren, pero es tan lógico como la estrategia de una numerosa familia pobre que quiere progresar sin poner en riesgo su salud y unidad: hacer un pacto de ayuda mutua, consumir lo indispensable, y de a pocos ir alcanzando los insumos que le permitan competir para lograr sus mayores sueños. El gran problema de nuestro país, es que hay un grupo de familiares que no son pobres, y son los más reacios a dejar sus placeres consumistas. Unos cuantos de ellos quieren mantener el sistema que les permite seguir abusando, y complotan  en esa dirección. Y el resto – que podría empujar muy bien el cambio – no es concientes de la relevancia de un consumo inteligente para terminar con nuestro atraso, y más bien fomentan lo contrario desde sus alcances en redes. Salvando escalas, así de sencillo es el asunto, sobre todo si logramos mirarlo sin velo.

Según el IEP, un 39% de la población se define de centro, aunque, más allá de tal autoidentificación, el desplome vizcarrista y la polarización de la campaña han afectado el lugar aquel donde siempre se ha dicho que un candidato debe posicionarse si quiere llegar a Palacio.

Particularmente, en esta elección veo difícil que se reedite ese axioma según el cual se sube al poder por el centro y aquel candidato que lo conquiste tendrá los parabienes en las urnas. Por el contrario, la ciudadanía va a votar de muy malhumor, hastiada de la pandemia, de la crisis económica, de los escándalos éticos (el último, el vacunagate), de las crisis políticas sucesivas que venimos sufriendo desde el 2016, etc. Y ese votante irritado no va a buscar una fórmula acomedida ni moderada.

Cae Forsyth y cae Guzmán, son las dos principales caídas en la encuesta del IEP. ¿Quién más queda al centro? Ollanta Humala, con 2.4%, está en el juego. Muy bajo y difícil de remontar, siendo además el candidato con el mayor antivoto (más que Keiko Fujimori, inclusive), pero por las vueltas que dan las elecciones en el país podría crecer y de repente dar una sorpresa.

Lo que no se entiende es el giro estratégico de Julio Guzmán convocando a alguien como Richard Arce, quien personalmente me parece uno de los más lúcidos políticos de la izquierda peruana. Pero no le aporta nada. ¿Acaso Guzmán le va a quitar votos a Lescano, Mendoza o Castillo? Guzmán debe morir en su ley centrista, como reza su propio lema de campaña. Y lo que tiene que hacer es un giro radical de su perfil electoral porque él es el problema (la votación congresal del partido Morado triplica la del candidato presidencial).

Veinte años de centrismo, solo interrumpidos por la gestión claramente derechista de Alan García, de hecho han mellado los créditos de esa opción. Personalmente, creo que lo que mejor le vendría al Perú es un shock derechista promercado, pero no me resulta ininteligible que la gente también quiera esa radicalidad por la izquierda. Pero si eres consustancialmente de centro, termina pues en tu palo, que el disfraz no se lo va a creer nadie.

Parece mentira, pero encontrar música no convencional, que sea estimulante, diferente, en estos tiempos de YouTube, Spotify y Netflix es tan difícil como lo era hace 35 años, cuando las únicas fuentes de información que teníamos eran los medios alternativos, los piratas de la Av. Colmena y los canales 27 y 33 UHF.

Y la razón es la misma: el monopolio del mal gusto y la baratura que se ejerce desde los canales formales de difusión masiva que, para mantener la lógica de lo que sea comercialmente rentable a la primera y en el mayor volumen posible, privilegian los sonidos repetitivos, homogéneos del reggaetón, la cumbia y el latin-pop; promueven el consumo exclusivo de las cantaletas de moda para la fiesta, la juerga interminable y el “glamour” farandulero de lujos materiales y satisfacción de pulsiones primarias.

Los medios masivos, tanto los tradicionales como sus versiones online, se fijan a diario hasta en la última morisqueta de J. Lo o la nueva visera de Nicky Jam pero desprecian, desconocen e invisibilizan la existencia de otros universos sonoros, menos epidérmicos y superficiales, que exploran emociones y exigen un mínimo de inteligencia para ser entendidos. Eso no vende pues, eso no le gusta a la gente.

Solo a través de las revistas especializadas que se siguen editando en Inglaterra y Estados Unidos -y a algunos grupos de redes sociales nacionales e internacionales- uno puede enterarse de qué está pasando en la vanguardia mundial, más allá de los límites del pop-rock gringo que imponen las emisoras dedicadas a la categoría «anglo» (con la excepción honrosa de Doble 9, por supuesto), para las cuales solistas como Lady Gaga o Lana del Rey son lo más arriesgado que ha surgido en los últimos veinte años y grupos como Maroon 5, Muse o Coldplay son tan clásicos como Toto, Led Zeppelin o The Police.

A través de una de esas publicaciones de alta calidad gráfica y periodística (ojo, no son fanzines de bajo presupuesto, marginales) conocí a iamthemorning -así, todo junto y en minúsculas-, un dúo ruso que ya lleva más de una década produciendo música etérea y fantasmal, mezcla de la oscura sensibilidad de Tori Amos y la musicalidad virtuosa de Rick Wakeman.

Marjana Semkina (voz, guitarras acústicas y eléctricas) y Gleb Kolyadin (pianos, teclados) comenzaron su camino artístico en San Petersburgo, en el año 2010 y, desde entonces, han acumulado elogios y seguidores entre el público adulto-contemporáneo amante del rock progresivo pero también entre las comunidades universitarias que disfrutan del llamado «pop barroco», rótulo que suele aplicarse a un amplio y diverso rango de artistas, desde los escoceses Belle & Sebastian (bastión de los hipsters limeños) hasta la canadiense Loreena McKennitt.

El sonido de iamthemorning no puede, sensu stricto, ser considerado algo nuevo. De hecho, tiene más conexiones con la música de cámara, de salón decimonónico, que con las nuevas tendencias del prog-rock, género en el que se les suele ubicar. Gleb Kolyadin (31) es un pianista de formación académica que, en sus ratos libres, compone piezas sinfónicas para teatro y, hasta antes de la pandemia, se ha presentado como concertista de frac y corbata michi. Y Marjana Semkina (30) escribe historias lúgubres y decadentes, con referencias a la literatura victoriana y exploraciones psicológicas sobre la depresión, la tristeza y la muerte. Pero como ocurre en otras artes, la recuperación y uso de elementos del pasado, cuando se hace con creatividad, adquieren un perfil novedoso ante la falta de contenido de lo más moderno.

Para entender el rollo musical de iamthemorning, hay que despojarse de los prejuicios que forman el concepto masivo de lo que es pop y buscar la conexión con esas emociones dormidas, no todas positivas o luminosas, de las que normalmente queremos escapar. A primera escucha estas canciones pueden sonar lentas y aburridas pero esconden, en los entresijos de sus compases, extrañas melodías y progresiones inspiradas tanto en la música clásica como en compositores minimalistas de la vanguardia contemporánea (Philip Glass, Steve Reich). Música pop para mentalidades que buscan trascender lo cotidiano.

Luego de lanzar de manera independiente su primer disco en el año 2012, titulado ~, el dúo recibió el apoyo del multi-instrumentista, productor y líder de Porcupine Tree, Steven Wilson, una de las personalidades más influyentes del rock progresivo actual, quien los contrató para su sello discográfico Kscope Records, con quienes grabaron tres álbumes, Belighted (2014), Lighthouse (2016) y The bell (2019). En diciembre del 2020, la banda lanzó un EP titulado Counting the ghosts, cuatro canciones navideñas “para celebrar el fin de un año terrible”.

En el camino, el pianista Gleb Kolyadin lanzó su primera producción como solista con una banda integrada por legendarios músicos como Gavin Harrison (batería, Porcupine Tree/King Crimson), Steve Hogarth (guitarra, Marillion), Theo Travis (vientos, Gong/The Steven Wilson Band), Jordan Rudess (teclados, Dream Theater) y Nick Beggs (bajo, también de la banda de Wilson y ex integrante del grupo ochentero Kajagoogoo, que en 1983 triunfó mundialmente con la canción Too shy).

La mejor manera de escucharlos es a solas y con audífonos. En su perfil de BancCamp iamthemorning (bandcamp.com) están disponibles todos sus discos, sin interrupciones. Y, si quieren hacerlo gratuitamente, en YouTube, aunque tengan que aguantar los odiosos avisos de Claro, Telefónica o TikTok. Una buena puerta de entrada es Ocean sounds (2018), DVD en vivo desde un estudio en Giske, un pequeño y solitario pueblo de Noruega, con grandes ventanales que permiten ver el paisaje nórdico en toda su espectacular belleza. Semkina y Kolyadin son acompañados en esta tocada intimista por los músicos Karl James Pestka (violín), Guillaume Lagravière (cello), Joshua Ryan Franklin (bajo) e Evan Carson (batería, percusión). Canciones como Inside, 5/4 o To human misery valen la pena hacer la prueba.

Que no nos engañe su aspecto lánguido e infantil. Estos jóvenes llegan desde la fría y monumental Leningrado, la misma ciudad que vio nacer a Dostoievsky, Pushkin y Rimsky-Korzakov, para espiar nuestra interioridad, hurgar entre sus pliegues anestesiados por los ruidos urbanos y las noticias de baja calaña de la política local; para ver si todavía queda algo por conmover allí dentro, y así romper con esa distracción que nos aleja de nuestras propias emociones, muchas de las cuales no son tan divertidas como aseguran la publicidad y los artistas de moda.

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Verónika Mendoza sigue en lugar expectante (entre segundo y tercer lugar, según las más importantes encuestas), pero está congelada desde hace tiempo. Ni sube ni baja.

Ha cometido un error estratégico hondo: tratar de buscar el centro, como, al parecer, algunos de sus asesores le han aconsejado. En esta elección polarizada, donde el asco cívico por el escándalo del vacunagate hará que los ciudadanos busquen opciones frontales y radicales, su centramiento no la ayuda sino que la perjudica.

Su mensaje de cambio de Constitución o algunas de sus propuestas (como la de “reordenamiento territorial”) son ininteligibles para la mayoría de ciudadanos. En ese sentido, no es casualidad que Yonhy Lescano le haya arrebatado el sur y el centro populares y sea hoy en día quien encabece las encuestas. Un populista de centro izquierda ha sabido dirigirse mejor al pueblo que una izquierdista orgánica como Mendoza.

Y en la búsqueda del centro ha perdido la posibilidad de capitalizar el desplome del voto antipolítico de Forsyth y ha albergado la posibilidad de que a su izquierda prospere una candidatura como la de Pedro Castillo (felizmente para ella, un desangelado Marco Arana parece condenado a no pasar la valla, aunque su logo puede pesar el día mismo de las elecciones), que le quita votos cruciales.

Que Mendoza no le atribuya después su eventual derrota a una conspiración mediática o a una jugada sucia de la derecha empresarial. Gracias a la nueva legislación electoral, el dinero casi no pesa en esta campaña, y que se vea, Verónika Mendoza recibe casi la misma cobertura que otros candidatos, en radios, televisión y prensa escrita.

Si la candidata de Juntos por el Perú no sube en las encuestas no es tampoco por falta de techo. Según diversas mediciones alrededor de un 30% de la ciudadanía peruana se define de izquierda. Margen tiene para crecer. Es por sus propios errores que no lo hace.

Por supuesto, el margen de varianza es altísimo en el Perú. Estamos a poco más de un mes de las elecciones y las estrellas en ascenso de hoy pueden languidecer y empezar a caer, y algunos de los que hoy parecen ya relegados pueden empezar a crecer y dar la sorpresa. Nada está dicho.

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