Opinión

Una imagen queda en la retina después del partido del lunes, contra Brasil. El tobillo doblado de Gianluca Lapadula, todo el pie hecho hacia un costado, y el rostro de dolor del delantero cayendo al suelo. Las manos a la cabeza, a la nuca, a la frente, de todos los peruanos. Se lesionó el nueve, se acabó el partido, perdimos una vez más. 

Y sí, perdimos. Una vez más. Contra Brasil, el verdugo de todos, el equipo invicto lleno de estrellas de Play Station. Pero no perdimos al nueve. Lapadula, tendido en el piso, aceptó el dolor, se entregó a él, se paró, pisó una, dos, tres veces, y siguió corriendo. Con esa máscara que ayer no era un protector nasal, sino el casco de un luchador greco romano. Con un pie doblado así, Pizarro hubiera salido en camilla y directo al avión. 

Lapadula es el triunfo más grande de Perú en esta Copa América. Un crack. Él, con la nueve en la espalda, en sí mismo, vale más que un partido y que un gol. Hoy, Perú tiene un nuevo delantero titular, el reemplazante claro a Guerrero y Farfán. Dígase y repítase: el nuevo titular. Su virtud principal es el carisma: ha capitalizado a través del sentimiento, la confianza de todo un país futbolístico, y le da así vida a una ilusión. 

Ojalá el pago a Lapadula por este impresionante último mes con Perú, donde encontró goles y determinación, sea conseguir un equipo para protagonizar. En el Leicester, en Mónaco, en la primera de Italia o en la segunda. Donde sea, pero jugando. Motivado, con objetivos, y con goles. Su paso por Perú será breve, pues en pocos años ya será un delantero veterano. Pero mientras esté, no caben dudas, va camino a la leyenda.

En dos meses, toca Uruguay. Ningún partido de la Copa era más importante que Uruguay en Lima, para ir al Mundial. Perú ha probado jugadores nuevos y ha encontrado algunas respuestas. Lapadula es la más visible, pero no la única. Detrás suyo, hay uno que se confunde con Cueva y hace recordar al típico jugador peruano desvergonzado, con cintura y baile. 

Raziel García no es una confirmación. Con tres partidos, entrando desde la banca, es imposible serlo. Es más una agradable sorpresa. Es el recuerdo de que la habilidad más notable de Gareca ha sido encontrar pólvora donde tantos antecesores suyos solo pudieron producir polvo. A punto en lo físico y quizás saliendo pronto del cabizbajo fútbol peruano, es una opción para las próximas doce finales rumbo a Qatar.

Pasos atrás en la misma banda izquierda, Trauco tiene reemplazo y ya no solo un suplente. Gareca ha persistido por años con un jugador originario de Cristal que supo irse rápido a un fútbol de más competencia y mejor formación, la liga de Estados Unidos. Marcos López encontró la titularidad en el San José ya hace mucho, y cuando le toca con Perú entra con ganas, decidido a pelear el puesto. 

Sergio Peña hizo una temporada excelente en Holanda. Encontrará equipo en primera pronto y volverá a la competencia. En Perú, ha logrado entrar en el universo de opciones para ser titular. Bastaba un par de encuentros para descubrir su noble pegada y su toque rápido. Falta contundencia, pero eso sería mucho pedir a cualquier jugador peruano. Quizás con los años. 

Algunas otras conclusiones para Perú. Ha llegado el momento de despedir de la selección, quizás no rápida pero sí decididamente, a Ramos y a Corzo. El primero es una insistencia ante la falta de respuestas que encuentra Gareca en Abram, Araujo, Santamaría o Callens. Pero el único camino al éxito es la perseverancia, y Ramos es un jugador cuyo ritmo actual está muy por debajo de la alta competencia sudamericana. 

Si se reconcilia con Zambrano, Ramos debe quedar en el olvido. Y hay que rotar entre los más jóvenes, que se mantienen en la alta competencia internacional. Hay que saber qué pasó con Abram, y por qué Araujo no le parece una solución al técnico. Pero el camino es la insistencia. Y sino, habrá que encontrar respuestas en el torneo local, no en el pasado.

Aldo Corzo, con casi cuarenta partidos en selección en más de diez años involucrado, es un jugador con notable experiencia y oficio. Pero Perú no es una selección que mira al presente, sino al futuro. Como cualquier equipo chico. Y perseverar en un lateral incapaz de proyectarse y que es superado cuando el rival aprieta el acelerador,  no le hace bien a un fútbol cuya mayor debilidad es la variante. Y ahí están Lora y Lagos.

Aunque no estuvo, el otro que va quedando fuera del universo de Gareca es Farfán. Suena mal agradecido decirlo, pero Jefferson ya no es necesario. Merece un gran partido de despedida y pasar al retiro internacional. Detrás suyo, se clasifique o no al Mundial, es momento de probar variantes, si Lapadula o Guerrero no están. Y si persevera el técnico en un jugador roto en lo físico y al borde del retiro, peligra, nuevamente, el futuro. 

Perú se alista para Uruguay, la primera de las finales en menos de seis meses. Colombia por el tercer puesto es un premio consuelo a una Copa América que dejó conclusiones positivas. Sobre todo, la revalidación de entrar en un séptimo año de Gareca con motivación y buen ritmo de competencia. Ojalá no sea el séptimo malo. Ojalá no sea el séptimo y último. Ojalá llegue a once y más. 

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Lapadula, Raziel García, Ricardo Gareca

El pasado 21 de junio el Tribunal Constitucional emitió la sentencia 641/2021, la cual abre la puerta para traer abajo una de las instituciones patriarcales más naturalizadas que tenemos: la obligatoriedad de poner el apellido paterno en primer lugar.

La máxima instancia judicial del país, a través del análisis de un caso concreto, establece que, cuando el artículo 20 del Código Civil señala “que al hijo le corresponde el primer apellido del padre y el primer apellido de la madre”, no puede interpretarse una jerarquía, por lo tanto, no debe obligarse a las personas a usar como primer apellido el paterno.

Es interesante notar como el TC, en su argumentación, reconoce que existe un contexto histórico de discriminación hacia las mujeres; por lo que la práctica de generar un orden de prelación entre los apellidos responde a lógicas de exclusión que el Estado debe enfrentar para garantizar el derecho a la igualdad en el ámbito familiar y el derecho a la identidad.

En concreto, el TC señala que los padres y las madres deben ponerse de acuerdo en el orden de los apellidos, por lo que exhorta al Congreso a modificar el artículo 20 del Código Civil, estableciendo los mecanismos para la resolución de discrepancias entre los progenitores.

Con estas definiciones se abre una gran oportunidad para que las y los congresistas se comprometan con la igualdad y recuperen los proyectos legislativos que se encuentran en el Congreso – desde el 2017-  sobre esta materia.

Recordemos que, la primera legisladora que plantea esta iniciativa fue la ex congresista Marisa Glave, quién advirtió lo discriminatorio de la norma y su impacto sobre la vida de miles de personas. A su proyecto de ley le siguieron otros que acumulados lograron un dictamen aprobado en la Comisión de la Mujer y opiniones favorables de diversos sectores.  A la luz de la actual sentencia del TC se requiere exonerar de dictamen en la Comisión de Justicia y Derechos Humanos, para que la propuesta sea priorizada y pase directamente al pleno, sea debatida y – esperemos-  aprobada; garantizando que el contenido y los mecanismos para la solución de discrepancias entre las partes, respondan a criterios de no discriminación.

A pocos días del bicentenario este Congreso tiene una última pero gran oportunidad para contribuir con la igualdad, modificando una norma patriarcal y que ha perpetuado relaciones desiguales en las familias, así como limitado el derecho a la identidad. Muchas madres, padres, hijos e hijas, lo agradecerán.

Es tiempo de garantizar  #ApellidosEnIgualdad.

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Apellidos, familia, Tribunal Constitucional

Si Pedro Castillo no abandona la tesis confrontacional y polarizante de la Asamblea Constituyente, no se desprende de Vladimir Cerrón (más aún luego de las investigaciones que van apareciendo sobre el fundador de Perú Libre), y, además, no establece un pacto político con las fuerzas del centro en el Congreso (y no solo con Juntos por el Perú), no durará mucho en Palacio de Gobierno.

A la menor salpicadura que le produzca el caso de “Los dinámicos del centro”, Castillo será materia expuesta para que un Congreso adverso, que tiene más de los 87 votos necesarios para vacarlo, termine por hacerlo para proceder de inmediato a hacer lo propio con Dina Boluarte y establecer un gobierno de transición que lo más probable es que convoque a nuevas elecciones presidenciales.

La única forma de evitar ese desenlace pasa porque el maestro chotano tire al tacho político la propuesta de exigirle al Congreso la aprobación de la reforma constitucional que le permita convocar a un referéndum que a su vez de paso a una Asamblea Constituyente. No tiene los votos para hacerlo y la única forma de lograrlo pasa por disolver el Congreso entrante, convocar a nuevas elecciones congresales y apostar a que allí conseguiría la mayoría suficiente para sus propósitos. Pero lo que Castillo debiera entender es que al menor indicio de que ese es el camino que quiere seguir, el Congreso se lo palomea en una.

Debe, asimismo, confirmar el camino de moderación económica que plantea el equipo que comanda Pedro Francke. La Constitución vigente tiene margen de acción para políticas públicas de izquierda no extremistas. Si quiere llevar a cabo éstas, chocará con la Constitución y también estará expuesto a una vacancia.

Finalmente, debe asegurar, con ambas premisas cubiertas (abandono de la Constituyente y confirmación de la moderación económica), un pacto con los partidos de centro, que le den los votos suficientes para gobernar con tranquilidad. Acción Popular, Alianza para el Progreso, Somos Perú, Podemos y los morados han dado muestras de disposición a apoyar, pero ese apoyo, si no se consolida, se evaporará a la primera crisis política o social.

Esperamos que estos días de espera sean también de reflexión del próximo Presidente de la República y entienda que la política supone compromisos y pragmatismo. A punta de caprichos o terquedades, Castillo será el principal artífice de su propia desventura.

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Los dinámicos del centro, Pedro Castillo, Pedro Francke

La primera parte de este círculo virtuoso se trata de crear condiciones atractivas para la inversión privada, ya sea nacional o extranjera. Esto suele lograrse a través de reglas claras y poco cambiantes, legislaciones laborales y tributarias competitivas, menor burocracia, tratados de libre comercio que inserten a un país en el mercado internacional, y por supuesto escenarios políticos estables y manejos macroeconómicos responsables.

Pero el crecimiento económico no es un fin en sí, sino un medio. A más inversión en un país, mayor generación de empleo y riqueza, y por ende los Estados recaudan mayor dinero a través de los impuestos. Aquí viene la segunda parte de este círculo virtuoso: invertir este dinero en crear “Estados de bienestar”, con buenos servicios públicos como sistemas de salud, educación, justicia y seguridad que aseguren que sus ciudadanos cuenten con un mínimo de garantías para poder desarrollarse, y más adelante competir en base a su propio esfuerzo.

Contar con ciudadanos con buenos niveles de educación, a su vez, hace a un país más atractivo para los inversionistas, pues estos saben que contarán con capital humano capacitado para desarrollar sus negocios, cerrando así este círculo virtuoso. En el Perú, por ejemplo, existe hoy un déficit de 17mil profesionales especializados en carreras tecnológicas. Increíble que esto suceda cuando la tasa de desempleo ha llegado a más del 10% producto de la pandemia.

Escribo estas palabras desde Suiza, el tercer país con mayor libertad económica, y a la vez de los menos desiguales del mundo. Aquí, las empresas pagan en promedio 15% de impuestos (la mitad que en Perú), y la legislación laboral es de las más flexibles del mundo, siendo así uno de los países más atractivos para invertir en Europa. Al mismo tiempo, el Estado garantiza a todos sus ciudadanos educación de muy buena calidad, al igual que seguridad y excelente infraestructura. Por si no fuera poco, Suiza lidera los rankings de menor corrupción en el globo.

A los suizos ni se les ocurre la posibilidad de tener que elegir entre una economía de mercado competitiva y un Estado que les asegure tener una alta calidad de vida. Existen partidos de izquierda y de derecha, liberales y sociales demócratas, pero todos parecen estar de alienados en mantener este círculo virtuoso que tanta prosperidad les ha traído. No se tiene que elegir entre: sector público o sector privado, libre mercado o Estado, empresarios o ciudadanos. Todos estos actores son simplemente complementarios.

El Perú puede, y debe, seguir este modelo de círculo virtuoso. El próximo gobierno deberá tanto reactivar la economía, y volver a crear las condiciones para que las inversiones confíen en el país, como por fin reformar nuestros sistemas de salud y educación, prioridades sin las cuales jamás podremos aspirar a ser el país viable y con igualdad de oportunidades con el que la mayoría de nosotros soñamos.

*Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden no coincidir con las de las organizaciones a las cuales pertenece.

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Inversión privada, Libertad económica

A pesar de la pésima performance política y electoral de Hernando de Soto, Avanza País obtuvo el 11.62% de los votos válidos en la primera vuelta electoral y logró colocar una bancada de siete congresistas. Con una mejor candidatura presidencial pudo haber pasado a la segunda vuelta.

Más allá de la agrupación en particular, que fue claramente un vientre de alquiler, y más allá del propio De Soto, a quien, enhorabuena, ya no le queda edad suficiente para volver a ser protagonista, lo que ello revela es que hay predisposición ciudadana favorable para la conformación de un partido propiamente liberal, que reivindique abiertamente una economía de mercado y la democracia representativa como opciones centrales.

Hay plazo suficiente para que muchos de los jóvenes que se identifican con ese predicamento puedan construir una opción partidaria propia, cumpliendo los plazos legales de inscripción y de realización de los trámites solicitados para ese propósito.

Es importante que surja en el Perú una opción partidaria orgánica de derecha, alternativa a las opciones de extrema derecha nacientes y a la lamentable devaluación política a la que Keiko Fujimori ha sometido a Fuerza Popular (que bien pudo haber evolucionado hacia terrenos liberales, pero su lideresa parece entender que su destino va por otro lado).

Debe haber unidad en la derecha para contener cualquier arrebato populista o autoritario que quiera desplegar el gobierno de Castillo, pero eso no es argumento para pensar que deban mezclarse identidades ideológicas distintas, mucho menos en vistas de los procesos electorales venideros.

Una opción liberal auténtica en un país como el Perú debe ser radical y contestataria, antiestablishment, disidente del esquema mercantilista y anticompetitivo que nos ha regido los últimos lustros.

Y con mayor razón, deberá marcar una clara distancia del modelo centroizquierdista que en el mejor de los casos aplicará el equipo económico de Castillo en los años siguientes. El Perú necesita un shock institucional acompañado de un shock capitalista. Requiere un movimiento de derecha popular que sintonice con las demandas de cambio y logre instalar en el Perú una democracia consolidada y funcional, un Estado eficaz y moderno, y un capitalismo competitivo.

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antiestablishment, Hernando De Soto, Liberalismo

Lo primero que uno aprende cuando empieza a ver temas de marketing y negocios es el tema de la marca. Es aquello que le da sentido a las proposiciones que se hacen a los consumidores, lo que marca una hoja de ruta en esa relación de intercambio. Yo recibo un producto o servicio con determinadas características tangibles o intangibles; y a cambio entrego un bien de intercambio, dinero, lealtad, audiencia, etc. Ese intercambio es la base de la lógica en la que nos movemos todos los días. Dar y recibir.

Los medios de comunicación masiva tienen una dinámica más compleja para entender este intercambio. Su oferta es múltiple, no es un solo “producto”, está muy sujeta a intermediarios (los líderes de opinión y conductores que transmiten a partir de su señal), y en el caso de aquellos de señal abierta, son gratuitos, con lo que su modelo de negocio se ajusta a la audiencia que mantienen. Su público, entonces, no paga por ellos, pero les da preferencia sobre otras señales similares. Eso hace que se pueda captar publicidad, pues los productos quisieran estar allí donde los ven, y así lograr pagar las facturas y generar ganancias.

Pero también, en esta simbiosis meramente comercial, el factor marca entra a tallar. La marca es ese conjunto de significados asociados a símbolos específicos, que resume la apreciación -de manera cognitiva y emocional- y que genera una respuesta de parte de quien está expuesta a ella. Ejemplos, en el mundo del consumo hay muchos. Una Coca Cola sin duda, y sin necesidad de tomarla, le refiere al lector algunas cosas que ya tiene grabadas, diferentes a la inca Kola o a Pepsi. Gloria, Apple, Adidas, todas conjuntos de significados únicos que hacen que las prefiramos o rechacemos, en algunos casos de manera rotunda.

La marca es el espacio de mayor cuidado que existe en el mundo del consumo. Otra vez, es la clase 01 en el curso de marketing. Sin marca no hay relación. Sin relación no hay negocio. Se debe entonces intentar cuidar siempre el “territorio” de la marca, el espacio donde la marca se mueve con claridad y resulta natural que ande allí. Pero además de ese territorio, la competitividad en él para demostrar que se es mejor y que hay un mejor beneficio para el consumidor.

Pero la marca no solo piensa en el consumidor, he ahí uno de los principales errores que se cometen al pensar en ellas. Las marcas también deben proponer lo que sus creadores y sus proponentes son y quieren demostrar. Si no, se genera incongruencia entre la propuesta de la marca y su público, que es uno de los problemas más complicados de combatir. Además, se debe de tener en cuenta que las marcas se sitúan en un espacio y un contexto específico.

Observemos el caso de Chick-fill-A, la cadena de restaurantes de pollo frito de EE. UU. que ha mantenido un discurso homofóbico permanente. Sus dueños, extremistas conservadores religiosos, se han expresado permanentemente contra la apertura hacia la población LGTBIQ. SI bien es cierto esto ha retrasado -por ahora- sus planes de internacionalización, en su país tienen más de 2,300 locales y han sobrevivido a ataques de grupos progresistas y demócratas. ¿Por qué? Por la preferencia que mantienen en grupos conservadores y republicanos. Sarah Palin, por ejemplo, es una figura que ha manifestado abiertamente su simpatía por esta cadena, no solo por su producto -pollo frito- sino también por los valores que sostienen y lo que representan.

En los medios de comunicación las figuras son más complejas como señalamos, pero no por ello la marca deja de tener sentido o importancia. Un caso relevante es Willax TV. Podríamos considerar horas de charla sobre sus contenidos y su apuesta por una información sesgada, deliberadamente falsa y con conductores-agitadores. Pero excluyendo la falsedad deliberada, Willax podría ser un canal de derechas coherente, que se orienta a un público que va encontrando en su prime time los contenidos que no han tenido antes y que hoy sí tienen. Es un esfuerzo orientado, coherente, que poco a poco ha ido cosechando una identidad de marca única. Nos guste o no, Willax hoy es una marca sólida y propositiva. Es dinámica y transmite valores. Lo que es importante para entender su crecimiento progresivo en la preferencia

Resulta lógico entonces pensar que a mejor contenido, o al contenido que mejor hace fit con las expectativas y necesidades de las personas, la audiencia va a responder adecuadamente y la marca va a tener un respaldo, generando solidez y consistencia e involucramiento con su público.

Por ello nos resulta extraño comprender lo que va pasando con una marca emblema que hoy por hoy ha sufrido cambios en su percepción a partir de manejos extraños en su línea informativa. Así es, América TV. No haremos una historia de lo que ha significado el giro de 180 grados que -en su línea informativa- este canal ha sufrido a raíz de las últimas elecciones. Su apoyo incondicional y bastante poco enmascarado a la candidatura de Keiko Fujimori, pasando por cambios en la dirección informativa y la inclusión de periodistas cuestionados por la línea que representan, han puesto de manifiesto la intención de apoyo informativo a una sola corriente, jugando el prestigio de la marca completa sin que haya razones aparentes para entenderlo así.

Si desde el canal consideran que el giro informativo es acorde a los valores que la marca tiene y ha construido a lo lago de los últimos años y la convirtió en la señal líder, solo demostraría una miopía mayúscula muy poco creíble.

Por lo tanto nos queda pensar en una alternativa razonada, pensada, una apuesta política (que además todos los trascendidos de periodistas que han abandonado la casa en estos días confirmaría), que más allá de válida o no, arriesgaría el valor y significado de la marca. Es poner en riesgo el intangible, es tirar por la ventana algo que tomará años reconstruir, si es que se logra en algún momento.

Sin duda que hay algo más que una estrategia comercial o informativa en este giro que América está tomando. Pero los riesgos de ello pueden ser incalculables. Amenazar la marca, lo único que realmente puede generar largo plazo por una apuesta política que para la mayoría de la población no es legítima, es contradecir los propios valores y generar resistencia en la audiencia. Algo así debería ser producto de una estrategia bien pensada. Como se presenta es más como una alternativa de supervivencia que algún elemento razonable.

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América TV, marketing

Este martes 6 de julio celebramos el Día de los Maestros en recuerdo de la Escuela Normal de Varones creada esa fecha de 1822 por el Libertador José de San Martín. Fue un día clarividente por parte del “Santo de la Espada”, pues entendió claramente que un nuevo país no podía fundarse sin sólidas bases culturales y sin conciencia de los valores que sostienen la verdadera independencia. Formar maestros es formar ciudadanos, pues los primeros transmitirán a los segundos los principios de la cultura y esto asegurará la continuidad del país como tal, su identidad y la defensa de sus derechos.

Fue el general Odría quien oficializó el feriado en 1953 y desde entonces los maestros y maestras nos congratulamos de nuestro sacrificado evangelio profesional: educar, por encima de todas las cosas.

Sin embargo, sabemos que la profesión docente es una de las peor pagadas en el Perú y que la infraestructura y los programas escolares han decaído dramáticamente en estos treinta años de economía neoliberal. En cifras del Banco Mundial, el Perú invierte apenas un 3,9% de su PBI en el sector de Educación, mientras que otros países latinoamericanos como Cuba (12,8%), Costa Rica (7,4%), Bolivia (7,3%), Venezuela (6,9%), Brasil (6,2%), Argentina (5,5%) y Chile (5,4%) nos superan, en algunos casos ampliamente. Con nuestro paupérrimo 3,9% apenas estamos por encima de El Salvador (3,8%) Paraguay (3,4%), Guatemala (2,8%) y Haití (2,4%).

La educación es la base de la libertad, pues un pueblo con conciencia de sus derechos y de su tradición, así como de sus problemas sociales, se orientará hacia la solución de esos problemas y podrá salir poco a poco de la pobreza y el subdesarrollo.

He sido maestra escolar y universitaria por todos estos años y he podido comprobar el bajón que los alumnos peruanos han sufrido ante el debilitamiento de materias esenciales y sobre todo de motivación. Nuestros niños y adolescentes son los más afectados y eso solo significa que las futuras generaciones estarán menos equipadas que antes para enfrentarse informada y creativamente a las crisis que se les avecinan.

A eso se suma un descontrol descarado de los medios impresos y audiovisuales (sobre todo la televisión) por exaltar la chabacanería, el sexismo y el racismo, lo que en nada contribuye a la construcción de una ciudadanía igualitaria y respetuosa de las diferencias que son propias de un país tan heterogéneo como el nuestro.

Nuestro colonialismo interno solo se acrecienta con el debilitamiento de nuestra educación. Ojalá que el nuevo gobierno que asume el mando este 28 de julio mantenga sus promesas de mejorar sustancialmente nuestro sistema educativo, convirtiéndolo en un derecho fundamental y no es un simple servicio, como ha sido hasta ahora.

Palabra de maestra.

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Día de los Maestros

Si Pedro Castillo insiste en la fórmula anticonstitucional de impulsar una Asamblea Constituyente por fuera de las instancias congresales, va camino seguro a que el propio Parlamento lo someta a un proceso de vacancia y termine saliendo del poder antes de lo previsto.

No vivimos un momento constituyente. La tragedia de la pandemia no lo crea. Es más, la robustez del modelo económico cuyo cambio se ha vuelto letanía en la izquierda anacrónica del Perú, nos está permitiendo niveles de recuperación asombrosos, que nos apartan de la atmósfera de precariedad que se confundió en la campaña con una supuesta narrativa popular antiestablishment mayoritaria.

Castillo ha resistido el embate golpista de la ultraderecha nativa no sólo por la solidez de las instituciones democráticas sino porque, tácitamente, sin que él lo pida ni lo movilice, ha logrado el respaldo de un amplio sector del centro y de la derecha liberales que no se han tragado las piedras de molino golpistas.

Ese sector lo perderá, en las calles y en el Congreso, si no es capaz de darse cuenta que su renuncia a la Asamblea Constituyente no implica el camino de la traición de Ollanta Humala, tan traumático y omnipresente en la lógica política de la izquierda.

Castillo solo tiene 42 votos en el Congreso. Jamás generará el consenso suficiente para tentar la aprobación de una reforma constituyente ni siquiera en la fórmula intermedia de conseguir 66 votos y luego una convocatoria a referéndum.

Y con ese número de congresistas no está protegido de la vacancia. La oposición es mayoritaria (aun cuando la torpeza inconmensurable de López Aliaga ya llevó a que la derecha pierda los estratégicos 44 votos que le daban capacidad de veto a cualquier reforma constitucional, elección de magistrados del TC o de directores del BCR).

Así como fue necesario que Humala tuviese a un Luis Miguel Castilla en su entorno, que le hizo entender la desgracia que hubiera supuesto el plan de la Gran Transformación, Pedro Castillo necesitaría un asesor constitucional o político que le haga ver que la tozudez de plantear un camino constituyente extralegal es un suicidio y que le puede costar el recorte de su mandato a los pocos meses de haber llegado al poder.

Los estudios acerca de la Guerra del Pacífico se han reinventado, desde que a finales de la década milenio los estudiosos de Perú y Chile comenzaron a encontrarse cotidianamente en congresos binacionales o internacionales, a conocerse, trabar amistad, intercambiar experiencias y emprender proyectos conjuntos. Al respecto, un libro pionero fue Chile-Perú, Perú-Chile de los historiadores Eduardo Cavieres y Cristóbal Aljovín, quienes, en 2005, reunieron al menos siete parejas de académicos binacionales para escribir sobre diferentes temas de la relación entre nuestros dos países, sin centrarse necesariamente en el conflicto bélico.

Respecto de este último, los nuevos estudios ampliaron prontamente el campo tradicional de las batallas y héroes épicos sobre el que se erigieron nuestros nacionalismos, y comenzaron a buscarle otros nichos y horizontes a la temática. Fue así como Carmen Mc Evoy, en dos estudios señeros, Armas de persuasión masiva (2010) y Guerreros civilizadores (2011) estudió las pompas fúnebres con las que Chile se conmemoraba y dolía de sus muertos de la guerra, que traían sus navíos provenientes del Perú, y construyó una identidad nacional alrededor de ellos; así como indagó, in extenso, la expansión de la administración burocrática del Estado chileno conforme ocupaba territorios enemigos, y el esfuerzo de organización que dicha expansión significó para aquel.

La guerra, cada vez más, abrió múltiples posibilidades al estudio de episodios antes desconocidos o ignorados. Al respecto, en 2018 Germán Morong y Patricio Ibarra, de la Universidad Bernardo O´Higgins, publicaron la compilación binacional, titulada Relecturas de la Guerra del Pacífico, avances y perspectivas en la que nueve autores de ambos países trataron temas tan diversos como el rol de la Iglesia y de la prensa para formar un compromiso ciudadano en favor de la causa patriota (Mauricio Rubilar), la vida cotidiana en Lima durante la ocupación y la administración de causas judiciales comunes por parte de la administración chilena (José Chaupis),  El Presbítero Juan Vitaliano Berroa frente a la chilenización de Tacna y Arica  (Ricardo Cubas), entre otros.

Los encuentros, estudios y publicaciones con estas características se han multiplicado y expresan el interés de los especialistas de ambos países por “ir a la guerra más allá de la guerra”, y encontrar, dentro de la desgracia que la acompaña, cómo puede inclusive florecer el amor, como se aprecia en varios estudios sobre matrimonios binacionales, ocurridos mientras se desarrollaba el conflicto. De esta manera, hemos logrado sacar a la guerra de la que ha sido por más de cien años su zona de confort -las batallas, las epopeyas y los héroes épicos- y llevarla a un terreno más mundano, social y cotidiano, en el cual se descubren la infinidad de facetas que una guerra saca a la luz al tensionar, al extremo, a una o varias comunidades.

La guerra como impacto en el presente: el compromiso del historiador

Sin embargo, hay un aspecto en el que los especialistas en la Guerra del Pacífico no hemos decidido entrar de lleno, como si un tabú se erigiese sobre nosotros y prefiriésemos hablarlo apenas en voz baja, en las recepciones después de los congresos, pero que no conceptuamos ni colocamos sobre la mesa como un aspecto vital que atañe el quehacer del historiador: los efectos de la guerra en el presente y que nos llevan, casi necesariamente, a la dimensión del imaginario y de la percepción. El imaginario de la Guerra del Pacífico, y la percepción de peruanos sobre chilenos y viceversa, solo puede llevarnos a la conclusión de que hasta hoy están ampliamente difundidos sentimientos y emociones que, como diría Tzvetan Todorov, no han logrado aún ubicarse en la periferia de nuestro pasado y se manifiestan de muy distintas maneras. Una de ellas es la escuela, en donde, en líneas generales, los docentes de la educación secundaria siguen induciendo a sus estudiantes, o al excesivo orgullo por una parte, o al excesivo rencor por la otra.

Ciertamente, sí hay trabajos que han comenzado a abordar esta problemática, desde diferentes flancos, aunque todavía de manera indirecta: un ejemplo es la bella compilación de Eduardo Cavieres La Historia y la escuela: Integración en la triple frontera: Bolivia, Chile y el Perú, (2016) y cuyo segundo capítulo lleva un título muy sugerente: ¿Qué hacemos con la historia? La historia en la sala de clases. A propósito del fallo de la Haya.

Poco antes, en 2014, publiqué junto con Sergio González Las Historias que nos unen, que marcó un hito, pues buscó resaltar episodios positivos de la relación binacional, precisamente cuando nuestros países litigaban en la Haya por el mar; la idea era mostrar a nuestros pueblos que no todo nuestro pasado se limitaba a una guerra. Al respecto, me es grato anunciar que, en la misma línea, Sergio González acaba de publicar la compilación “Personajes de Integración y Palabras de Amistad entre el Perú y Chile” (2021), la que espero pronto poder comentar con más detenimiento.

Sin embargo, aunque estos esfuerzos implican acercarnos un paso más a la problemática que nos inquieta, no alcanzan a abordarla en su totalidad: esto es, a poner sobre la mesa el dolor que generó en nuestras sociedades la guerra, naturalmente mayor en aquella que sufrió años de ocupación militar. Las secuelas que ha dejado este evento traumático son notorias y los especialistas en la materia debemos adoptar como propia esta problemática y actuar sobre ella para atenuar sus efectos, los que han logrado conectarse con el tiempo presente y que denominamos de diferentes maneras: “desconfianza mutua”, “rivalidad” etc.

Esta inquietud me llevó a estudiar el origen de los discursos e imaginarios que genera la referida desconfianza por lo que me avoqué a escudriñar los elementos metatextuales de las narrativas tanto de la historiografía tradicional, como de los manuales escolares. En este punto es fundamental mencionar las obras de Gabriel Cid, Nación y Nacionalismo en Chile (2009) y La Guerra Contra La Confederación (2011), cuyo enfoque teórico, en ambos casos, es consulta obligada para el estudio de las discursos y elementos simbólicos con los que se construyeron las patrias decimonónicas.

De estas lucubraciones aparecieron mis volúmenes “Lo que dicen de nosotros” (2010) y “Lo que decimos de ellos” (2019), este último en compañía de José Chaupis. Mi intención, en ambas, fue mostrar el origen del problema que nos avoca: discursos básicamente nacionalistas que se reproducen una y otra vez, de generación en generación, y que tienden a presentar al otro (el vecino) como distinto y rival, cuando no como abiertamente hostil, tanto en la escuela, como en la historiografía tradicional, y alguna otra que todavía se produce y difunde.

Seguidamente, pensé que los historiadores también teníamos que aportar con las soluciones al problema social que nuestro campo de estudio genera en la colectividad, por lo que me dediqué a la investigación de las políticas de la reconciliación internacionales que se han aplicado entre diferentes países que deben administrar el dolor de una guerra pasada, y comencé a idear posibles propuestas para nuestro caso específico como en Conflicto y Reconciliación (2014). A ello se le suman otros ejes teóricos con los que es posible abordar la Guerra del Pacífico, como la sugerente corriente que estudia la resignificación del pasado y que nos inspiró el artículo Conocer, compartir, resignificar. Apuntes para una reconciliación peruano-chilena desde la escuela (2020). No es casual que franceses y alemanes cuenten con un memorial binacional de la Gran Guerra y que, en 2018, al advenirse su centenario, Emmanuel Macron y Angela Merkel se hayan abrazado en el “Vagón del Armisticio”. En otras palabras, franceses y alemanes han modificado la significación de este evento doloroso, al punto de conmemorarlo conjuntamente.

Si no se ha comenzado a trabajar a conciencia estos aspectos, y si nuestros estados, hasta ahora, no se comprometen a desarrollar una política de la reconciliación respecto de la Guerra del Pacífico, adecuada a nuestras propias circunstancias, es porque los historiadores no hemos terminado de comprender que debemos colocar el tema sobre la mesa, más allá de los significativos pasos que hemos dado juntos las últimas dos décadas. En esa medida, debido a nuestra propia omisión, seguimos aplazando por tiempo indefinido la solución a un problema que forma parte de la Guerra del Pacífico, tanto como las batallas de Tarapacá, Arica o Huamachuco.

Mucho que pensar entonces, lo primero es el rol del historiador para con su objeto de estudio y la sociedad en la que deposita su trabajo, y la segunda reconocer la Guerra del Pacífico no solo como campo de estudio sino como problemática presente. El reconocimiento de dicha problemática por parte de los historiadores es paso previo para que nuestros respectivos estados implementen las políticas necesarias para resolverla. No queremos más egresados de la escuela secundaria que vean al vecino como a un rival que habrá de serlo siempre. Los historiadores e historiadoras tenemos la palabra.

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Guerra del Pacífico, Historia
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