Opinión

Ha cumplido 75 años, pero cuando responde a las preguntas lo hace agitadamente, de manera dubitativa. Sus respuestas son inseguras, nerviosas, en busca siempre de una expresión más exacta que resta elusiva. Acostumbrado a corregir sus textos hasta la extenuación, Patrick Modiano sufre para concluir las frases, tal como el adolescente que escribía sus primeras cuartillas a los 18 años, y que extravió en algún resquicio de esa vida trashumante, entre la provincia francesa y el París de la década de los sesenta.

 

En varias entrevistas, realizadas en la biblioteca de su apartamento, en rue Bonaparte, en uno de los barrios más tradicionales de París, en el vecindario del mítico Jardín de Luxemburgo, explica el escritor que su dificultad con la expresión oral se debe por haber pertenecido a una generación de niños que no tenía derecho a participar en la conversación de los adultos, y que cuando se le permitía hablar debía hacerlo rápidamente antes de ser interrumpido.

 

A pesar de todo, es generoso y paciente cuando se le interroga una y otra vez por los orígenes de su vocación, sobre su primera novela, La plaza de la estrella, publicada en 1968, en la prestigiosa editorial Gallimard ─la misma que publica las traducciones de Vargas Llosa y otros escritores latinoamericanos─, y que le permitió simbólicamente poner fin a una infancia y juventud de necesidades materiales y aislamiento social. La escritura le otorga la posibilidad de compensar sus dolorosas perdidas familiares: la relación disfuncional de sus padres, la muerte de su hermano Rudy. Y alejarse de ciertas conductas extremas. Durante un periodo, después de haber vendido sus trajes, ─y para asegurar la subsistencia de él y su madre─ se dedicará a robar libros raros de bibliotecas públicas y privadas: una primera edición de En busca del tiempo perdido, ejemplares autografiados por autores famosos, muchos volúmenes de la lujosa colección de La Pléiade. Por esa misma época, su madre también roba bolsos de lujo en los almacenes de Paris.

 

Así, para Patrick Modiano la literatura es más que un refugio, es un verdadero acto de salvación. “A partir del momento en que comencé a escribir no volví a cometer latrocinios” cuenta el narrador en “Un pedigrí” (2005), texto impúdicamente autobiográfico en la que relata con implacable detalle el origen y la vida azarosa de sus padres previos a su nacimiento literario. La madre, nace en Amberes en 1918, hija de obreros, y aspirante a actriz, es lapidariamente retratada como una “chica bella y de corazón seco”, “un novio le había regalado un perro ─raza chow-chow─, pero nunca se ocupó de él, y lo confiaba a otras personas, como ella lo hará conmigo más tarde. Le chow-chow se suicidó lanzándose por una ventana. Lo he visto en algunas fotos y debo confesar que lo siento muy cercano”. Alberto, el padre ─de descendencia judía e italiana─, nacido en las afueras de París, en 1912, huérfano desde los cuatro años, transcurre su infancia en internados, y librado a si mismo desde los dieciséis, es un hombre de negocios, que conduce una inquietante existencia en la zona gris de dudosos negocios con extranjeros, a medio camino entre la especulación, el contrabando y el timo empresarial. Esas vidas grises, signadas por las necesidades de la guerra

 

Interrogado por su método de trabajo, Modiano habla de la dificultad de la escritura misma: no utiliza un ordenador o máquina de escribir. Necesita sentir el esfuerzo, la resistencia física de la escritura. No siempre trabaja en su biblioteca de paredes cubiertas de libros sin orden aparente, no usa papel o plumas especiales ─prefiero no tener rituales de escritura, se corrige─, por el riesgo que éstos se conviertan en un pretexto para no escribir. Trabaja por las mañanas, una o dos horas, luego la tensión y energía decaen. El escritor debe acometer la escritura con tensión, con urgencia, como el cirujano consciente de no tener mucho tiempo para completar la operación. Sus manuscritos están llenos de supresiones, tachaduras, correcciones. A diferencia del proceso creador de Marcel Proust, quien va añadiendo frases, párrafos y páginas a sus textos, las cuartillas de Modiano demuestran una penosa labor de supresión, de reducción, de búsqueda permanente no de la “palabra justa”, más bien de la idea, de la imagen inefable.

Apiladas en un rincón, varios tomos de las míticas guías telefónicas de París, es una edición de los años cincuenta. Son una herramienta fetiche del autor, y como en el caso del detective de “Calle de las tiendas oscuras” se le antojan irremplazables para poder avanzar en las investigaciones. “Sus páginas son recopilaciones de seres, cosas y mundos desaparecidos”. Así, los personajes de Modiano aparecen siempre con una dirección y número de teléfono. En sus novelas, las referencias a las calles, jirones y plazas de los diferentes barrios aparecen escrupulosamente documentados. En “Un Pedigrí”, el narrador explica esa obsesión por los datos registrales: “… Soy un perro que pretende tener un pedigrí. Mi madre y mi padre no estaban ligados a ningún medio bien definido. Dispersos, inciertos, debo esforzarme en encontrar alguna huella y algún punto de referencia en esas arenas movedizas, como cuando se trata de adivinar las letras medio borrosas en alguna partida de estado civil o en algún formulario administrativo.”

 

La larga lista de novelas ─una cuarentena de títulos, incluidas algunas piezas de teatro y libretos de cine─ han sido traducidas a treinta seis idiomas, y en 2014 le valieron el Premio Nobel de Literatura. Pero si se trata de una obra prolífica, los textos que la componen son breves, novelas de 200 páginas, en su mayoría se trata de historias de corte investigativo. En las cuales un gesto anodino, un saludo, una noticia en un periódico, una fotografía desvaída, un encuentro fortuito, en un café, se convierten en el punto de partida de una indagación que conduce al lector a un pasado oscuro e inquietante: tratar de desentrañar la identidad o el paradero de alguna persona teniendo como telón de fondo episodios de París ocupada por los Nazis durante la Segunda Guerra mundial.

 

Sin embargo, el resultado de esas investigaciones no es trascendental, las informaciones recabadas no resuelven misterio alguno, en la Calle de las tiendas oscuras, la agencia de detectives se dedica a obtener ─” información mundana” ─ para clientes de circunstancias, oscuros hombres de negocios. El detective, Guy Roland es un hombre que sufre de amnesia y que no conoce nada de su pasado real, durante una década ha habitado una nueva identidad, y por algún motivo se lanza a la reconstrucción de un pasado incierto e inquietante que no se sabe a quién pertenece. Un personaje más de la novela es la ciudad, los diferentes barrios parisinos, los cafés, las plazas y parques de una ciudad que aparece como testigo espectral de las miserias humanas a lo largo de los años.

 

En la mención oficial del Premio Nobel, se señalaba a Patrick Modiano como el Marcel Proust de la modernidad, el maestro de la memoria. Modiano afirmaba que ya no puede existir un Proust porque hemos perdido la certeza del pasado. Ante esa ausencia, los personajes de Modiano arrojan luces sobre nuestra propia capacidad de reflexionar, pensar y reinventar nuestra propia identidad.

 

Patrick Modiano, Calle de las tiendas oscuras, Anagrama, España, 2013, 240 páginas

Patrick Modiano, Un pedigrí, Anagrama, España, 2007, 144 páginas

 

Ginebra, 20 de marzo de 2021

Si quien gane las elecciones en la segunda vuelta no está dispuesto a establecer un pacto extraordinario con diversas fuerzas políticas, vamos a ver un país nuevamente convulsionado por las permanente amenazas de la vacancia presidencial o la disolución del Congreso, como bien ha señalado Alberto Vergara en su columna de hoy.

Como van las cosas, resulta casi imposible que algún partido alcance mayoría. Se ve difícil también que baste con que dos partidos se unan. Se va a necesitar un acuerdo multipartidario.

Así, no va a ser suficiente un pacto bilateral, como en el 2001, cuando Alejandro Toledo llegó a un acuerdo con Fernando Olivera y logró mayoría en el Congreso, o el 2006 entre Alan García y la bancada fujimorista, o el 2011 entre Ollanta Humala y el referido Toledo. Se va a necesitar mucho más que eso.

Por lo pronto, el nuevo Presidente va a requerir por lo menos 44 congresistas leales e incondicionales para evitar que lo vaquen en algún momento. Precisará de 65 parlamentarios para asegurarse de que no le censuren ministros y un número similar para estar ciento por ciento seguro de que le otorguen a sus respectivos gabinetes la cuestión de confianza (se requiere mayoría simple del quorum). Además, por cierto, necesitará un número equivalente para asegurarse la aprobación de leyes que pueda proponer al Congreso.

Eso va a implicar un gabinete multipartidario, con carteras específicas asignadas a los socios del pacto. Organismos públicos (Petroperú, Sedapal), asiento en instituciones autónomas (Tribunal Constitucional, BCR, organismos reguladores, etc.), tendrán que ser manejadas como moneda de intercambio para lograr sellar un pacto de gobernabilidad que al menos le evite al país la zozobra que hemos vivido los últimos cinco años.

La mala noticia será, sin embargo, que un pacto de semejante naturaleza acotará al mínimo la posibilidad de ejecutar políticas públicas audaces, continuar con la reforma política o judicial, retomar el camino de las reformas económicas. Reinará el mínimo denominador común. En el mejor de los casos, será un gobierno “más de lo mismo” como los que hemos tenido los últimos veinte años, pero el gran beneficio será la estabilidad, con todo lo que ello implica.

La continuidad de la estrategia de vacunación y el relanzamiento de la economía, requieren, sobre todo, estabilidad. Otros tiempos serán los de las reformas. Con que estos dos objetivos se logren plasmar en los cinco años entrantes deberíamos darnos por bien servidos.

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Congreso, Elecciones 2021

Compraba algo para el desayuno y la bodega tenía la televisión encendida. El noticiero emitía un reportaje sobre Mayra Couto y sus recientes declaraciones acerca de la necesidad de educar con igualdad en las escuelas. Mientras pedía el pan, escuché que el presentador señaló: “Muy mal, Mayra”; y la vendedora, al tiempo que me entregaba la bolsa, me dijo buscando complicidad: “Esa Mayra está loca”.

 

Hace unas semanas, el Poder Ejecutivo presentó ante el Congreso el proyecto de ley sobre la organización y funciones del Ministerio de Educación. Dicho proyecto, que en teoría tenía como objetivo modernizar el sector educativo, omitió expresamente los enfoques de género y de derechos humanos. Frente a esta perniciosa modificación, se manifestaron diversos colectivos, grupos feministas, activistas y personas individuales de la sociedad civil (véase la «Carta por una educación con enfoque de género»).

 

La actriz Maya Couto también se pronunció al respecto y publicó en sus redes sociales un mensaje sobre el tema. En el video difundido, Couto señala lo siguiente:

 

“El colegio es el primer lugar donde somos seres sociales. Y es por eso que es vital que en estos espacios se aprenda con amor a respetar las diferencias, a respetar a los niños, las niñas y les niñes. Es por eso que es importante que la ley de organización y función del Ministerio de Educación aplique explícitamente el enfoque de género y los derechos humanos”.

 

Sus declaraciones desataron ataques, burlas y expresiones violentas de numerosos usuarios de redes sociales e incluso de periodistas locales. Fue llamada “retresede mentel” en un programa televisivo y tildada de “tarada” en reiteradas ocasiones en un artículo en el que también se sugirió que era bruta e histérica.

 

El Perú es un país en que los índices de abuso sexual infantil en hogares y aulas son elevados y en que a diario desaparecen niñas y se asesinan y golpean mujeres. Es un país en que los estereotipos que aprendemos en la escuela atraviesan las formas de relacionarnos en nuestra vida adulta. En este contexto, cabe preguntarse por qué Mayra Couto fue humillada por medios de comunicación y en las redes sociales de esa manera tan grosera y violenta. ¿Qué fue lo terrible de sus palabras?

 

A finales del siglo XIX dos distinguidas escritoras peruanas, con las que la historia y la literatura nacional tienen una enorme deuda, propusieron que la educación fuera laica. Ambas, además, expresaron ideas a favor de la emancipación de la mujer, asumieron públicamente posiciones políticas de avanzada y revalorizaron la cultura indígena.  Me refiero a Clorinda Matto de Turner y a Mercedes Cabello de Carbonera, conocidas como las ilustradas, mentes brillantes, pero incomprendidas y, muchas veces, marginadas, atacadas e insultadas por sus contemporáneos.

 

En El Chispazo, semanario de sátira limeño, el periodista y escritor Juan de Arona (seudónimo de Pedro Manuel Nicolás Paz Soldán y Unanue) usó sus columnas para castigar la insolencia y osadía de esas dos mujeres que se atrevieron a expresar sus ideas en la esfera pública. Después de la publicación de Aves sin nido, a Clorinda Matto, Juan de Arona la llamó «marimacho», «opa», «vieja jamona», bruta y alcohólica. También hizo alusión a su origen andino y la calificó como “tea Clorenda”. A Mercedes Cabello, luego de que ella obtuviera el concurso internacional del Ateneo de Lima, con su novela Sacrificio y recompensa, la apodó como «Miercedes Caballo de Cabrón-era».

 

La antropóloga Marcela Lagarde habla del «mandato de género» para referirse a los roles que cultural e históricamente se han asignado a mujeres y hombres en la sociedad. Mientras el liderazgo y el protagonismo público están asociados a lo masculino; la sumisión y lo doméstico, a lo femenino. La trasgresión de estas normas, dice Lagarde, es objeto de castigo.

 

En un extremo están los castigos al cuerpo como son los feminicidios, la violencia sexual y doméstica, así como las constantes justificaciones que culpan a las mujeres de esas violencias. En otro, los castigos a las mujeres que reclaman un espacio en el mundo; en las letras, la política, la educación y la esfera pública. Con estas mujeres trasgresoras, ya no se argumenta ni se debate, simplemente se las tilda de locas, histéricas y brutas.

 

De este castigo no se libraron las escritoras mencionadas. Los intentos por silenciarlas fueron extremadamente violentos. Clorinda Matto de Turner fue perseguida y obligada a exiliarse. Ejemplares de Aves sin nido y El Perú Ilustrado, en donde ejercía la jefatura de redacción, fueron quemados en actos públicos. Mercedes Cabello de Carbonera falleció encerrada en un manicomio en el silencio y el olvido.

 

Más de un siglo después, el mandato patriarcal sigue condenando y hostigando a las mujeres.  Los insultos a Mayra Couto son la estrategia para que no se atreva a levantar la voz nunca más. De lo dicho por ella, solo se ha recogido su uso del lenguaje inclusivo para denostarla. Sin embargo, con este lenguaje, Couto está reconociendo la identidad de los niños trans, cuya existencia es una realidad mundial. Medios de comunicación instalan masivamente la opinión de que está “loca” y, sin embargo, si analizamos sus palabras, lo señalado por ella es totalmente coherente, urgente y necesario.

 

Una educación con enfoque de igualdad de género es indispensable para combatir los estereotipos sobre la mujer, el machismo y para erradicar la violencia contra las mujeres. Instituirla en las escuelas es fundamental, porque promueve el respeto a las diferencias, contribuye a reflexionar sobre las prácticas sexistas y discriminadoras que ubican a las mujeres en una posición inferior frente a los hombres.

 

Queremos más Clorindas, Mercedes y Mayras, menos Juan de Aronas y machos abusivos en los medios de comunicación y las redes sociales.

Si Luis Bedoya Reyes hubiese ganado las elecciones de 1980 o 1985, el país hubiera sido otro, sin duda. Nos habríamos evitado el desastre del segundo belaundismo y el apocalipsis del primer alanismo. La infame y horripilante década de los 80 no habría sido tan desgraciada si llegaba al poder alguien que hubiera emprendido algunas reformas económicas urgentes ya en esa época y que recién el país pudo ver plasmadas en los 90.

Pero la suerte electoral no le sonrió. En 1980, Belaunde obtuvo el 44.93% de la votación, Armando Villanueva el 27.24% y el Tucán apenas el 9.58%. En el 85, ya luego del desgaste de haber sido cogobierno con Belaunde, Bedoya tambien salió malparado. Un fulgurante Alan García obtuvo el 53.1%, Alfonso Barrantes 24.69% y Bedoya tan solo el 11.89%. Nunca más volvió a postular a la Presidencia.

Bedoya no era estrictamente hablando un liberal. Era confeso socialcristiano. Creía que el Estado debía tener una participación en el manejo económico. Era más un proempresa que un promercado. Y cometió el grave error de llenar a su partido de abogados lobistas, más interesados en obtener poder político para favorecer a sus clientes ocultos, que en desplegar políticas públicas liberales (esa tara le ha durado al PPC hasta hace muy poco).

Recuerdo mucho algunas tertulias organizadas por don Arturo Salazar Larraín en su domicilio, a inicios de los 80, a las que invitaba a los jóvenes periodistas de La Prensa a departir con el líder pepecista. Nunca me quedó claro si lo que quería don Arturo era que convenciéramos a Bedoya de las bondades del liberalismo o, si, al revés, buscaba que el exalcalde limeño nos reconviniera de nuestro radicalismo liberal. Lo cierto es que el Tucán aguantaba a pie firme todas las insolencias posibles y no perdía nunca el buen talante. Mi recuerdo es el de un demócrata por encima de cualquier contingencia.

No fueron sus extraordinarias gestiones al mando de la Municipalidad de Lima, lo que mejor hizo en términos políticos. Su rol en la Constituyente del 78, que dio pie a la Carta Magna del 79, encumbrando a Víctor Raúl Haya de la Torre a la presidencia de la misma y evitando así que la izquierda se metiera por los palos, fue un acto político de primer orden.

Luego tuvo una fructífera labor en la conformación del Fredemo. Fue un proyecto electoralmente fallido, pero que dejó mucha huella ideológica en el país y ello se debió en gran medida al talante componedor de Bedoya, que supo compensar las arbitrariedades señoriales de Belaunde, que tan bien ha consignado Mario Vargas Llosa en El pez en el agua.

Se ha ido un gran político, que mereció mayor reconocimiento cívico y éxito electoral. Un político de una estirpe que tardará muchos años en reaparecer en el Perú.

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1985, Elecciones, Luis Bedoya Reyes

Una de las líneas temáticas más importantes de la narrativa colombiana contemporánea tiene que ver estrechamente con la representación, desde diversas aristas, de la violencia y sus efectos en la sociedad de dicho país. Una constatación empírica nos dice, además, que no hay una sino varias violencias: la de las guerrillas, la de los narcos, la del bogotazo y, ciertamente, la violencia de género.

 

En la tradición más reciente pueden encontrarse ya textos emblemáticos, como La virgen de los sicarios (1994), de Fernando Vallejo; Rosario Tijeras (1999), de Jorge Franco; Delirio (2004), de Laura Restrepo; Los ejércitos (2007) de Evelio Rosero o esa gran novela que es La forma de las ruinas (2015), de Juan Gabriel Vásquez, por mencionar algunos textos que son ya referencia en este tema.

 

Si bien Pilar Quintana (Cali, 1972) se suma a la tradición colombiana de la violencia, es preciso mencionar también que ella forma parte de un nutrido grupo de escritoras latinoamericanas, entre ellas las argentinas Mariana Enríquez y Samanta Schweblin, que han construido un mundo narrativo en el que lo excéntrico, lo fantástico, la locura, el horror y la percepción alterada de la realidad constituyen un poderoso núcleo temático, sin olvidar las connotaciones que se pueden establecer con la experiencia histórica latinoamericana.

 

Quintana, ha sido recientemente galardonada con el Premio Alfaguara de Novela por Los abismos, que debería estar muy pronto en librerías y es autora de otras cuatro novelas: Cosquillas en la lengua (2003), Coleccionistas de polvos raros (2007), Conspiración iguana (2009) y La perra (2017).

 

En días pasados, la editorial arequipeña La Travesía presentó una impecable edición de Caperucita se come al lobo, reunión de ocho relatos de Quintana, un cuentario que sirve de síntesis de las preocupaciones de su mundo narrativo: la exploración de los aspectos más sórdidos de la vida cotidiana (entre ellos, naturalmente, la violencia) y el erotismo abierto y sin tapujos, siempre en el marco de un humor ácido, de una ironía sin concesiones.

 

Ya desde el título, el volumen invita a la inversión de paradigmas, al cuestionamiento de ciertos órdenes consagrados en el imaginario de nuestras sociedades. El cuento que da título al volumen, muestra claramente esa inversión: la joven personaje de este relato tiene una total autonomía de su sexualidad y la ejerce con independencia absoluta, de ahí que ella “se coma al lobo” y abandone el lugar pasivo asignado por el clásico cuento maravilloso. Léase lo que tenga de alegoría y de reclamo a nuestra actualidad, que esa es la manera.

 

Otro cuento presente en este volumen es “El hueco”, en mi opinión el más logrado de todos, no solo por su manejo de la tensión narrativa sino además por la manera descarnada en que la autora describe el sadismo y la bárbara ferocidad con que el narco castiga la deslealtad. A propósito, cualquier parecido con la Hacienda Nápoles y los modales de verdugo de Pablo Escobar, no son mera coincidencia.

 

El lugar de enunciación de estos relatos es sin duda anti hegemónico y todos ellos, de una u otra forma, invitan a un examen crítico de las convenciones aceptadas, de la “normalidad” patriarcal y someten a prueba la pacatería moral. Cuentos que ponen al lector frente a experiencias intensas, dolores inenarrables y vivencias sórdidas. Excúsenme, lectores, de adelantar más argumentos. Solo abran Caperucita se come al lobo, sumérjanse y lean.

 

Era previsible que su ascenso repentino en las encuestas terminase por marear a Rafael López Aliaga. A la legua se le ve que es una persona inestable, voluble y a la que se le sale la cadena a la primera de bastos.

Tremendamente agresivo e intolerante con periodistas, sin importar si son de casas televisivas que son sus hinchas, gestos políticos altisonantes y frases desafortunadas resumen muy bien su último itinerario político.

Lo que parece va a ser un parteaguas en este romance disfuncional que un sector poco ilustrado de la élite AB del país le venía prodigando ha sido este pacto con el Frente Patriótico que comanda Virgilio Acuña, y que no oculta su antaurismo y ha hecho de la libertad del etnocacerista su objetivo mayor.

¿Qué lo pudo haber llevado a cometer ese grave error, que no se va a lograr disimular con desmentidos pueriles a través de notas de prensa? Quizás su vocación miliciana, propia del Opus Dei, orden religiosa ultraconservadora a la que se adscribe, lo llevo a dejarse seducir por los uniformados radicales de la izquierda antaurista. Quizás el mismo espíritu protofascista lo terminó de encandilar. Vaya uno a saber. Tarea de especialistas.

Lo cierto es que nos revela un rostro político más que cuestionable y una personalidad y carácter poco propicios para conducir los destinos del país. A consecuencia de ello, todo permitiría especular que su crecimiento se va a detener y que su votación explosiva será solo efímera y terminará por recalar a predios menos disparatados.

En la derecha, se sobrellevan dos campañas paralelas a la de Renovación Popular, que son las de Keiko Fujimori y Hernando de Soto, que al costado de la de López Aliaga parecen campañas británicas. El juego de ambos es más racional. Keiko apuesta a un crecimiento lento pero sostenido (que puede dar un salto con el trasvase de los lopezaliaguistas desencantados), y De Soto parece haber colocado todas las balas en el último mes de la campaña, suponemos que con mejores resultados que aquellos que se mostraban con una campaña opaca y silente.

Esperemos que así sea. La derecha del país merece una mejor representación que la de alguien como Rafael López Aliaga, el summum de la derecha bruta y achorada, autoritaria en lo político, mercantilista en lo económico y ultraconservadora en lo moral.

Ojalá sus crasos dislates le pasen factura. Si su rush hubiese sido a dos semanas de la elección, quizás era inquilino fijo en la segunda vuelta. No habría dado tiempo para calibrarlo. Felizmente creció faltando un mes y ese impulso anímico lo ha terminado de mostrar en su horrorosa desnudez.

 

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Rafael Lopez Aliaga, Renovación popular

Hasta antes de su exclusión por parte del Jurado Nacional de Elecciones de la contienda del 2016, Julio Guzmán llegó a tener 18% de intención de voto, y César Acuña 13%. Ambos se asomaban como eventuales contendores de la segunda vuelta electoral. ¿Qué ha pasado para que ahora muestren escuálidos resultados? Según la última encuesta de Ipsos, el líder morado tiene apenas 3.1% y el candidato de Alianza para el Progreso 2.6%.

Julio Guzmán: su incidente flamígero, definido como prueba de carácter, le ha jugado una muy mala pasada. Ha destruido su capital político y ello ya se vió en la última elección congresal de enero del año pasado, donde afectó a una buena lista parlamentaria. Guzmán no ha sabido reaccionar. Creyó que guardando silencio y perfil bajo iba a lograr que el incidente se olvidase. Inició así una campaña edulcorada, sin mayor filo, en medio de una situación en la cual la ciudadanía pide confrontación y radicalidad. Recién en la última semana ha empezado a mostrarse beligerante y agresivo. Puede ser demasiado tarde, pero también le puede resultar. Está al borde de la eliminación. Si no muestra crecimiento en la siguiente encuesta, ya casi podría ser descartado en esta contienda, aun a sabiendas de que en el Perú una semana es una eternidad.

César Acuña: se traumó por el escándalo de las denuncias por plagio de la campaña anterior. Se dedicó cinco años a limpiar su imagen y quizás pensó que toda la contienda actual iba a estar destinada a ese tema por parte de sus adversarios. Y resulta que no ha sido así. Por lo mismo, se quedó pasmado los primeros meses sin desplegar una estrategia correcta de campaña y huyendo de los medios de comunicación, temeroso de que su pobre elocuencia lo único que hiciese fuera aumentar la campaña de memes ridiculizantes que lo han agarrado de punto. Al final, ha sabido encontrar un filón productivo, como es el del empresario exitoso que surgió de la pobreza, que además reivindica su hablar como propio del pueblo. Tiene una marca potente, sobre todo en el norte del país. Quizás tiene un voto escondido por esa razón.

Ninguno de los dos está descartado. Dada la poca intención de voto de todos los candidatos, basta crecer cinco o seis puntos -lo que es perfectamente factible- para volverse a colocar en el partidor. Esta elección se va a definir faltando días u horas. Nadie está fuera aún. Por lo menos, no lo están los dos mencionados, los excluidos del 2016.

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César Acuña, JNE, Julio Guzmán

Verónika Mendoza ha decidido romper con sus consejeros que le recomendaban migrar al centro y tratar de conquistar ese electorado mayoritario, pero indefinido que identifica a la ciudadanía peruana. Así, ha propuesto recientemente, por ejemplo, la nacionalización (estatización) del gas o la toma de posesión de todas las plantas de oxígeno privadas para atender la emergencia, etc.

Para quienes aspiramos a que en el Perú se construya una opción de izquierda creyente en el libre mercado, no es una buena noticia que la lideresa mayor de la izquierda peruana se radicalice, claro está, pero, sin duda, es su mejor estrategia electoral. En el caso de Mendoza, lo que de ella asusta a la alta burguesía limeña es lo que le gusta a su electorado de a pie.

Mendoza tiene un doble desafío por delante: arrebatarle votos a Yonhy Lescano, quien sin ser propiamente de izquierda, le ha quitado un caudal significativo de electores. Si Acción Popular lanzaba a Alfredo Barnechea o a Raúl Diez Canseco probablemente hoy estaría debajo de la valla electoral. Con Lescano la achuntaron. Ese bolsón de votos tiene que ser recuperado por Mendoza. Ese debería ser su objetivo estratégico (increíblemente vemos a sus huestes enfervorizadas haciendo campaña contra un zombie, como es el partido Morado)

Y para ello necesita propuestas concretas, audaces, como las referidas líneas arriba, no engolosinarse tontamente en abstracciones como el cambio de la Constitución, que además la mayoría del país apoya, pero porque quiere una Carta Magna más conservadora y autoritaria, no como aquella con la que sueña la candidata de Juntos por el Perú.

Y de otro lado, Mendoza no puede permitir que Pedro Castillo le quite los votos radicales del sur. Según la última encuesta del IEP, el candidato de Perú Libre tiene 8% de intención de voto en el sur y 3.5% a nivel nacional. Si Mendoza sumase esos votos estaría segunda en las encuestas.

Verónika Mendoza está congelada desde hace meses. Habrá que ver en el transcurso de los días, y con la siguiente encuesta en mano, si le funcionó la estrategia de radicalización. Anticipo que sí, que la gente está esperando formatos confrontacionales, sean de derecha o izquierda, y no las de un malaguoso centro. La crisis simultánea de salud, economía, social y política nos ha conducido a eso y quienes lo han entendido están cosechando fructíferamente.

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Candidatos presidenciables, Elecciones 2021, Verónika Mendoza

Es tiempo de visibilizar aquellas candidaturas que aprovechando un contexto de dolor traen consigo propuestas, personajes y una ideología de odio revestida de “superioridad moral” que amenaza con hacer daño, poniendo la palabra de “Dios” como justificación para retroceder décadas en materia de derechos de las mujeres e igualdad y profundizar un modelo económico deshumanizante que – en gran parte- es responsable del drama que se vive.

 

Concretamente me refiero a Rafael López Aliaga y su entorno plagado de personajes peligrosos, fanáticos y fundamentalistas, con pensamientos trasnochados y discriminatorios. No sólo su candidata a la Vicepresidencia Neldy Mendoza (que renuncia fuera de tiempo), sino además una de sus candidatas al congreso, la señora Milagros Aguayo; cada una de forma diferenciada ha señalado que las mujeres somos seres sin derechos, sancionando moralmente el uso de anticonceptivos, afianzando roles tradicionales de género e incluso una de ellas se ha atrevido a afirmar que somos menos inteligentes que los hombres por lo que no debemos cuestionar su autoridad.

 

En pleno siglo XXI estas dignas representantes del patriarcado nos devuelven a la edad media. Son ellas las guardianas del orden de género, ese que debe mantenerse para que el mundo de privilegios masculinos siga funcionando.

 

Pero acaso ¿son sólo ellas o es toda una organización política ideologizada y con propuestas peligrosas para las mujeres, empezando por su líder? El partido Renovación Popular trae consigo el pañuelo y color celeste, utilizado muchas veces por representantes de “Con mis hijos no te metas” en oposición al pañuelo verde de las feministas que defienden el derecho a decidir por años. Pero, además, el candidato, muy al estilo de los antiderechos ha tenido afirmaciones falsas sobre los contenidos de las guías de educación, señalando que estas quieren “homosexualizar a los niños.” Cuestión que es claramente errada y tendenciosa, pero que además pone en evidencia un trasfondo homofóbico.

 

De otro lado, las propuestas de este partido en materia de derechos de las mujeres son mínimas y nada ubicadas en la realidad. Primero, propone la reducción de Ministerios, lo que indicaría una intencionalidad de eliminar el Ministerio de la Mujer, así como una propuesta basadas en la meritrocaria, lo que desconoce por completo las desigualdades preexistentes y que hoy más que nunca son evidentes. Nada en relación a la violencia que mata y viola todos los días a las mujeres y niñas, ni a la educación, justicia o salud. Ver propuestas aquí: https://bit.ly/3dlrRIq

 

Este candidato al que no le importan las mujeres, las niñas ni las personas LGBTIQ+, ni ninguna población vulnerable; difunde un discurso peligroso y estratégico. Muchos/as han afirmado que, si Lopez Aliaga señala que se flagela para estar más cerca a Dios, si difunde que practica el celibato y afirma sin problema que si ve un “mujeron” piensa en la Virgen María, porque está enomorado de ella, es parte de su vida privada y no debe importarnos. Pienso todo lo contrario. Estas afirmaciones bastante desequilibradas, son parte de una estrategia para situarse desde una “superioridad moral”, construirse como un santo, una persona por encima de lo terrenal que guiará los destinos del país. No es su vida privada, es un mensaje de un candidato a la presidencia, por lo tanto, ni simple ni inocente. Hay una ruta trazada.

 

Sumado a todo ello, en los últimos días se han publicado evidencias de deudas con la SUNAT. Es decir, el candidato de la “moralidad” no estaría pagando sus impuestos, pero además en una reciente entrevista dejó claro que incurre en “pitufeo”, aunque luego intentó desdecirse con un descaro consternante, burlándose así de la justicia.

 

Lopez Aliaga no es un mal candidato, es el peor candidato que he visto en mucho tiempo, trae una propuesta peligrosa, quiere afianzar un modelo económico para enriquece a los que más tienen y empobrecer a la mayoría, es ultraconservador, fundamentalista, misógino, machista, antiderechos, fanático religioso y que ha decidido que colocarse como “superior moral” es un buen disfraz.

 

El Bolsonaro peruano al parecer odia a las mujeres, no defiende ninguno de nuestros derechos; por el contrario, afianza el sistema de dominación que nos ha relegado por siglos. Un posible presidente con este perfil fascista generaría retrocesos inimaginables, mayor violencia, discriminación, pobreza, desigualdad y corrupción. Un representante así jamás defenderá derechos básicos como la salud, la educación, el empleo digno, eso es lo que tenemos que entender, si se opone a la igualdad se opone a todo lo bueno en el mundo.

 

Bloquear su avance es una obligación ética con los derechos de las mujeres, con la igualdad, con la democracia y con el sentido común.

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