Opinión

Uno de los esfuerzos más interesantes que se realizan en esta campaña, es el que hacen Fernando Tuesta y el Grupo de Investigación de Partidos y Elecciones (GIPE), con el apoyo de IP Noticias. Han realizado una medición de la presencia de candidatos presidenciales en entrevistas desde el primero de enero.

En un país en el que no se puede hacer publicidad electoral, la presencia en TV, puede ser un gran trampolín para avanzar en la intención de voto, más aún cuando no hay candidato que supere hoy los 15 puntos en ninguna de las principales encuestadoras. El cuadro que ven es el último reportado:

No vamos a comentar lo que seguramente ya leyó antes: Que LA es el que más apariciones tiene pero más del 70% son en Willax; que Beingolea tiene una relación inversamente proporcional entre sus entrevistas y su intención de voto; y que cada entrevista de Castillo implica triplicar sus votantes.

Más bien, observar este trabajo nos llevó a preguntarnos algunas cosas. ¿Hay relación entre la presencia en la TV y el aumento de la intención de voto? ¿Hay un fenómeno de expansión de la información que genera mayor votación? ¿Hay segmentos más “influenciables” que otros? ¿Diciendo lo que sea se puede ganar votación? Para algunas esbozamos respuestas y otras las dejamos de tarea.

Parece que sí hay una relación entre la aparición en medios y el impacto en las encuestas. Por lo menos de los candidatos que hasta hoy aparecen con mayor votación. Usando los cuadros reportado por Tuesta (fines de febrero y quincena de marzo) y la intención de voto reportada por el IEP (días más, días menos las mismas fechas), encontramos algunos datos muy importantes (que, como digo siempre hay que usar en su dimensión. No hay una ciencia exacta en el análisis electoral en el país):

Hay una correlación entre ambas series de 0.64. Cualquier investigador conoce que encontrar un número así no es común, por lo alto. Nos puede llevar a un sobredimensionamiento de fenómeno, pero también es cierto que nos alerta de lo importante que es la presencia en medios. Hay una relación, fuerte, entre ambas variables. Sales más en TV, aumentas más tu intención de voto. Sales menos, la mantienes o incluso la disminuyes ligeramente.

Desde luego que la distribución no es homogénea. Parece que el impacto es más fuerte en los mayores y en el interior del país. Y bastante menos fuerte en los más jóvenes (y algo en el NSE DE). Tal vez el alcance y la importancia de la TV de señal abierta es más fuerte en los segmentos donde la correlación crece, mientras que en los jóvenes, por ejemplo, el medio no genera un involucramiento relevante. Es importante dejar esto como hipótesis que iremos siguiendo en el tiempo.

Más allá de las cifras, que son importantes, vale preguntarse si es que el contenido y el tono de esas entrevistas puede ser catalogado por igual. Por la importancia del medio o la repercusión que tiene, por la relevancia al implicar primeras planas posteriores o por el tono en el cual se lleva a cabo la entrevista. ¿Es lo mismo una entrevista a López Aliaga en Willax que una a Verónika Mendoza en ATV? El sentido común nos dice claramente que no, pero es un detalle que necesitamos comprobar con expertos en análisis de contenido.

Pero sí hay un detalle que nos llama la atención y que se relaciona con las noticias falsas y su relación con las elecciones. No abundaremos en información, pero es claro que los dos candidatos que más suben en las encuestas (López Aliaga y Lescano), se han dedicado a decir lo que les sale por la boca y poco se ha combatido esta información falsa. Son los más osados en señalar posiciones personales como fundamentos (el cañazo como tratamiento COVID por ejemplo) y nos hemos acostumbrado a verlos como simples anécdotas. O también en decir y desdecir. Acuso y digo que no acuso. López Aliaga ha hecho de este tema una estrategia.

¿Todo esto supone una estrategia o es pura campaña “bananera”? Solo de ejemplo, la BBC reportó el trabajo en México que se hizo con “Verificado 2018”, detectando 7 nodos de noticias falsas que después se usaron como argumentos en redes sociales para orientar el debate. Todas afirmando mentiras. Lo que influyó en la intención de voto y en el triunfo de AMLO (https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-44476959).

Por cierto, otro de los mecanismos de fake news más común es la existencia de encuestas falsas que circulan apócrifamente y que tratan de influir en el electorado. O las empresas encuestadoras que claramente no hacen un trabajo prolijo, pero que generan que sus encuestas con datos erróneos den la vuelta por todos lados.

Acaba de aparecer el nuevo libro de Cass Sunstein llamado Mentirosos: Falsedades y libertad de expresión en una era de engaño. Allí, un liberal reconocido como el autor (socio de Thaler en ese increíble libro que es Nudges), habla de la necesidad de regular aspectos de la mentira pública que pueden generar un impacto nocivo y sin vuelta atrás de la información. Lo hace desde la constatación del Washington Post de las 30.753 mentiras que Trump dijo en cuatro años de gestión. 21 mentiras por día. Imaginemos eso en un presidente acá.

Entonces, parece que las apariciones en TV de los candidatos tienen un alto impacto en la gente. Habrá que profundizar más en ello. Pero además, la estrategia de la mentira como plan parece que también lo tiene. A estar prevenidos.

* Con esta columna comienza mi ciclo de colaboraciones con Sudaca.pe. Agradezco a Paolo Benza la invitación y espero que cada columna sea una invitación a la discusión. No queremos convencerlo, queremos darle una herramienta más de análisis.

* Revisen el reporte que IP Noticias ha hecho sobre medios y candidatos. Muy prolija la información que presenta Antonio Salerno. Síganla: https://ipnoticias-latam.com/wp-content/uploads/2021/02/Analisis-Elecciones-2021-LescanoForsythAliaga-1.pdf

Sin duda, las ganadoras del debate electoral protagonizado anoche en América Televisión, son -en ese orden- las candidatas de Juntos por el Perú, Verónika Mendoza, y de Fuerza Popular, Keiko Fujimori.

Más solventes, más directas, más confrontacionales cuando la ocasión lo ameritaba, dejaron deslucidos a Lescano, Forsyth y Urresti, que más bien mostraron sus flaquezas antes que sus fortalezas.

¿Les alcanzará a ambas para avanzar en las “semifinales” que disputan? Mendoza tiene que derrotar a Lescano si quiere pasar a la segunda vuelta y tiene, además, que contener el crecimiento de Pedro Castillo, el candidato de la izquierda radical. Anoche ha anotado un gol, ha achicado la diferencia con Lescano y de mantener ese perfil (es injusta, por cierto, la poca cobertura mediática que recibe), puede trepar y meterse por los palos a la segunda vuelta. Tres semanas para la elección es mucho y faltan aún los debates del Jurado Nacional de Elecciones. Ha dejado de ser la Mendoza modosita que a nadie del centro iba a conquistar en esta primera vuelta.

Por su parte, Keiko Fujimori también redondeó una buena faena, contando con el beneficio adicional que su rival directo, Rafael López Aliaga, perdió por walk over al no asistir al debate. El candidato de Renovación Popular pudo haberlo hecho y haber aprovechado para zaherir al grupo El Comercio -si era eso lo que le molestaba- y eso, inclusive, le habría dado votos, dado el desprestigio social que sufre el principal conglomerado mediático del país, pero prefirió ir a una entrevista con Mónica Delta en Latina Televisión y salió trasquilado.

Al parecer, Keiko va a ir subiendo, lenta, pero sostenidamente, y López Aliaga no solo habría llegado a su techo sino que podría empezar a descender. Keiko aparentemente la tiene más fácil que Verónika Mendoza porque está a pocos puntos de López Aliaga, pero se le complica por la presencia creciente de Hernando de Soto, que también quiere jugar este partido de la derecha y su campaña ha agarrado vuelo (estuvo muy bien anoche en sendas entrevistas con Mónica Delta y Jaime Bayly).

Las semifinales de la izquierda y la derecha aún no están definidas. Apenas está culminando el primer tiempo. Hay cambios de estrategia y eso va a influir en los resultados finales.

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Debate, Elecciones 2021, Encuestas

Los que me conocen sabrán que este 17 de marzo falleció mi esposo y padre de mi única hija, Filomeno Ballumbrosio, un músico de estirpe cuya fuerza y vitalidad eran desbordantes. Pasó por una agonía de cinco meses tras un derrame cerebral y la medicina moderna no pudo salvarlo.

 

Escribo esto con el corazón en la mano, atravesada por un profundo dolor. Hasta pensé que no tendría fuerzas de redactar nada para esta mi columna dominguera, pero sé que a Meno, como lo llamábamos cariñosamente, le hubiera gustado que no tirara la toalla, que sacara el pecho por él, y eso es lo que trataré de hacer, particularmente en un día especial como es hoy, el Día Mundial de la Poesía, un arte que él gozó y admiró tanto y que yo tengo entre mis más altas bendiciones.

Con Meno llevamos su música a muchos lados, pero el tiempo no fue suficiente para concluir los proyectos que teníamos juntos. Él era un ser lleno de luz, de amor y de energía positiva que alegraba cualquier evento y nos hacía participar en bandas incluso cuando nunca habíamos agarrado un instrumento. Meno tenía una espontaneidad innata, nos volvía grandes “performers” en diferentes situaciones. Recuerdo que cuando llegó a Arizona, y mientras yo terminaba mi doctorado en literatura, hacía tocar y mover el esqueleto a distintos literatos y catedráticos. Luego, cuando nos mudamos a Rockford, hizo grandes amistades. Fundador de “Combo Loco” con Dan Voll, configurado además por Rudy Ortiz, Paul Carroll y Al Terrana, llegaron a ser muy reconocidos regionalmente. En esa carismática ciudad de Illinois nació nuestra hija Valentina. En esa ciudad varias veces conocimos la nieve. Muchas veces nos resbalamos y caímos porque éramos totalmente desconocedores de “la cosa blanca”. Fue siempre una aventura vivir con Menito, gran cocinero; nos preparaba viandas no solamente a mí, sino a los amigos peruanos y nos engreía con platos como anticuchos y postres como “frijol colado”, que sabía hacer a la perfección.

Fusionador de culturas

Como decía Kike Larrea hace unos días, “Meno no fue solamente un extraordinario percusionista. Tampoco fue solamente una maravillosa persona, plena de humor, picardía y humanidad. Meno fue un pionero. Abrió la puerta del rock a los ritmos afroperuanos. E instaló a un negro en la batería de una de las más importantes formaciones de rock de la historia”. 

Meno fusionaba culturas. Yo nunca había visto que alguien como él, que al principio no dominaba el inglés, enseñara una clase de zapateo a cien gringos en un auditorio. Pero Meno lo hizo. Compartía su legado, su cultura, el amor a la Virgen del Carmen, el amor a su pueblo natal. Específicamente, recuerdo un “gigg”, una tocada cuando estábamos bailando “A la Molina” y con Dan Voll cambiaron el ritmo y la canción se convirtió en un “limbo” perfectamente para una audiencia norteamericana. A los dueños les encantó y comenzaron a tocar cada semana. Ese verano, Combo Loco llegó a ser la mejor banda del “Midwest”. Después de una gira internacional con Combo Loco, nosotros nos mudamos y Combo Loco nunca más grabó, pero la amistad y alguna tocada volvió a surgir entre Dan Voll y Meno.

Cuando estuvimos en Emporia, Kansas, Meno compartía su talento esporádicamente, ya que no había mucha música en esa ciudad. En Houston siguió tocando, primero con la gran cantante Doris Caballero y luego se unió al talentoso músico Kike Infante, que además es un hermano del alma. Tocaron por seis años y también crearon esa música fusión. El año pasado con el grupo de Kike Infante en la Universidad de Texas A & M, Meno se presentó con el grupo y cautivó a una audiencia de más de cien personas.

Ahora estoy segura de que el cielo está de jarana. Él debe encontrarse al lado de Adelina, su amada madre, y conversando con Champita, acompañado de tanta gente talentosa. Deben estar tocando en tremendo fiestón, recitando décimas y gozando de ese zapateo que hace retumbar nuestros corazones, haciéndonos tanta falta.

¡¡¡ Vuela alto, mi amor, yo cuidaré de tu Vale !!!

Ha cumplido 75 años, pero cuando responde a las preguntas lo hace agitadamente, de manera dubitativa. Sus respuestas son inseguras, nerviosas, en busca siempre de una expresión más exacta que resta elusiva. Acostumbrado a corregir sus textos hasta la extenuación, Patrick Modiano sufre para concluir las frases, tal como el adolescente que escribía sus primeras cuartillas a los 18 años, y que extravió en algún resquicio de esa vida trashumante, entre la provincia francesa y el París de la década de los sesenta.

 

En varias entrevistas, realizadas en la biblioteca de su apartamento, en rue Bonaparte, en uno de los barrios más tradicionales de París, en el vecindario del mítico Jardín de Luxemburgo, explica el escritor que su dificultad con la expresión oral se debe por haber pertenecido a una generación de niños que no tenía derecho a participar en la conversación de los adultos, y que cuando se le permitía hablar debía hacerlo rápidamente antes de ser interrumpido.

 

A pesar de todo, es generoso y paciente cuando se le interroga una y otra vez por los orígenes de su vocación, sobre su primera novela, La plaza de la estrella, publicada en 1968, en la prestigiosa editorial Gallimard ─la misma que publica las traducciones de Vargas Llosa y otros escritores latinoamericanos─, y que le permitió simbólicamente poner fin a una infancia y juventud de necesidades materiales y aislamiento social. La escritura le otorga la posibilidad de compensar sus dolorosas perdidas familiares: la relación disfuncional de sus padres, la muerte de su hermano Rudy. Y alejarse de ciertas conductas extremas. Durante un periodo, después de haber vendido sus trajes, ─y para asegurar la subsistencia de él y su madre─ se dedicará a robar libros raros de bibliotecas públicas y privadas: una primera edición de En busca del tiempo perdido, ejemplares autografiados por autores famosos, muchos volúmenes de la lujosa colección de La Pléiade. Por esa misma época, su madre también roba bolsos de lujo en los almacenes de Paris.

 

Así, para Patrick Modiano la literatura es más que un refugio, es un verdadero acto de salvación. “A partir del momento en que comencé a escribir no volví a cometer latrocinios” cuenta el narrador en “Un pedigrí” (2005), texto impúdicamente autobiográfico en la que relata con implacable detalle el origen y la vida azarosa de sus padres previos a su nacimiento literario. La madre, nace en Amberes en 1918, hija de obreros, y aspirante a actriz, es lapidariamente retratada como una “chica bella y de corazón seco”, “un novio le había regalado un perro ─raza chow-chow─, pero nunca se ocupó de él, y lo confiaba a otras personas, como ella lo hará conmigo más tarde. Le chow-chow se suicidó lanzándose por una ventana. Lo he visto en algunas fotos y debo confesar que lo siento muy cercano”. Alberto, el padre ─de descendencia judía e italiana─, nacido en las afueras de París, en 1912, huérfano desde los cuatro años, transcurre su infancia en internados, y librado a si mismo desde los dieciséis, es un hombre de negocios, que conduce una inquietante existencia en la zona gris de dudosos negocios con extranjeros, a medio camino entre la especulación, el contrabando y el timo empresarial. Esas vidas grises, signadas por las necesidades de la guerra

 

Interrogado por su método de trabajo, Modiano habla de la dificultad de la escritura misma: no utiliza un ordenador o máquina de escribir. Necesita sentir el esfuerzo, la resistencia física de la escritura. No siempre trabaja en su biblioteca de paredes cubiertas de libros sin orden aparente, no usa papel o plumas especiales ─prefiero no tener rituales de escritura, se corrige─, por el riesgo que éstos se conviertan en un pretexto para no escribir. Trabaja por las mañanas, una o dos horas, luego la tensión y energía decaen. El escritor debe acometer la escritura con tensión, con urgencia, como el cirujano consciente de no tener mucho tiempo para completar la operación. Sus manuscritos están llenos de supresiones, tachaduras, correcciones. A diferencia del proceso creador de Marcel Proust, quien va añadiendo frases, párrafos y páginas a sus textos, las cuartillas de Modiano demuestran una penosa labor de supresión, de reducción, de búsqueda permanente no de la “palabra justa”, más bien de la idea, de la imagen inefable.

Apiladas en un rincón, varios tomos de las míticas guías telefónicas de París, es una edición de los años cincuenta. Son una herramienta fetiche del autor, y como en el caso del detective de “Calle de las tiendas oscuras” se le antojan irremplazables para poder avanzar en las investigaciones. “Sus páginas son recopilaciones de seres, cosas y mundos desaparecidos”. Así, los personajes de Modiano aparecen siempre con una dirección y número de teléfono. En sus novelas, las referencias a las calles, jirones y plazas de los diferentes barrios aparecen escrupulosamente documentados. En “Un Pedigrí”, el narrador explica esa obsesión por los datos registrales: “… Soy un perro que pretende tener un pedigrí. Mi madre y mi padre no estaban ligados a ningún medio bien definido. Dispersos, inciertos, debo esforzarme en encontrar alguna huella y algún punto de referencia en esas arenas movedizas, como cuando se trata de adivinar las letras medio borrosas en alguna partida de estado civil o en algún formulario administrativo.”

 

La larga lista de novelas ─una cuarentena de títulos, incluidas algunas piezas de teatro y libretos de cine─ han sido traducidas a treinta seis idiomas, y en 2014 le valieron el Premio Nobel de Literatura. Pero si se trata de una obra prolífica, los textos que la componen son breves, novelas de 200 páginas, en su mayoría se trata de historias de corte investigativo. En las cuales un gesto anodino, un saludo, una noticia en un periódico, una fotografía desvaída, un encuentro fortuito, en un café, se convierten en el punto de partida de una indagación que conduce al lector a un pasado oscuro e inquietante: tratar de desentrañar la identidad o el paradero de alguna persona teniendo como telón de fondo episodios de París ocupada por los Nazis durante la Segunda Guerra mundial.

 

Sin embargo, el resultado de esas investigaciones no es trascendental, las informaciones recabadas no resuelven misterio alguno, en la Calle de las tiendas oscuras, la agencia de detectives se dedica a obtener ─” información mundana” ─ para clientes de circunstancias, oscuros hombres de negocios. El detective, Guy Roland es un hombre que sufre de amnesia y que no conoce nada de su pasado real, durante una década ha habitado una nueva identidad, y por algún motivo se lanza a la reconstrucción de un pasado incierto e inquietante que no se sabe a quién pertenece. Un personaje más de la novela es la ciudad, los diferentes barrios parisinos, los cafés, las plazas y parques de una ciudad que aparece como testigo espectral de las miserias humanas a lo largo de los años.

 

En la mención oficial del Premio Nobel, se señalaba a Patrick Modiano como el Marcel Proust de la modernidad, el maestro de la memoria. Modiano afirmaba que ya no puede existir un Proust porque hemos perdido la certeza del pasado. Ante esa ausencia, los personajes de Modiano arrojan luces sobre nuestra propia capacidad de reflexionar, pensar y reinventar nuestra propia identidad.

 

Patrick Modiano, Calle de las tiendas oscuras, Anagrama, España, 2013, 240 páginas

Patrick Modiano, Un pedigrí, Anagrama, España, 2007, 144 páginas

 

Ginebra, 20 de marzo de 2021

Si quien gane las elecciones en la segunda vuelta no está dispuesto a establecer un pacto extraordinario con diversas fuerzas políticas, vamos a ver un país nuevamente convulsionado por las permanente amenazas de la vacancia presidencial o la disolución del Congreso, como bien ha señalado Alberto Vergara en su columna de hoy.

Como van las cosas, resulta casi imposible que algún partido alcance mayoría. Se ve difícil también que baste con que dos partidos se unan. Se va a necesitar un acuerdo multipartidario.

Así, no va a ser suficiente un pacto bilateral, como en el 2001, cuando Alejandro Toledo llegó a un acuerdo con Fernando Olivera y logró mayoría en el Congreso, o el 2006 entre Alan García y la bancada fujimorista, o el 2011 entre Ollanta Humala y el referido Toledo. Se va a necesitar mucho más que eso.

Por lo pronto, el nuevo Presidente va a requerir por lo menos 44 congresistas leales e incondicionales para evitar que lo vaquen en algún momento. Precisará de 65 parlamentarios para asegurarse de que no le censuren ministros y un número similar para estar ciento por ciento seguro de que le otorguen a sus respectivos gabinetes la cuestión de confianza (se requiere mayoría simple del quorum). Además, por cierto, necesitará un número equivalente para asegurarse la aprobación de leyes que pueda proponer al Congreso.

Eso va a implicar un gabinete multipartidario, con carteras específicas asignadas a los socios del pacto. Organismos públicos (Petroperú, Sedapal), asiento en instituciones autónomas (Tribunal Constitucional, BCR, organismos reguladores, etc.), tendrán que ser manejadas como moneda de intercambio para lograr sellar un pacto de gobernabilidad que al menos le evite al país la zozobra que hemos vivido los últimos cinco años.

La mala noticia será, sin embargo, que un pacto de semejante naturaleza acotará al mínimo la posibilidad de ejecutar políticas públicas audaces, continuar con la reforma política o judicial, retomar el camino de las reformas económicas. Reinará el mínimo denominador común. En el mejor de los casos, será un gobierno “más de lo mismo” como los que hemos tenido los últimos veinte años, pero el gran beneficio será la estabilidad, con todo lo que ello implica.

La continuidad de la estrategia de vacunación y el relanzamiento de la economía, requieren, sobre todo, estabilidad. Otros tiempos serán los de las reformas. Con que estos dos objetivos se logren plasmar en los cinco años entrantes deberíamos darnos por bien servidos.

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Congreso, Elecciones 2021

Compraba algo para el desayuno y la bodega tenía la televisión encendida. El noticiero emitía un reportaje sobre Mayra Couto y sus recientes declaraciones acerca de la necesidad de educar con igualdad en las escuelas. Mientras pedía el pan, escuché que el presentador señaló: “Muy mal, Mayra”; y la vendedora, al tiempo que me entregaba la bolsa, me dijo buscando complicidad: “Esa Mayra está loca”.

 

Hace unas semanas, el Poder Ejecutivo presentó ante el Congreso el proyecto de ley sobre la organización y funciones del Ministerio de Educación. Dicho proyecto, que en teoría tenía como objetivo modernizar el sector educativo, omitió expresamente los enfoques de género y de derechos humanos. Frente a esta perniciosa modificación, se manifestaron diversos colectivos, grupos feministas, activistas y personas individuales de la sociedad civil (véase la «Carta por una educación con enfoque de género»).

 

La actriz Maya Couto también se pronunció al respecto y publicó en sus redes sociales un mensaje sobre el tema. En el video difundido, Couto señala lo siguiente:

 

“El colegio es el primer lugar donde somos seres sociales. Y es por eso que es vital que en estos espacios se aprenda con amor a respetar las diferencias, a respetar a los niños, las niñas y les niñes. Es por eso que es importante que la ley de organización y función del Ministerio de Educación aplique explícitamente el enfoque de género y los derechos humanos”.

 

Sus declaraciones desataron ataques, burlas y expresiones violentas de numerosos usuarios de redes sociales e incluso de periodistas locales. Fue llamada “retresede mentel” en un programa televisivo y tildada de “tarada” en reiteradas ocasiones en un artículo en el que también se sugirió que era bruta e histérica.

 

El Perú es un país en que los índices de abuso sexual infantil en hogares y aulas son elevados y en que a diario desaparecen niñas y se asesinan y golpean mujeres. Es un país en que los estereotipos que aprendemos en la escuela atraviesan las formas de relacionarnos en nuestra vida adulta. En este contexto, cabe preguntarse por qué Mayra Couto fue humillada por medios de comunicación y en las redes sociales de esa manera tan grosera y violenta. ¿Qué fue lo terrible de sus palabras?

 

A finales del siglo XIX dos distinguidas escritoras peruanas, con las que la historia y la literatura nacional tienen una enorme deuda, propusieron que la educación fuera laica. Ambas, además, expresaron ideas a favor de la emancipación de la mujer, asumieron públicamente posiciones políticas de avanzada y revalorizaron la cultura indígena.  Me refiero a Clorinda Matto de Turner y a Mercedes Cabello de Carbonera, conocidas como las ilustradas, mentes brillantes, pero incomprendidas y, muchas veces, marginadas, atacadas e insultadas por sus contemporáneos.

 

En El Chispazo, semanario de sátira limeño, el periodista y escritor Juan de Arona (seudónimo de Pedro Manuel Nicolás Paz Soldán y Unanue) usó sus columnas para castigar la insolencia y osadía de esas dos mujeres que se atrevieron a expresar sus ideas en la esfera pública. Después de la publicación de Aves sin nido, a Clorinda Matto, Juan de Arona la llamó «marimacho», «opa», «vieja jamona», bruta y alcohólica. También hizo alusión a su origen andino y la calificó como “tea Clorenda”. A Mercedes Cabello, luego de que ella obtuviera el concurso internacional del Ateneo de Lima, con su novela Sacrificio y recompensa, la apodó como «Miercedes Caballo de Cabrón-era».

 

La antropóloga Marcela Lagarde habla del «mandato de género» para referirse a los roles que cultural e históricamente se han asignado a mujeres y hombres en la sociedad. Mientras el liderazgo y el protagonismo público están asociados a lo masculino; la sumisión y lo doméstico, a lo femenino. La trasgresión de estas normas, dice Lagarde, es objeto de castigo.

 

En un extremo están los castigos al cuerpo como son los feminicidios, la violencia sexual y doméstica, así como las constantes justificaciones que culpan a las mujeres de esas violencias. En otro, los castigos a las mujeres que reclaman un espacio en el mundo; en las letras, la política, la educación y la esfera pública. Con estas mujeres trasgresoras, ya no se argumenta ni se debate, simplemente se las tilda de locas, histéricas y brutas.

 

De este castigo no se libraron las escritoras mencionadas. Los intentos por silenciarlas fueron extremadamente violentos. Clorinda Matto de Turner fue perseguida y obligada a exiliarse. Ejemplares de Aves sin nido y El Perú Ilustrado, en donde ejercía la jefatura de redacción, fueron quemados en actos públicos. Mercedes Cabello de Carbonera falleció encerrada en un manicomio en el silencio y el olvido.

 

Más de un siglo después, el mandato patriarcal sigue condenando y hostigando a las mujeres.  Los insultos a Mayra Couto son la estrategia para que no se atreva a levantar la voz nunca más. De lo dicho por ella, solo se ha recogido su uso del lenguaje inclusivo para denostarla. Sin embargo, con este lenguaje, Couto está reconociendo la identidad de los niños trans, cuya existencia es una realidad mundial. Medios de comunicación instalan masivamente la opinión de que está “loca” y, sin embargo, si analizamos sus palabras, lo señalado por ella es totalmente coherente, urgente y necesario.

 

Una educación con enfoque de igualdad de género es indispensable para combatir los estereotipos sobre la mujer, el machismo y para erradicar la violencia contra las mujeres. Instituirla en las escuelas es fundamental, porque promueve el respeto a las diferencias, contribuye a reflexionar sobre las prácticas sexistas y discriminadoras que ubican a las mujeres en una posición inferior frente a los hombres.

 

Queremos más Clorindas, Mercedes y Mayras, menos Juan de Aronas y machos abusivos en los medios de comunicación y las redes sociales.

Si Luis Bedoya Reyes hubiese ganado las elecciones de 1980 o 1985, el país hubiera sido otro, sin duda. Nos habríamos evitado el desastre del segundo belaundismo y el apocalipsis del primer alanismo. La infame y horripilante década de los 80 no habría sido tan desgraciada si llegaba al poder alguien que hubiera emprendido algunas reformas económicas urgentes ya en esa época y que recién el país pudo ver plasmadas en los 90.

Pero la suerte electoral no le sonrió. En 1980, Belaunde obtuvo el 44.93% de la votación, Armando Villanueva el 27.24% y el Tucán apenas el 9.58%. En el 85, ya luego del desgaste de haber sido cogobierno con Belaunde, Bedoya tambien salió malparado. Un fulgurante Alan García obtuvo el 53.1%, Alfonso Barrantes 24.69% y Bedoya tan solo el 11.89%. Nunca más volvió a postular a la Presidencia.

Bedoya no era estrictamente hablando un liberal. Era confeso socialcristiano. Creía que el Estado debía tener una participación en el manejo económico. Era más un proempresa que un promercado. Y cometió el grave error de llenar a su partido de abogados lobistas, más interesados en obtener poder político para favorecer a sus clientes ocultos, que en desplegar políticas públicas liberales (esa tara le ha durado al PPC hasta hace muy poco).

Recuerdo mucho algunas tertulias organizadas por don Arturo Salazar Larraín en su domicilio, a inicios de los 80, a las que invitaba a los jóvenes periodistas de La Prensa a departir con el líder pepecista. Nunca me quedó claro si lo que quería don Arturo era que convenciéramos a Bedoya de las bondades del liberalismo o, si, al revés, buscaba que el exalcalde limeño nos reconviniera de nuestro radicalismo liberal. Lo cierto es que el Tucán aguantaba a pie firme todas las insolencias posibles y no perdía nunca el buen talante. Mi recuerdo es el de un demócrata por encima de cualquier contingencia.

No fueron sus extraordinarias gestiones al mando de la Municipalidad de Lima, lo que mejor hizo en términos políticos. Su rol en la Constituyente del 78, que dio pie a la Carta Magna del 79, encumbrando a Víctor Raúl Haya de la Torre a la presidencia de la misma y evitando así que la izquierda se metiera por los palos, fue un acto político de primer orden.

Luego tuvo una fructífera labor en la conformación del Fredemo. Fue un proyecto electoralmente fallido, pero que dejó mucha huella ideológica en el país y ello se debió en gran medida al talante componedor de Bedoya, que supo compensar las arbitrariedades señoriales de Belaunde, que tan bien ha consignado Mario Vargas Llosa en El pez en el agua.

Se ha ido un gran político, que mereció mayor reconocimiento cívico y éxito electoral. Un político de una estirpe que tardará muchos años en reaparecer en el Perú.

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1985, Elecciones, Luis Bedoya Reyes

Una de las líneas temáticas más importantes de la narrativa colombiana contemporánea tiene que ver estrechamente con la representación, desde diversas aristas, de la violencia y sus efectos en la sociedad de dicho país. Una constatación empírica nos dice, además, que no hay una sino varias violencias: la de las guerrillas, la de los narcos, la del bogotazo y, ciertamente, la violencia de género.

 

En la tradición más reciente pueden encontrarse ya textos emblemáticos, como La virgen de los sicarios (1994), de Fernando Vallejo; Rosario Tijeras (1999), de Jorge Franco; Delirio (2004), de Laura Restrepo; Los ejércitos (2007) de Evelio Rosero o esa gran novela que es La forma de las ruinas (2015), de Juan Gabriel Vásquez, por mencionar algunos textos que son ya referencia en este tema.

 

Si bien Pilar Quintana (Cali, 1972) se suma a la tradición colombiana de la violencia, es preciso mencionar también que ella forma parte de un nutrido grupo de escritoras latinoamericanas, entre ellas las argentinas Mariana Enríquez y Samanta Schweblin, que han construido un mundo narrativo en el que lo excéntrico, lo fantástico, la locura, el horror y la percepción alterada de la realidad constituyen un poderoso núcleo temático, sin olvidar las connotaciones que se pueden establecer con la experiencia histórica latinoamericana.

 

Quintana, ha sido recientemente galardonada con el Premio Alfaguara de Novela por Los abismos, que debería estar muy pronto en librerías y es autora de otras cuatro novelas: Cosquillas en la lengua (2003), Coleccionistas de polvos raros (2007), Conspiración iguana (2009) y La perra (2017).

 

En días pasados, la editorial arequipeña La Travesía presentó una impecable edición de Caperucita se come al lobo, reunión de ocho relatos de Quintana, un cuentario que sirve de síntesis de las preocupaciones de su mundo narrativo: la exploración de los aspectos más sórdidos de la vida cotidiana (entre ellos, naturalmente, la violencia) y el erotismo abierto y sin tapujos, siempre en el marco de un humor ácido, de una ironía sin concesiones.

 

Ya desde el título, el volumen invita a la inversión de paradigmas, al cuestionamiento de ciertos órdenes consagrados en el imaginario de nuestras sociedades. El cuento que da título al volumen, muestra claramente esa inversión: la joven personaje de este relato tiene una total autonomía de su sexualidad y la ejerce con independencia absoluta, de ahí que ella “se coma al lobo” y abandone el lugar pasivo asignado por el clásico cuento maravilloso. Léase lo que tenga de alegoría y de reclamo a nuestra actualidad, que esa es la manera.

 

Otro cuento presente en este volumen es “El hueco”, en mi opinión el más logrado de todos, no solo por su manejo de la tensión narrativa sino además por la manera descarnada en que la autora describe el sadismo y la bárbara ferocidad con que el narco castiga la deslealtad. A propósito, cualquier parecido con la Hacienda Nápoles y los modales de verdugo de Pablo Escobar, no son mera coincidencia.

 

El lugar de enunciación de estos relatos es sin duda anti hegemónico y todos ellos, de una u otra forma, invitan a un examen crítico de las convenciones aceptadas, de la “normalidad” patriarcal y someten a prueba la pacatería moral. Cuentos que ponen al lector frente a experiencias intensas, dolores inenarrables y vivencias sórdidas. Excúsenme, lectores, de adelantar más argumentos. Solo abran Caperucita se come al lobo, sumérjanse y lean.

 

Era previsible que su ascenso repentino en las encuestas terminase por marear a Rafael López Aliaga. A la legua se le ve que es una persona inestable, voluble y a la que se le sale la cadena a la primera de bastos.

Tremendamente agresivo e intolerante con periodistas, sin importar si son de casas televisivas que son sus hinchas, gestos políticos altisonantes y frases desafortunadas resumen muy bien su último itinerario político.

Lo que parece va a ser un parteaguas en este romance disfuncional que un sector poco ilustrado de la élite AB del país le venía prodigando ha sido este pacto con el Frente Patriótico que comanda Virgilio Acuña, y que no oculta su antaurismo y ha hecho de la libertad del etnocacerista su objetivo mayor.

¿Qué lo pudo haber llevado a cometer ese grave error, que no se va a lograr disimular con desmentidos pueriles a través de notas de prensa? Quizás su vocación miliciana, propia del Opus Dei, orden religiosa ultraconservadora a la que se adscribe, lo llevo a dejarse seducir por los uniformados radicales de la izquierda antaurista. Quizás el mismo espíritu protofascista lo terminó de encandilar. Vaya uno a saber. Tarea de especialistas.

Lo cierto es que nos revela un rostro político más que cuestionable y una personalidad y carácter poco propicios para conducir los destinos del país. A consecuencia de ello, todo permitiría especular que su crecimiento se va a detener y que su votación explosiva será solo efímera y terminará por recalar a predios menos disparatados.

En la derecha, se sobrellevan dos campañas paralelas a la de Renovación Popular, que son las de Keiko Fujimori y Hernando de Soto, que al costado de la de López Aliaga parecen campañas británicas. El juego de ambos es más racional. Keiko apuesta a un crecimiento lento pero sostenido (que puede dar un salto con el trasvase de los lopezaliaguistas desencantados), y De Soto parece haber colocado todas las balas en el último mes de la campaña, suponemos que con mejores resultados que aquellos que se mostraban con una campaña opaca y silente.

Esperemos que así sea. La derecha del país merece una mejor representación que la de alguien como Rafael López Aliaga, el summum de la derecha bruta y achorada, autoritaria en lo político, mercantilista en lo económico y ultraconservadora en lo moral.

Ojalá sus crasos dislates le pasen factura. Si su rush hubiese sido a dos semanas de la elección, quizás era inquilino fijo en la segunda vuelta. No habría dado tiempo para calibrarlo. Felizmente creció faltando un mes y ese impulso anímico lo ha terminado de mostrar en su horrorosa desnudez.

 

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Rafael Lopez Aliaga, Renovación popular
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