Opinión

El Congreso no puede darle la confianza a un gabinete presidido por un sujeto como Guido Bellido, más que por cerronista furibundo, por su ambigüedad respecto de un tema tan sensible para el grueso del país, como es el terrorismo senderista y sus vinculaciones con el caso delictivo de Los dinámicos del centro.

Todo apunta a que sea una provocación premeditada de parte de Castillo para propiciar una primera negatoria de confianza que se tumbaría a su primer gabinete, y que así solo le restaría otra para provocar la disolución del Legislativo, llamar a nuevas elecciones congresales y allí aspirar a lograr la mayoría que hoy le falta para sus propósitos constitucionales.

Quizás, es probable que haya cierta inteligencia política detrás de la inesperada designación de alguien como Guido Bellido en el inaugural Premierato del nuevo gobierno. Puede ser solo torpeza, puede ser también sujeción a Vladimir Cerrón. Y simplemente (valga el término) eso, y que no haya una estrategia política maliciosa detrás.

Pero aún así, el Congreso, mayoritariamente de centroderecha, debe estar advertido y no permitir que Castillo haga lo que le venga en gana desde el poder. Ya los morados y Somos Perú han tomado distancia del régimen por esta decisión. Con ellos, se suman 87 votos en el Parlamento, los suficientes para vacar por incapacidad a Pedro Castillo.

Si luego de la negatoria de confianza a Bellido, Castillo insiste en nombrar a alguien del mismo perfil (Nájar, por ejemplo) o hace cuestión de confianza de algún proyecto de ley o del intento de reforma constitucional, el Congreso ya estará avisado de que la intención es villana y deberá anticiparse, proceder a vacar a Castillo, de inmediato a Dina Boluarte y dar pase a que asuma temporalmente la presidenta del Congreso y convoque a nuevas elecciones generales, con Castillo inhabilitado.

Si el Presidente, en abierto desacato del mandato popular y de la realidad política, cree que puede hacer y deshacer desde su cargo, pues tendrá que recibir el golpe político que se merece. Se va a generar zozobra e incertidumbre mientras dure el proceso, pero esa situación será infinitamente mejor que la que supondría agachar la cabeza ante alguien que no demuestra en sus primeros pasos tener las credenciales políticas y morales para ejercer la primera autoridad del país.

Se vienen tiempos difíciles para la República. Castillo pudo entender que podía hacer un gobierno de izquierda, que con legítimo derecho cambiase la política económica y refundase el Estado ineficaz que hemos sufrido, pero al parecer, imbuido de una lógica radical y de confrontación, cree que puede llevar al país hacia el abismo. Eso no se le puede permitir.

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Dina Boluarte, Guido bellido, Pedro Castillo

Hay ocasiones en las que la fotografía tiene un valor social y documental incalculable. Sus imágenes tienen la virtud de narrar sin palabras, de explicar sin teorías, de revelar sin exagerar el artificio. El Perú cuenta con una gran tradición de fotografía que va en esta dirección. Baste mencionar, por ahora, antecedentes cruciales como los de los artistas cusqueño Martín Chambi (1891-1973), Eulogio Nishiyama (1920-1996) o el arequipeño Guillermo Montesinos (1877-1925), que registraron a través del lente parte del vasto universo sociocultural del sur andino del Perú.

Acercándonos un poco más a la experiencia contemporánea, no se puede soslayar el aporte valioso de Tafos (Taller de Fotografía Social), surgido en 1986 a partir de talleres de fotografía impartidos en Ocongate (Cusco) y El Agustino, en Lima. Tafos, fundado por los alemanes Thomas y Helga Müller, se convertiría muy pronto en un referente de la fotografía de carácter social y sus alcances metodológicos y conceptuales, que iban desde ser una herramienta de la antropología urbana hasta configurar una escuela etnofotográfica. Un enorme archivo de 150 mil negativos es el testimonio de un proyecto que logró crear núcleos de fotógrafos por muchas partes del país.

Podría seguir mencionando otros hitos, pero eso me distraería de la razón por la que escribo estas líneas, que es poner de relieve la aparición de un reciente libro que enlaza crónicas e imágenes en torno a uno de los episodios más interesantes de nuestra historia última: la conversión de la Plaza de Acho, epicentro de la actividad taurina nacional, en la sede de un albergue para quienes se cuentan, seguramente, entre los pobladores más vulnerables de la ciudad. Me refiero a Casa de todos. Rostros de la calle en Plaza de Acho, con textos de Luis Cáceres y Carlos Fuller, y fotografías de Franz Krajnik y José Vidal.

Como se recuerda, al inicio de la pandemia y el confinamiento obligatorio, la Beneficencia Pública de Lima y la Municipalidad de Lima deciden convertir Acho en un albergue temporal para que quienes carecían de un hogar al menos tuvieran temporalmente cobijo, alimento y salud. El resultado no se hizo esperar. Este lugar es sin duda una metáfora de la empatía y una muestra de que el humanitarismo nunca puede ser una tarea inútil.

Las crónicas de Cáceres y Fuller tienen una potencia conmovedora. Navegan entre el tono testimonial, el registro biográfico y la plasmación del habla de sus personajes. Indigentes, abandonados, olvidados, estos seres humanos han vuelto a la vida y en sus palabras, cálidas y sencillas, hay varias cosas en común: la tortura interior, la gratitud, la reflexión, el amor por la vida. Se trata de personas que creían haber perdido la esperanza y han asistido, poco a poco, al milagro de su recuperación, al prodigio de saber que la palabra dignidad podía tener un sentido más pleno.

Las fotografías de Krajnik y Vidal no complementan, son discurso en sí mismo. La imagen también nos comunica y nos instala en este universo de personas desoladas, cuya reconciliación con la vida parecía algo imposible de lograr. Imágenes que se mueven en clave realista, pero no descuidan la expresión. Krajnik y Vidal construyen un fresco en el que arte y miseria, arte y soledad, arte y pobreza se reconcilian y nos devuelven este esperanzado abrazo en el que los sin hogar, los sin voz y los sin rostro nos recuerdan que por algo hay que combatir la desigualdad y la pobreza, porque se trata de dos cosas que ofenden profundamente a la vida. Mención aparte para una bella y muy cuidada edición.

Casa de todos. Rostros de la calle en la Plaza de Acho. Lima: Fondo Editorial de la Universidad de Ciencias Aplicadas (UPC), 2021.

Si tomamos como referencia los temores que un sector de la derecha tenía respecto de la inminencia de un discurso radical, estatizante, expropiador y autoritario, el mensaje presidencial suena a lecho de rosas y a moderación económica y política.

Pero si descartamos las paranoias imberbes de nuestra poco ilustrada derecha nacional, lo cierto es que, más allá de las empáticas invocaciones históricas de arranque del discurso, que resuenan positivamente o deberían hacerlo en esta fecha bicentenaria, hemos asistido a una puesta en escena que no augura buenos tiempos para el país.

En materia económica, anuncios como los de retomar la actividad empresarial absoluta de Petroperú, otorgarle al Banco de la Nación función competitiva en el sector financiero o meter al Estado como socio -inclusive mayoritario- en proyectos de inversión minera, etc., no es una buena noticia, ni siquiera desde el punto de vista de una política económica de izquierda moderna. Son antiguallas ideológicas que solo traerán ineficiencia, corrupción y resultados contraproducentes.

Lo más grave, sin embargo, es su terca insistencia en la Asamblea Constituyente, con la cual, obviamente, sí pretende transformar por completo el modelo económico y convertirlo en un esquema estatista y controlista (si no, ¿para qué lo quiere cambiar?).

Al menos reculó en la idea original de ir por el camino del referéndum directo, lo cual hubiera sido un manotazo anticonstitucional, y ha decidido ir por el Congreso, como corresponde, pero hay que estar alertas respecto de la estrategia gubernativa para lograr su cometido.

¿Se va a quedar satisfecho Castillo con presentar una propuesta de reforma constitucional del artículo 206, someterla al Congreso y aceptar democráticamente dicha decisión, así sea contraria a sus deseos? El Legislativo seguramente le dirá que no es viable y ni siquiera obtendrá los 66 votos que necesitaría para luego ir a un referéndum que consolide la reforma. ¿Allí quedará la cosa?

Si así fuera, santo y bueno. El Primer Mandatario podrá decir que lo intentó y que no pudo, y se dedicará a gobernar con medianía nuestra economía y ojalá con eficiencia los sectores Salud y Educación, que son sobre los que más expectativa ciudadana hay (esperemos que el gabinete entrante esté a la altura de ese desafío).

Pero todo este esquema saltaría por los aires si Castillo, por ejemplo, decide hacer cuestión de confianza respecto del proyecto de reforma, provocando una colisión de poderes que podría llevar a la disolución del Congreso y estrenar un periodo de absoluta incertidumbre.

Las bancadas de centroderecha democráticas deberían saber, en esa perspectiva, a qué atenerse. Lo primero, no votar la propuesta y consultar al Tribunal Constitucional si procede esa cuestión de confianza sobre una reforma de la Carta Magna. Si el TC lo permitiese, pues igual votar a conciencia y rechazar semejante empotrada política, aún a riesgo de perder la curul y propiciar una nueva elección congresal.

Y de darse el caso, en esos comicios corresponderá nuevamente dar la batalla política. Todo lo que sea necesario se deberá hacer para impedir que el actual gobierno nos lleve a la deriva estatista y autoritaria que tantos ejemplos funestos tiene en la región y cuya posibilidad pende como una espada de Damocles sobre el país mientras Castillo no renuncie a la peregrina idea de refundar constitucionalmente la República.

Ayer hemos celebrado doscientos años de una puesta en escena que aún hoy no termina. Han cambiado los personajes, las imposturas, los ritos y los símbolos pero aquella base colonial, excluyente, discriminadora y racista sobre la que se construyó nuestra república sigue -pese a algunos pequeños avances- incólume. Se podría decir que son doscientos años de una farsa. Nunca pudimos lograr que los vasallos se vieran como ciudadanos con derechos y deberes. Hicimos de nuestra sociedad un lugar donde el privilegio, el color de piel y el prejuicio y no la capacidad, el talento, el trabajo o la inteligencia sean el criterio para distinguir a las personas.

Como un rezago de la época colonial el estado republicano se estableció en una sociedad en la que no existía vida pública ni ciudadanos. Fracasado el proyecto de una monarquía constitucional, las ideas republicanas entusiasmaron a la élite intelectual, pero no encontraron fuerzas sociales en condiciones de llevarlas a cabo. La República no supo acabar con la sociedad estamental de la colonia. Abolieron los títulos, pero paradójicamente el resultado no fue la democratización, sino que se plebeyizó al régimen jerárquico preexistente. El Perú mantuvo hasta 1854 -en plena República- la esclavitud y el tributo indígena y fue recién en 1980 que se permitió el voto universal.

Aquí radicaría uno de nuestros principales obstáculos para un proyecto común como nación. El Estado criollo, ayer como hoy, siempre que sintió amenazados sus intereses recurrió a la fuerza, la represión y la dictadura como modo de instaurar un orden, entendido como el mantenimiento de ciertos valores por ellos mismos consagrados. El nexo entre autoritarismo y democracia fue el militarismo. Con un ejército pocas veces participando de batallas con extranjeros y en las pocas que lo hizo perdió. No era de extrañar que su principal objetivo no fuera otro ejército extranjero, sino Palacio de Gobierno.

Paternalismo y violencia crean lealtades verticales de subsistencia que no pueden producir una sociedad igualitarista ni autonomía en los ciudadanos. Los conflictos sociales y políticos se convierten en disputas entre señores y sus séquitos que conforman grupos de clientela de carácter grupal, heredados de una sociedad colonial fragmentada, en la que resultaba demasiado difícil articular intereses y producir un proyecto colectivo.

Esto se traduce en la imposibilidad de crear ciudadanos autónomos y respetuosos de la ley. El igualitarismo típico de las sociedades modernas se torna una quimera, o mejor aún, en una ficción. Entonces no es tanto la mentalidad despótica de una élite política lo que origina nuestra “tradición autoritaria” a lo largo de la historia, sino el sentido común que la sostiene y reproduce en la vida cotidiana, desde la familia y la escuela hasta las relaciones laborales y jurídicas. Esto crea un tipo de relación moral en la que actos tan cruentos como la tortura, la violencia familiar o el feminicidio pasan completamente desapercibidos entre nosotros.

La nuestra se constituye en una sociedad de la desconfianza donde el manejo de los símbolos es muy difícil, nos hemos acostumbrado a que la gente aplauda y a la vez dude del que le habla. Buscamos esperanza y también al culpable. Esto pese a los muchos intentos por parte del Estado por construir una identidad nacional, ha fracasado, pues siempre se hizo desde arriba y como una imposición. Los peruanos aprendimos a de decir que sí cuando es no, como un modo de resistir el avasallamiento de los dominadores.

En una perturbadora novela Guillermo Thorndike hace reflexionar a uno de sus personajes principales; “Carecemos de identidad histórica, hemos traicionado nuestra antigua lengua, nos hemos olvidado de los dioses propios y hemos adoptado divinidades ajenas no siempre de la manera más honesta. Nos damos golpes en el pecho, cumplimos con las formalidades y después hacemos lo que nos da la gana. Hemos delimitado claramente los compartimentos estancos de la vida: mi amor por la mujer en la persona de mi madre, a la cual respeto, pero todas las demás son utilizadas, maltratadas, Unas putas. Mi amor por la madre de mis hijos pero traición a mi esposa. Mi respeto al padre, al Señor Morado: un día de procesión y trescientos sesenta y cuatro de corrupción.” En suma somos y nos somos.

Mantenemos un discurso que sea aceptado para evitar el rechazo, pero es siempre difícil saber exactamente qué piensa un peruano. Históricamente la élite nunca buscó una sociedad libertaria e igualitarista, sino mantener el orden autoritario y estamental que soportaba a la sociedad colonial. La disputa misma sobre la independencia fue un asunto de criollos interesados más en sus propios beneficios que en los de la comunidad. Recordemos, sino, a la aristocracia limeña financiando a los realistas incluso una semana antes de la llegada del ejército libertador a Lima.

Tenemos un tipo de moral que no respeta al Otro como alguien diferente, sino que genera relaciones de poder autoritario en las que no todos somos iguales. Ante delitos atroces sus perpetradores piden impunidad o nunca son castigados. Dentro de esta mentalidad hay vidas que son prescindibles en el Perú. Una muestra de ello ha sido la barbarie senderista que costó al Perú la vida de casi 80 mil peruanos, o el manejo infame de la pandemia por parte de Martín Vizcarra que a punta de frivolidad, corrupción y un alto sentido de la traición produjo la muerte de más de 100 mil compatriotas.

Cabe preguntarse entonces por las fuentes de esta profunda insensibilidad ética que nos ha llevado a tanto horror en estos doscientos años. La violencia, el autoritarismo y la corrupción que nuestra sociedad encarna, debemos buscarlos en nuestras tradiciones simbólicas y ampliamente socializadas como resultado de un largo proceso de constitución de categorías conceptuales. Hace falta todavía una fenomenología de nuestro mundo moral que nos muestre lo que somos y nos permita explicar por qué somos de esa manera.

UNO

Pelo ensortijado, bigote frondoso a lo mexicano y cara pintada (para darle mayor expresividad a su performance). Este Frontman ochentero miró a la multitud y se lanzó a cantar a capella. Lo insólito, fue que no empezó cantando uno de sus hits. Entonó el Himno Nacional. Nos quedamos cojudos, mis amigos y el que suscribe. Y eso es difícil. Porque, cuando tienes veinticinco años, crees tener todas las respuestas. Eran las 4pm y Frágil, empezaba su actuación de esa manera. En aquellos lejanos noventa, aun la Feria del Hogar, era lugar de encuentro para los que deseaban encontrarse con el Evangelio del Rock Peruano.

DOS

“¿Quién es el ángel guardián que descorre su capa cuando yo duermo?
¿Cuándo mi espíritu vuela cómo no me caigo yo en un infierno?
¿Cómo camino descalzo donde solo hay piedras incandescentes?
¿Dónde quedan las cadenas que me atan al mundo y quién las tiene?”

 Pastas Pepas y Otros Postres – 1981

La garúa miserable del invierno limeño de 1981. Enfundado en mi uniforme color gris-rata, camisa blanca y pelo corto. Junto con mis compañeros de Secundaria nos juntaban, a las 7:00 am en punto, para cantar el Himno Nacional y saludar a la bandera. Religiosamente todos los lunes. Creo que era uno de los momentos que más detestábamos. Mis hermanos y yo habíamos descubierto el 74 el Rock, y lo cobijamos sin contemplaciones. En especial, el rock británico.

Pero ese año sucedió lo impensado. Visualizando una noche,  la caja boba, descubrimos a Frágil. Nos quedamos anonadados con su video, y el hecho que cantaban en castellano. Pegó de inmediato y la canción matriz estuvo entre las más requeridas. Andrés, era el vocalista y compositor, y en que se fijaban todas las miradas. Rock progresivo, que fagocitaron de grupos ingleses setenteros como Yes, una letra subyugante y extravagantemente poética; armaba el puzzle ideal. Frágil se sumaba a nuestro Playlist ochentero.

TRES

“Nació producto de esta inmensidad
Siniestra sociedad
Engendro extraño pero muy normal
Echó a saltar y dijo ya no hay más
Camino sin razón
Es casi como toda destrucción”

Inquietudes – 1990

  • Hola soy….y deseo conversar con vos. Soy fanático de Frágil. ¿Sería posible?
  • Claro, vente el sábado al mediodía. Toma nota de mi dirección….

Era la mañana de un día primaveral de 1991. Salí temprano de casa (vivía en el culo del mundo) y llegué a Barranco a la hora acordada. Toqué la puerta y atendió una mujer joven, sumamente agraciada.

  • Ahora sale, espéralo un momento. Toma asiento.

Era una de esas casas de la Lima antigua. Al rato salió fresquísimo. Me di cuenta que recién se levantaba.

  • Vamos me dijo. Y lo seguí.

Fuimos a un restaurante del pintoresco barrio. Charlamos de todo un poco, mientras devoramos unos sándwiches de pollo. Me habló de sus influencias (Beatles, Yes, Peter Gabriel) del porqué dejó el grupo y se fue a México a mediados de los ochenta. Su vida en los EE.UU, o la vez que dio un examen en la UNI siendo adolescente. Le pregunté por la letra de sus canciones y justo había traído copias de dichas letras, y me las cedió sin reservas. Su carisma era evidente y hablaba sin poses ni divismos. Cuando miré mi reloj, me di cuenta que habíamos estado charlando cerca de 2 horas. Fue una animada tertulia.

CUATRO

Creo que mucha gente equivoca el concepto de patriotismo. Considera que gustar de la música criolla o ponerte en el pecho la escarapela, te hace más peruano. No lo creo así. Enorgullecerse de su patria es un proceso, que incluso puede tomarte toda la vida. En 1981 tenía 15 años y era un típico adolescente reinseguro. Ahora escuchar un grupo de rock tan bueno, ayudó mi autoestima. Aunque parezca mentira. Saber que se podía hacer buena música en nuestro idioma y en el país. En 1990 sacó el álbum “Serranio” que incluía canciones como Huarmi (mezclaba rock sinfónico con folcklore), entre otros hits, que transmitía la inolvidable Radio Doble Nueve.

A finales de los ochenta, había aprendido amar mi país. Lo descubrí. Recorrí gran parte de la geografía: conviví con la gente de los Andes, los olvidados, los de a pie y también con los mesócratas. Ergo, empecé apreciar nuestra música criolla.

Aquella tarde en la Feria del Hogar sentí (mejor dicho) sentimos, los jóvenes ahí congregados, que el Himno era nuestro. Lo cantamos a todo pulmón. Lo sentimos como propio. Tenía 25 años.

Era un 28 de julio de 1991.

Hoy se conmemoran doscientos años de independencia de la corona española y el nacimiento de la República. No hay mucho motivo de celebración. El sueño republicano sigue siendo una utopía y en esa perspectiva han sido escasos los momentos positivos de nuestra historia nacional en los dos siglos acontecidos.

Mientras no logremos consolidar el capitalismo liberal y lo acompañemos de la construcción de un Estado moderno y eficiente, el republicanismo será una utopía, una impostura, una ficción precaria.

Apenas se ha rozado ese círculo virtuoso en algunas fases de nuestra historia, quizás cuando la República Aristocrática o con el fujimorismo económico y la transición democrática de los últimos 30 años. Y no son, siquiera, momentos ejemplares de construcción de un ideario liberal sino a lo sumo momentos de entronización de modelos proempresariales.

Que aún así se haya logrado cifras importantes de crecimiento económico, reducción de la pobreza y de las desigualdades solo nos debería llevar a soñar lo que podría haber ocurrido si detrás de tales proyectos hubiese existido una voluntad económica y política realmente liberal.

Por eso, el país nos acaba de dar un cachetazo antiestablishment en esta elección bicentenaria. Por eso, a pesar de que nunca antes en nuestra historia republicana las regiones del país han gozado de tantos recursos, han sido las provincias andinas las que han desplegado un voto antilimeño potente y casi absoluto.

Una economía cabal de mercado liberal competitivo, sin prebendas ni argollas clasistas, una democracia republicana igualitaria y participativa más allá de los procesos electorales, y un Estado ecualizador de las oportunidades ciudadanas a través de unas dignas salud y educación pública, y provisión decente de seguridad y justicia, son las condiciones pendientes de realizar para el tercer siglo de nuestra vida como nación independiente.

Solo la conjunción de esos tres criterios (liberalismo, democracia republicana y buen Estado) hará factible sintonizar la sociedad nacida de la proclama libertadora de San Martín, con la herencia milenaria de los pueblos originarios, que han sido, por lo general, los grandes olvidados de todo proyecto republicano (para empezar, la Independencia no fue conquistada a plenitud por quienes sufrían la mayor opresión).

Al parecer, afrontaremos el inicio del tercer siglo transitando un paréntesis en esa gran apuesta pendiente y con el riesgo de retroceder globalmente si se plasma un proyecto antiliberal, autoritario y conservador. Hacemos votos porque el gobernante en funciones adquiera lucidez y su paso por Palacio no produzca una parálisis estructural y más bien, correctamente encaminado, contribuya a expresar y darle reconocimiento al pueblo que su origen humilde representa.

En todo caso, la fuerza de los hechos hará, confiamos en ello, que más temprano que tarde el país se vuelva a encontrar frente a la posibilidad de retomar el desafío pendiente de nuestra larga historia. Ojalá estemos a la altura de las exigencias cuando ello vuelva a ocurrir.

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Bicentenario, capitalismo

Bremen, Múnich y Hamburgo no son lo mismo para un peruano amante del fútbol que Berlín, Dortmund y Sttugart. Las tres primeras pertenecen a un conjunto especial, solo apto al reconocimiento de aquellos peruanos conectados a la coyuntura de la pelota. Para cualquier otro ser humano, incluso otro peruano, serían todas seis de las ciudades más grandes de Alemania. A lo mucho. Y ya.

En Alemania empiezan las tardes cuando en Perú empiezan los días. Por eso la Bundesliga es para el peruano un deporte mañanero. Y algunos despistados quizás no puedan distinguir cómo así los alemanes toman cerveza en las tribunas cuando es la hora del cafecito, el jugo y el cereal. Qué envidia, dicen muchos. Para otros, esas mañanas de Bundesliga, hace una década, tenían un sabor especial.

Claudio Pizarro era el delantero titular de un equipo alemán. El indiscutible. Siempre, cada domingo. Como lo sería hoy un Haaland o un Lewandowski. Paolo Guerrero hacía lo mismo algunos kilómetros más allá. Y hasta Jefferson Farfán fue, por algunas temporadas cercanas, un volante por derecha que se comparaba con un Sané o un Coman. Y todos eran, pues, bien peruanos. Orgullo nacional.

Vale la pena recordarlos hoy, un 28 de julio. Qué atacantes tenía el fútbol de Perú en el extranjero. Dejaron una huella imborrable en el fútbol alemán, aquel que es el más ganador de la historia de este deporte. Los tres, en niveles diferentes. Y cuánto significó para grandes y más aún jóvenes hinchas de fútbol peruano aquellas mañanas alemanas, con la música de Beethoven, por la pantalla de CMD y la narración de Luis Carrillo Pinto.

Gianluca Lapadula es eso para el fútbol peruano de hoy. Tarde, pero lo es. En tan solo pocos meses, con poca información y en medio de una pandemia. Aún habiendo pisado el Perú un par de veces, siempre con un presidente nuevo en el mando -misma situación que se repetirá en setiembre-. Se puede decir que Gianluca pone un presidente, así de importante es. A partir de la temporada que empieza en agosto, Lapadula es el Luke Skywalker peruano.

Ha vuelto entonces esa ilusión por ver si el delantero nacional de moda puede mojar las redes cada fin de semana en su club. Sin embargo, hay una interrogante que parece una duda existencial y que se sigue extendiendo a pesar de que ya acabó la Copa América y Lapadula ahora vale en el mercado de fichajes más de cuatro millones de euros. ¿En qué equipo va a jugar Gianluca?

Por segunda vez en dos años, Lapadula vio como su equipo descendió de categoría. En esta campaña mucho más activo y participante que en la anterior, con el Lecce. En el Benevento, que empezó con buen pie la temporada pero fue perdiendo ritmo, el peruano fue el nueve titular. Incluso lo siguió siendo cuando se consiguió el préstamo de joven delantero argentino, Adolfo Gaich, para probar suerte y superar la categoría. Ni un argentino salvó el destino final.

Benevento se fue a segunda y Lapadula ha sido puesto en opción de compra. Las manos del club italiano están abiertas para recibir una oferta adecuada. Puede que sea la primera vez en toda su historia que un club tan pequeño como ese reciba en millones una transferencia por un jugador. Nunca han valido tanto en su planilla. Se trata de un equipo modesto que acaba de vivir tan solo su segunda temporada en primera división. 

Y existe esta situación, en realidad, gracias a la selección peruana. En cualquier otro contexto, un jugador como Lapadula sería un costo perdido para el Benevento. No quedaría de otra que, a sus 31 años, perseverar en el equipo, jugar la Serie B y luchar por volver a primera. Quizás venderlo por poco a otro club que pelee el descenso en la Serie A. A Lapadula los apenas ocho goles de la temporada no le alcanzaron para hacerse ver como el diferente de un equipo fracasado. 

Pero pasó el milagro. En un mes, Lapadula es un héroe peruano, tiene más prensa que nunca, quizás más que cualquier otro delantero del fútbol italiano, en realidad. Es ídolo de un país futbolístico, y es la esperanza titular indiscutible de una selección que intentará llegar a un Mundial por segunda vez consecutiva. Vale decir que esto solo ha ocurrido una vez (Argentina 78 y España 82) en noventa años. 

Entonces, ¿Dónde va a jugar Lapadula? El Benevento prefiere venderlo, quizás intentar extender la sesión de Gaich (que intentará buscarse un mejor futuro tras jugar Tokio 2020 con Argentina) o traer a otro delantero más barato para reforzarse. Ya lo dijo el gerente deportivo del club, Foggia. Si hay ofertas, se evaluarán en beneficio del equipo.

Los rumores empezaron por el fútbol italiano. Parecía que el Torino quería regresar a un hijo prodigo a su ciudad natal. Lapadula nació en Turín e hizo divisiones inferiores en la Juventus. Pero en el Torino hay un jugador leyenda con la camiseta nueve que es titular indiscutible hace más de seis temporadas, y ahora también titular de la selección italiana. Solo sería una opción comprar a Lapadula si Andrea Belotti es vendido, lo cual no parece muy realista. Además, el equipo del toro está forrado de delanteros: Simone Zaza, el español Iago Falque y el paraguayo Antonio Sanabria.

Luego llegó una misiva desde Turquía: el Trabzonspor podría estar interesado en Lapadula. El técnico del club ordenó seguir al delantero. Pero el Presidente del equipo turco ya aclaró no conocer nada sobre este jugador. Así de directo, sin anestesia. También se habló del Mónaco de Francia, un equipo que ya tiene dos nueves en su lista: el capitán del equipo Wissam Ben Yedder y el alemán Kevin Volland. Algunos entusiastas lo han querido poner en la lista del Leicester de la Premier League, el feudo de un don nadie como Jamie Vardy. Pero al día de hoy, en una semana, estos ya se volvieron viejos rumores. 

En las últimas horas se habla del interés del Celtic de Glasgow, Escocia. Se trata de una liga de fútbol de tan solo doce equipos, muy histórica y de gran fanaticada, pero de poca trascendencia. Es un fútbol lento y antiguo. De hecho, el Celtic está apunto de quedar fuera de la Champions League en segunda ronda preliminar en manos de un club noruego. La titularidad de Lapadula tampoco estaría garantizada en este equipo, cuyo nueve es una leyenda del club, Leigh Griffiths; acaban de comprar dos jóvenes promesas, Liel Abada y Kyogo Furuhashi; y lleva tres temporada saliendo goleador del equipo un tal Odsonne Édouard. 

Listo, no se sabe dónde jugará Lapadula la próxima temporada y parece que la novela tiene para rato. ¿Alguno de esos nombres de equipos suenan tan interesantes como sonaron Bremen, Hamburgo o Munich? Que no hayan tantas expectativas. Cuando Farfán, Pizarro o Guerrero fueron adquiridos, tenían toda la carrera por delante y fueron comprados por clubes que pasaban por una gran condición económica. Mucho se dice que Guerrero y Farfán fueron grandes apuestas históricas en lo económico por el Hamburgo y el Schalke 04. 

En este 2021, Lapadula no va a ser contratado por una cifra récord. Eso ya lo vivió en el 2015, cuando se debatía si vendría a jugar por Perú y acababa de salir campeón de la Serie B con el Pescara. Gareca lo fue a visitar, pero ante el coqueteo y el sueño de la selección italiana, dijo que no. ¡Cómo hubiera sido si el gladiador se ponía la nueve y nos llevaba a Rusia! Esa es historia vieja. En ese entonces, lo compró el poderoso Milan y luego el Genoa. Con esas dos compras, que significaron un total de veinte millones de euros, se volvió el jugador peruano por el que se ha pagado en el mercado de fichajes. 

Con suerte, Lapadula irá a un club que pelee el descenso de la Serie A italiana. Si se pone aventurero, podría probar suerte en una liga menor europea. Aunque quizás suene mejor seguir siendo la carta gol del Benevento, aunque sea jugar la Serie B. Es una liga que conoce, de la cuál ha sido goleador, y es un equipo que necesita un héroe la próxima temporada. La prioridad tiene una línea clara: que sea titular, figura del equipo y pueda llegar con confianza a las eliminatorias. Que no se olvide, faltan doce finales. 

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Benevento, Gianluca Lapadula

Hoy, día en el que empezamos a celebrar el bicentenario de nuestra independencia y de la audaz decisión de convertirnos en una república democrática, aún tenemos deudas que saldar causadas por la informalidad, el racismo, la corrupción y la violencia. Pero quizá haya llegado el momento de librarnos del pasado, de independizarnos nuevamente, salvo que en esta ocasión será desligarnos de los grupos económicos aprovechados de esos males que extendieron sus intereses desde la capital y gobiernos regionales hasta el Congreso de la República, el Poder Judicial y los medios de comunicación nacional.

Resguardarnos de esos males y arrojarlos al pasado nos proyecta inevitablemente hacia el futuro. Y quienes lo protagonizarán serán las niñas, niños y adolescentes que han llevado una extraña formación escolar este año y el pasado debido a que la restricción social para protegerlos de la pandemia los separó de la escuela, a unos menos, a otros por completo; serán aquellas y aquellos jóvenes a quienes el insuficiente sistema de salud los dejó sin abuelas, sin padres, sin madres, sin hermanos; serán los herederos de familias a las que el sistema económico tiene pendiendo del hilo de un bono que se les cobrará cuando en el futuro deban pagarlo con sus impuestos, si es que tienen trabajo.

Una nueva república debería asegurarles que sus madres y padres podrán recuperar, incluso mejorar, su salud y trabajo. Porque tendrán acceso a un sistema de salud integral, tanto física como mental, con una atención primaria intercultural de buena calidad. Porque el Estado acordará en diversos sectores públicos y privados la creación de puestos de trabajo y prácticas productivas sostenibles en el tiempo para sus madres y padres, asegurará que todos sus derechos laborales sean reconocidos y que puedan acceder a una vivienda digna y caliente.

Debería ofrecerles la nueva república una escuela que los forme con los mejores profesores del país enviados especialmente para que recuperen los años perdidos por la pandemia, y en caso la vida y su familia sean duros con ellas, con ellos, debería abrirles la escuela, la universidad y los centros comunales como espacio de ayuda, acogida e incluso de refugio contra las diferentes violencias que la nueva república de seguro erradicará.

Debería dejar en el pasado, como mala práctica de esa vieja república ineficiente, la evasión de impuestos a las empresas, sobre todo de las más grandes y con mayor razón trasnacionales, y empezar a cobrar los impuestos para que las arcas del Estado cuenten con los fondos necesarios para solventar la educación, el trabajo, la salud y la educación que se merecen. Los pactos de la nueva república serían públicos y transparentes, pues se establecerían con empresas formalizadas y respetuosas de las normas para proteger nuestras tierras, nuestras vidas y nuestra agua.

Indudablemente, esta nueva república que nuestras niñas, nuestros jóvenes deberían protagonizar, contaría con un Estado eficiente, moderno y bien organizado, donde los puestos no son premios, sino grandes retos para buenos profesionales dispuestos a hacerse cargo. Los partidos políticos contarían con una legislación contra la corrupción y a favor de una auténtica democracia representativa. Y podrían votar con seguridad, pues gracias a sus buenos representantes parlamentarios y su excelente legislación electoral, ningún partido sería capaz de exponer información falsa o mentiras descaradas para sembrarles miedo y aprovecharse del engaño. Pero como la tentación es grande, sería una juventud con la formación necesaria para que al verse engañados pudieran denunciar el delito y defender el sistema político que respetan.

Como toda nueva república, tendrá enemigos, pero esa nueva generación sabrá identificar de inmediato a quienes se opongan a que nuestras leyes y servicios puedan responder las diversas necesidades de todo el Perú, y ya no, como en la vieja república, a los privilegios de la capital y otras zonas de la costa donde se acomodan para desde ahí continuar evadiendo impuestos y monopolizando sectores productivos, repartiéndose cargos para saquear los fondos públicos.

La vieja república, moribunda, con representantes en el congreso que prefieren el abuso del poder frente a la negociación democrática, con funcionarios ministeriales y regionales indiferentes y corruptos, defendida por jueces y fiscales sobornados, tiene un pacto vergonzoso que ha hecho de canales de televisión, radios y periódicos de alcance nacional, un gigantesco y apestoso megáfono, donde sin pudor alguno, se defiende esta cadavérica forma de gobierno  con acciones y discursos violentos y racistas que no sirven para nada: salvo, como en este contexto electoral, cuando consiguieron dotarnos del enemigo común que necesitaba el Perú entero para unirse y poco a poco aclarar acordar los pasos que tenemos que dar para cambiar. Esos pasos han hecho evidente que al menos sí contamos con una fundamental condición para esa nueva república: si pudimos combatir en estas elecciones sucias artimañas, si logramos detener a tantos incapaces, fue porque hemos conseguido implementar los pilares de una auténtica y firme democracia, la que ya podemos ofrecer a esta nueva generación.

28 de julio de 2021

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