Opinión

[Música Maestro] OTROSÍ: Mientras preparaba este artículo, me enteré del fallecimiento, a los 81 años, del saxofonista y flautista Walter Parazaider, uno de los fundadores de Chicago. Además de dominar todos los instrumentos de viento, tocaba también teclados y guitarra, especialmente en las baladas ochenteras del famoso grupo. El mundo sigue quedándose sin músicos de calidad, a merced de las simplonerías de Shakira y los reggaetoneros de pacotilla.

Peabo: Una voz espectacular

Para nadie es un secreto la capacidad vocal de los artistas afroamericanos, tanto hombres como mujeres, en cualquier época y estilo. Desde Stevie Wonder y Chaka Khan hasta Whitney Houston y D’Angelo, las voces negras han destacado siempre por su potencia, afinación y calidez, motivo de orgullo para los Estados Unidos. En ese amplio ecosistema de voces superdotadas, la de Robert “Peabo” Bryson brilló como ninguna otra durante la primera mitad de los noventa, cuando se hizo mundialmente conocido por colocar su poderoso y alto rango de tenor en dos inolvidables baladas que fueron temas centrales de exitosas películas animadas de los estudios Disney.

En una época en que la humanidad aun no desechaba del todo el romanticismo como fuente de inspiración y donde el entretenimiento para niños servía también para adultos en búsqueda de emociones y sentimientos blancos, estas canciones y filmes lograron convertirse en clásicos modernos, símbolos de todo lo que hoy muere diariamente bajo las aplastantes montañas de bosta reggaetonera y exhibicionismo barato que llegan desde cualquier parte del mundo.

Peabo Bryson falleció el pasado 2 de junio, a los 75 años, pocos días después de sufrir un infarto. Fue muy querido en Chile, pues participó en dos ocasiones en el Festival Viña del Mar, representando a Francia con la canción Let me try again, con la que se llevó la Gaviota de Plata en la competencia internacional el 2001 y luego, al año siguiente, como jurado, ocasión en la que ofreció un concierto donde junto a Andrea Tessa y Rachel, dos cantantes muy conocidas localmente, interpretó emblemáticas canciones de su repertorio.

Del R&B y el funk a las baladas cinematográficas

Entre 1976 y 1991, Peabo Bryson publicó trece álbumes, la mayoría de ellos para el sello Capitol Records, con los que fue abriéndose camino en el competitivo mundo del R&B, el soul y el funk. Bryson se integró a una ola de artistas capaces de conmover por la sensualidad y energía de sus voces, en géneros clásicos de la canción popular afroamericana. Hablamos de una época en que brillaban nombres como Earth Wind & Fire, Barry White, Lou Rawls o Marvin Gaye, muchos de los cuales venían desde más atrás, con un terreno ya conquistado.

En ese sentido, a pesar de la innegable calidad de su voz, Peabo solo logró colocar algunas de sus composiciones en los rankings como, por ejemplo, Feel the fire (Reach out for the sky, 1977), I’m so into you (Crosswinds, 1978) o If ever you’re in my arms again (Straight from the heart, 1984), probablemente su tema más difundido hasta ese momento y que, hasta ahora, puede escucharse en radios norteamericanas de música del recuerdo. Además de escribir baladas “para ayudar a los hombres a ser más sensibles”, Bryson se daba el tiempo para cortes más rítmicos, como Move your body (I am love, 1981), Underground music (Peabo, 1976) o Crosswinds (Crosswinds, 1978), con aires sofisticados que lo acercaban al cool-jazz de George Benson, Ray Parker Jr. o Al Jarreau.

A ese periodo pertenece el dueto Tonight I celebrate my love, otra de sus interpretaciones más destacadas, grabada junto a Roberta Flack para un LP titulado Born to love (1983). Tres años antes, el cantante ya había lanzado con la intérprete de Killing me softly with his song, fallecida el año pasado, el doble en vivo Live & more (1980). Pero después de 1991, el cantante y pianista pasó de ser medianamente conocido a convertirse en una superestrella del pop global gracias a dos temas de película.

Peabo Bryson y los estudios Disney

Cuando los compositores de Beauty and the beast, Alan Menken y Howard Ashman propusieron a Celine Dion para grabar la versión pop del tema central de la película de dibujos animados del mismo nombre lo hicieron pensando que la joven canadiense de 24 años lo haría sola. Sin embargo, en una inteligente movida comercial, los productores decidieron convertir la canción que, en el largometraje, es interpretada por Angela Lansbury (1925-2022) -encargada de la voz de uno de los personajes animados- en un dúo para explotar la naturaleza romántica de aquella icónica escena en que las almas de la bella y la bestia se encuentran por primera vez.

“Fue muy generoso conmigo en todo el proceso y me apoyó mucho pues recién estaba aprendiendo a cantar en inglés” recordó Celine Dion, tras conocerse la noticia de su muerte. La tierna balada -que ganó el Oscar a Mejor Canción Original en 1991- fue incluida en el segundo disco angloparlante de la cantante, titulado simplemente Celine Dion (Epic Records, 1992). También recibió el Grammy a la Mejor Interpretación de Solista o Dúo. Aquí los vemos en vivo, durante la premiación cinematográfica, junto a la famosa actriz británica de la era dorada de Broadway y Hollywood, recordada también por su trabajo en la teleserie ochentera Reportera del crimen. Por su parte, Bryson publicó el tema en su décimo cuarto disco Through the fire (1994), donde también destacó un dúo con el saxofonista Kenny G, By the time this night is over y el tema-título, cover de un éxito de Chaka Khan.

Al año siguiente, el vocalista repitió el plato en los Oscar, esta vez con la versión radial de A whole new world, canción central de Aladdin (1992), a dúo con Regina Belle, excelente cantante de soul y R&B con quien ya había ingresado a las listas gringas con Without you (Positive, 1988). Otra elegante balada pop, escrita por Alan Menken y Tim Rice para la secuencia principal del cuento, entre exóticos castillos medio orientales y fabulosas alfombras mágicas, uno de los momentos que definieron el género del cine animado a comienzos de los años noventa. Entre 1996 y 2026 lanzó cinco discos más, tras superar diversos problemas financieros en los que incluso llegó a perder las estatuillas que había ganado.

Dee Palmer: El arma secreta de Jethro Tull

Un mes antes de cumplir 88 años falleció, el pasado 13 de junio, en su casa en la ciudad inglesa de Shropshire, muy cerca de la frontera con Gales, Dee Palmer (antes David). Entre 1968 y 1980 fue integrante fundamental de Jethro Tull, primero como arreglista y, posteriormente, como miembro estable del grupo, segundo tecladista y director de los ensambles orquestales que usaban constantemente en los estudios de grabación.

Para quienes deseen ubicarlo en fotos y videos, solía aparecer con una enorme pipa en la boca y vestido elegantemente, en la época en que el aspecto de la banda era un cruce entre personajes de Robin Hood, Sherlock Holmes y Monty Python. Ian Anderson, su gran amigo, lo despidió con esta frase: “Mis recuerdos personales favoritos son, en su mayoría, de aquel cómplice creativo, de voz grave y gran fumador, con quien disfruté de muchos curris picantes y buenas charlas bajo nubes ondulantes. Descansa en paz David/Dee, creo que no podrás fumar allá en el cielo… “

En ese tiempo, Palmer escribió todos los arreglos para cuerdas que caracterizaron a las clásicas grabaciones de Jethro Tull, dotándolas de esa aura sinfónica que encajaba siempre a la perfección con las olas electroacústicas del sonido entre lo celta, el blues y el prog-rock que puso a la banda en el centro de atención de una escena rockera altamente exigente.

La increíble historia de Dee Palmer

La historia de Dee Palmer no tiene antecedentes en el mundo del rock anglosajón (en nuestro país su equivalente es, desde luego, la cantante y guitarrista de JAS, Sergio/Fiorella Cava). Cuando se conoció, hace casi tres décadas, fue ignorada por los medios locales a pesar de tener elementos noticiosos de peso: no solo se trataba del miembro de una de los grupos más admirados de los años dorados del prog-rock británico, sino que además había tomado tan trascendental decisión… ¡a los sesenta años!

Aunque algunos sí llegaron a informar sobre su caso. Recuerdo un tímido recuadrito en la sección “C” del diario El Comercio, en tiempos en que todavía valía la pena a pesar de sus siempre zigzagueantes posturas políticas, que decía algo así como “reconocido músico británico cambia de sexo” (y para ilustrar la nota, colocaron erróneamente una foto de John Evan, demostrando la falta de rigor para informar sobre el tema…). Pero, en líneas generales, la sensación era de temor y velado rechazo frente a una situación desconocida.

Nació como David Palmer en Londres, en julio de 1937. Sus estudios los realizó en el prestigioso Royal Conservatory of Music, especializándose en composición, piano y clarinete. Luego de hacer arreglos para Nicola (1967), el cuarto álbum del guitarrista folk Bert Jansch (1943-2011), Palmer fue convocado para trabajar con un naciente combo de blues-rock que tenía una particularidad: su líder era un flautista con pinta de pordiosero que tocaba parado en una sola pierna. Hablamos, por supuesto, de Jethro Tull.

Palmer y los años dorados de Jethro Tull

Su facilidad para escribir refinadas partituras para cuerdas y vientos aseguró su colaboración con el grupo hasta convertirse en “el sexto Jethro Tull”, apareciendo en todos sus álbumes entre 1968 y 1976 como arreglista oficial. Sus primeras incursiones en la discografía oficial del grupo fueron en las canciones Move on alone (This was, 1968) y A Christmas song, grabada ese mismo año pero lanzada como lado B de Love story, otra que quedó fuera de aquel álbum debut. Ambas fueron incluidas en el LP recopilatorio Living in the past (1972).

Una de las canciones preferidas de quienes somos fanáticos de Jethro Tull lleva de fondo una exquisita línea de violines. Me refiero a Reasons for waiting (Stand up, 1969), cuatro minutos de etéreas flautas, guitarras acústicas y poética letra. Entre otros clásicos de Anderson y compañía en los que brillaron los arreglos de Palmer tenemos Sweet dream, The witch’s promise (singles de 1969), Sossity; you’re a woman (Benefit, 1970), Bungle in the jungle (War child, 1974), One white duck / 010 = Nothing at all (Minstrel in the gallery, 1975) o Too old to rock’n roll too young to die (LP del mismo nombre, 1976), así como sus tres obras maestras conceptuales Aqualung (1971), Thick as a brick (1972) y A passion play (1973).

En 1976 se unió a tiempo completo a la banda como segundo tecladista, para una nueva trilogía de discos que mantendrían el prestigio de Jethro Tull: Songs from the wood (1977), Heavy horses (1978) y Stormwatch (1979). Para este último, Palmer escribió dos canciones, King Henry’s madrigal que no entró a la versión final del vinilo y Elegy, delicado instrumental que formaba parte de un proyecto que Palmer escribió junto a Ian Anderson y Martin Barre, titulado The water’s edge, a pedido de una compañía escocesa de ballet clásico. En esta versión en vivo de Velvet green (Songs from the wood, 1977) vemos a Anderson y Palmer interactuar musicalmente de manera brillante.

A este periodo también pertenece el extraordinario álbum doble en vivo Bursting out (1978) en que, además de compartir rol de tecladista con John Evan, toca saxofón en la coda acelerada de Too old to rock’n roll too young to die. Antes de interpretar Skating away on the thin ice of the new day (del LP War child, 1974), al presentarlo al público, podemos escuchar a Ian Anderson decir “directamente desde la Real Escuela de Música de Londres, el señor David Palmer… acaba de irse a orinar, pero regresa en un ratito, no se preocupen…”

Carrera como solista

Aunque su trabajo en Jethro Tull acabó formalmente cuando la alineación clásica setentera -Ian Anderson (voz, flautas, guitarras acústicas), Martin “Lancelot” Barre (guitarras), John Glascock (bajo), John Evan, David Palmer (pianos, teclados) y Barriemore Barlow (batería, percusión)- se desintegró al final de esa década, Palmer se mantuvo siempre en contacto con sus compañeros, con quienes cruzó caminos artísticos en más de una ocasión a lo largo del tiempo.

Mientras Anderson y Barre grababan el disco A (1980), con una versión totalmente renovada del grupo, Palmer y Evan se unieron en un proyecto denominado Tallis -nombre que homenajeaba a un compositor británico del siglo XVI, Thomas Tallis- para trabajar varias composiciones conjuntas que recién fueron publicadas cuarenta años después, en el álbum In alia musica spero (A New Day Records, 2021). En 1985, Palmer dirigió a la Orquesta Sinfónica de Londres para el disco A classic case, una selección de diez clásicos de Jethro Tull con arreglos suyos y participaciones especiales de Ian Anderson, Martin Barre y dos de los nuevos integrantes del grupo, Dave Pegg (bajo) y Peter-John Vettese (teclados).

Durante la década siguiente, David Palmer se dedicó a escribir arreglos instrumentales de canciones de Yes, Genesis, Pink Floyd, Jethro Tull, Queen y los Beatles. Además, su álbum Norske popklassikere (1996) llegó a ser #1 en Noruega con una recopilación de populares melodías folklóricas y contemporáneas de ese país nórdico. El disco incluye una versión del éxito de a-ha, Hunting high and low, tema-título del segundo LP del famoso trío de pop electrónico noruego. Sería su última producción discográfica oficial como David Palmer.

Cambio de sexo: De David a Dee

En 1998, David Palmer sorprendió al mundo convertido en una distinguida mujer de 61 años. Sus primeras declaraciones sirvieron para informar a sus descolocados seguidores: “Soy intersexual -la “I” del famoso acrónimo LGTBI-. Esta disforia de género me acompaña desde muy joven”. Tras la muerte de su esposa Margaret, en 1995, su condición “comenzó a reaparecer” hasta materializarse en el complejo procedimiento quirúrgico que le cambió la vida. Había nacido Dee Palmer.

Elegantemente vestida, Dee retomó su carrera con múltiples proyectos, entre ellos su primer álbum en solitario titulado Through darkened glass (2018), nueve composiciones propias entre las que destacan Forever Albion, Urban apocalypse y Emmanuelle, en las que participa como guitarrista su gran amigo y ex compañero en Jethro Tull, Martin Barre, además de Things we said today, un cover de los Beatles (LP A hard day’s night, 1964). De hecho, Dee Palmer se integró como tecladista a la banda de Barre entre 2019 y 2022.

“Quiero ser juzgada únicamente por mis habilidades musicales”, comentó Dee en una entrevista del 2018, mientras promocionaba ese disco. La transición de Dee Palmer es sorprendente porque, tras años de haber tenido toda una vida como hombre -tocó clarinete en la banda del ejército inglés, tuvo cuatro hijos con Margaret y fue parte de un colectivo rockero 100% orientado al público masculino- cumplió con el sueño que tenía desde niño, sin importar los prejuicios y superando, definitivamente, múltiples conflictos personales internos con valentía y fortaleza emocional. «Me he sentido mujer desde los tres años. No solo los gays quieren hacer esto, ser una mujer es mucho más que eso”, declaró en aquella ocasión.

Con la muerte de Peabo Bryson y Dee Palmer, se apagan, por un lado, una voz espectacular que quedó registrada en los corazones de toda una generación y, por el otro, una estrella del rock progresivo y la orquestación sinfónica. Ambos fueron artistas que brillaron en sus respectivos estilos con humildad, elegancia y alta musicalidad, aspectos que hoy los melómanos del mundo echamos tantísimo de menos en las programaciones radiales y el internet.

[OPINIÓN] No hace mucho, entre 2021 y 2022, el mapa regional parecía teñirse de un rojo homogéneo tras el triunfo del progresismo en seis de siete elecciones presidenciales, abriendo las puertas de las sedes de gobierno a la izquierda incluso en plazas históricamente complejas como Colombia. Sin embargo, el error de lectura de aquel momento fue creer que las sociedades latinoamericanas se habían vuelto masivamente progresistas. Hoy, cuando la balanza parece inclinarse hacia la acera de enfrente, se repite la misma equivocación al diagnosticar una ola de ultraderecha de carácter estructural.

El comportamiento del electorado contemporáneo responde a una lógica mucho más pragmática y movediza que la de los alineamientos doctrinarios. Los ciudadanos no sufragan mayoritariamente movilizados por programas de gobierno o afinidades teóricas; lo hacen guiados por el rechazo al oficialismo de turno. Si hace unos años el progresismo capitalizó el deseo de cambio frente al desgaste conservador, hoy la derecha encarna la opción de recambio frente a administraciones de izquierda que han sufrido el desgaste natural del ejercicio del poder en entornos económicos y sociales sumamente críticos.

El factor diferencial en este tramo de la historia es el terreno de juego tecnológico. La batalla política actual se libra de forma prioritaria en el paradigma comunicativo digital, un espacio donde se disputan las narrativas y se moldea el sentido de las cosas a gran velocidad. Es en este ecosistema donde las corrientes de ultraderecha han tomado una delantera significativa, utilizando la inmediatez y la segmentación de las redes sociales para conectar de forma directa con el descontento, la frustración y la demanda de orden de las mayorías.

Pese a esta ventaja comunicativa, las victorias de las opciones conservadoras se caracterizan por una marcada fragilidad. El análisis minucioso de la realidad electoral latinoamericana desmiente la existencia de cheques en blanco para la derecha. Sus triunfos recientes se han materializado por diferencias mínimas, como se ha visto en los ajustados comicios de Perú y en los escenarios preliminares de Colombia, o bajo la sombra de severas crisis de legitimidad y denuncias de fraude abierto, como en el caso de Honduras. Estos resultados se producen, además, en un contexto de intensa injerencia del gobierno de los Estados Unidos, que busca asegurar su hegemonía en la región.

El dato más revelador de esta resistencia es que, incluso en contextos de derrota y con condiciones políticas adversas, el progresismo retiene un piso electoral muy alto que en el peor de los escenarios bordea el cuarenta por ciento, tal como lo demuestra la realidad política de Chile. América Latina no está consolidando un modelo único ni girando permanentemente hacia un extremo del espectro político. Se define, por el contrario, como un territorio de disputa constante, caracterizado por ciclos políticos cada vez más breves y una ciudadanía impaciente que castiga con rapidez a quien no ofrece soluciones prontas a sus urgencias cotidianas. La pugna por el poder sigue completamente abierta.

[EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS] La política peruana nos ha acostumbrado a una paradoja recurrente: cuando un partido obtiene demasiado poder, tememos los excesos del predominio; cuando ningún grupo alcanza una mayoría clara, tememos la ingobernabilidad. Sin embargo, la configuración del nuevo Congreso podría obligarnos a revisar algunos de estos prejuicios. La ausencia de mayorías absolutas no tiene por qué traducirse necesariamente en parálisis. Por el contrario, podría convertirse en una oportunidad para construir una cultura política más dialogante y menos confrontacional que la que ha predominado durante las últimas décadas.

La experiencia de la política peruana reciente debería invitarnos a la reflexión. Los sucesivos enfrentamientos entre Ejecutivo y Legislativo desde 2016 produjeron un clima de confrontación permanente que desembocó en disoluciones congresales, vacancias presidenciales, protestas y una profunda desconfianza ciudadana hacia las instituciones. En ese contexto, la fragmentación del nuevo Parlamento podría tener un efecto inesperadamente positivo: obligar a las distintas fuerzas políticas a sentarse en la misma mesa y reconocer que ningún sector posee por sí solo la capacidad de imponer su agenda.

Resultaría particularmente interesante observar si fuerzas ideológicamente distantes son capaces de alcanzar acuerdos puntuales en asuntos de interés nacional. Renovación Popular, por ejemplo, mantiene profundas discrepancias con Ahora Nación y Juntos con el Perú en materias culturales. Sin embargo, ello no debería impedir coincidencias en temas como la lucha contra la criminalidad organizada, la mejora de la infraestructura educativa, la descentralización eficiente o el fortalecimiento de los gobiernos locales. Las democracias maduras no funcionan porque desaparecen las diferencias, sino porque los adversarios políticos aprenden a cooperar cuando el interés general lo exige.

Algo similar podría ocurrir con el fujimorismo que constituye una de las fuerzas políticas más influyentes del país durante las últimas tres décadas. Pero también es cierto que una parte considerable de la sociedad peruana continúa observándolo con desconfianza. Por ello, su disposición a debatir reformas junto con otras bancadas, escuchar posiciones distintas y rectificar decisiones controvertidas enviaría una señal política significativa a sectores que hoy permanecen alejados de su propuesta.

En este sentido, la revisión de determinadas normas cuestionadas por amplios sectores de la opinión pública podría convertirse en una oportunidad para reconstruir puentes. Durante los últimos años, numerosas voces provenientes de la academia, la prensa, la sociedad civil e incluso de instituciones vinculadas al sistema de justicia han expresado preocupación por leyes percibidas como favorables a la impunidad o insuficientemente eficaces frente al avance del crimen organizado. La disposición a discutir modificaciones o derogaciones demostraría que la política todavía conserva la capacidad de corregir sus propios errores y responder a las demandas de la ciudadanía.

La historia peruana ofrece ejemplos elocuentes de lo que ocurre cuando el consenso desaparece por completo. La crisis terminal del sistema de partidos a finales de los años ochenta, las tensiones permanentes entre poderes del Estado durante las últimas décadas y la creciente fragmentación social han dejado como saldo instituciones debilitadas y una ciudadanía cada vez más escéptica. Frente a este panorama, la construcción de acuerdos básicos no debería interpretarse como una renuncia a las convicciones, sino como un mínimo ejercicio de responsabilidad democrática.

Naturalmente, nadie espera que las diferencias ideológicas desaparezcan. Tampoco sería deseable. La democracia se alimenta del debate y de la pluralidad. Lo importante es que la competencia política deje de concebirse como una guerra en la que el objetivo consiste en destruir al adversario. Cuando los actores políticos comprenden que el país es más importante que las coyunturas electorales, la negociación deja de percibirse como una muestra de debilidad y se convierte en una expresión de madurez institucional.

Quizá la mayor oportunidad del nuevo Congreso consista precisamente en eso: demostrar que el Perú todavía es capaz de construir acuerdos en medio de la diversidad. Si las principales fuerzas políticas comprenden que la gobernabilidad no es patrimonio de una sola bancada, sino una tarea compartida, el país podría iniciar una etapa de mayor estabilidad, fortalecer sus instituciones y crear condiciones más favorables para el desarrollo. En tiempos de polarización, el consenso se constituye en la meta por excelencia. En la historia de las democracias, pocas herramientas han demostrado ser tan eficaces.

[EL DEDO EN LA LLAGA] La canonización, en teoría, es el momento en que la Iglesia Católica declara solemnemente que una persona está en el Cielo. En la práctica, es el punto donde una biografía humana, inevitablemente ambigua, se convierte en un relato oficial cuidadosamente editado. A partir de ahí, todo lo que incomoda se reinterpreta, lo que molesta se contextualiza y lo que no encaja… simplemente deja de ser relevante.

La santidad, así entendida, no es tanto una cualidad espiritual como un sofisticado proceso de depuración narrativa.

Estadística celestial con sesgo terrenal

Durante siglos, los altares han funcionado como un espacio de selección social bastante menos místico de lo que sugiere la iconografía. El ya clásico estudio, publicado en 1955, de Katherine y Charles H. George, “Roman Catholic Sainthood and Social Status” (The Journal of Religion, Universidad de Chicago), examinó 2.494 santos y beatos con datos suficientes para clasificar su origen social. El resultado es tan poco milagroso como revelador:

  • 78 % procedía de clases altas o acomodadas
  • 17 % de clase media
  • 5 % de origen popular

Los propios autores matizan las limitaciones del análisis —no es sencillo comparar estructuras sociales a lo largo de dos milenios—, pero aun así concluyen lo evidente: la santidad institucionalizada ha tendido a reproducir las jerarquías sociales de su tiempo. Dicho de forma menos académica: incluso el cielo parece haber tenido preferencia por quienes ya tenían acceso a redes, educación y patrocinadores.

El tribunal de las virtudes (y sus excepciones creativas)

La Iglesia, por supuesto, sostiene que los procesos de canonización son rigurosos. Se revisan virtudes, escritos, milagros y posibles escándalos. Durante siglos existió incluso una figura diseñada para arruinar candidaturas: el “abogado del diablo”. Su función era sencilla y bastante saludable: buscar todo lo que contradijera la santidad del candidato. No porque la Iglesia desconfiara de sus santos, sino porque, en teoría, quería estar segura. Esa prudencia se ha ido suavizando con el tiempo.

El problema no es que los santos no hayan tenido sombras. El problema es qué se hace con ellas según el momento del calendario. Si un hecho incómodo aparece antes de la canonización, puede convertirse en obstáculo decisivo. Si aparece después, se convierte en “complejidad histórica”. La biografía no cambia; cambia la gestión del relato.

Algunos ejemplos contemporáneos lo ilustran con precisión quirúrgica.

Santos modernos, dilemas antiguos

Teresa de Calcuta fue canonizada en tiempo récord dentro de los estándares vaticanos modernos. Su figura ha sido venerada como símbolo de entrega absoluta a los pobres, pero también ha sido objeto de críticas académicas y periodísticas sobre las condiciones insalubres de sus centros de acogida, su visión teológica del sufrimiento y su relación con ciertas élites políticas y financieras. Antes de la canonización, estas cuestiones formaban parte del debate. Después, pasan a ocupar el espacio reservado a las “lecturas incompletas” de una vida demasiado grande para ser juzgada con criterios mundanos.

Juan Pablo II representa otra versión del mismo fenómeno, con escala global. Figura clave en el colapso del bloque soviético y en la expansión mediática del papado, su legado es indiscutiblemente histórico. Pero también ha sido objeto de debate por la gestión institucional de casos de abusos sexuales dentro de la Iglesia durante su pontificado y por decisiones de nombramientos posteriormente cuestionadas. En términos estrictos, nada de esto impidió su canonización. En términos narrativos, todo ello quedó reordenado dentro de una vida “extraordinaria con inevitables límites humanos”. Una fórmula impecable, imposible de refutar y muy difícil de discutir sin parecer que uno ha perdido el sentido de la proporción.

Josemaría Escrivá de Balaguer introduce otra variante: la del fundador institucionalizado. Presentado como el gran teólogo de la santificación en lo cotidiano, su figura también ha generado controversias en torno al funcionamiento interno del Opus Dei, su estructura disciplinaria y la rapidez excepcional de su canonización. Sus defensores ven innovación espiritual; sus críticos ven una construcción institucional acelerada. La canonización, como suele ocurrir, eligió una de las dos narrativas y convirtió la otra en ruido de fondo.

El patrón se repite con una regularidad que ya no parece casualidad, sino método.

El caso Calasanz: cuando la institución también tiembla

El caso de José de Calasanz añade una capa especialmente incómoda, porque muestra cómo una biografía puede quedar atrapada en el choque entre la hagiografía y la crisis institucional.

Fundador de las Escuelas Pías y pionero de la educación popular en el siglo XVII, Calasanz vio cómo su proyecto se convertía en el escenario de una profunda crisis interna de la orden. Diversas acusaciones de conductas graves dentro de la congregación, junto con conflictos disciplinarios y luchas de poder, desembocaron en una situación de extrema tensión eclesiástica.

En ese contexto, el caso del sacerdote Stefano Cherubini ha sido señalado por fuentes documentadas y reconstrucciones históricas como uno de los elementos más delicados del conflicto interno, con acusaciones de abusos sexuales a menores y su permanencia en posiciones de influencia dentro de la orden. La gestión de la crisis —entre medidas disciplinarias internas, protección institucional y presiones externas— ha sido interpretada de forma divergente: para algunos historiadores, como un intento de sostener una obra educativa en formación; para otros, como un episodio donde la lógica de supervivencia institucional pesó más que la transparencia.

El desenlace fue inequívoco en términos institucionales: la orden fue suprimida temporalmente en 1646 por decisión de la autoridad papal de Inocencio X, antes de ser restaurada años después tras la muerte del fundador. La controversia, sin embargo, no desapareció: fue reabsorbida en la posterior construcción hagiográfica, donde los conflictos dejan de ser procesos abiertos para convertirse en sombras cuidadosamente administradas.

La santidad como edición de lujo

La canonización no elimina la ambigüedad humana: la reorganiza. Toma vidas históricas complejas y las convierte en relatos de coherencia moral sostenida, donde las zonas grises se vuelven decorado de fondo. No es exactamente una falsificación; es algo más sofisticado: una edición teológica del material biográfico.

La teología resuelve la tensión con una fórmula elegante: la Iglesia es infalible al declarar que alguien está en el Cielo, pero no necesariamente en la reconstrucción histórica de su vida. Es una solución impecable desde el punto de vista doctrinal y extraordinariamente flexible desde el punto de vista historiográfico.

Traducción menos piadosa: el veredicto no se discute; el relato se reescribe.

Ingeniería de la memoria institucional

La dimensión política del sistema tampoco es accidental. En la Edad Media, la canonización consolidaba poder y devociones. En la modernidad, construye referencias globales. Juan Pablo II aceleró el ritmo hasta convertirlo en un fenómeno casi industrial; Francisco ha reorientado el catálogo hacia sensibilidades contemporáneas. Cada época canoniza lo que necesita para contarse a sí misma.

La historia, cuando incomoda, no desaparece: se reordena.

Y lo más significativo es que no existe mecanismo de salida. No hay descanonización. No hay revisión formal del expediente una vez sellado por la infalibilidad. Solo reinterpretaciones posteriores, debates académicos y silencios cuidadosamente administrados.

Manual de uso para creyentes con dudas razonables

Afortunadamente —y esto siempre resulta reconfortante cuando uno mira el catálogo de santos con espíritu ligeramente inquisitivo— la obligación de creer en la santidad concreta de una persona no pertenece al núcleo duro del depósito de la fe. Es decir, nadie está firmando un contrato metafísico que obligue a asumir que cada canonizado encarna sin fisuras el ideal de virtud que su biografía oficial sugiere con tanta eficacia narrativa.

La famosa “infalibilidad” de las canonizaciones, por cierto, tampoco es un dogma de fe en sentido técnico. Es más bien una convicción teológica tradicionalmente sostenida, una especie de certeza elegante transmitida con la naturalidad con la que las instituciones transmiten certezas sobre sí mismas: no se define de forma solemne como artículo de fe, pero se presupone con la firmeza suficiente como para que cuestionarla suene, como mínimo, innecesariamente incómodo.

Esto produce un efecto curioso: se puede venerar sin problema, se puede discrepar en voz baja sin escándalo, y se puede incluso albergar dudas perfectamente razonables sin que eso active alarmas doctrinales. Todo muy ordenado, muy civilizado, muy propio de una institución que ha aprendido a convivir con la complejidad sin necesidad de eliminarla… solo de administrarla con cuidado.

En otras palabras: la santidad es oficial, la canonización es solemne, y la obligación de creer en todo ello es, como suele ocurrir con las cosas más importantes, sorprendentemente flexible. Lo único verdaderamente estable es el margen de maniobra para interpretarlo… siempre que uno sepa hacerlo con la discreción adecuada.

[Música Maestro] Según cálculos conservadores, aproximadamente un millón de personas debe haber asistido al velorio público de Carlos Alberto “El Indio” Solari (77), realizado en un local del barrio de Avellaneda el pasado domingo 7 de junio, organizado a la carrera por su familia tras la negativa de Javier Milei, el estrafalario presidente de Argentina, de ceder los salones del Congreso y la Casa Rosada para ello aduciendo que no “era suficiente” a pesar de que otros eventos de esa naturaleza se han desarrollado allí sin inconvenientes.

Las imágenes que circularon al día siguiente de conocerse el fallecimiento del vocalista y líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, son igual de impresionantes. Decenas de miles de fanáticos se congregaron orgánica y pacíficamente en la Plaza de Mayo, en el corazón de Buenos Aires, como puede verse en impactantes tomas hechas con drones. Banderolas gigantes, revoleo de polos –“remeras” como dicen ellos-, cánticos enfervorizados y llantos desconsolados dieron forma a un evento que remeció las bases de la sociedad argentina.

El Indio Solari falleció el 5 de junio en su casa de Parque Leloir, un barrio bonaerense conocido como zona de retiro, tras varios años padeciendo del “Sr. Parkinson”, como él se refería a la enfermedad degenerativa que le diagnosticaron el 2017. En esa casa solariega había montado su residencia y los estudios de Del Cielito Records, desde donde sacó sus últimos temas con un proyecto llamado El Mister y Los Marsupiales Extintos, entre 2022 y 2025. Lo lloran, además de su esposa Virginia “Viru” Mones y su hijo Bruno, actualmente de 25 años, desde anónimas muchedumbres hasta reconocidas figuras públicas de distintos ámbitos en su país.

Futbolistas como Lionel Messi y Juan Román Riquelme -a quien lo unía una gran amistad como buen hincha de Boca Juniors-, políticos como Cristina Fernández, el gobernador de Entre Ríos, Rogelio Frigerio y, por supuesto, colegas musicales como David Lebón, Fito Páez, Víctor Heredia, Ricardo Mollo, Fabiana Cantilo y un larguísimo etcétera, han expresado tristeza por su partida y admiración por su legado. Su cómplice en Los Redondos, el guitarrista Skay Beilinson, escribió en sus redes sociales: «Te llevo en cada recuerdo, en cada canción de ayer. Con un inmenso dolor. Buen viaje mi querido amigo, hasta siempre».

Indio Solari: Un fenómeno argentino

Como mencionó el sociólogo Pablo Semán, en una de las tantas notas que se han publicado en estos días, en los principales diarios locales -Clarín, La Nación, Página 12- y en el portal Infobae, es un fenómeno que solo pueden entender los argentinos, como la devoción por Diego Armando Maradona o Evita Perón. De hecho, hay quienes ya comentan que las masivas reacciones de dolor generadas por la muerte del Indio Solari han sido tan grandes como las de la recordada política y la del astro del fútbol.

Carlos Alberto Solari, “El Indio” -mote inspirado en un jugador setentero de Estudiantes de La Plata, Jorge “El Indio” Solari-, nacido en la provincia de Entre Ríos, en la región del Paraná, no era la típica estrella de rock. Vestido siempre de manera muy sencilla, con su característica calvicie y lentes oscuros, conquistó a las multitudes con letras poéticas que cubrían desde sus situaciones personales hasta de represión, procesos sociales y política. En su voz cálida y clara había cercanía, sencillez, rebelde sentido del humor y aguda sensibilidad, suficientes elementos para generar un vínculo irrompible con la gente de abajo.

En el documental Tsunami: Un océano de gente, que registra los preparativos para un concierto ante más de 200,000 personas en Tandil, en el año 2016, el periodista y productor Mario Pergolini le hace una extensa entrevista donde expresa agradecimiento hacia sus fieles “ricoteros”, una familia gigante que, diez días después, sigue despidiéndose de él y colocando en obituarios impresos, en lugar del año 2026, el símbolo matemático del infinito (∞) como su fecha de muerte, señal inequívoca de que lo tendrán presente por siempre.

Redondos: Los Grateful Dead sudamericanos

Entre 1984 y 1994, las emisoras radiales y programas de videos musicales en Lima deben haber repetido hasta el cansancio cientos de canciones de rock en español, la mayoría de grupos argentinos. Ni una sola fue de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota quienes durante esa década consolidaron su estatus como banda de culto con una fanaticada en constante crecimiento gracias al boca-a-boca y ninguna promoción por parte de la industria musical argentina oficial ni presencia en el canal musical MTV, versión Latinoamérica.

A inicios de los noventa, sus recitales comenzaron a hacerse cada vez más grandes. Para ellos era normal llenar de tope a tope -cancha y tribunas- estadios de fútbol -de Gimnasia y Esgrima, Huracán, el Monumental de River-, sin que sus canciones compartieran rankings con aquellas de Soda Stereo, Enanitos Verdes, Charly García o Fito Páez y, a diferencia de estos grandes nombres del rock gaucho, jamás hicieron giras fuera de Argentina con la excepción de Uruguay.

Sus masivas presentaciones en vivo eran conocidas como “misas ricoteras” donde las mareas humanas coreaban todas y cada una de las canciones, sin descanso. Como ocurrió con la banda norteamericana Grateful Dead, caravanas iban de ciudad en ciudad siguiéndolos, en un peregrinaje musical que por momentos adquiría ribetes místicos. Las grabaciones de sus conciertos pasan de mano en mano desde hace décadas. Y, para mayor asociación de ideas, los seguidores de Los Redondos se hacían llamar “Ricoteros”, nombre equivalente a los “Deadheads” del fabuloso conjunto psicodélico hippie dirigido por Jerry García y Bob Weir.

Patricio Rey sus Redonditos de Ricota: La prehistoria

Todo comenzó en la ciudad de La Plata entre 1976 y 1978, cuando se formó un colectivo artístico que, en medio de la dictadura de Videla, decidió armar “quilombos” contraculturales que tenían de todo, desde actos circenses, monólogos y bailes exóticos hasta rock and roll. Los miembros de la banda eran entonces Carlos “El Indio” Solari (voz), Eduardo “Skay” Beilinson, Alberto “Beto” Verne, Basilio Rodrigo, Iche Gómez (guitarras), Daniel Fenton (bajo), Ricky Rodríguez (violín), Bernardo Rubaja (teclados), Juan Carlos Barbieri (batería) y el maestro de ceremonias, Sergio “Mufercho” Martínez.

La mitología del grupo se comenzó a gestar en esos primeros recitales en el Teatro Lozano (“Los Lozanazos”), donde además de música había payasos, acróbatas y el “Ballet Ricotero”, tres muchachas que según crónicas de la época “dejaban poco a la imaginación”. Esas actuaciones de las cuales no hay registros fílmicos, les trajeron varios problemas con la policía, por lo que Solari y Beilinson decidieron concentrarse más en el aspecto musical.

En esos años solían repartir a los espectadores unos buñuelos redondos rellenos de queso ricota, ingrediente de origen italiano muy común en la gastronomía platense, que preparaban siguiendo la receta de una conocida cocinera local, Patricia Rey, de donde terminó saliendo el nombre del grupo pero masculinizando al personaje central, aunque existe otra leyenda urbana según la cual “Patricio Rey” era el pseudónimo de una especie de gurú callejero, un vendedor humilde que la banda habría conocido en sus inicios.

1982-1989: Los primeros discos

Entre 1978 y 1982, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota siguieron realizando giras, bajo el liderazgo musical de Indio Solari y Skay Beilinson y la mano administrativa de Carmen “La Negra Poli” Castro, pareja del guitarrista. Ellos tres formaban el núcleo de la banda, al que se sumó el pintor Ricardo “Rocambole” Cohen -de una comuna hippie argentina llamada La Cofradía de la Flor Solar que albergaba músicos, artesanos y artistas plásticos- como diseñador de las carátulas de todos sus álbumes, quien combinaba su críptico estilo con referencias a hechos históricos mundiales y de Argentina, así como a artistas clásicos como Caravaggio o Goya.

Aquel 1982, el cantante ítalo-británico Luca Prodan (1953-1987), líder de Sumo, reemplazó al Indio Solari en un recital de Los Redondos en La Plata, un momento único en la historia del rock argentino. La afinidad entre ambas bandas terminó en una sólida amistad y admiración mutuas, al punto que una letra escrita por Solari se convirtió en Mejor no hablar de ciertas cosas, clasicazo del LP debut de Sumo, Divididos por la felicidad (1985).

En 1985 se publicó Gulp! (Wormo Discos), el debut en estudios de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, entonces integrado por Indio Solari (voz), Skay Beilinson, Tito Fargo (guitarras), Daniel “Semilla” Bucciarelli (bajo), Willy Crook (saxo) y Juan “Piojo” Ábalos (batería). Siguieron tres álbumes más, el excelentemente político Oktubre (1986), Un baión para el ojo idiota (1988) y ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado (1989), con Sergio Dawi (saxo) y Walter Sidotti (batería) reemplazando a Crook y Ábalos, respectivamente.

1991-2001: La década ricotera

A partir del quinto disco La mosca y la sopa (1991), que incluye Un poco de amor francés, uno de los favoritos en concierto, sus recitales comenzaron a tener enormes niveles de convocatoria, con públicos que superaban las 25,000 o 35,000 personas. Aunque ya en 1989 habían llenado el complejo deportivo Obras Sanitarias de Buenos Aires -algo que solo había logrado Soda Stereo, con quienes la prensa inventó una inexistente rivalidad-, es en la primera mitad de los noventa que las llamadas “misas ricoteras” adquieren proporciones épicas.

Lamentablemente, tales aglomeraciones de gente siempre traen consecuencias, algunas de ellas graves. La banda, cuyo estilo rocanrolero había influenciado a otros conjuntos como Los Piojos, Ratones Paranoicos, La Renga y Divididos, generaba momentos de euforia colectiva y enfrentamientos con las autoridades. En 1991, durante un espectáculo, precisamente, en Obras, la policía detuvo a decenas de personas, entre ellas un jovencito de 17 años, Walter Bulacio, quien falleció cinco días después en extrañas circunstancias, después de haber sido abandonado por los agentes federales en una ambulancia. No sería el único incidente de violencia relacionado a Los Redondos durante la década.

Los siguientes discos Lobo suelto, cordero atado Vol. 1 y 2 (1993), que incluye otro himno ricotero, Un ángel para tu soledad, y Luzbelito (1996), cimentaron su estatus de culto con más recitales multitudinarios y permanentes desencuentros con las autoridades con El Indio Solari convertido en un verdadero ídolo de masas. Los álbumes finales en estudio, Último bondi a Finisterre (1998) y Momo sampler (2001), les trajeron algunas críticas por su incorporación de sonidos electrónicos, aunque siguieron llenando estadios tanto en Argentina como en Uruguay.

Otra tragedia aceleró el proceso de separación de la banda, iniciado por una discusión entre Indio Solari y la pareja Skay Beilinson/La Negra Poli por la tenencia de videos de sus conciertos. En una de sus presentaciones, ante 45,000 personas en el Estadio Chateau Carreras (Córdoba), un espectador murió al caer desde una de las tribunas. Al conocerse los hechos, el grupo decidió separarse, una historia que se cuenta en el libro La última noche de Patricio Rey, escrito por los periodistas Martín Correa, Humphrey Inzillo y Pablo Marchetti. Aquel concierto, realizado el 4 de agosto de 2001, fue el último de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

El sonido de Los Redondos

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota son, básicamente, una banda de rock. La complicidad musical existente entre el cantante Indio Solari y el guitarrista Skay Beilinson es responsable de esos himnos que desataron más de una vez el pogo más grande del mundo ejecutado por decenas de miles de argentinos hartos de la inconsistencia moral de sus autoridades, la discriminación social y la incertidumbre por un futuro sin oportunidades.

Canciones como Superlógico, La bestia pop (Gulp!, 1985), Preso en mi ciudad, Música para pastillas (Oktubre, 12986), Todo preso es político, Vencedores vencidos, Vamos las bandas (Un baión para el ojo idiota, 1988), La parabellum del buen psicópata o Maldición, va a ser un día hermoso (¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado, 1989) son buenos ejemplos de clásicos ricoteros. Pero, de todas ellas, la más representativa es Ji ji ji (Oktubre, 1986), con la que solían cerrar sus conciertos, cuya letra tiene más de una interpretación debido a su tono oscuro y misterioso. El único disco oficial en concierto, En directo (1992), contiene actuaciones en Buenos Aires y Montevideo con la formación definitiva: El Indio Solari (voz), Skay Beilinson, Gabriel Jolivet (guitarras), Daniel “Semilla” Bucciarelli (bajo), Walter Sidotti (batería) y Sergio Dawi (saxo).

En los estudios, por su parte, contaron con la colaboración de grandes personajes del rock argentino. El más notable es, definitivamente, Lito Vitale, quien fue ingeniero de sonido en sus primeros discos y posteriormente colocó su piano y teclados en varios momentos hasta 1998. Cantantes como Claudia Puyó y Fabiana Cantilo, famosas por su asociación artística con el rosarino Fito Páez, hicieron coros en varias grabaciones ochenteras de Los Redondos, lo mismo que Las Blacanblus, cuarteto femenino que fue parte de las giras desde 1995 en adelante.

El Indio Solari después de Los Redondos

Desde el 2003, Carlos “El Indio” Solari volvió a los escenarios al frente de una nueva banda, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, llevándose consigo la devoción masiva por sus letras y gestos, con enormes públicos coreando letras políticas como Pabellón Séptimo (Relato de Horacio) o personales como Y mientras tanto el sol se muere…. Solari siguió remeciendo los estadios de Argentina con sus presentaciones cargadas de emotividad y fibra rockera, combinando temas nuevos con clásicos ricoteros de todas sus épocas. El flaco Skay, por su lado, siguió tocando música de Los Redondos con su banda Los Fakires, ante públicos más reducidos.

En esta nueva banda estuvo acompañado por Gaspar Benegas, Baltasar Comotto (guitarras), Marcelo Torres (bajo), Pablo Sbaraglia (teclados, guitarras, coros), Hernán Aramberri (batería), Sergio Colombo (saxo) y Miguel Ángel Tallarita (trompeta), además de Luciana Palacios y Deborah Dixon, una de las Blacanblus, como coristas. En el 2007, Marcelo Torres, ex bajista de Spinetta y Los Socios del Desierto, fue reemplazado por Fernando Nalé y Hernán Aramberri dejó su puesto al ex baterista de los metaleros A.N.I.M.A.L., Martín Carrizo.

Precisamente, una de las acciones que mejor describe el carácter solidario del Indio Solari tiene que ver con Carrizo. Cuando fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica, Solari recaudó fondos para su colaborador y amigo a través de distintas campañas e incluso donó toda la recaudación de uno de sus multitudinarios conciertos para cubrir gastos de su tratamiento. Finalmente, la terrible ELA acabó con la vida de Carrizo, quien falleció el 2022 a los 50 años.

Junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, Solari publicó los siguientes discos: El tesoro de los inocentes (2004), Porco Rex (2007), El perfume de la tempestad (2010), Pajaritos, bravos muchachitos (2013), En vivo (2015) y El ruiseñor, el amor y la muerte (2018), este último lanzado cuando ya había decidido retirarse de los escenarios al anunciar que tenía Parkinson y la banda seguía tocando con Pablo Sbaraglia asumiendo el rol de vocalista.

Su último recital fue en marzo del 2017, en un lugar llamado La Colmena en la ciudad bonaerense de Olavarría. Este concierto batió todos los récords de asistencia en Argentina, entre 300 mil y 400 mil personas que hicieron realidad aquello del “pogo más grande del mundo”. Lastimosamente, el saldo fue de dos personas muertas, decenas de heridos y detenidos. La última aparición pública de Carlos Alberto “El Indio” Solari fue en el 2022 cuando recibió el grado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Buenos Aires. Tres años antes, Indio Solari publicó una jugosa autobiografía titulada Recuerdos que mienten un poco, que se convirtió en uno de los libros más vendidos en la historia de Argentina.

[INFORME] El Ministerio de Defensa le abre las puertas a personajes de confianza de Dina Boluarte y César Acuña que, además, arrastran un historial de notoria ineficiencia y decisiones cuestionables.

Mientras la atención de la mayoría de peruanos está puesta en el desenlace del turbulento proceso electoral, el gobierno de José María Balcázar sigue tomando decisiones que exponen un marcado desinterés de parte del Ejecutivo por dejar, por lo menos, un país con cierta eficiencia cuando entregue la presidencia a quien lo suceda en el cargo el próximo 28 de julio.

Desde que asumió el gobierno actual, en febrero de este año tras la salida de José Jerí de la presidencia, las designaciones de ministros estuvieron lejos de ofrecerle al país soluciones a los problemas que enfrentan los diversos sectores y esta mediocridad también se ha visto reflejada en las designaciones hechas dentro de los propios ministerios.

Sudaca ha podido revisar algunas de las llegadas al Ministerio de Defensa, quien tiene a su cargo la defensa integral del país, y pudo encontrar a más de un personaje que no sólo fue reciclado de gestiones anteriores, sino que también se vieron involucrados en episodios que despiertan serias dudas sobre sus capacidades para ser parte de este ministerio.

ANTECEDENTE ALARMANTE

Hace algunas semanas se dio a conocer una llamativa designación dentro del Ministerio de Defensa. Para el cargo de director general de la Dirección General de Administración, el recientemente nombrado ministro, Amadeo Javier Flores Carcagno, eligió a Enrique Michael Guevara Varela para ocupar dicho puesto.

Guevara Varela no es un personaje nuevo para la política nacional. En el último año ha tenido breves pero diversos encargos en más de un ministerio. Hasta abril del presente año, Guevara se mantuvo al frente del Programa Nacional de Telecomunicaciones (PRONATEL) por encargo del Ministerio de Transportes y Comunicaciones y, hasta noviembre del año pasado, fue designado por el Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo para ocupar la jefatura de la Superintendencia Nacional de Fiscalización Laboral (Sunafil).

Pero fue durante este paso por Sunafil donde su trayectoria se encontró ante un grave cuestionamiento. En noviembre del año pasado, el mismo mes en que dejó de ser jefe de Sunafil por pérdida de confianza, el programa Contracorriente dio a conocer un escandaloso informe sobre el cibertataque del que fue víctima esta entidad y en la cual fue robada una enorme cantidad de información relacionada con denuncias e inspecciones.

La investigación periodística daba a conocer que, meses antes, Sunafil había firmado un contrato por casi medio millón de soles con la empresa Lotengo Perú S.A.C. con el objetivo de contar con copias de respaldo de los documentos de la Superintendencia Nacional de Fiscalización Laboral. Sin embargo, cuando se hicieron las averiguaciones correspondientes, se descubrió que la empresa que recibió este cuantioso monto, sospechosamente, apenas contaba con un trabajador en planilla.

A ello se le suma que, pese a estos cientos de miles de soles invertidos, el ciberataque demostraría que estas copias de respaldo no existieron. Es en este punto donde interviene Enrique Michael Guevara Varela debido a que el cuestionado contrato se firma bajo su gestión y, coincidentemente, no pasó mucho tiempo después para que deba abandonar su cargo.

Ante este tipo de antecedentes que no hacen gala de una notable capacidad por parte de Guevara Valera, resulta inevitable preguntarse cómo alguien con este historial vuelve a ser el elegido para ocupar un cargo importante. Pero para encontrar la respuesta es necesario trasladarse a La Libertad y al año 2023.

Porque, antes de convertirse en un personaje que es tenido en cuenta por el Ministerio de Transportes y Comunicaciones, Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo y el Ministerio de Defensa, Enrique Guevara fue una de las personas que trabajó con César Acuña, personaje muy influyente en los gobiernos recientes, como subgerente de inspección de trabajo en el gobierno regional encabezado por el líder de Alianza Para el Progreso (APP).

EL ASESOR DE UN MAL MINISTRO

Pero existe otra designación en el Ministerio de Defensa que ha sorprendido a más de uno por sus vínculos con cuestionadas gestiones el pasado. En las últimas semanas también se produjo la llegada de Walter Enrique Zegarra Figueroa a este ministerio para ocupar el puesto de secretario institucional del Centro de Altos Estudios Nacionales.

Zegarra Figueroa tampoco es un desconocido en las altas esferas políticas. En junio del 2024, cuando el cuestionado ministro Juan José Santivañez apenas llevaba unos cuantos días como el nuevo titular del Ministerio del Interior no tardó en designar a Zegarra como jefe de su gabinete técnico.

Aunque el trabajo del Ministerio del Interior con Santivañez a la cabeza fue deficiente desde cualquier ángulo que se le quiera ver, Zegarra Figueroa logró una gran estimación por parte del gobierno de turno y Dina Boluarte, quien entonces estaba en la presidencia, lo tuvo muy cerca en la Oficina de Integridad Institucional de su despacho.

Hace algunos meses, el presidente Balcázar decía con gran orgullo “en mi gabinete no hay ningún blanco, ningún acaudalado”. Pero las designaciones que se están viendo en algunos ministerios demuestran que usar el color de piel y situación económica como filtros para trabajar en el Ejecutivo no van a garantizar resultados eficientes y menos si se pasan por alto antecedentes laborales que resultarían preocupantes hasta para el político menos experimentado.

[OPINIÓN] Domingo de Junio. Siete de la mañana. Cielo despejado, sol, mar tranquilo. Miles de personas bajan a la Costa Verde para hacer deporte, ir a la playa o simplemente usar la vía más rápida para cruzar Lima de sur a norte o de norte a sur.

Y entonces te encuentras con el caos y aparecen los imbéciles.

No son corredores ni tampoco son ciclistas. Los hay, y tienen todo el derecho del mundo de hacer deporte. Los imbéciles son quienes desde algún escritorio municipal o policial —cómodos, invisibles, sin rendir cuentas a nadie— autorizan convertir una vía expresa en pista atlética exclusiva para unos cuantos. Casi siempre sin aviso previo. Sin letrero. Sin comunicado. Los autos se acumulan, los conductores no entienden qué pasa, y los policías encogen los hombros.

Atrapados están los miles que usan la Costa Verde como lo que es: una arteria vial. Los que van de Chorrillos a Miraflores, de Barranco a San Isidro, los que no tienen otra ruta más rápida a lo largo del litoral. También los que trabajan allí: mozos, cocineros, instructores de surf, trabajadores de clubes, pescadores artesanales que ese día encuentran el acceso bloqueado por conos y uniformes. Para ellos no es una molestia. Es un día de trabajo perdido. Y los deportistas habituales —los que corren solos, a diario, sin pertenecer a ninguna federación— también se quedan afuera. Miles. No cientos: miles.

Desde el 1 de enero de 2026, esto ha ocurrido doce veces. Dos veces por mes. Siempre en fin de semana. Siempre cuando más gente necesita la vía. Doce veces con la misma impunidad de la primera.

La Constitución es clara: el artículo 2, inciso 11, garantiza el libre tránsito salvo restricciones expresamente previstas por ley, debidamente justificadas y proporcionales. ¿Quién evaluó la proporcionalidad de cerrar la Costa Verde doce veces en seis meses? ¿Qué funcionario? ¿Con qué firma al pie?

¿Y dónde están los clubes, los concesionarios, los restaurantes, los pescadores? ¿Dónde las acciones de amparo, las denuncias, los recursos legales? Tan responsable es quien firma la autorización como quien observa el abuso y calla.

En resumen: un grupo de imbéciles cierra una vía pública sin criterio, sin aviso y sin consecuencias. Perjudican a miles de usuarios, trabajadores, familias y negocios que tienen derechos perfectamente reconocidos por la Constitución. Los primeros responsables son quienes firman las autorizaciones. Los segundos —y no menos culpables— son quienes pudiendo actuar no hacen absolutamente nada: los dirigentes de clubes, los concesionarios, los gremios de pescadores, los empresarios afectados. Su silencio es también una forma de complicidad.

 La Costa Verde es una vía pública. No la cancha privada de nadie.

Nota del autor: Pido disculpas por el uso de la palabra «imbéciles». La mantengo porque es la única que describe con precisión  a quienes, teniendo responsabilidad sobre una vía pública, actúan como si no existiera nadie más.

 

[OPINIÓN] Las proyecciones de quienes, por diferentes razones que van desde la revisión obsesiva-compulsiva de las actas publicadas en el portal oficial hasta la posibilidad de recibir información anticipada a través de contactos por aquí y por allá, vaticinan que esa mínima distancia irá creciendo, casi hasta alcanzar la misma que Pedro Castillo le sacó a Keiko en ese otro final de fotografía, el de hace cinco años.

A estas proyecciones, en apariencia imparciales, se vienen sumando distintas informaciones que señalan denuncias concretas de acciones extrañas en el procesamiento de los votos de peruanos en el extranjero. Audios de conocidos operadores del fujimorismo, la aparición de Alfredo Torres anticipando posibles errores de su infalible encuestadora, videos en redes sociales. El semanario Hildebrandt en sus Trece tiene un par de piezas muy detalladas sobre esa situación.

Para quienes, desde distintos ámbitos, hemos contribuido de forma anónima, constante y desinteresada -sin promesas de cargos o remuneraciones, sin atajos para conseguir beneficios de ningún tipo- a la lucha ciudadana para combatir al fujimorismo, este revés electoral, esta derrota anunciada antes que acaben los conteos oficiales, constituye un golpe personal, una afrenta, un pisoteo de todo lo que creímos que había comenzado a erradicarse el 2001 con la salida de Alberto Fujimori y su posterior captura, cuatro años después.

Se trata de una victoria electoral construida a cuentagotas con los votos indiferentes de dos bandos específicos, hermanados por la indiferencia y ese regodeo por defender incomprensibles posturas racistas y clasistas no basadas en ideología sino en la más auténtica ignorancia y el desprecio por el otro, astutamente disfrazado de oposición al «comunismo».

Por un lado, los votos de “la desquiciada masa capitalina” como apuntó el caricaturista Carlos “Carlín” Tovar hace unos días. Tanto Lima Metropolitana, desde San Isidro/San Borja hasta Ate/San Juan de Lurigancho, desde Surco hasta Villa El Salvador; y su anexo histórico, el Callao, como las demás provincias de la región Lima, con excepción de Yauyos, Oyón y Huarochirí, han votado masivamente por Keiko Fujimori, lo cual extiende sobre ellos un manto de vergüenza que alguna vez, en el futuro inmediato, les quitará el sueño y cuestionará sus conciencias, si acaso tienen.

Y, por el otro lado, los hoy famosos y determinantes votos de los peruanos en el extranjero que en elecciones pasadas eran casi parte de la anécdota. La mayoría de los peruanos en el extranjero es una “raza distinta” que, habiéndose desconectado de la realidad de su país, por necesidad extrema, por superficial cosmopolitismo o cualquier otra combinación de factores, termina dirimiendo sobre lo que va a pasar los próximos cinco años en el lugar donde eligieron no vivir, de espaldas a esos compatriotas a quienes no reconocen como tales y condenándolos de manera infraterna, insolidaria, a la oscuridad que ellos no sentirán allá en Buenos Aires, en Madrid, en Tokio o en Nueva York.

En ese sentido, la tienda ganadora, la de Fuerza Popular, tiene en realidad muy poco qué celebrar, más allá del reduccionismo idiota del “jojolete” que probablemente, como en los grupos de WhatsApp que compartimos con amigos del colegio y la universidad, terminará manifestándose de una u otra forma entre algunos actores políticos y mediáticos, interesados en seguir presentando este proceso desordenado, viciado desde su origen por vacíos de la ley electoral, como si fuera la simplona dicotomía de un partido de fútbol o una competencia infantil.

Ha sido un triunfo el de Fuerza Popular, sí. Pero un triunfo agónico, logrado en los días finales, en momentos en que ni ellos mismos lo creían posible. Ya habrá tiempo para análisis más profundos, revisión de estrategias, develación de misterios, establecimiento de responsabilidades. Lo que se ve ahora, en este primer tramo del final, es que no parece una victoria de la que los ganadores puedan sentirse muy orgullosos.

Porque después de todo, que el partido que reivindica al Fujimorato (1990-2001) vaya a ganar por apenas 40 o 50 mil votos teniendo todo a su favor –“la gran prensa”, el empresariado, ocho de cada diez personas de cada grupo privado de WhatsApp hablando de comunismo y calificando a quienes se oponían  Fuerza Popular de “rojetes”, “caviares” y demás ñoñeces desinformadas- da cuenta del rechazo que genera en, casi literalmente, la mitad menos uno de electores en el Perú, en términos porcentuales.

Pero si esa certeza puede funcionar como una especie de bálsamo para quienes estamos viviendo días de desasosiego, de una pena casi equiparable a la que produce la muerte de un familiar, un vacío en el pecho que crece cuando uno se pone a pensar en los años noventa o en todo lo ocurrido en el decenio 2016-2026, si esa constatación numérica, digo, permite atravesar con entereza este duelo electorero, hay otra que indigna, que rebela y revuelve el estómago.

Esa otra certeza es ver cómo la mitad más uno de nuestros compatriotas, en zonas urbanas de Lima y regiones de la costa norte, costa sur y oriente, esos que sí viven aquí, prefirió darle sus votos a Fuerza Popular sin detenerse a reflexionar, dejándose llevar por el frenesí del falso y tendencioso temor que les vienen infundiendo desde hace años, de que cualquier agrupación que esté orientada hacia la izquierda -que, en este proceso, se llamó Juntos por el Perú- es sinónimo de terrorismo. Con todos sus resquemores y justificados cuestionamientos, no se acercaba ni por asomo a la amenaza nociva y dictatorial del fujimorismo.

No estamos hablando aquí de opiniones personales sino de hechos investigados y confirmados, pero sobre todo padecidos por trabajadores peruanos que ven cómo los dueños se siguen enriqueciendo sin que sus situaciones cambien, por familias peruanas cuyos hijos fueron desaparecidos. No importa si fue en 1992 o en el 2022, si fue en algún caserío de Huancavelica o Ayacucho, o en la Plaza Francia, en el centro histórico de Lima. No importa si fue el Grupo Colina o los militares bajo las órdenes de Dina Boluarte, a quien la bancada naranja protegió mientras le fue útil. Hay cientos de páginas web con los detalles, las fechas y los nombres, los testimonios y los números.

A todo eso, la mitad más uno del Perú le acaba de entregar el último bastión de lo que podría haber sido contrapeso a la acumulación de poder que ya ostentaba, el Poder Ejecutivo. Y la mitad menos uno, entre acongojada y confundida, se pregunta: “¿Y ahora… qué?” Esa mitad menos uno está en pleno proceso de reconstrucción de su ánimo, para sobrellevar la avalancha de celebraciones que, en cuestión de días, Perú 21 y El Comercio, Willax y Panamericana Televisión, encabezarán sonrientes como si se tratara de un “gran triunfo democrático” y negando, como ya lo vienen haciendo algunos “líderes de opinión”, todo el daño que Fuerza Popular y su aplanadora congresal ha venido haciéndole al Perú.

En el entorno digital y las redes sociales, donde se libró la verdadera contienda, estuvo la voz de los que no tienen voz, de quienes no la tendrán en el próximo quinquenio. Y quién sabe, más allá.

En medio de ese ecosistema nuevo, de comunicadores valientes -algunos provenientes de la prensa tradicional- y combativos, se alzó la figura del politólogo y YouTuber Carlos León Moya quien actuó, primero, como parte del equipo de asesores de los contrincantes de Fuerza Popular en primera y segunda vuelta -Ahora Nación y Juntos por el Perú, respectivamente-; donando para ello su tiempo y experiencia en anteriores campañas políticas. Y luego, como contención emocional para esa mitad menos uno, poniendo su unipersonal de humor negro político “Voto Irresponsable” en una posición aparentemente desventajas en términos algorítmicos, dando información para entender los resultados y apoyo moral para asestar el golpe con hidalguía.

A diferencia de sus pares, León Moya puso a un lado la comprensible necesidad de monetización y la cauta neutralidad de sus colegas para comportarse como la gente de a pie que ve la injusticia frente a sus ojos y no puede hacer nada. Se la jugó y su público le brindó, en respuesta, genuinas expresiones de agradecimiento, del mismo modo en que lanzó reproches, también genuinos -sin consignas políticas de por medio, sin ser troles pagados por algún candidato- a quienes no se la jugaron.

Toca aceptar los resultados, demostrando talante democrático y alejándose de posturas fraudistas que, en otros procesos, mostraron desembozadamente quienes hoy ganan con las justas. Incluso con todas estas nuevas informaciones que revelarían el operativo montado para convertir a los otrora intrascendentes votos del extranjero en el puntito extra que necesitaban para convertirse en el 50.01%, suficiente para quedarse por delante del 49.99% del contrario.

Y tocará también estar vigilantes, pero de forma más cínica y lejana, porque habrá luchas desiguales en las que el rol protagónico deberán tenerlo los mismos jóvenes que ayudaron al triunfo de quien les arrebatará, probablemente, hasta el último brote de esperanza que les quede.

El Perú no pertenece a ninguna de las dos mitades. Que la mitad más uno celebre y la mitad menos uno llore es síntoma de que seguimos sin darnos cuenta de que nuestra nación está rota, está enferma. Y, como ocurre con toda enfermedad, si realmente queremos combatirla, hacerla retroceder, aceptarla es es lo primero que deberíamos hacer para comenzar a recuperarnos, algo que seguramente no pasará en los próximos cinco años.

[OPINIÓN]  La diferencia entre sospechar que hay fraude y ser un fraudista propiamente tiene que ver con 1) la manera en que emerge la creencia en el fraude y 2) cómo se actualiza dicha creencia. Esta no es una definición estricta, sino más bien una serie de características a tomar en cuenta (basada en la teoría de Giulia Napolitano que discutí en esta columna). El fraudista cree, sin razón alguna, que se ha cometido un fraude. Además, rechaza de antemano toda evidencia que pueda corregir su creencia. En ese sentido, si una persona tiene más o menos buenas razones para creer en un fraude (es decir que su creencia se formó de manera racional), o está dispuesta a aceptar evidencia contraria, entonces no se le puede catalogar como fraudista.

¿Son fraudistas los votantes de Sánchez? En principio, no es irracional sostener la posibilidad de que el fujimorismo haya cometido fraude. Para comenzar, fueron ellos los últimos en hacer fraude en las elecciones peruanas el 2000. Peor aún, ¡hace solo 5 años Fujimori intentó cometer otro fraude! Los fujimoristas usaron el fraudismo para tratar de tergiversar los resultados de la elección, intentando anular actas que no los favorecían, inventando supuestos reemplazos de votantes, yendo hasta la OEA para reclamar, etc. Y lo peor, hicieron todo esto con el apoyo activo de toda la prensa tradicional. No solo eso, hace menos de dos meses el aliado del fujimorismo, el partido Renovación Popular de RLA, ha intentado también usar el fraudismo como herramienta para cometer fraude: han querido anular las actas de zonas rurales, han presentado una demanda de amparo para rehacer todo el proceso, etc. Incluso han llegado a forzar la destitución del jefe de la ONPE. Estos no solo fueron intentos políticos, sino que la gran mayoría de los simpatizantes de Fujimori y RLA apoyaron activamente estas iniciativas. En base a esto, no sorprende que varios votantes de Sánchez piensen que se está queriendo cometer un fraude en segunda vuelta.

Ahora bien, queda por verse si los votantes de Sánchez cumplen o no con la segunda característica (la de actualizar su creencia en base a la información correcta). Es claro que hasta ahora que no hay evidencia de que las autoridades electorales hayan manipulado esta segunda vuelta. Los organismos internacionales, si bien han llamado la atención por la cobertura sesgada de los medios tradicionales, han señalado también de que todo se ha conducido con tranquilidad y transparencia. Queda por ver, por lo tanto, cómo reaccionan los votantes de Sánchez frente a esto. Personalmente, sospecho que como esta vez no va a haber una maquinaria mediática que presione todos los días con la mentira del fraude, estas ideas van a ser abandonadas por la mayoría en los próximos días.

Esto no es un hecho menor o un mero tecnicismo filosófico. Por el contrario, sirve para combatir una tendencia penosa, a saber, la de querer igualar “los males” de la izquierda de Sánchez con los de la derecha de Fujimori y RLA. La prensa “neutral” debe tener esto en cuenta y usar las categorías con responsabilidad. El fraudismo de Fujimori fue el primer paso de un cargamontón que terminó en la vacancia de Castillo (bien vacado, por golpista, pero no olvidemos que dio el golpe para evitar que lo vaquen sin sustento). El fraudismo de RLA ha terminado de tirar al suelo la confianza de los peruanos en las instituciones. A ambos fraudismos se sumó bien contenta la prensa tradicional. Nada de esto se ha visto hasta ahora por parte de los votantes de Sánchez.

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas.

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