Opinión

[Música Maestro] En el desarrollo del rock clásico como fenómeno cultural existen, al igual que en otras disciplinas artísticas, deportivas o académicas, lo que en inglés se denomina “unsung heroes” que vendrían a ser, en nuestro castellano, los “héroes anónimos”, aquellas personalidades que, a pesar de haber realizado contribuciones notables, muchas incluso reconocidas en su momento como excelentes, hoy pasan inadvertidos por todos los recuentos y rankings que van de lo obvio a lo repetitivo a pesar de su influencia e importancia, en este caso, musical.

Traffic, la banda inglesa activa entre 1967 y 1974 -con ciertos espasmos en el medio de esa trayectoria de siete años- es uno de esos casos. A pesar de haber sido uno de los conjuntos más importantes de la “Invasión Británica” con impresionantes álbumes que combinaron destreza, creatividad y talento en diversos subgéneros, además de dejar por lo menos cuatro clásicos del rock que no deberían faltar en ningún listado de las mejores canciones de su época, el nombre de Traffic es siempre pasado por alto y su sonido, sofisticado e irreverente a la vez, se ha perdido en un injusto olvido.

Steve Winwood, uno de los cantantes, compositores y multi-instrumentistas más importantes del periodo iniciático del blues-rock producido en Gran Bretaña, cumple hoy 12 de mayo, 78 años. Y Dave Mason, guitarrista, compositor y cantante, habría llegado a los 80 el último domingo de no ser porque la muerte lo alcanzó tres semanas antes, el pasado 19 de abril. Ambos, junto con el saxofonista/flautista Chris Wood y el baterista/cantante Jim Capaldi -ambos fallecidos en 1983 y 2005 respectivamente- fueron la formación original de Traffic. Aquí algo de su historia y legado.

1967: La psicodelia

Entre 1963 y 1967, Steve Winwood se hizo conocido como un adolescente prodigio, tocando guitarra y teclados en The Spencer Davis Group, al que ingresó cuando apenas tenía 14 años. Además, el muchacho era el cantante principal, colocando su potente y maduro tono vocal en tres álbumes y varios exitosos singles, entre ellos dos canciones compuestas por él mismo, I’m a man y Gimme some lovin’, que en años posteriores se convirtieron en genuinos standards del rock clásico, versionados por Chicago y The Blues Brothers, en 1969 y 1980, respectivamente.

Para cuando Steve se separó del grupo dirigido por Spencer Davis, un guitarrista y arreglista que le llevaba diez años -en el que además tocaba el bajo su hermano mayor, Muff Winwood- sus inquietudes musicales lo llevaron a juntarse con gente más contemporáneos con él. Así fue como conoció, en su natal Birmingham, a Dave Mason, Jim Capaldi y Chris Wood, en esas tocadas cargadas de improvisación y otras sustancias. Los cuatro conectaron de inmediato y, cuando llegó la hora de ponerle nombre al grupo, este se les apareció en medio de un problema cotidiano, las demoras para cruzar la esquina hacia la sala de ensayo que se encontraban por culpa del tráfico.

Las primeras canciones de Traffic se inscriben en la onda del rock psicodélico que también comenzaban a hacer, en otras latitudes, los Grateful Dead y los Beatles. Las flautas de Wood y las cítaras de Mason le dan a Paper sun un sonido enigmático y etéreo a este tema grabado en los históricos estudios Olympic de Londres. En el mismo camino fueron Hole in my shoe, Smiling phases y Here we go round the Mulberry Bush. Aunque ninguna de las tres fue incluida en su LP debut, son hasta ahora de las más reconocidas de su catálogo.

1968-1969: El blues-rock

A finales de 1967 apareció Mr. Fantasy (Island Records), el primer disco oficial de Traffic, en el que extienden las ideas desarrolladas en sus primeras grabaciones, con temas de sonido volátil y misterioso como Coloured rain, Heaven is in your mind o No face, no name, no number, mientras que el instrumental Giving to you y, especialmente, la bluesera Dear Mr. Fantasy dan señales de un ligero cambio en la propuesta musical, abriéndose paso dentro de la escena del naciente blues-rock británico, que tenía en los Yardbirds y la escuelita de John Mayall a sus puntas de lanza.

Todo esto ocurría en un ambiente musical anglosajón extremadamente diverso y creativo. El periodo 1967-1968 estuvo marcado por lanzamientos que tenían tanto de esoterismo musical como de luminosidad rockera, entre los que podríamos mencionar álbumes como Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (The Beatles), Anthem of the sun (Grateful Dead), Absolutely free, We’re only in it for the money (The Mothers Of Invention) o Their Satanic Majesties request (The Rolling Stones), solo por mencionar unos cuantos. Por eso, cuando Traffic lanzó su segundo disco epónimo, en 1968, las cosas comenzaron a caer por su propio peso.

El álbum muestra una evolución musical interesante que coloca a Traffic a la altura de otros grandes nombres del blues-rock como Cream o Fleetwood Mac. La profunda eficiencia de Winwood en guitarra, bajo y teclados da a las canciones un sonido experto y emocionante. Temas como Pearly queen -cuyo intermedio recuerda a otros hijos pródigos de Birmingham, Black Sabbath- o Means to an end tienen la personalidad de Winwood por todos lados. Sin embargo, dos temas semiacústicos, compuestos y cantados por Mason, se impusieron como principales éxitos de esta etapa del cuarteto. You can all join in y, especialmente, Feelin’ alright? -que Joe Cocker llevó a otro nivel de popularidad con su versión de 1969- es Traffic en estado puro. Hasta Mongo Santamaría, el gigante percusionista de latin-jazz, la grabó en 1970 para su disco del mismo nombre.

1969: Primer paréntesis

Dave Mason mostró desde el principio una forma de ser un tanto autoritaria, algo que se reflejó inmediatamente en la dinámica de Traffic. Si bien el 90% de las canciones se desarrollaban en conjunto a partir de ideas que cada uno aportaba, cuando era su turno Mason llegaba al estudio, según recuerda Winwood, “con canciones completas y nos indicaba a cada uno qué hacer, como si nosotros trabajáramos para él”. Eso llevó a su inevitable despido, en buenos términos por supuesto, tras el lanzamiento del segundo LP.

Con la primera disolución de Traffic, Winwood se involucró en otro capítulo importante del rock inglés. Junto con Eric Clapton (guitarra), Ginger Baker (batería) y Ric Grech (bajo), pasó todo el año 1969 ensayando, grabando y presentando uno de los primeros supergrupos de la historia del rock. Blind Faith y su único álbum epónimo -el de la famosa y, en su momento, controversial carátula que muestra a una niña de 11 años- registró temas alucinantemente buenos como Presence of the lord -escrita por Clapton- o Sea of joy y Can’t find my way home, ambas de Winwood.

Ese mismo año, una selección de singles que no habían alcanzado a ingresar al disco Traffic del año anterior, se recopilaron para Last exit, que incluye dos temas más de Dave Mason quien, entre otras cosas, se fue a realizar trabajos en sesiones para The Jimi Hendrix Experience -la guitarra acústica de doce cuerdas de All along the watchtower la toca él- y Delaney and Bonnie. Just for you, uno de los dos títulos de Mason, es una de las mejores del grupo, con un trabajo impresionante de Winwood en el bajo que se replica en dos temas indispensables de la banda, Shanghai noodle factory y Medicated goo, con su contagioso ritmo y esa letra chamánica que simboliza la onda de la época.

En el lado B del LP original, aparecen dos temas de la banda en vivo en el legendario auditorio Fillmore de San Francisco, un blues de la década de los cuarenta, Blind man, y el standard de jazz Feeling good, escrito originalmente en 1964 para un musical británico. Este tema ha sido grabado por todos, desde Nina Simone y John Coltrane hasta George Michael, aunque quizás la versión más conocida por públicos modernos sea la del crooner canadiense Michael Bublé, incluida en su álbum It’s time (2005). El tratamiento que le dan Winwood, Mason, Wood y Capaldi a este tema es simplemente alucinógeno.

1970-1974: El jazz y el prog-rock

En 1970, Steve Winwood pensó lanzarse como solista pero, pero ante la dificultad de encontrar músicos adecuados para las sesiones de grabación, terminó convocando a dos de los tres miembros originales de Traffic -Jim Capaldi y Chris Wood- y se dio forma a la reunión de la banda, a través del que se convirtió en su cuarto LP oficial, John Barleycorn must die, título tomado de una melodía tradicional del siglo XVIII. John Barleycorn es la personificación de un tipo de cereal (maíz Barley) a partir del cual se fabricaban diversas bebidas alcohólicas como cerveza y whisky. En la canción, un clásico del folk británico, se narran las penurias que atraviesa John durante los procesos de siembra, cultivo, cosecha y transformación en licor, utilizando como fondo una evocadora melodía juglaresca que juega con las guitarras acústicas, los vientos y las armonías vocales.

Pero si esta viñeta acústica los acerca a bandas como Thin Lizzy, Jethro Tull y Fairport Convention, también se da una evolución hacia el jazz y el prog-rock, con temas como el instrumental Glad, que abre el disco o Empty pages y Freedom rider, ambas muy frescas y dinámicas, con órganos Hammond, bases rítmicas definidas y la voz de Winwood peligrosamente parecida a la de Peter Gabriel (Genesis). Un año después llegó un extraordinario álbum en vivo, Welcome to the canteen (1971), con un breve retorno de Dave Mason y la ampliación del grupo que pasó de cuarteto a septeto con la inclusión de Ric Grech (bajo), Jim Gordon (batería) y el ganés Rebop Kwaku Baah (percusión).

La etapa final de Traffic, antes de su segunda separación -hasta el regreso veinte años después, en el festival de Woodstock 1994- está conformada por tres álbumes de buena factura. The low spark of high heeled boys (1971) -donde brilla el tema-título, una de las canciones emblemáticas del grupo, a la distancia-, Shoot out at the fantasy factory (1973) y When the eagle flies (1974). Mientras que los dos primeros repiten la alineación del Welcome to the canteen, con excepción de Dave Mason quien ya no volvería a reunirse con sus compañeros, en el último la sección rítmica Grech-Gordon fue reemplazada por David Hood/Rosko Gee (bajo) y Roger Hawkins (batería).

A este periodo pertenece la única grabación en concierto en video del grupo en sus mejores tiempos, un concierto de 1972 en el auditorio de Santa Monica (California), donde vemos a Winwood y Capaldi compartiendo roles vocales y Rebop Kwaku Baah puesto al frente con su arsenal de percusiones. En 1973 apareció otro disco en vivo, On the road, con esta formación, la última del Traffic histórico.

1994: Traffic vuelve al ruedo

En 1977, luego de dedicarse tres años a sesiones de grabación con otros artistas, Steve Winwood inició una exitosa carrera en solitario que lo mantuvo vigente durante toda la década siguiente, con álbumes de excelente recordación como Steve Winwood (1977), Arc of a diver (1980), Talking back to the night (1982), Back in the high life (1986) y Roll with it (1988), con canciones muy populares a nivel mundial -incluso en nuestras radios locales, aun se pueden escuchar temas como Higher love -con los coros de Chaka Khan-, Valerie, Roll with it o While you see a chance– que los nuevos públicos no asociaban al legendario músico que había sido protagonista del pasado.

Jim Capaldi y Dave Mason, por su lado, también tuvieron extensas discografías individuales, aunque nunca con el éxito de su compañero, y Chris Wood se dedicó a sesiones y trabajos como productor hasta su prematura muerte en 1983. En cuanto a los demás colaboradores de la alineación final, Rosko Gee y Rebop Kwaku Baah se integraron, entre 1977 y 1979, a la banda de música experimental Can, aportando mucho más ritmo a la maquinal sonoridad de esta banda que fuera punta de lanza del krautrock, la electrónica y el rock progresivo alemán.

Para 1994, veinte años después de su segunda separación, apareció el álbum Far from home (Virgin Records) bajo el nombre de Traffic, una selección de diez temas nuevos escritos por Steve Winwood y Jim Capaldi, con Winwood haciéndose cargo de todos los instrumentos y voces principales, mientras que Capaldi grabó baterías, percusiones y coros. El disco contiene excelentes temas como Here comes a man, Mozambique o Riding high que se inscriben fácilmente el catálogo de Traffic como un cierre de lujo para una carrera caracterizada por la excelencia musical.

El último respiro de Traffic

La gira promocional de Far from home quedó registrada en el DVD The last great traffic jam, con la alineación de Traffic integrada por Steve Winwood (voz, guitarra, teclados), Jim Capaldi (voz, batería, percusión), un viejo conocido, Rosko Gee (bajo), el cubano-americano Walfredo Reyes Jr., famoso por su trabajo con Santana en esa década (batería) y dos colaboradores frecuentes del camino en solitario de Winwood, Randall Bramblett (vientos, teclados) y Michael J McEvoy (teclados, guitarra, armónica). Jerry García, líder de los Grateful Dead, incorpora su guitarra en una alucinante versión de Dear Mr. Fantasy.

Esta misma formación participó de la edición especial de 25 aniversario del Festival de Woodstock, con uno de los conciertos estelares del tercer día (14 de agosto de 1994) compartiendo escenario con otros pesados como Country Joe McDonald o The Allman Brothers Band. Anunciada como el gran retorno de Traffic, la presentación sirvió para ver a Winwood y Capaldi, entonces de 46 y 50 años, aplicando toda su experiencia y recorrido a himnos de su repertorio como Pearly queen, The low spark of high heeled boys, Empty pages, Rock and roll stew, Dear Mr. Fantasy, Medicated goo, entre otros.

Smiling phases, un CD doble lanzado en el año 1991, es hasta el día de hoy la mejor recopilación de temas de este conjunto de extraordinarios y creativos músicos, héroes anónimos del rock, que cubre toda su actividad entre 1967 y 1974 y permite apreciar en orden cronológico la evolución de su sonido, desde los aires psicodélicos de Paper sun o Withering tree hasta los roces progresivos de Freedom rider pasando por clásicos que no deben faltar en ninguna colección rocanrolera como Rock and roll stew, Medicated goo, Dear Mr. Fantasy o Feeling alright?

 

 

[OPINIÓN] La psiquiatría moderna acaba de recibir un nuevo aporte latinoamericano al conocimiento universal. Después del síndrome de Estocolmo, el síndrome de Peter Pan y el síndrome del impostor, el Perú presenta orgullosamente al mundo el flamante “Síndrome de Porky”.

Se trata de un cuadro clínico-político particularmente complejo, donde el paciente participa voluntariamente en una elección, acepta las reglas, firma los documentos, recorre los canales de televisión, exige debates, reclama garantías democráticas… pero, apenas descubre que otro candidato sacó más votos que él, concluye que el sistema entero fue tomado desde siempre por una conspiración internacional de caviares, marcianos y operadores del Foro de São Paulo.

El fenómeno tiene características muy precisas.

Primero aparece la etapa mesiánica. El paciente pasa meses convencido de que es el elegido. Vive rodeado de aplausos, TikTokers fanáticos y encuestas elaboradas prácticamente en la sala de su casa. La realidad desaparece. Todo confirma su grandeza.

Luego llega el escrutinio.

Y ahí comienza el colapso.

El problema no es perder. El problema es que el universo no haya entendido que él debía ganar.

Entonces aparecen los síntomas: gritos, insultos, amenazas, teorías conspirativas, ataques a la ONPE, sospechas sobre el JNE, denuncias sin respaldo, videos de WhatsApp narrados por un señor con eco de sótano, y largas cadenas escritas íntegramente en mayúsculas, como corresponde a toda evidencia científica seria.

El detalle más interesante del síndrome es su incoherencia estructural.

El paciente denuncia que “la izquierda controla todo”… justo en una elección donde la derecha obtiene la mayor votación nacional. Es decir: el sistema estaría tan perfectamente manipulado que igual ganó la derecha. Pero no la derecha correcta. La derecha correcta era él.

Y ahí está el corazón del trastorno.

No estamos frente a una defensa del voto. Estamos frente a una crisis narcisista de proporciones industriales.

El afectado no cuestiona la legitimidad del sistema porque existan pruebas sólidas de fraude. La cuestiona porque los electores tuvieron la insolencia estadística de no votar por él.

La ciencia avanza. Y el Perú, una vez más, aporta su granito de arena a la historia universal de la infamia.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Voy a tratar un tema de cuya vigencia dudo. Y dudo porque desde hace menos de una década ha irrumpido en el mundo la derecha global libertaria para la cual los derechos humanos significan poco menos que nada. Lo hemos visto recientemente en Estados Unidos con el trato inhumano brindado por los agentes de migraciones del gobierno a cualquier persona que pudiese “parecer inmigrante” y a cualquiera otra que, no pareciéndolo, se atreviese a defenderla o, sencillamente, por cerrarle el paso, sin siquiera proponérselo, a los temibles ICE.

Esto le sucedió el 7 de enero de 2026 a Renée Nicole Good una ciudadana estadounidense de 37 años que, sin querer, bloqueó el camino de los susodichos agentes, y que, luego de ser conminada a sacar su vehículo no fue lo suficientemente perita en la maniobra. El resultado: un agente la ultimó de tres balazos en la cabeza.

Los intelectuales del entorno libertario ya han comenzado a teorizar sobre el tema. Hablan de una Real Politik, en otras palabras, de la ley del más fuerte, o de la jungla, como nuevo paradigma que suplantará a todo el sistema de leyes y constituciones que se han elaborado en Occidente desde el advenimiento de la modernidad política, con la Revolución Francesa de 1789.

En este punto, el cambio paradigmático es absoluto: lo abarca todo. Toda la vida, toda la manera de relacionarnos entre los seres humanos estará regida directamente por las relaciones de poder entre ellos, y prevalecerán siempre los más poderosos . Este marco general es báscio pero recordemos que la Constitución de los Estados Unidos de América, aunque liberal, es también básica. Pareciera que a las bondades del derecho anglosajón les estuviésemos dando la vuelta para justificar el poder ilimitado del tirano.

No caigamos en la ingenuidad, el poderoso ha prevalecido siempre, desde los primeros tiempos de la sedentarización, desde que el hombre supo acumular alimentos y ganadería. Entonces surgieron los poderosos, los que capitalizaron las ganancias en nombre de deidades con las que se comunicaban para controlar lo que todos requerían urgentemente: a la naturaleza, para así asegurar la subsistencia colectiva.

Los marcos legales, las constituciones, la evolución de los derechos fundamentales desde el siglo XVIII en adelante no suprimieron el poder, ni todas las ventajes que otorga ostentarlo. No obstante, mitigaron hasta donde pudieron algunos abusos. Los derechos franceses contuvieron un poco al gigantesco Leviatán cuando intentaba  arrasar con el individuo y con su propiedad; la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 se constituyó en una segunda barrera frente a ese Estado: el ser humano, y su derecho a la vida se colocaron en la cima de la civilización precisamente porque Hitler nos deshumanizó como no se han deshumanizado jamás los animales, ninguna especie que se conozca. ¿Qué pasa si hacemos tabla rasa de todo aquello?

Y luego la izquierda cree, como siempre, que el problema es todo de la derecha. Pero esta vez el problema lo comenzó la izquierda. ¿Universalidad o diferencia? Dijeron: la igualdad discrimina. Dijeron: nosotros no queremos ser iguales, queremos un código para cada uno, queremos legislar la diferencia y proteger al vulnerable desde la ley. Se abre, claro, un largo debate que atañe la multiculturalidad, la interculturalidad, los modelos de convivencia democrática de Norbert Bilbeny y un largo etc.

Sin embargo, el progresismo no se quedó allí, sus planteamientos adoptaron pronto tono de denuncia y su praxis política ribetes de una intolerancia y jacobinismo político nunca vistos. Entonces los mismos derechos que hoy pisotea el libertarismo los pisoteó primero el progresismo wokista y los derechos que fueron conculcados por él pueden enumerarse: el derecho a la libertad de opinión, el derecho a la igualdad, el derecho a la defensa, el derecho a la presunción de la inocencia, el derecho al honor y a la reputación y un bastante largo etc. En pocas palabras, a la nueva generación de las redes sociales le valió madres todo. ¿Qué respuesta esperaban encontrar? ¿la de un mundo que dócilmente se entregaba a sus brazos? Así suelen ser los errores de juventud; en este caso, los de un movimiento jacobino que nunca verá la madurez: no se toparon con un mundo dócil,  se toparon con Donald Trump.

Y ahora, a quienes nos mantuvimos en el sentido común, nos queda, en medio de una guerra sin cuartel, que ya se sabe quien ganará, esperar encontrar los adeptos necesarios para colocar de nuevo a los derechos en la agenda mundial, aunque sea un poco. Hace 130 años, González Prada dijo que los viejos debían temblar ante los niños, ¿suscribiría sus palabras al contemplar el mundo contemporáneo?

[OPINIÓN]  Como todos sabemos, estamos ya en campaña de segunda vuelta. Una campaña deslucida y algo silenciosa, con una eterna candidata haciéndose la muertita para que las profundas grietas de su perfil político, caracterizado por la desconfianza y visceral rechazo que generan, no afloren tan temprano; y un candidato que parece desconectado de su responsabilidad histórica, apareciendo por aquí y por allá -con el Curwen, con José Domingo Pérez- pero sin consolidar un posible triunfo, casi como si no quisiera que pase, además de mostrarse incapaz de hacerse cargo, con responsabilidad y empatía, de un evento luctuoso que involucró directamente su liderazgo.

Las respuestas de Roberto Sánchez Palomino frente a la lamentable muerte del político de izquierda y poeta Dante Castro Arrasco (“Dante Andante” para quienes lo conocían), ocurrida durante las actividades de cierre de su campaña de primera vuelta, no han sido satisfactorias por decir lo menos. Más bien fueron evasivas y hasta irresponsables, como dejan ver los testimonios de los hijos del fallecido candidato al Senado por Juntos por el Perú, quienes han levantado la voz, en medio de su inconmensurable dolor, señalando las inconsistencias en las circunstancias de un hecho que, en un partido político medianamente organizado, habrían estado 100% claras.

Además de ese tema, cubierto por varios periodistas -Pedro Salinas y Juliana Oxenford, solo por mencionar a dos de ellos, les dieron espacios amplios a los deudos- hay otro hecho que marca diferencias entre la notoriedad en medios que viene acumulando Juntos por el Perú frente a la de Fuerza Popular, algo que finalmente es positivo para el amplio sector antifujimorista que está esperando el momento preciso para activarse.

Me refiero a la presencia en diversas entrevistas de Antauro Humala Tasso, líder del etnocacerismo. Fúrico con Milagros Leiva, sarcástico con Rosa María Palacios, nostálgico con Carlos Cornejo, Antauro reacciona según la actitud de su interlocutor con una habilidad y autenticidad de las que otros políticos carecen, independiente de que sus dichos estén en la mayoría de los casos más cercanos del disparate que de cualquier otra cosa.

Pero más allá de la personalidad de Antauro, siempre impredecible, divertida y peligrosa a la vez, sus apariciones han traído de regreso a la esfera pública local una palabra que, seguramente, suena arcana para los votantes más jóvenes: el etnocacerismo. El público peruano consumidor de noticias políticas conoció masivamente este término allá por el año 2005, hace poco más de dos décadas, cuando el hermano mayor de Antauro, Ollanta Humala, anunció su candidatura a la Presidencia de la República, la misma que perdió en segunda vuelta frente a Alan García. Pero yo sabía de la existencia de esta ideología que combina nacionalismo con reivindicaciones étnicas andinas e históricas, por un evento fortuito que me ocurrió mientras estudiaba en la universidad.

Quienes se formaron, como yo, en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la San Martín durante los años noventa, cuando estaba en Jesús María, recordarán que toda la esquina de las avenidas Brasil y Bolívar estaba ocupada por una cafetería muy conocida, llamada Di Romeo Caffe, que para nosotros era simple y llanamente “El Romeo”. Su salón de estilo tradicional -como el Rovegno o el Berisso- nos servía tanto de sala de reuniones para planificar trabajos de grupo como de centros de conciliación y resolución de conflictos de incipientes parejas, en medio de las clases.

En una ocasión, estábamos yo y una compañera de aula tomándonos un café y disfrutando de una deliciosa tartaleta de fresa, uno de los clásicos del Romeo. En medio de nuestra animada charla, que tenía de esto y de aquello -parafraseando a Denegri-, comenzamos a intercambiar pareceres respecto de un trabajo que nos habían dejado acerca del racismo en el Perú. Corría el año 1994 si mal no recuerdo, ambos apenas acabábamos de cruzar la barrera de los veinte años. De repente, un señor mayor sentado en una de las mesas contiguas pidió, muy educadamente, permiso para conversar con nosotros. Era Isaac Humala Núñez, ideólogo absoluto del etnocacerismo.

Nosotros no teníamos idea de quién era, pero sonaba muy solvente en el tema. Se presentó como abogado y profesor de San Marcos, lo cual abrió más nuestro interés. En pocos minutos, nos habló, por supuesto, de Andrés Avelino Cáceres, del regreso del inca y de la división de las razas. En lo personal, recuerdo que nos impactó mucho, intelectualmente, su uso del término “cobrizo” para describir la raza andina y, desde ese momento, lo incorporé a mi bagaje de conversaciones sobre el tema, en casa y entre amigos.

Al provenir yo de una familia clasemediera limeña, marcada por la fuerte influencia de mi rama paterna afroperuana que ostentaba un profundo e histórico talante discriminador hacia lo indígena, del cual ya me había distanciado hacía tiempo, la descripción me pareció pertinente, precisa y respetuosa. Y ella, cuya procedencia familiar y nivel socioeconómico estaba unos escalones más arriba, también reaccionó positivamente a aquello de lo cobrizo aplicado a la raza india nacional.

Como estudiantes de pregrado de miras elevadas y con algunas lecturas encima, de inmediato entendimos que, más allá de las evidentes excentricidades de su pensamiento, muchas de las cosas que nos dijo tenían un profundo sentido. Tanto así que lo comprometimos para que, al día siguiente, en el mismo café, nos reuniésemos nuevamente, esta vez para entrevistarlo. Cosa que hicimos, con mucho entusiasmo, en el Romeo. Hasta hace unos años, antes de las múltiples mudanzas que hemos tenido, rodaba entre mis cajones un viejo cassette Samsung, esos de etiqueta blanquinegra, de los más baratos, con la voz grabada de Isaac Humala explicándonos sus teorías que navegaban entre lo historicista, los sociológico y lo genético.

Como ocurre con todas las posturas ideológicas no convencionales que pueden llegar a sonar un poco locas, había mucho de romántico y utópico en ese discurso nacionalista, características suficientes para impresionar a dos jóvenes idealistas, con nula experiencia política y un mundo por descubrir. En aquellas grabaciones, el patriarca de los Humala incluso nos habló de sus hijos, de cómo los había formado académica y militarmente para que cualquiera de ellos esté en capacidad de asumir la Presidencia del Perú y hacer realidad el sueño etnocacerista.

En el 2000, Ollanta y Antauro lideraron una rebelión en Locumba (Tacna), en medio de una cadena de hechos que terminaron con la caída del fujimorato. En el 2006, como ya dijimos, postuló en las elecciones generales, en las que también candidateó su hermano mayor, Ulises. Y cinco años después, en el 2011, llegó a Palacio de Gobierno ganándole en segunda vuelta a Keiko Fujimori, la primera de sus derrotas. Pero lo que parecía ser el anhelo cumplido de nuestro amigo don Isaac terminó en una trama tragicómica con su hijo apodado “Cosito” y su rebelde hermano acusándolo de traidor. Las cosas no podrían haber salido peor para las bases fundacionales del etnocacerismo.

Sin embargo, con Ollanta desprestigiado y con el apoyo de su padre, fue Antauro quien asumió la conducción de ese proyecto, aunque ciertamente con un talante mucho más errático y atolondrado que tuvo su génesis antes de la llegada al poder de su hermano, tras los hechos mortales del 2005 de aquel levantamiento conocido como “El Andahuaylazo”. Hoy, luego de casi dos décadas en prisión por ese nuevo intento de rebelión, Antauro y sus huestes etnocaceristas siguen animando la esmirriada escena política local, con estas apariciones que van de la polémica al estigma, de intenciones provocadoras que suelen chocar con sus propias inconsistencias, las mismas que aprovechan sus adversarios para ridiculizarlo más de la cuenta.

A la luz de los hechos, es muy poco lo que se puede rescatar del pensamiento de Antauro Humala, aunque la podredumbre de nuestro sistema partidista exija a veces posturas frontales que dejen atrás la falsa diplomacia y encaren las cosas con ese nivel de agresividad e indignación. Todo lo que vivimos aquel lejano 1994 ha desaparecido: la prédica de don Isaac, hoy de 95 años, ya no alcanza para convertirse en un proyecto real. Ollanta está en la cárcel y Nadine en Brasil bajo la protección de su primer mandatario, Lula. Y Antauro busca reposicionarse a través de su apoyo a Roberto Sánchez, mientras que el líder de Juntos por el Perú, después de utilizarlo para captar a sus correligionarios, ahora intenta hacerlo disimuladamente a un lado.

Mi compañera y yo, casados desde hace doce años, los primeros en escuchar la palabra “etnocacerismo” -después de los alumnos de Isaac Humala en San Marcos y, por supuesto, de su esposa e hijos- siendo aun pueriles estudiantes de comunicaciones, hemos visto la decadencia de la política nacional, del periodismo y del nacionalismo humalista, así como la desaparición de aquellos espacios en que lo conocimos de casualidad.

La esquina de Brasil con Bolívar es ahora un polvoriento tragamonedas con el Romeo sobreviviendo como una fondita casi invisible, de minúscula puerta engullida por los huachafos colores amarillos, turquesas y verdes de las paredes desgastadas por el sol de ese casino, símbolo del despilfarro y el pensamiento mágico. Y la antigua facultad de la Brasil fue demolida hace unos meses para poner en su lugar un inmenso proyecto inmobiliario, actualmente en etapa de excavación, símbolo de la tugurización vertical de nuestra ciudad.

[OPINIÓN] Perú camina otra vez sobre el filo de la navaja. El próximo 7 de junio, el país definirá su destino en una de las finales más ineditas de su historia. En un rincón, Keiko Fujimori, la candidata perpetua de la derecha dura, que busca, en su cuarto intento, sacudirse el estigma del apellido. En el otro, Roberto Sánchez: el hincha de Unión Huaral, psicólogo de izquierda con experiencia como funcionario público, que, hasta hace semanas, era un nombre en la lista de «otros» y hoy es el hombre que tiene en jaque al sistema.

​Un sistema roto por diseño
Cuando todos daban por clasificado a Rafael López Aliaga, la ola del «Perú profundo» empujó al Huaralino Roberto Sánchez del sexto al segundo lugar. El margen fue de infarto: apenas 13,000 votos (un 0.15%) le arrebataron el sueño a la ultraderecha y a una parte de la elite empresarial.

​El dato que debería quitarle el sueño a ambos candidatos es el «Partido del Desencanto»: 2.4 millones de peruanos (15.5%) votaron en blanco o nulo. No hay ganadores entusiastas, solo sobrevivientes de un naufragio.

La guerra de las cifras: Un empate de miedo
​Las encuestas actuales dibujan un escenario de paridad, pero con tendencias opuestas. IEP pone a Sánchez ligeramente arriba (50.8% vs 49.2% en votos válidos), mientras que Ipsos marca un empate clavado en 38%.

​Sin embargo, el diablo está en los detalles. Mientras Keiko ha logrado «suavizar» su rechazo (bajando del 59% al 48% de antivoto), Sánchez está experimentando el rigor de la luz pública: su rechazo subió del 39% al 43% en tiempo récord. El miedo al «salto al vacío» está despertando en el electorado urbano. Su geografía es su fortaleza y su jaula: arrasa en el sur y el centro, pero se desploma en Lima con un 22%. Y la historia puede ser cruel en el Peru, sin la capital, la banda presidencial es muy difícil de lograr.

GANARSE A NIETO ESTA DIFICIL
​Para ganar, Sánchez tiene que dejar de hablarle solo a los convencidos. O buscar una alianza con la izquierda perdedora de la elección. «7 enanos no hacen un gigante» dice un poderoso libro de autoayuda empresarial. Su «techo» de izquierda ya se 😭 alcanzó; ahora necesita pescar en aguas ajenas.

Su única vía es una coalición con el centro moderado: buscar los votos de Jorge Nieto y el progresismo institucional de fuerzas como Marisol Perez Tello y el Movimiento Obras.

Jorge Nieto forjado en la asesoría política en México y en el trabajo con ex Presidentes en la UNESCO, tiene claro su rol. Ser un péndulo sin alineamiento definido, fortaleciendo alianzas exclusivamente parlamentarias, que es lo que cuenta en la política real.

Además un dato clave: más o menos 50% de los jóvenes que votaron por el sol, tienen familias que votaron por López Aliaga. Son de centro derecha. Y otro segmento proviene de sectores progresistas y urbanos, como en Arequipa. Nieto no puede correrse a la izquierda radical con Venceremos. Si no se queda en el Centro, usando pincel a dos manos, se hace el Harakiri. Quién es su aliado con un público electoral similar? El Movimiento Obras, cuyo Secretario General ha trabajado con el en el Ministerio de Defensa en el gobierno de PPK. Serían el fiel de la balanza en el Senado, que hoy por hoy es lo que cuenta.

CIRUGIA PARA UN GOBIERNO QUE GOBIERNE
Para Sanchez ​su reto es cirugía con laroscopia: convencer a una parte de los 2 millones de Limeños que no votaron o votaron blanco a irse con JP. Igual fueron 24% en todo el Peru ME. Para los,votantes urbanos, debe plantear que él es el «riesgo controlable» frente a la continuidad del Pacto Legislativo del Fujimorismo. Para otros, votantes rurales, que el olvido de siglos será revertido con una profunda transformación.

​Sánchez sabe que la CONFIEP y los gremios mineros no van a votar por él, así que su estrategia no es convencerlos, sino contenerlos. Cuestión de hechos y no palabras. Su narrativa debe virar hacia un pragmatismo frío: formalización tributaria, shock de inversiones con resultados sociales en las regiones, reforma radical de la salud y la educación, impulso a las MYPE , a la vital Formalización de la Minería de Oro, alianzas con el sector agro exportador con impulso decidido al sector y acuerdos para mejorar las condiciones laborales de esa industria.

​La hora de la verdad en el Día de la Bandera
​El 7 de junio, día de la Bandera, no se elige solo un presidente, se elige un modelo de supervivencia de la democracia y del país.

Sánchez tiene la oportunidad de su vida, pero también un límite de cristal a los cambios que exigen sus electores. La pregunta es si sabrá romper el vidrio , sin cortarse las manos en el intento. Creería qué si se puede. Si sigue los mandamientos de este Catecismo.

[PUNTO CRÍTICO]  No dudo de que hay personas que realmente creen que ha habido fraude. Su juicio simplemente no pudo contra la avalancha mediática de mentiras. Tampoco dudo que hay personas inteligentes que claramente saben que no lo hubo, pero pretenden que sí para rehacer total o parcialmente las elecciones. Pero hay un grupo que es bien curioso, y que estuvo muy presente también en la campaña fraudista de Keiko Fujimori de hace cinco años. Estoy hablando de personas que, cuando te están dando las supuestas pruebas de que hubo fraude mezclan, en la misma discusión, afirmaciones acerca de lo terrible que sería un gobierno de Roberto Sánchez. Por un lado, critican a Piero Corvetto como si fuera un gran estratega que planeó todo, pero al mismo tiempo se burlan de él por incompetente y, en el mismo aliento, señalan cosas horribles de Antauro Humala (todas ciertas probablemente), y también que Sánchez va a destruir la economía (no dudo de que si tuviera el poder en el congreso lo haría). Pero, al tener estos argumentos mezclados como si fueran todos evidencia del fraude, lo que te están diciendo básicamente es que lo mejor para el Perú es mentir y hacer como si sí lo hubiera habido. Entonces, resulta que si tú señalas que no hay evidencia de fraude, estás apoyando a Sánchez y todo el mal que podría traer Sánchez sería tu culpa. Claramente el argumento está mezclando cosas. Es como si yo reclamara que una lotería es fraudulenta solo porque el ganador va a hacer cosas que no me gustan con la plata que ha ganado.

Algo curioso de estas discusiones es que ocasionalmente brotan extraños momentos de claridad. A veces pasa que, cuando un fraudista te da una supuesta evidencia del fraude (por ejemplo, que las mesas rurales no existen), y tú le respondes que eso es algo que se viene haciendo en el Perú desde hace años, de pronto surge un silencio, como si el aire se hubiera detenido, y en un arrebato de intimidad te dicen: “¿Pero realmente quieres que este huevón sea presidente?” Entonces ahí te das cuenta de que, cuando estos fraudistas se detienen a pensar, se dan cuenta de que en realidad no ha habido un fraude. Y que en realidad están mintiendo. Pero nadie quiere admitir para sí mismo que es mentiroso. Mamá siempre nos dijo que somos buenos y puros de corazón. Este conflicto cognitivo hace que el momento de lucidez se pierda rápidamente. La luz de sus ojos se apaga, y comienzan a repetir de nuevo la misma letanía: “No, es que en realidad las mesas de código 9000…” Este deseo voluntario por tener la mente confundida es la peor herencia que nos están dejando los Trumps, los Mileis y los Aliagas.

* Manuel Barrantes es profesor de filosofía en California State University Sacramento. Su área de especialización es la filosofía de la ciencia, y sus áreas de competencia incluyen la ética de la tecnología y la filosofía de las matemáticas.
Fuente de la imagen: https://www.telegraph.co.uk/news/science/8327304/AAAS-Out-of-body-experiences-are-just-the-product-of-a-confused-mind.html

[EL DEDO EN LA LLAGA] Éste es un episodio muy poco explorado de la historia musical del Sodalicio de Vida Cristiana, donde el protagonista fue Eduardo Gildemeister (1962), un cantautor católico ahora casi olvidado, con un epígono cuyas canciones, compuestas dentro de los lineamientos que planteara Gildemeister, nunca llegaron a hacerse públicas: Martín Scheuch, yo mismo, quien escribe estas líneas.

Hay varias coincidencias entre Gildemeister y yo. Ambos teníamos la misma edad; ambos fuimos miembros del Sodalicio de Vida Cristiana; ambos teníamos una fuerte sensibilidad social; ambos compusimos canciones de resonancia poética; ambos bebimos de las mismas fuentes: Víctor Jara, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y otros. Pero lo que pudo devenir en una amistad sincera y una intensa colaboración nunca llegó a concretarse. De este modo, el movimiento musical propuesto por Gildemeister, centrado en una canción cristiana de raíces humanistas, no llegó a perdurar y terminó evaporándose en el fluir de los años, como un fantasma de esperanzas germinales que se truncaron definitivamente con su muerte temprana a la edad de 47 años.

Para ponernos en contexto hay que retroceder en el tiempo hasta la primera mitad de los años ochenta. Yo ya entonces vivía en comunidades sodálites y había comenzado a componer canciones de influencia folclórica, principalmente andina, para el grupo musical emblema del Sodalicio, Takillakkta, fundado en 1983 conmigo en la guitarra, Alejandro Bermúdez en las zampoñas, Ricardo Trenemann en el charango y Pepe “Mario” Quezada en el bombo. Aunque habíamos adaptado melodías del repertorio andino latinoamericano con nuevas letras de contenido cristiano, yo había comenzado a componer con melodías originales y textos adaptados o también propios. Se trataba de canciones de propaganda católica pensadas como instrumentos de proselitismo y evangelización.

Siendo un aniversario del Sodalicio —que se celebraban cada 8 de diciembre—, durante la reunión de confraternidad posterior a la Misa, realizada esta vez en una casa de campo en Ñaña (localidad situada a unos 25 km al este de Lima), Eduardo Gildemeister comenzó a interpretar, acompañado de su guitarra, algunos temas que él mismo había compuesto. Eran canciones que se enmarcaban dentro del estilo de la Nueva Canción Latinoamericana.

Luis Fernando Figari, fundador del Sodalicio, consideró que “Lalo” —como lo llamábamos coloquialmente a Eduardo— podía ser, al igual que Takillakkta, un “instrumento de evangelización”. De este modo, desde 1984 y hasta en diez ocasiones, hubo en los Convivios, congresos de estudiantes católicos que organizaba el Sodalicio, una doble presentación de Takillakkta junto con un recital de Eduardo Gildemeister.

Mientras que las canciones de Takillakkta tenían un mensaje religioso explícito y pretendían ser de corte folclórico andino, los temas compuestos por Gildemeister buscaban transmitir una vivencia cristiana de manera más soterrada, íntima, sin enunciados doctrinales explícitos. Eduardo bautizó ese estilo con el nombre de “Nueva Gesta”, como una especie de contrapunto a la “Nueva Trova” de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, muy popular entonces entre jóvenes universitarios.

Hubo también en ese entonces una canción del repertorio de Takillakkta, carente de originalidad musical, compuesta por Pablo Pilco, integrante del conjunto durante un breve período de tiempo, que se intitulaba Nueva Gesta.

La primera parte de la canción decía así:

Somos convocados
a una gesta que ha llamado el Señor
como monjes y soldados
en el mundo de hoy.

Evidentemente, se entendía la Nueva Gesta dentro de las coordenadas del pensamiento sodálite.

Con el tiempo, Lalo logró juntar a un grupo de músicos que le acompañaban profesionalmente durante sus presentaciones en vivo, las cuales se realizaban en universidades, colegios, parroquias y centros culturales. Algunas fuentes señalan que llegó a componer unas 200 canciones, la mayoría de las cuales nunca se hicieron públicas.

En los ochenta se publicaron cinco álbumes suyos en cassette, a saber:

  • Nueva Gesta
  • Personajes
  • El combatiente
  • Gesta de valientes
  • La misa latinoamericana

Ninguno fue remasterizado ni reeditado oficialmente en CD.

En el año 2001 el sello IEMPSA (Industrias Eléctricas y Musicales Peruanas S. A.) le publicó el CD recopilatorio “Que levante la esperanza”, hasta el momento su único álbum disponible en plataformas digitales.

Debo reconocer que el estilo de componer de Gildemeister influyó enormemente en mi manera personal de componer canciones. La idea de cifrar poéticamente ciertos temas y sugerir a través de imágenes simbólicas lo que no se quería expresar directamente me pareció una buena idea. Así como Eduardo Gildemeister tomaba experiencias personales para convertirlas en canciones, de manera un poco distinta mis canciones comenzaron a nutrirse de mi propia experiencia personal y tocar profundidades poco visitadas. Fruto de eso fueron muchas canciones mías que nunca fueron interpretadas en público. Mis primeras canciones que podrían enmarcarse dentro de la Nueva Gesta fueron grabadas por Takillakkta: “Cadáver ayacuchano”, “Viento en Ayacucho”, “Trabajando” y “El pueblo que canta (No queremos los aplausos)”.

Sin embargo, otras canciones mías compuestas en los ochenta nunca llegaron a grabarse, porque Figari —quien era en el Sodalicio la última voz respecto a lo que les era permitido publicar musicalmente a los miembros de comunidades sodálites— o no las entendía, o no las consideraba aptas para ser interpretadas por Takillakkta. Temas que compuse en los ochenta (“Ciudadano de los reinos malditos”, “El vigilante”, “La guitarra rota”, “La barca de Caronte”, por mencionar algunos) nunca vieron la luz.

En 1989 yo fui separado de Takillakkta, y el hecho de componer se convirtió en una actividad personal íntima. Componía para mí y ya no para estar al servicio del lenguaje ideologizado de Figari, que éste quería que transmitieran las canciones. E incluso tuve la intención de ponerme en contacto con Gildemeister para un proyecto conjunto, cosa que nunca llegó a concretarse.

Lamentablemente, los esfuerzos de Eduardo se concentraron principalmente en sacar adelante sus propios temas y el proyecto de la Nueva Gesta nunca llegó a plasmarse en un movimiento, un número significativo de cantautores que fueran una alternativa a las canciones politizadas de otros movimientos musicales, muchas veces con valores ajenos a los cristianos. El nombre de Nueva Gesta se redujo a ser el título del primer cassette que sacara Eduardo y, eventualmente, del grupo de músicos que lo acompañaban. Eduardo tenía un carácter muy reservado, y nunca quiso o pudo (no lo sé) asumir el liderazgo dentro de la corriente musical que había creado.

El 17 de julio de 2010 falleció inesperadamente. Si bien padecía ya desde hace algún tiempo de una extraña enfermedad, su muerte fue imprevista y me causó una profunda impresión. No obstante que nuestros caminos se cruzaron en varias ocasiones y su manera de hacer música tuvo una influencia decisiva en mi manera de componer canciones —cosa que le agradezco enormemente—, nunca llegamos a cultivar una amistad cercana, aunque en algunas ocasiones durante la década de los ochenta nos encontramos en el escenario, cuando a Takillakkta le tocaba presentarse en la misma ocasión que él.

Guardo de él un recuerdo como de un hombre bueno, de mirada sincera y soñadora, de carácter sencillo y conciencia recta. Tenía un profundo mundo interior que plasmó en sus canciones. Si bien estaba afiliado al Sodalicio de Vida Cristiana, nunca dejó que el lenguaje estereotipado ni los clichés musicales presentes en las canciones surgidas en el seno de esa institución conservadora católica influyeran en las letras de sus canciones ni en su estilo musical. La sustancia de sus canciones provenía de su propia experiencia de vida, abierta a los detalles humanos de los acontecimientos cotidianos, y fue ajena a cualquier contenido ideológico.

Pocos días después de su muerte me vino la inspiración para componerle una canción de homenaje, expresando lo que significó para mí su breve paso por la vida. Una canción que también forma parte de la Nueva Gesta.

LA MUERTE DEL BARDO

yo qué sé
por qué el árbol se muere de pie
y el cantor tiene que padecer y caer
y dejar una estela fugaz en la sal
que amortaja la mar

yo qué sé
por qué sigo viviendo y no él
por qué sigo cantando en la piel del ayer
madurando recuerdos de cal y de arena
en mi soledad

sólo sé
que no hay cartas para el coronel
capitán que se hundió en su bajel
y aún me duele
y me cuesta entender

dónde vuelan sus manos aladas
dónde trinan sus cuerdas calladas
dónde está su mirada
dónde su voz

donde juega sus fichas marcadas
el destino que me sabe a nada
dónde está su calzada

que quiero andar
y caminar
y luchar por la verdad
codo a codo trabajar
ser heraldo de la paz
como el bardo en su cantar

yo qué sé
por qué el cielo parece al revés
cuando el ángel cosecha la mies y tal vez
sea sólo su muerte anunciada que yerra
de hora y lugar

yo qué sé
por qué al fin tuvo que suceder
ni siquiera era tarde en su sien y se fue
a poblar con su ausencia cansada las calles
de otra ciudad

sólo sé
que el amigo del amanecer
no verá a sus retoños crecer
y eso duele
y cuesta entender

dónde sueña su gesta encantada
dónde canta el amor a su amada
dónde está su guitarra
dónde su adiós

dónde hilvana su última historia
dónde araña el dintel de la gloria
dónde está su memoria

que quiero andar
y caminar
y luchar por la verdad
codo a codo trabajar
ser heraldo de la paz
como el bardo en su cantar

De este modo, una historia que pudo haber dado buen fruto, terminó marchitándose, como muchas de las historias que germinaron en el jardín contaminado del Sodalicio.

[Música Maestro] En la vigésima quinta edición del Coachella Valley Music and Arts Festival, el espíritu rebelde del rock volvió a acaparar reflectores, gracias a una banda cuya participación rompió con la actual superficialidad de este megaconcierto que se realiza desde 1999 en la localidad de Indio, California. Y no por la expectativa que había ocasionado su regreso al famoso campo de golf después de quince años y con nuevo disco, sino porque hicieron, en su segunda presentación, una declaración política que los puso en el centro de la atención mundial por su valentía y pertinencia.

El festival fue, durante sus primeros años, un espacio donde la irreverencia y la innovación musical ajena al mainstream tuvieron preeminencia, sea desde el rock alternativo, el rock clásico, el rap o la EDM. Sin embargo, los cambios en la industria musical lo hicieron mutar hasta convertirse en un evento aséptico, colorido y fashion que, en sus últimas versiones, genera más postales de Instagram que momentos contraculturales dignos de recordarse. Por eso, el cierre de The Strokes viene siendo descrito como “una de las actuaciones más importantes y controversiales en la historia de Coachella”.

Como se sabe, el festival se desarrolla siempre en abril durante dos fines de semana y cada día -viernes, sábado, domingo- mantiene el mismo cartel en sus ocho escenarios diferentes, repartidos en la inmensa área dedicada a su organización (más de 300 acres entre escenarios, carpas, zonas de campamento, venta de comida y merchandising, etc.). El quinteto neoyorquino, programado para los días sábado 11 y 18 de abril en el escenario principal, no figuraba como cabeza de serie sino que fueron teloneros de Justin Bieber -por cosas así Coachella ha perdido respeto y credibilidad en ciertos sectores. Conscientes de ello, prepararon una sorpresa que será difícil de olvidar.

El rock del siglo XXI

Quienes solemos vivir aferrados al pasado glorioso del rock, vemos y escuchamos con informada desconfianza casi todo lo que se ha producido en ese terreno desde fines de los años noventa. Tras las oleadas de grunge, indie-rock, nu metal, hip-hop y electrónica, que venían influenciadas por todo lo que se había hecho las tres décadas previas, y sus derivados, desde el indie-pop y el shoegaze hasta el trip-hop y metal progresivo, parecía que nada interesante podría pasar de 1999 en adelante.

Por eso, cuando el sonido distorsionado y nostálgico de The Strokes apareció una vez superado el jubileo del siglo XXI -sin que se cayeran los sistemas informáticos ni colapsara el sistema solar- muchos lo sentimos, en su momento, como una suerte de hype, como se dice actualmente, una moda pasajera de impacto promovido a través de la televisión por cable y validado por la ausencia de bandas que, desde la escena más comercial y accesible, generaran el mismo interés que podía intuirse en otras arenas estilísticas con menores posibilidades de difusión.

Is this it? (RCA, 2001) se colocó de inmediato en un lugar privilegiado de las radios y televisiones rockeras, con esa estética sonora y visual que rendía tributo a un amplio abanico de influencias, desde The Doors hasta The Cars, desde MC5 hasta The Knack, desde The Romantics hasta Pixies. La prensa especializada de la época no tardó en considerarlos la nueva gran promesa del rock norteamericano, a medida que las ventas de ese clásico del recién iniciado siglo subieran como la espuma, gracias a la popularidad de canciones como Someday, Hard to explain y, especialmente, Last nite, con un video que recordaba al legendario programa setentero The Midnight Special. Los muchachos crearon el sonido del rock comercial del siglo XXI, y su influencia se siente hasta el día de hoy.

Una banda nueva con una historia clásica

Para cuando The Strokes llegó al ojo público, todavía eran comunes las historias de bandas que se formaban desde sus años adolescentes, con el ideal de que ese colectivo se convertía en una segunda familia -a veces la única- para jóvenes que soñaban con hacer música sin pretensiones comerciales ni anhelos de fama y fortuna. La leyenda del grupo de desadaptados o inconformes que se juntan para recorrer el mundo con sus guitarras a la espalda en una vieja camioneta y que son casi como hermanos se reflejó en este quinteto de forma muy concreta pero, a la vez, contradictoria con los paradigmas del rock y su proveniencia de estratos socioeconómicos, generalmente, deprimidos y disfuncionales.

Para empezar, sus integrantes se conocen, efectivamente, desde su más temprana infancia. Julian Casablancas (voz), Albert Hammond Jr. (guitarras), Nick Valensi (guitarras), Nikolai Fraiture (bajo) y Fabrizio Moretti (batería) estaban todos ingresando a los veinte años cuando decidieron comenzar a tocar sus canciones en los circuitos de clubes nocturnos de New York. Pero no tenían un origen de clase media o baja. Valensi, Fraiture, Moretti -brasileño de nacimiento- y Casablancas estudiaron en uno de los mejores colegios del alto Manhattan, The Dwight School.

Por otro lado, Casablancas era hijo de un exitoso empresario de la moda y Hammond Jr., de un conocido compositor de origen británico, famoso por haber coescrito recordados hits radiales como Nothing’s gonna stop us now (Starship, 1987), The air that I breathe (The Hollies, 1974), la balada que cantan a dúo Julio Iglesias y la leyenda del country Willie Nelson, To all the girls I loved before (1984) y muchos otros. Ambos coincidieron en un exclusivo liceo de Suiza, Institut Le Rosey, siendo adolescentes, enviados por sus padres y se hicieron muy amigos al ser ellos los dos únicos norteamericanos estudiando en esa zona occidental suiza, conocida como el cantón de Vaud.

2001-2005: Los tres primeros discos

Durante ese periodo, The Strokes sentó las bases para todo lo que vendría después en la escena del rock guitarrero comercial, un sonido que comenzó a rotularse como “revival” –“renacimiento” en español- de géneros considerados muertos como el garage rock o el post-punk, aunque de hecho se les debe relacionar menos con este último estilo, más cercano a la música popular que llegaba desde el Reino Unido tras la asonada punk del periodo 1976-1978.

Después de Is this it? -hasta ahora mencionado entre los mejores álbumes debut de todos los tiempos- llegaron Room on fire (2003) y First impressions on Earth (2005). Aunque esos dos conservaron el aura original del primero, no replicaron su éxito en ventas. Sin embargo, su impacto comercial sembró la semilla para toda una ola de grupos, encabezada por The Killers, Arctic Monkeys, Kasabian, Franz Ferdinand, entre otros, quienes hasta ahora los reconocen como su principal inspiración. Dicho eso, es necesario resaltar que no fueron los primeros, pues detrás de ellos venían otros colectivos como The Jon Spencer Blues Explosion, MGMT, Black Rebel Motorcycle Club o The White Stripes que iniciaron esta subcorriente de rock revisionista gringo, pocos años antes de The Strokes.

Para el oyente promedio, estos tres discos funcionan como unidad, aun cuando ligeras variaciones en intención y desarrollo compositivo ya se pueden vislumbrar en cada listado de canciones. La marca registrada del efecto de distorsión en la voz de Casablancas, sumada a las creativas guitarras de Hammond Jr. y Valensi, intercambiando roles de primera y segunda todo el tiempo, además de una base rítmica maquinal y repetitiva, se estableció como sonido inconfundible. Sin embargo, The Strokes ingresó, tras el lanzamiento del tercer álbum, a una etapa menos estable con lanzamientos erráticos y espaciados en el tiempo.

Un largo hiato de seis años

Entre 2005 y 2011, la carrera de The Strokes se vio perjudicada por distintas situaciones que pusieron a prueba su capacidad de adaptación. En aspectos personales, el alcoholismo de Julian Casablancas y los serios problemas de adicción de Albert Hammond Jr., motivaron que el quinteto tomara la decisión de “descansar por un tiempo”. Alejado de su grupo principal, el vocalista se dio tiempo para lanzarse en solitario con un álbum titulado Phrazes for the young (2009) que, en líneas generales, pasó bastante desapercibido.

Hammond Jr., por su parte, lanzó un par de discos en solitario tras su proceso de rehabilitación, con algo más de suerte que su compañero. Con el tiempo, el guitarrista de padre británico y madre argentina demostró ser quien más producciones individuales lanzaría, en los siguientes periodos de inactividad de The Strokes en los estudios, aunque la banda siguió apareciendo en diversos festivales, lo cual disipaba los rumores de separación que, de cuando en cuando, aparecían en la prensa musical.

Recién el año 2011 vio la luz el cuarto disco oficial de The Strokes, titulado Angles, aun bajo la escudería RCA -distribuida en el Perú por la recordada BMG-, a pesar de que ya Casablancas había fundado su propia compañía discográfica, Cult Records, que se iría encargando progresivamente de los lanzamientos posteriores, tanto de The Strokes como de Albert Hammond Jr., y de su propia banda alterna, The Voidz, con quienes lleva hechos tres discos, con una propuesta cercana a la de su grupo matriz pero con enfoque más centrado en temas políticos (letra) y electrónicos (música), sin desviarse de las guitarras que caracterizan a sus composiciones.

Dos años después de Angles -cuya primera canción se titula curiosamente Machu Picchu, aunque no tiene nada que ver con nuestra mítica ciudadela inca- apareció Comedown machine (2013), su quinta producción de estudio, en la cual volvieron a reforzar su vocación por las melodías más etéreas y el uso de sintetizadores, tocados indistintamente por Casablancas, Valensi y Hammond.

Luego comenzó un nuevo hiato, aun más largo que el anterior, en lo relacionado a grabaciones. Como acto en vivo, The Strokes se dedicó a recorrer el mundo y especialmente Sudamérica, tocando en varias ediciones del Lollapalooza de Chile, Brasil y Argentina. En ese periodo, el quinteto llegó por primera y única vez al Perú, el 2019, en el festival Vivo x el Rock. La banda retornó a los estudios siete años después con The new abnormal (2020), su sexta producción discográfica.

The Strokes en Coachella: Celebrado retorno

La noche del sábado 18 de abril era la segunda para The Strokes en Coachella 2026, arena en la que no tocaban desde el año 2011. Ya la primera, el sábado 11, había complacido a sus fans con una selección de emblemáticos temas y un estreno, Going shopping, adelanto de su séptimo álbum Reality awaits, cuyo lanzamiento oficial será el próximo mes de junio. Las guitarras de Hammond Jr. y Valensi sonaron maduras y controladas, ofreciendo un espectáculo de rock moderno que merecía haber sido cabeza de serie y no plato de segunda mesa.

Luego de hora y media de concierto, las luces se apagaron y detrás de la banda apareció, en las enormes pantallas de alta resolución, una mezquita con sus características cúpulas y minaretes silueteados en incandescentes luces LED. Mientras, Hammond Jr. y Valensi comenzaron la introducción a dos guitarras de Oblivius, uno de los tres temas nuevos que lanzaron en el 2016, en un EP titulado Future present past, en medio de su segundo hiato. De repente, en el momento del coro en que Casablancas -quien viene exponiendo sus opiniones políticas desde hace años, en entrevistas con los filósofos Noam Chomsky y Henry Giroux y, más recientemente, en el podcast SubwayTalks– exclama la frase “what side you standing on?” –“¿de qué lado estás?”- comenzaron a proyectar imágenes de líderes políticos que han sido derrocados por conspiraciones comandadas por la CIA a lo largo de los años.

¿Quiénes aparecieron durante Oblivius?

Es particularmente significativo que el primer personaje en aparecer haya sido Mohammed Mossadegh, quien fuera Primer Ministro de Irán durante el reinado de Reza Pahlavi, el último Sha, derrocado en 1953 por un golpe de Estado apoyado por la CIA y la inteligencia británica. Como sabemos, la hostilidad entre Estados Unidos e Irán está actualmente en boca de todo el mundo por sus implicancias y consecuencias. De todo el mundo menos en el Perú, donde sus candidatos presidenciales se pasaron toda la campaña sin hablar de la coyuntura internacional, como si no estuviera pasando nada fuera de nuestras fronteras.

Desde Salvador Allende, el líder de izquierda chileno que terminó suicidándose durante la invasión del Palacio de La Moneda en 1973, el punto de inicio de la dictadura de Augusto Pinochet, hasta los sospechosos accidentes aéreos que acabaron con las vidas de Omar Torrijos y Jaime Roldós -aunque hubo un error en su apellido, consignado como “Rondos”-, presidentes de Panamá y Bolivia, ambos en 1981. La multitud de Coachella vio también, en pantalla gigante, los rostros del presidente de Bolivia, Juan José Torres, derrocado en 1976 durante la Operación Cóndor; y de Jacobo Árbenz, primer mandatario de Guatemala, sacado por la CIA en 1954 en una serie de eventos que acabaron con él exiliado en distintos países hasta que fue acogido por la revolución cubana de 1959.

Un mensaje potente

Mientras que, en las estrofas, aparecía nuevamente la gigante y luminosa mezquita, símbolo del mundo islámico, durante los coros volvían las alusiones a problemas ocasionados por los servicios secretos estadounidenses. Así, fue el turno del asesinato de Martin Luther King Jr. (1929-1968), uno de los casos conspirativos más famosos y el derrocamiento de Patrice Lumumba en el Congo, orquestado también por la CIA y el gobierno de Bélgica, en 1961. Una foto del histórico abolicionista Frederick Douglass (1818-1895) se unió a las protestas del movimiento Black Lives Matter, cubriendo así las injusticias cometidas contra las poblaciones afroamericanas en un rango de casi 200 años.

Pero lo más impactante llegó a final. Después de mostrar un dato terrible, según el cual más de treinta universidades han sido destruidas en Irán en los recientes bombardeos, la canción acaba con las imágenes de la destrucción de la universidad Al-Israa en Gaza, la última que quedaba en pie en la franja, donde estudiaban cientos de mujeres y hombres palestinos para convertirse en abogados expertos en derechos humanos. El centro de estudios superiores fue tomado por las fuerzas israelíes y demolido en enero del 2024, con el pretexto de ser un refugio para integrantes de Hamas, algo que no ha podido probarse hasta ahora.

Normalmente, son los artistas de la guardia vieja del rock, como Neil Young, Brian Eno o Roger Waters, quienes han levantado su voz frente a los abusos de la política exterior de los Estados Unidos. Por ello, que una banda de ese país cuyos integrantes están apenas por llegar a los 50 años, pase de la metáfora o el sarcasmo habitual a dar una opinión tan clara y contundente es bastante encomiable, sobre todo por las amenazas y ninguneos que esto les puede traer. Con valentía y pertinencia, The Strokes cerró su segunda noche en Coachella 2026 y pasó a la historia moderna del rock and roll.

[OPINIÓN] En 1964, un hombre saltó una reja. No era metáfora. Era literal. Víctor Vásquez, el “Negro Bomba”, irrumpió en el Estadio Nacional con la furia de quien no mide consecuencias. Un impulso. Un acto. Una chispa. El resultado: caos, represión y más de 300 muertos. No fue un líder. Fue un detonante.

Sesenta años después, el país ya no necesita rejas para saltar. Basta un megáfono y una red social.

El nuevo Negro Bomba no invade canchas: invade calles, timelines y cabezas. No corre contra un árbitro: arremete contra cualquiera que no piense como su jefe ocasional. El método cambió; la lógica es la misma: provocar, incendiar, empujar al límite. La violencia ya no es física —aunque coquetea peligrosamente con ella—, pero sí verbal, sistemática y calculada.

Hay uno que se hace llamar “El Profe” —dizque sobre ruedas. Alguien que  afirma, tiene estudios —aunque incompletos en dos universidades—, trayectoria política —aunque con partidos cambiados como camisetas—, y hasta libros publicados —vendidos en buses. Nada de eso deshonra: es historia de vida. Pero tampoco construye un ideólogo. Es el recorrido de alguien que encontró en el conflicto lo que no pudo consolidar por otras vías. Y que, en algún momento, descubrió que el conflicto también se monetiza.

Porque esto no es espontáneo ni pasional. Es un servicio. Ataca a quien le indican, cuando le indican, con la intensidad requerida. La agenda no es suya: es de su jefe ocasional. Él solo pone la voz —y el odio de alquiler.

En política siempre hay operadores. Unos construyen; otros ensucian el terreno. Este pertenece al segundo grupo. No debate: ataca. No argumenta: grita. No construye: dinamita. Y siempre hay alguien arriba que se beneficia del humo.

Pero el problema real no es el personaje. Es el entorno que lo celebra y salta, como conejos.

Ahí aparecen los llamados Porky Lovers. Y es aquí donde el cuadro se vuelve grotesco. Gente con títulos, viajes y biblioteca. Gente que se proclama derecha civilizada, liberal, republicana. Que cita a Dante, pero aplaude el insulto. Que exige institucionalidad con una mano y celebra a quien la dinamita con la otra. No son ingenuos: son cómplices voluntarios. Y lo más grave no es la incoherencia —eso sería tolerable—, sino el entusiasmo con el que difunden cada exabrupto, cada provocación, cada acusación sin sustento. Como si la cultura fuera adorno y la política, barra brava.

Son groupies con vocabulario técnico. Idiotas útiles con ínfulas de analistas. Y su jefe los merece.

Porque el jefe tampoco modera el tono. Ese es el dato que prefieren ignorar: el modelo original es tan agresivo como el imitador —o más. Capaz de insultar en vivo, de atacar a empresarios, periodistas, autoridades o a cualquiera que no le resulte funcional. No es un líder que contenga el caos: lo genera. Y el Profe no lo contradice: lo replica. En menor escala, pero con la misma lógica: incendiar para que otro capitalice.

Un individuo que no trabaja para el Perú ni para Lima. Trabaja para sí mismo.

El paralelo histórico es incómodo, pero inevitable —y más grave de lo que parece. El Negro Bomba del 64 actuó por impulso: era hincha, se exaltó, cruzó una reja. Nadie le pagó. Nadie le dio instrucciones. La tragedia fue real, pero el origen fue humano: pasión desbordada, error, adrenalina. Este Negro Bomba del 2026 no tiene esa coartada. Actúa por encargo. Y eso lo vuelve algo distinto: no es un detonante involuntario. Es un mercenario del caos.

Lo que viene después es peor.

Y mientras tanto, la ciudad: obras improvisadas, conflictos abiertos, demandas internacionales en curso y una gestión que produce más titulares que resultados. Todo envuelto en una narrativa de confrontación permanente, ahora reforzada con el grito de “fraude” para paliar su derrota. Una confrontación que no le sirve a nadie —salvo a quienes pretenden vivir de ella. Vergüenza nacional.

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